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Desde hace varias semanas las
especulaciones sobre una agresión norteamericana a
la República Islámica de Irán han ganado en
intensidad. Noticias basadas en la “filtración” de
informes de fuentes de inteligencia rusa, fijan como
fecha para el ataque la primera quincena del mes de
abril.
Expertos militares consideran que la
apocalíptica acción consistirá en el bombardeo
contra instalaciones estratégicas iraníes, y que no
excluye el uso de armas nucleares tácticas.
Se afirma que la Operación Bite
(mordida), que da nombre a la diseñada para atacar
el territorio iraní, está totalmente preparada y
solo espera la “luz verde” del presidente George W.
Bush, su instigador más entusiasta.
El despliegue de una poderosa fuerza
naval cerca del estrecho de Ormuz, en el golfo
Pérsico, compuesta por los portaaviones Eisenhower,
Nietmiz y Stennis, escuadrillas de aviones,
helicópteros, y el envío de 12 mil soldados hacia
Afganistán e Iraq listos para entrar en acción,
indican los inminentes peligros que acechan a la
república islámica.
Previendo una guerra total contra
Irán, Estados Unidos realizó a finales de diciembre
pasado las maniobras militares Escudo Vigilante 07,
cuyos objetivos no solo abarcaron la región del
Oriente Medio, incluyeron también como posibles
escenarios de confrontación a Rusia, China y Corea
del Norte.
Preludio de la agresión militar,
aunque hipócritamente hasta el momento la excluyen,
son las arbitrarias sanciones impuestas a Teherán
por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, para
obligarla a desistir de su programa de
enriquecimiento de uranio y del uso pacífico de la
energía nuclear, a que toda nación tiene derecho
soberano.
En sus incendiarios planes,
Washington cuenta con el apoyo y la “bendición” del
gobierno británico, su compañero de armas en la
invasión y ocupación de Iraq, y con el de otras
naciones de la Unión Europea, pero sobre todo con el
de su fiel aliado en el Oriente Medio, el estado de
Israel.
Desde el 2004, Tel Aviv se ha estado
preparando para un eventual ataque a Irán, y según
informaciones aparecidas el pasado enero en el
diario The Sunday Times, escuadrillas de aviones
israelíes se entrenaban para destruir con bombas
nucleares tácticas una planta de enriquecimiento de
uranio en la localidad de Natanz y las instalaciones
nucleares iraníes en Bushehr, protegidos por los
Awacs y otros aviones de Estados Unidos.
Si se concretara la agresión, la
nación persa conformaría, junto con Afganistán e
Iraq, el triángulo de guerra para el dominio de toda
esa región y el acceso y control de sus fuentes de
petróleo y gas.
De desencadenarse una conflagración
que bloquee el estrecho de Ormuz, la ya deteriorada
situación energética mundial, señalan analistas
económicos, sufriría un tremendo impacto, pues los
precios del petróleo se dispararían hasta alcanzar
cifras astronómicas en detrimento de las naciones
pobres.
El estrecho de Ormuz, es el paso
obligado del 40% del petróleo que se comercia en el
mundo y el 90% del que se exporta desde el golfo
Pérsico. La obligada respuesta de Irán a un ataque
extendería la guerra a otros escenarios, ante la
posibilidad de acciones iraníes contra instalaciones
militares de Estados Unidos en el ocupado Iraq, en
otros países del Golfo y en el territorio de Israel,
originando una crisis bélica de terribles
consecuencias.
Tan extremadamente tensa es la
situación creada por las presiones del gobierno
norteamericano, que cualquier provocación como la
reciente llevada a cabo por la marina británica en
aguas iraníes, pudo haber sido utilizada por
Washington como pretexto para desatar la agresión.
Acorralado por el estrepitoso
fracaso en Iraq, su descrédito personal y por las
presiones a que se ve sometido por la opinión
norteamericana y por el Congreso, Bush es capaz de
buscar en una tercera guerra la vía de escape,
aunque para ello tenga, sin atenerse a las
consecuencias, que convertir el planeta en una
inmensa pira nuclear.
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