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El perdón del jefe de la Mafia a uno de sus capos
Si para su célebre novela El Padrino el escritor
italo-norteamericano, Mario Puzo, no se hubiera
inspirado en la vida del Don siciliano, Vito
Corleone, bien pudo concebirla sobre la del
presidente de Estados Unidos, George W. Bush, jefe
de la mafia que tiene su cuartel general en la Casa
Blanca.
En una desvergonzada decisión, el más marrullero,
incapaz, e impopular de los mandatarios que han
ocupado la Oficina Oval del imperio, conmutó la pena
de prisión impuesta a Lewis “Scootter” Libby,
prominente capo de la Familia, ex asesor de su
Gabinete e influyente mano derecha del
vicepresidente Dick Cheney, otro tránsfuga
involucrado también en el escandaloso Caso Plume.
El ominoso perdón presidencial libra a Libby de
cumplir una irrisoria condena de 30 meses de cárcel
por la felonía de haber dado a conocer la identidad
de Valery Plume, agente encubierta de la Central de
Inteligencia Norteamérica (CIA), en violación de
preceptos de las leyes estadounidenses, de las que
los hombres del equipo de Mister Fraude hacen
escarnio permanente.
La sórdida delación de “Scotter”, reo de perjurio,
de mentir a agentes federales y de obstruir
investigaciones judiciales, desde sus inicios fue
considerada como el clásico “ajuste de cuentas” a
la oficial de espionaje yanqui, en venganza por las
revelaciones hechas al The New York Times por su
esposo Joseph Wilson, ex embajador de Washington en
Iraq, en las que acusó a Bush de mentir, manipular y
distorsionar la información sobre la supuesta
producción de armas de destrucción masiva por el
gobierno de Bagdad, para tratar de justificar el
inicio de de su guerra de agresión contra el país
árabe.
Y como la mentira y la trapacería presiden todos los
actos del señor W, este ha tratado de engañar
nuevamente a la opinión pública norteamericana
aseverando que el veredicto del jurado que dictó la
reclusión de su protegido “es excesiva”. ¡Qué clase
de cara dura se manda Bush!
El “gentleman” y diligente Libby, de 56 años,
diplomado de la Universidad de Yale, y “cabeza de
turco” escogida para salvar a Cheney, ocupaba una
privilegiada categoría en el selecto team de
halcones y funcionarios corruptos y venales, que han
conformado el equipo Bush desde su fraudulenta
accesión a la presidencia, y de cuyos escándalos por
malversación de fondos públicos, sobornos, negocios
turbios, ventas de influencias y prebendas para
privilegiar empresas, no escapan los procónsules y
empresarios yanquis enriquecidos con los fondos de
guerra y los despojos al pueblo iraquí.
Esta larga relación incluye a Paul Bremen, primer
procónsul yanqui en Iraq, Douglas Feith, ex
subsecretario de Estado, Kart Rowe, asesor de Bush,
Richard Perle, ex subsecretario de Defensa, Tom
DeLay y Duke Cunningham, legisladores republicanos,
y el benjamín del grupo, Paúl Wolfowitz, ex
subsecretario de defensa, promovido por su “socio” a
Presidente del Banco Mundial y recientemente
destituido del cargo por nepotismo.
Aunque en ella no están todos los capos y miembros
de la Familia embarrados de la cochambre en que Bush
ha convertido los níveos salones de la Casa Blanca.
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