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A pesar del tiempo transcurrido, sobre las causas,
motivaciones, y autoría persisten aún muchas
interrogantes y zonas de silencio
En sus frecuentes análisis, historiadores y
especialistas sostienen la tesis, no siempre
compartida, de la existencia de un mundo antes y
después de los atentados del 11 de septiembre del
2001 contra el World Trade Center en Nueva York y el
Pentágono en Washington, centros del poder económico
y militar de Estados Unidos.
A pesar del tiempo transcurrido, sobre las causas,
motivaciones, y autoría de aquellos acontecimientos
persisten aún muchas interrogantes y zonas de
silencio.
La reciente investigación, dada a conocer por
Michael Hayden, actual director de la CIA, acerca de
los preparativos estadounidenses previos a los
ataques del 11 de septiembre, concluye que el ex
director de esa entidad, George Tenet, cercano amigo
de Bush, y sus asesores fallaron en su actuación y
no desempeñaron su responsabilidad de manera
satisfactoria. El informe, elaborado en el 2005, se
mantuvo en secreto hasta ahora.
Una de las consecuencias inmediatas de tan trágicos
sucesos, fue que el imperio norteamericano, con el
beneplácito de sus grandes aliados capitalistas,
logró un poder mundial omnímodo y se hizo más
peligroso y agresivo, al convertir el terror, al
igual que el fascismo,
en práctica permanente del Estado.
La imagen atónita y torpe del presidente Bush, que
recorrió aquella mañana el planeta, se transformó en
pocas horas, apoyada por la propaganda mediática, en
la de un líder mundial y
supremo guardián del sistema capitalista,
globalizado y neoliberal.
Con su “misión divina de luchar contra el terrorismo
internacional” y de castigar a los autores de los
atentados, Bush inauguró una era de sangrientos
conflictos y destrucción, que han cobrado
muchas miles de vidas más que las tres mil
ocasionadas por la caída de las Torres Gemelas.
Los pueblos de Afganistán e Iraq resultaron las
primeras víctimas de la paranoia desatada por el
jerarca y demás halcones de la Casa Blanca, con
“doctrinas” de soberanía limitada, y de guerras
preventivas y sorpresivas, para eliminar al
terrorismo en 60 o más oscuros rincones del mundo.
A la vez, parió el engendro de los “países
integrantes del eje del mal” que fomentaban el
terrorismo, que incluía al Afganistán de los
Talibán y Bin Laden, a Iraq, Siria, Libia, Irán,
Corea del Norte y a Cuba.
Sin respeto a las leyes y normas del derecho
internacional, Estados Unidos convirtió al Consejo
de Seguridad de Naciones Unidas en un órgano de
gobierno supranacional y violó impunemente los
artículos de la Carta de la organización mundial y
los tratados de la Convención de Ginebra. La ya
maltrecha ONU quedó herida de muerte y anulada en el
cumplimiento de sus elevadas funciones.
Las brutales torturas físicas y los vejámenes
sexuales y morales a los prisioneros en las
tenebrosas cárceles de Abu Ghraib y la Base Naval de
Guantánamo llegaron a grados insospechados de
crueldad y cobraron carta de naturaleza como
práctica habitual del ejército norteamericano.
La soberanía y el espacio aéreo de numerosos países
aliados de Estados Unidos fueron flagrantemente
violados por la CIA, al utilizar aeropuertos y casas
secretas para el traslado e interrogatorios de
personas secuestradas en otras naciones.
Como nunca antes en la historia de la nación
norteamericana, los derechos civiles del pueblo
fueron conculcados con el legalizado espionaje
telefónico y la violación de su correspondencia, por
las gubernamentales agencias de la CIA y el FBI.
“El american dream” de una sociedad civil, de
respeto a la privacidad ciudadana y a la libertad de
expresión, quedaron prácticamente abolidas.
El ejemplo de Cindy Sheehan, golpeada y encarcelada
por simbolizar la protesta de las madres
estadounidenses que han sufrido la pérdida de sus
hijos en Iraq, y la demanda del retorno de los
soldados, son también expresiones de la intolerancia
del gobierno de la mayor potencia económica y
militar del mundo.
Seis años después del 11 de septiembre del 2001,
Estados Unidos está sumido en Afganistán e Iraq en
un caos de muerte, desolación, violencia extrema,
inseguridad, anarquía, ingobernabilidad y
corrupción administrativa, mientras la economía
norteamericana se ha desangrado con los billones de
dólares enterrados en una aventura militar que está
muy lejos de ser victoriosa, como lo pretende hacer
ver su máximo responsable.
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