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El cinco de junio de 1967, pertrechado de un moderno
armamento suministrado por Estados Unidos, Israel
inició una nueva guerra de agresión y expansión
colonialista contra Egipto, Siria y Palestina, que
se extendió hasta el día 10 y cercenó gran parte de
los territorios de esos países árabes.
Ensu campaña relámpago, denominada la Guerra de los
Seis Días, el ejército sionista ocupó la península
egipcia del Sinaí, las alturas del Golán sirias,
Cisjordania, Jerusalén oriental y la Franja de Gaza.
Los resultados de esta tercera guerra árabe-israelí,
que por primera vez permitió a Israel extenderse
más allá de las fronteras de Palestina, fueron
especialmente desastrosos para ese pueblo, que
sufrió un mayor despojo de su histórica tierra y
aumentó a 1,5 millones el número de refugiados
palestinos en países vecinos.
De un golpe la superficie de los territorios árabes
ocupados por Israel sobrepasó los 60 mil kilómetros
cuadrados, o sea cuatro veces más que la superficie
que le fue concedida al estado sionista por la
Resolución 181 de la Asamblea General de Naciones
Unidas, del 29 de noviembre de 1947, sobre la
división de Palestina.
La geofagia del sionismo El estado de Israel,
proclamado el 14 de mayo de 1948, nació destilando
terror, desolación y muerte por todos los poros. Su
historia contemporánea no es más que la historia de
la conquista, usurpación, ocupación y expansión
colonialista de los territorios de Palestina y de
otros pueblos árabes, mediante guerras de rapiña.
Su bautismo de sangre lo constituyó la masacre de
Deir Yassin, el nueve de abril de 1948, perpetrada
un mes antes de su constitución como estado.
En tan sangriento día, un comando de la organización
terrorista Irgún Zvai Leumi, dirigido por Ménahem
Beguin (años después primer ministro israelí), junto
con el ultraderechista grupo Stern, atacó la aldea
de Deir Yassin y masacró a casi toda la población
árabe, incluyendo mujeres, niños y ancianos. Miles
de palestinos se vieron obligados a abandonar sus
hogares y su tierra natal, forzados por la represión
y el terror aplicados por los ocupantes.
“La masacre de Deir Yassin, afirmó Beguin en sus
memorias, no solo era justificada, sino que de no
haber triunfado no existiría el estado de Israel”.
La diáspora que sufren hoy cerca de 4 millones de
refugiados palestinos, diseminados en Jordania,
Líbano, Siria, Egipto y otras naciones árabes, es
uno de los hechos más dramáticos de nuestros días.
El carácter, la ideología neofascista y la práctica
política del sionismo hallaron su máxima expresión
en el estado de Israel, “creado y orientado hacia la
expansión”, como afirmó uno de sus principales
fundadores, David Ben Gurion.
La alianza del chacal y la hiena Una de las
consecuencias más nefastas de la Guerra de los Seis
Días fue la consolidación de la añorada alianza
entre Estados Unidos e Israel, en la cual se selló
el proyecto sionista- norteamericano para el cambio
del panorama político en el Oriente Medio y el
control hegemónico de la estratégica región.
A partir de entonces, el apoyo incondicional de
Washington a su nuevo y fiel aliado cobró carta de
naturaleza, a diferencia de la actitud asumida por
razones tácticas en octubre de 1956, durante la
agresión tripartita contra Egipto, en que las tropas
israelíes asestaron un artero golpe y ocuparon la
península del Sinaí, mientras Gran Bretaña y Francia
desembarcaron sus tropas para ocupar el canal de
Suez.
Es precisamente en la guerra de 1967, que el
imperialismo norteamericano hizo definitivamente
público su antes embozado contubernio con Israel, y
lo convirtió en su punto de apoyo básico para
aniquilar el movimiento de liberación nacional
árabe, iniciado por el gobierno progresista del
presidente egipcio Gamal Andel Nasser, que tanto
inspiró la lucha emancipadora de los pueblos del
Tercer Mundo.
Desde entonces fluyeron anualmente hacía Tel Aviv,
miles de millones de dólares en soporte económico y
suministros de armas y equipos de guerra.
Cuarenta años después de la Guerra de los Seis Días,
preparada con la activa participación de los
servicios de espionaje de Estados Unidos y algunos
países de la OTAN, el maridaje entre Washington y
Tel Aviv continúa representando una de las mayores
amenazas para la estabilidad política y la paz en el
Oriente Medio.
Israel, con el apoyo norteamericano, prosigue el
sistemático exterminio de la población civil
palestina, el asesinato selectivo de sus dirigentes
en Cisjordania y Gaza, y el asentamiento de colonos
judíos en los territorios ocupados, a la par que
lleva a cabo agresiones militares contra el Líbano.
Mientras, el gobierno norteamericano mantiene sus
tropas de ocupación en Iraq, que han masacrado a
cientos de miles de ciudadanos, y amenaza con
acciones de guerra a Siria y a Irán.
Si un comportamiento manifiesta el irrestricto apoyo
de Estados Unidos a Israel, es su constante veto a
la aplicación de la mayoría de las más de 800
resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas en apoyo a Palestina y de condena a las
acciones israelíes en ese territorio.
Dentro de esas resoluciones destacan la 242, del 22
de noviembre de 1967 y la 338 de 1973, que revisten
extraordinaria importancia para el inicio de un
proceso de paz que conduzca a la solución definitiva
del cruento conflicto.
Ellas no solo demandan la retirada incondicional de
Israel de todos los territorios árabes ocupados,
sino que establecen el derecho al retorno de los
refugiados palestinos, recogido también en la
Resolución 194 de la Asamblea General de la ONU, en
1948. Cincuenta y nueve años después de la
usurpación por Israel de los territorios palestinos,
su sufrida población se hacina prácticamente en los
campos de concentración en que Israel ha convertido
su tierra de origen, y subsiste en condiciones de
criminal represión, barbarie y extrema pobreza, que
les deja como única salida la Intifada, su justa y
heroica rebelión popular en contra del ocupante
sionista.
La guerra desatada por Israel hace 40 años no duro
solo seis días, ha continuado durante los cerca de
60 años de existencia de estado sionista. Y en ella,
hombro con hombro, ha marchado su mayor aliado, el
Gobierno de Estados Unidos.
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