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Lo que las
estadísticas militares de EE.UU. no toman en cuenta
Aunque
asumido por el Pentágono solo como un dato estadístico, los
850 soldados norteamericanos muertos en acciones de guerra
en Iraq, hasta octubre del 2007, convierten a este año en el
más mortífero para el ejército de Estados Unidos desde el
inicio de invasión, en marzo del 2003.
Sin
embargo, de esa cifra se excluyen las miles de muertes de
civiles iraquíes, víctimas de las tropas de ocupación y de
los cuerpos paramilitares dedicados a una sistemática labor
de exterminio de la población.
Es
práctica también de las fuentes castrenses estadounidenses,
para evitar manifestaciones de protestas de sus ciudadanos,
no hacer público los nombres de los efectivos caídos en
acciones combativas en el país árabe, y se limitan a enviar
a sus familiares una luctuosa misiva anunciándoles la
pérdida del ser querido.
Hasta el
presente el número total de bajas mortales del ejercito de
Estados Unidos no es conocido con certeza, aunque informes
manipulados por la Secretaria de Defensa -un sofisma hasta
en el propio nombre- lo fijan en más de tres mil 860, sin
contar los heridos de extrema gravedad que fallecen
posteriormente y no son cuantificados.
Es
evidente que la pérdida de vidas de soldados estadounidenses
en Iraq muestran una mayor progresión que en años anteriores,
a pesar de los reclamos del presidente Bush y de las
“autoridades” iraquíes, quienes se congratulan por la
mejoría de la situación de la seguridad en el país después
del envió de un nuevo contingente de 30 mil efectivos.
Cifras
oficiales del comando norteamericano, con sede en Bagdad,
consignan que hasta el 19 de octubre 828 soldados murieron
en Iraq, y desde ese día han perecido otros 22 militares,
según un recuento realizado por medios de prensa a partir de
los comunicados del ejército estadounidense.
Las mismas
fuentes señalan que en el 2003 murieron un total de 486
soldados, 846 en el 2004, 844 en el 2005 y 821 en el 2006.
No
obstante, Washington se empeña en propalar que desde el mes
de febrero el país vive una relativa calma, principalmente
en Bagdad, ocultando la situación de caos por el incremento
de las acciones de la resistencia, los atentados, la
violencia y los secuestros producto de pugnas confesionales
y los enfrentamientos entre facciones armadas rivales,
Uno de los
falsos argumentos esgrimidos es que el número de bajas entre
las tropas invasoras ha ido disminuyendo paulatinamente año
tras año, sin aclarar que más de 100 mil mercenarios de la
“empresa de contratistas” Blackwater, a su servicio, se
ocupan ahora en gran parte del trabajo sucio de aniquilar a
la población, que ha pagado en más de un millón de vidas de
ciudadanos iraquíes la descabellada y fracasada aventura
militar de la Casa Blanca.
Para
encubrir los horrendos crímenes perpetrados por esas hordas
mercenarias, Washington les acaba de conceder a sus
integrantes la condición de “diplomáticos”, y por ende total
inmunidad.
Mientras,
y como caja de resonancia, el primer ministro iraquí Nuri al
Maliki, atrincherado con su “gobierno” en un bunker del
ultrafortificado sector de la capital denominado la zona
verde, sostiene que su país ya no se encuentra amenazado por
el riesgo de una guerra civil y que la violencia está
bajando, aunque quizás se esté refiriendo al descenso de sus
víctimas a los sepulcros.
Tema de la
campaña electoral de Estados Unidos, la guerra de Iraq se
debate en el Congreso de la Nación o entre los distintos
candidatos presidenciales en términos de costos económicos y
políticos, pero no humanitarios, porque tirios y troyanos no
quieren soltar de sus manos la razón principal de la
invasión: los recursos petroleros de Iraq.
Sin tener
las estatura política, ni la inteligencia de Winston
Churchill, quien durante el enfrentamiento al fascismo
alemán durante la II Guerra Mundial le prometió al pueblo
británico solo “sangre, sudor y lagrimas”, Bush pretendió
remedarlo utilizando frases patrioteras al señalarle a sus
conciudadanos que la guerra contra Iraq causaría sacrificios
y bajas norteamericanas, aunque no supuso tantas.
El 2007
podrá considerarse el más mortífero para el ejército de
Estados Unidos, pero nunca tan letal como los cerca de cinco
años en que el pueblo iraquí ha sido sometido al más cruel e
inhumano genocidio, sin que su martirologio haya terminado
todavía.
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