Queridos compatriotas:
Sólo unos minutos para saludarlos a ustedes y pronunciar breves
palabras, dirigidas en esta ocasión fundamentalmente al pueblo
norteamericano.
Nuestra lucha no es ni será jamás contra el
pueblo de Estados Unidos. Quizás en ningún otro país se reciba a los
ciudadanos norteamericanos con el respeto y la hospitalidad con que se les
recibe en Cuba.
Somos hombres de ideas y no una comunidad de
fanáticos. Nunca en Cuba se culpó ni sembró odio contra el pueblo de
Estados Unidos por las agresiones que hemos sufrido de sus gobiernos. Eso
hubiera estado contra nuestras doctrinas políticas y nuestra conciencia
internacionalista, bien probada a lo largo de muchos años y cada día más
arraigada en nuestro pensamiento.
Si patria es humanidad, como sentenció Martí,
somos ciudadanos del mundo y hermanos de todos los pueblos del planeta.
Sus niños, sus jóvenes, sus ancianos, sus hombres y mujeres, son también
nuestros, independientemente de las ideas económicas, políticas,
religiosas y culturales de cada cual.
Las relaciones entre el pueblo de Cuba y el
pueblo de Estados Unidos, aunque muy influido este durante decenas de años
por un diluvio de propaganda calumniosa e información manipulada, han ido
mejorando día a día, en especial desde que un 80 por ciento de sus
ciudadanos apoyó la devolución del niño secuestrado a su familia y a su
patria.
Siempre he pensado, a partir de mis reflexiones sobre la más
reciente historia de ese país, que el pueblo norteamericano puede apoyar
una mala causa -y no pocas veces lo ha hecho-, pero para ello primero hay
que engañarlo. Si bien cuando la guerra de Viet Nam las imágenes dolorosas
que observaba a diario, de jóvenes norteamericanos que regresaban sin
vida, contribuyeron en alto grado a su toma de conciencia sobre lo
estéril, injusto y absurdo de aquella guerra, en el caso del niño no
ocurría algo parecido. Conocida a través de sus propios medios masivos la
cruel injusticia que se estaba cometiendo con aquella criatura, el pueblo
norteamericano no vaciló en ponerse al lado de lo justo. ¡Eso Cuba no lo
olvidará nunca!
Duele profundamente que a ese pueblo, de
esencia noble, se le trate de engañar con la diabólica invención de que en
los laboratorios donde nuestros abnegados científicos descubren, producen
y desarrollan vacunas, medicinas y tratamientos terapéuticos que previenen
o curan enfermedades, ahorran sufrimientos y salvan incontables vidas, se
desarrollan programas de investigación y producción de armas
biológicas.
Se habla alternativamente de la capacidad de
producirlas. Cualquier conocimiento técnico-científico a lo largo de la
historia ha servido para el bien o para el mal. En nuestro país jamás se
ha pensado producir tales armas. Nuestros científicos han sido educados en
la misión sagrada de proteger la vida y no en destruirla.
Cuba dispone del doble de médicos per cápita que el conjunto de
las naciones más desarrolladas. Ningún país ha prestado ni presta
gratuitamente más apoyo a los servicios de salud de otros pueblos, ni ha
salvado más vidas. Un pueblo que así actúa, no tiene ni puede tener
vocación de fabricante de armas biológicas.
Más importantes que los conocimientos son los
sentimientos. Y por encima de todo, la verdad debe ser sagrada.
Dos semanas después de la infame calumnia, vino
la arbitraria inclusión de Cuba en una lista de países que auspician el
terrorismo.
Más que la preocupación por el daño moral y
político que puede derivarse de tan canallescas acusaciones, nos duele la
idea de que un solo norteamericano llegara a creer que desde Cuba pudiera
originarse daño alguno a él, a su familia y a su pueblo.
Ni una sola gota de sangre se ha derramado en
Estados Unidos, ni un átomo de riqueza allí se ha perdido en 43 años de
Revolución por acción terrorista alguna procedente de Cuba. A la inversa,
son miles las pérdidas de vidas y cifras siderales los daños materiales
que se han ocasionado a nuestra patria desde territorio norteamericano. Es
algo sobre lo que el pueblo de Estados Unidos debe ser informado, en lugar
de saturarlo con calumnias y mentiras.
La única verdad que debiera inferirse es que
desde Cuba el pueblo de Estados Unidos pudiera recibir vacunas,
medicamentos y procedimientos médicos que salvarían con seguridad
numerosas vidas, o servirían para recuperar bienestar y salud cuando cese
la absurda prohibición del intercambio comercial. Si esa modesta
cooperación es posible, se debe a que hace mucho rato desapareció el
analfabetismo en nuestro país, un alto nivel educacional ha sido
alcanzado, y Cuba se convierte cada vez más en un país no solo de grandes
talentos artísticos e intelectuales, sino también de pedagogos,
científicos y cientos de miles de ciudadanos capaces de crear riquezas con
sus inteligencias cultivadas. ¡Una prueba de lo que puede hacerse, a pesar
del subdesarrollo heredado y el más prolongado bloqueo económico y
financiero que haya sufrido nunca pueblo alguno!
Nos duele también mucho ver al pueblo
norteamericano envuelto en una atmósfera de terror que perturba su vida,
limita su capacidad de crear, entorpece sus actividades normales y afecta
su economía.
No quiero utilizar este momento para hacer
críticas de lo que pudo hacerse y no se hizo a fin de evitar el horrendo
crimen del 11 de septiembre; no dispongo de elementos de juicio
suficientes.
Como dirigente de un país que ha tenido que
defenderse durante más de 4 décadas de miles de acciones terroristas,
puedo afirmar que la siembra incesante de pánico no es el camino correcto;
puede afectar psicológicamente a la población y convertir la vida de ese
inmenso país en un insoportable infierno. Los riesgos de graves acciones
terroristas han existido y existen en Estados Unidos como en cualquier
otra parte del mundo, antes o después del 11 de septiembre. Incluso,
personas enajenadas, excitadas por el clima reinante, pueden realizarlas.
Los dirigentes de un país no pueden ser arrastrados a errores por el temor
a las realidades; son muchas y muy diversas las que en la actualidad
amenazan a la sociedad humana.
De todas las medidas preventivas que puedan
adoptarse contra el terrorismo, hay algunas fundamentales: educar al
pueblo, informarlo de esas realidades y peligros, transmitirle serenidad,
confianza y los conocimientos necesarios para obtener de él la mayor y más
eficiente cooperación en esa lucha.
Los cubanos, habituados a librar batallas con
el pueblo, no concebimos victoria alguna sin su participación y
apoyo.
Es deber elemental de los agobiados dirigentes
de nuestro complejo mundo, entre otras muchas obligaciones -y sin olvidar
el hambre, la pobreza, el subdesarrollo, las enfermedades que diezman
regiones enteras, los cambios de clima y otras calamidades-, reflexionar y
meditar sobre las causas y raíces que han originado la peligrosa pandemia
del terrorismo, y aplicar métodos verdaderamente eficaces para
combatirlos.
En sus dificultades actuales y en la lucha
contra el flagelo del terrorismo, el pueblo de Estados Unidos puede contar
con este pueblo amistoso, solidario y generoso.
¡Viva el sistema político y económico que
convirtió a Cuba en ejemplo de justicia, soberanía plena, libertad
verdadera, dignidad y heroísmo!
¡Viva el pueblo patriótico, unido y culto que
ningún poder sobre la Tierra podrá jamás doblegar!
¡Venceremos!