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El tercer viaje de Bush a Iraq buscó reparar su
maltrecha imagen y estrategia política en el Oriente
Medio
La sorpresiva y fugaz visita realizada de incógnito
y casi a hurtadillas por el presidente George W.
Bush a Iraq esta semana, es otra evidente
confirmación de que para Estados Unidos la guerra
contra esa nación árabe marcha de mal en peor, a
pesar de los cantos de sirena de los estrategas del
Pentágono y del jefe de los halcones de la Casa
Blanca.
El furtivo periplo, a bordo del avión presidencial
Fuerza Aérea Uno, mantenido en secreto para un
mayor golpe de efecto, tuvo como destino la base
militar estadounidense en la provincia sunita de
Anbar, donde el premier iraquí shiíta, Noury al
Maliki, esperó solicitó a su jefe y al resto de
la”selecta” comitiva integrada por la Secretaria de
Estado, Condolezza Rice, y por el de Defensa, Robert
Gates.
El sitio del encuentro fue estratégicamente
escogido por los asesores del mandatario, para
demostrar su nivel de seguridad ante posibles
ataques de la resistencia, y anticipar que una
reconciliación política entre sunnitas y chiítas es
posible, bajo el auspicio de Estados Unidos.
Pero esta turné relámpago del Emperador, difiere
mucho de sus dos anteriores visitas, pues han
quedado atrás los días triunfalistas de mayo del
2003 en los que disfrazado con un uniforme de piloto
de las fuerzas aéreas norteamericanas, proclamaba
con su habitual prepotencia, desde la cubierta del
portaviones Abraham Lincoln, el fin de las grandes
operaciones militares en Iraq.
Y los de las ridículas y olvidadas imágenes en
noviembre de ese mismo año, cuando complacido,
risueño y rodeado de las tropas invasoras trinchaba
en Bagdad un pavo de utilería plástico, en el Día de
Acción de Gracias.
Más aislado, impopular y cuestionado que nunca por
su ineptitud y los fracasos en la conducción de los
asuntos internos e internacionales de la nación
norteña, Bush marchó nuevamente al país del Oriente
Medio, para tratar de recuperar crédito para su
maltrecha nueva estrategia en el orden militar y
político.
Frente a las acerbas críticas de congresistas
republicanos y demócratas por el envío de 30 mil
soldados adicionales a Iraq, con la ambigüedad que
lo caracteriza, insinuó allí, más que afirmara, la
posibilidad de un retiro parcial de tropas“si la
situación mejora”, pero dejó bien claro que la fecha
del retiro y el número de soldados no estará
determinado “por los políticos nerviosos de
Washington”, en una alusión directa a sus opositores
en el Congreso.
Aunque no mencionó que del contingente inicial, más
de 3 mil 700 soldados estadounidenses muertos en
combate, no podían escuchar sus repetidas pero
menos enardecidas y convincentes arengas, en aquel
escenario donde cientos de miles de civiles iraquíes
han sido masacrados, presos y torturados en nombre
de la “democracia made in USA”.
En su corta visita, Bush pretendió anticipar los
buenos augurios de un pretendido progreso de la
seguridad en ese país, que se espera dimane del
informe que deberán rendir al Congreso el jefe de
las fuerzas de Estados Unidos en territorio iraquí
David Petraeus y el embajador norteamericano en
Bagdad, Ryan Crocker, cn el que espera acallar las
críticas que crecen más cada día en la Cámara y el
Senado.
El terco señor presidente no se da por vencido del
fracaso de la guerra emprendida contra Iraq y
continúa enarbolando la tea incendiaria, sin tomar
en cuenta que la misma está quemando sus propias
faltriqueras.
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