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 Seis años después del 11 de septiembre

JUAN DUFFLAR AMEL

iternac@trabaja.cip.cu

A pesar del tiempo transcurrido, sobre las causas, motivaciones, y autoría persisten aún muchas interrogantes y zonas de silencio

En sus frecuentes análisis, historiadores y especialistas sostienen la tesis, no siempre compartida, de la existencia de un mundo antes y después de los atentados del 11 de septiembre del 2001 contra el World Trade Center en Nueva York y el Pentágono en Washington, centros del poder económico y militar de Estados Unidos.

A pesar del tiempo transcurrido, sobre las causas, motivaciones, y autoría de aquellos acontecimientos persisten aún muchas interrogantes y zonas de silencio.

La reciente investigación, dada a conocer por Michael Hayden, actual director de la CIA, acerca de los preparativos estadounidenses previos a los ataques del 11 de septiembre, concluye que el ex director de esa entidad, George Tenet, cercano amigo de Bush, y sus asesores fallaron en su actuación y no desempeñaron su responsabilidad de manera satisfactoria. El informe, elaborado en el 2005, se mantuvo en secreto hasta ahora.

Una de las consecuencias inmediatas de tan trágicos sucesos, fue que el imperio norteamericano, con el beneplácito de sus grandes aliados capitalistas, logró un poder mundial omnímodo y se hizo más peligroso y agresivo, al convertir el terror, al igual que el fascismo,

en práctica permanente del Estado.

La imagen atónita y torpe del presidente Bush, que recorrió aquella mañana el planeta, se transformó en pocas horas, apoyada por la propaganda mediática, en la de un líder mundial y

supremo guardián del sistema capitalista, globalizado y neoliberal.

Con su “misión divina de luchar contra el terrorismo internacional” y de castigar a los autores de los atentados, Bush inauguró una era de sangrientos conflictos y destrucción, que han cobrado

muchas miles de vidas más que las tres mil ocasionadas por la caída de las Torres Gemelas.

Los pueblos de Afganistán e Iraq resultaron las primeras víctimas de la paranoia desatada por el jerarca y demás halcones de la Casa Blanca, con “doctrinas” de soberanía limitada, y de guerras preventivas y sorpresivas, para eliminar al terrorismo en 60 o más oscuros rincones del mundo.

A la vez, parió el engendro de los “países integrantes del eje del mal” que fomentaban el  terrorismo, que incluía al Afganistán de los Talibán y Bin Laden, a Iraq, Siria, Libia, Irán, Corea del Norte y a Cuba.

Sin respeto a las leyes y normas del derecho internacional, Estados Unidos convirtió al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en un órgano de gobierno supranacional y violó impunemente los artículos de la Carta de la organización mundial y los tratados de la Convención de Ginebra. La ya maltrecha ONU quedó herida de muerte y anulada en el cumplimiento de sus elevadas funciones.

Las brutales torturas físicas y los vejámenes sexuales y morales a los prisioneros en las tenebrosas cárceles de Abu Ghraib y la Base Naval de Guantánamo llegaron a grados insospechados de crueldad y cobraron carta de naturaleza como práctica habitual del ejército norteamericano.

La soberanía y el espacio aéreo de numerosos países aliados de Estados Unidos fueron flagrantemente violados por la CIA, al utilizar aeropuertos y casas secretas para el traslado e interrogatorios de personas secuestradas en otras naciones.

Como nunca antes en la historia de la nación norteamericana, los derechos civiles del pueblo fueron conculcados con el legalizado espionaje telefónico y la violación de su correspondencia, por las gubernamentales agencias de la CIA y el FBI.

“El american dream” de una sociedad civil, de respeto a la privacidad ciudadana y a la libertad de expresión, quedaron prácticamente abolidas.

El ejemplo de Cindy Sheehan, golpeada y encarcelada por simbolizar la protesta de las madres estadounidenses que han sufrido la pérdida de sus hijos en Iraq, y la demanda del retorno de los soldados, son también expresiones de la intolerancia del gobierno de la mayor potencia económica y militar del mundo.

Seis años después del 11 de septiembre del 2001, Estados Unidos está sumido en Afganistán e Iraq en un caos de muerte, desolación, violencia extrema, inseguridad, anarquía,  ingobernabilidad y corrupción administrativa, mientras la economía norteamericana se ha desangrado con los billones de dólares enterrados en una aventura militar que está muy lejos de ser victoriosa, como lo pretende hacer ver su máximo responsable.

(Trabajadores) 09-09-2007


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