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La
tardía y limitada resolución aprobada por el Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas para detener la
guerra de agresión de Israel contra el Líbano
muestra, una vez más, su incapacidad de hallar una
solución inmediata, justa y definitiva a los
sangrientos conflictos en el Oriente Medio.
La
larga historia de laxitud, parcialidad, mal uso y
abuso del poder de veto de Estados Unidos en su
seno, han minado la confianza y la credibilidad en
el órgano de la ONU, “cuya responsabilidad
primordial es el mantenimiento de la paz y la
seguridad mundial”.
Mientras desde hace cinco semanas la aviación y la
artillería israelí, con la complicidad de Estados
Unidos y el silencio de la mayoría de los gobiernos
de la Unión Europea, devastan las ciudades libanesas
y masacran impunemente a miles de indefensos
civiles, entre ellos centenares de niños, el Consejo
de Seguridad ha permanecido impasible.
Su
mutismo ante el holocausto se produjo en medio de
los conciliábulos franco-norteamericanos, empeñados
en la aprobación de un proyecto de resolución cuya
primera versión, rechazada por el gobierno libanés y
el movimiento de resistencia islámica Hezbollah
(Partido de Dios), sólo favorecía las exigencias e
intereses geopolíticos de Washington y Tel Aviv.
Sin
tomar en cuenta la firme posición de Beirut y de los
combatientes de Hezbollah, que exigen un cese
inmediato de la agresión sionista y su retirada
incondicional del territorio libanés, Estados Unidos
e Israel pretenden la permanencia de las tropas
israelíes, la implantación de una denominada fuerza
internacional de seguridad en una franja al sur del
país, y el desarme de la resistencia.
El
Líbano rechaza totalmente esta solución y se ha
comprometido a que tan pronto se produzca la
retirada del agresor sionista ubicará a 15 mil
efectivos de su ejército en el sur libanés para
garantizar que no se lleven a cabo acciones
militares hostiles a Israel.
Es
evidente que la brutal ofensiva israelí contra el
Líbano no tiene su justificación en la pretendida
liberación de dos de sus soldados capturados por las
milicias de Hezbollah. En realidad forma parte del
plan israelo-norteamericano para la creación del
“Nuevo Oriente Medio” -que abarca a Palestina, Iraq,
Siria e Irán.
Proyecto que requiere eliminar a la organización
político-militar chiíta libanesa, cuya encarnizada
resistencia ha causado un alto número de bajas
mortales al ejército israelí e imposibilitado la
ocupación total del país.
Por
ello, el presidente norteamericano George W. Bush,
rechazó un cese inmediato de las hostilidades para
respaldar una resolución que autorice a su
incondicional aliado, Israel, a reaccionar frente a
la resistencia del Hezbollah, y a la permanencia de
sus 10 mil soldados en el sur del territorio libanés
por tiempo indefinido.
En
pleno respaldo a Beirut, la Liga de Estados Árabes
demanda el retiro de las tropas israelíes y advierte
las graves consecuencias para la región de la
aprobación por el Consejo de Seguridad de Naciones
de una resolución parcializada.
Al
criticar su pasividad por no haber tomado partido
hasta ahora para detener una guerra que ha cobrado
miles de vidas, el Canciller de Qatar, enviado de la
Liga de Estados Árabes a Nueva York, señaló que: “Es
triste que este Consejo permanezca ociosamente
paralizado, incapaz de detener el baño de sangre en
que se ha convertido el amargo día a día del pueblo
libanés”.
Las
perspectivas de una solución inmediata se dilatan
ante la decisión de Estados Unidos e Israel de
imponer sus demandas, que no hacen más que complicar
la situación actual, con la posibilidad de expandir
la guerra a toda la región.
La
única solución a este cruento conflicto es el cese
de la agresión de Israel al Líbano y demás pueblos
árabes, y su retirada incondicional de los
territorios ocupados en Palestina, Siria, y el País
de los Cedros, demandas que las resoluciones del
Consejo de Seguridad da Naciones Unidas han
reiterado, sin éxito alguno, desde 1967.
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