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Tras los sucesos del 11 de septiembre del 2001 y las
guerras de Afganistán e Iraq, la administración de
Bush renovó los intereses estratégicos, económicos y
geopolíticos de Estados Unidos en África
Subsahariana.
Para la consecución de sus objetivos, Washington
utiliza la subversión interna, el cambio de los
gobiernos adversos a sus ambiciones y la hipocresía
de pretendidos proyectos de desarrollo económico y
humanitarios sustentados por el Fondo Monetario
Internacional y el Banco Mundial.
Un ejemplo de la doble moral y la política del
garrote y la zanahoria aplicada por la Casa Blanca
en sus tratativas con diversos estados de África
Subsahariana es Sudán.
A cambio de “contribuir”, mediante una invasión, a
poner fin al cruento conflicto en la provincia de
Darfur, el imperio, con vistas a favorecer a las
empresas norteamericanas, presiona al Gobierno de
Jartum para que reconozca al Estado de Israel y
rechace las inversiones de China, Malasia, India e
Irán en el sector petrolero.
En los planes de Estados Unidos, Sudán ha adquirido
mayor importancia estratégica debido a su
privilegiada situación al oeste del Mar Rojo y al
sur del Canal de Suez, ruta por donde cruza gran
parte del petróleo de Arabia Saudita, y en la cual
se produce un intenso comercio entre África Central,
el Oriente Medio y China.
La decisión de Estados Unidos de crear un comando
militar unificado para África confirma la inclusión
del continente entre las primeras prioridades de la
agenda Bush.
Según cálculos del Consejo Nacional de Inteligencia
de Estados Unidos, el África Subsahariana podría
abastecer el 25% de las necesidades norteamericanas
de hidrocarburos en el 2015, en comparación con el
nivel actual del 16%, con lo que suministraría más
hidrocarburos a la economía norteamericana que todo
el Oriente Medio junto.
Uno de los obstáculos a esas pretensiones son las
tensas relaciones sudanesas-norteamericanas,
agudizadas desde 1998, cuando Bill Clinton, entonces
presidente de Estados Unidos, ordenó bombardear la
única fábrica de medicamentos de Sudán en Al Shifa,
alegando una infundada producción de armas químicas.
Pretextando la lucha contra el terrorismo, la Casa
Blanca se ha involucrado en la crisis de Darfur,
iniciada en febrero del 2003, cuando el Movimiento
de Liberación de Sudán y el Movimiento de Justicia e
Igualdad se alzaron en armas para protestar contra
la pobreza y la marginación de la zona.
Desde entonces, los enfrentamientos han causado más
de 200 mil muertos y dos millones 100 mil refugiados
en lo que constituye, según la Organización de
Naciones Unidas, la peor tragedia humanitaria del
siglo XX.
Al Zubeir Bachir Taha, ministro del Interior
sudanés, ha acusado a los servicios secretos
estadounidenses de expandir la crisis y la
subversión mediante la infiltración de armas en
Darfur, al dar ayuda económica a los grupos rebeldes
en pugna, responsabilizados por Jartum con la muerte
de miles de civiles.
La pasada semana el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas aprobó la Resolución 1769, que
autoriza el despliegue en la región de Darfur de una
fuerza internacional de paz (ONU-UA), compuesta por
26 mil soldados, que incluye a los 7 mil efectivos
de la Unión Africana, que desde el 2003, con muy
escasos recursos, realizaban esa misión para la
protección de la población civil.
Pero en la otra vertiente, Estados Unidos no
renuncia a sus acciones intervencionistas y lanza
sus zarpazos con las fauces abiertas al acecho de
las ricas reservas de petróleo y gas de Sudán.
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