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(Versiones Taquigráficas-Consejo de Estado)
(Revisado y perfilado por su propio autor, con absoluto
respeto a la integridad de las ideas expresadas en su
discurso)
Queridos estudiantes y profesores de las universidades
de toda Cuba;
Queridos compañeros dirigentes y demás invitados que
han compartido con nosotros tantos años de lucha:
Ahora
viene el momento más difícil, que es el de decir unas
palabras en esta Aula Magna, donde se han pronunciado
tantas palabras. Un mundo de ideas le viene a uno a la
mente, y es lógico, ha pasado algún tiempo.
Ustedes
han sido muy amables al recordar hoy un día muy
especial: el 60 aniversario de mi tímido ingreso a esta
universidad.
Por ahí
anda una foto, yo la miraba: un jacketcito; cara así,
no sé si de bravo, de malo, o de bueno, o indignado,
porque esa foto no la sacaron el primer día, yo creo
que ya tenía unos cuantos meses, y yo empezaba a
reaccionar contra tantas cosas como las que estábamos
viendo. No era un pensamiento formado ni mucho menos;
era un pensamiento ávido de ideas, pero también de
deseos de conocer; un espíritu tal vez rebelde, lleno
de ilusiones, de ilusiones no puedo decir
revolucionarias, habría que decir lleno de ilusiones y
de energía, también posiblemente de ansias de lucha.
Bueno,
había sido deportista, había sido escalador de
montañas. Hasta me habían convertido primero —ni sé
bien por qué— en una especie de teniente de
exploradores y después, más tarde, me hicieron general
de exploradores. Así que cuando yo era estudiante
preuniversitario me habían dado más grados que los que
tengo hoy (Risas), porque fui después Comandante, pero
nada más que Comandante, y eso de Comandante en Jefe no
quería decir más que era Comandante jefe de aquella
pequeña tropa de alrededor de 82 hombres, con los que
desembarcamos del Granma.
Ese
nombre nace después del desembarco, el 2 de diciembre
de 1956. Entre los 82 alguno tenía que ser jefe,
después le pusieron “en”. Así, poco a poco, de
Comandante jefe pasé a Comandante en Jefe cuando ya
había más Comandantes, porque era el grado más alto
durante mucho tiempo. Recordaba esas cosas. Uno tiene
que pensar qué era, en qué pensaba, qué sentimientos
albergaba.
Tal vez
circunstancias especiales de mi vida me hicieron
reaccionar. Pasé algún trabajo desde muy temprano y
fui desarrollando, quizás por ello, el oficio de
rebelde.
Por ahí
se habla de los rebeldes sin causa; pero a mí me
parece, cuando recuerdo, que era un rebelde por muchas
causas, y agradezco a la vida haber seguido, a lo largo
de todo el tiempo, siendo rebelde, aun hoy, y tal vez
con más razón, porque tenga más ideas, porque tenga más
experiencia, porque haya aprendido mucho de mi propia
lucha, porque comprenda mucho mejor esta tierra en que
nacimos y este mundo en que vivimos, hoy globalizado y
en minutos decisivos de su destino. No me atrevería a
decir en minutos decisivos de su historia, porque su
historia es mucho más breve, es realmente ínfima
comparada con la vida de una especie que en años muy
recientes, tal vez desde hace 3 000, 4 000 ó 5 000
años, comenzó a dar los primeros pasos después de su
larga y breve evolución; digo larga y breve, porque
evolucionó hasta convertirse en ser pensante tal vez en
algunos cientos de miles de años, y al cabo de la
existencia de la vida en este planeta, que afirman los
conocedores, si no me equivoco, surgió, me parece
recordar, hace 1 000 ó 1 500 millones de años, primero
surgió la vida y después surgieron millones de
especies, y nosotros no somos más que eso, una de las
muchas especies que surgieron en este planeta, y por
eso digo que, tras una breve y a la vez larga vida,
hemos llegado a este minuto, en este milenio, que dicen
que es el tercer milenio desde el inicio de la era
cristiana.
¿Y por
qué tantas vueltas en torno a esta idea? Porque me
atrevo a afirmar que hoy esta especie está en un real y
verdadero peligro de extinción, y nadie podría
asegurar, escuchen bien, nadie podría asegurar que
sobreviva a ese peligro.
Bueno,
que la especie no sobreviviría es algo de lo cual se
habló hace 2 000 años, porque recuerdo que cuando era
estudiante oí hablar del Apocalipsis, profetizado en la
Biblia, es como si hace 2 000 años algunos se dieran
cuenta de que esta débil especie podría un día
desaparecer.
Desde
luego, también los marxistas. Recuerdo muy bien un
libro de Engels, Dialéctica de la Naturaleza,
donde hablaba de que algún día el Sol se apagaría, que
el combustible que alimenta el fuego de esa estrella
que nos ilumina se agotaría y dejaría de existir la luz
del Sol. Y entonces me queda una pregunta, que tal vez
ustedes, o los profesores de ustedes, o miles y cientos
de miles de ustedes se la hayan hecho alguna vez, y es
la pregunta acerca de si existe o no la posibilidad de
que esta especie pueda emigrar a otro sistema solar.
¿Nunca
se lo han preguntado? Pues en algún momento se lo van
a preguntar, porque uno se pregunta muchas cosas a lo
largo de la vida, pero se las pregunta sobre todo
cuando hay una razón para preguntárselas. Y creo que el
hombre nunca tuvo más razón para hacerse esta pregunta,
porque si aquel que era marxista se planteó el problema
de la desaparición del calor y la luz solar, y como
científico planteó que un día no existiría el sistema
solar, nosotros también, como revolucionarios, y
echando a volar la imaginación, tenemos que
preguntarnos qué pasará y si hay alguna esperanza de
que esta especie escape y se vaya a otro sistema solar
donde haya o pueda haber vida. Lo único que sabemos
hasta ahora es que hay un sol a cuatro años luz, entre
los cientos de miles de millones de soles que existen
en ese enorme espacio, del que no sabemos todavía bien
si es finito o infinito.
Por lo
poco que sabemos de física, de matemática, de la luz y
la velocidad de la luz, y los que viajan a los planetas
más cercanos, donde no encuentran nada, y los que
viajaran a Venus —creo que Venus fue en tiempo de los
romanos la diosa del amor—, los que allí tengan el
privilegio de llegar, van a encontrar unos ciclones que
son no sé cuántos cientos de veces peores que el
Katrina, el Rita, o el Michelle, o el Mitch, y todos
los demás similares que cada vez con más fuerza nos
azotan, porque se afirma que la temperatura en Venus es
de 400 grados, y son masas de aire o de atmósfera
pesada en constante soplo.
Los que
han ido a Marte, que decían que era un lugarcito donde
podría haber existido la vida —Chávez habla de que
posiblemente existió allí la vida, él bromea con eso—,
y se fue, desapareció todo, andan buscando si hay una
partícula de oxígeno o alguna huella de vida. Bien,
todo puede haber ocurrido, pero lo más probable es que
no hubiese existido vida desarrollada en alguno de esos
planetas. El conjunto de factores que hicieron posible
la vida se dieron al cabo de miles de millones de años
en el planeta Tierra, esa frágil vida que puede
transcurrir entre limitados grados de temperatura,
entre unos pocos grados por debajo de cero y unos pocos
grados por encima de cero, ya que nadie sobrevive a una
temperatura en el agua de 60 grados; bastarían 20
segundos sin protección alguna y ya ningún ser humano
vive, bastarían unas decenas de grados bajo cero, sin
calor artificial y no podría sobrevivir. En ese
limitado margen de temperatura se dio la vida.
Estamos
hablando de la vida, porque cuando hablamos de
universidades hablamos de la vida.
¿Qué
son ustedes? Si me hicieran una pregunta ahora mismo,
yo diría que ustedes son vida, ustedes son símbolos de
la vida.
Aquí
hemos estado hablando de acontecimientos de nuestras
vidas, de nuestra universidad, de nuestra Alma Máter,
de los que llegamos hace algunas decenas de años y los
que están hoy aquí, que ingresaron en el primer año o
que están a punto de graduarse, o algunos se han
graduado ya y están desempeñando funciones que otros,
con menos experiencia, no podrían realizar.
Yo
trataba de recordar cómo eran aquellas universidades, a
qué nos dedicábamos, de qué nos preocupábamos. Nos
estábamos preocupando de esta isla, de esta pequeñita
isla. No se hablaba todavía de globalización, no
existía la televisión, no existía Internet, no existían
las comunicaciones instantáneas de un extremo a otro
del planeta, apenas existía el teléfono, y, si acaso,
algunos aviones de hélice. Al menos en mis tiempos,
allá en 1945, nuestros aviones de pasajeros apenas
llegaban a Miami y con mucho trabajo, aunque cuando era
escolar de primaria escuchaba hablar del viaje de
Barberán y Collar, allá en Birán se afirmaba: “Por
aquí pasaron Barberán y Collar”, dos pilotos españoles
que cruzaron el Atlántico y siguieron hacia México;
pero después no hubo más noticias de Barberán y Collar,
todavía se discute en qué lugar cayeron, si en el mar
entre Pinar del Río y México, o en Yucatán o en algún
otro lugar. Pero nunca más se supo de Barberán y
Collar, que habían cometido la osadía de cruzar el
Atlántico en un avioncito de hélice que se había casi
recién inventado. Fue a principios del siglo que acaba
de pasar cuando se inició la aviación.
Sí,
acababa de ocurrir una terrible guerra, que costó
alrededor de 50 millones de vidas, y estoy hablando del
momento aquel, en 1945, cuando yo ingresé en la
universidad, el día 4 de septiembre; bueno, ingresé en
esa época, y ustedes, desde luego, se han tomado la
libertad de celebrar aquel aniversario cualquier día,
puede ser el 4, puede ser el 17, puede ser en
noviembre, puede ser hoy, en que ustedes escogieron
esta fecha, porque son tantas conmemoraciones que
ustedes no podían dar tantos actos ni yo tampoco
asistir a tantos actos, y el dolor más grande de mi
vida habría sido no asistir, especialmente en este
momento, a un acto en el Aula Magna, invitado por
ustedes.
Yo
todos los días tengo muchos actos, todos los días
converso horas y horas con masas, especialmente de
jóvenes, con masas de estudiantes, o con brigadas
médicas que marchan a cumplir gloriosas misiones que
casi nadie más es capaz de cumplir en este mundo al que
me estoy refiriendo, ahora, porque ningún otro país
podría enviar a un hermano pueblo de Centroamérica
1 000 médicos, como los que en este momento se
enfrentan allí al dolor y a la muerte, frente a la más
grande tragedia natural ocurrida en ese país desde que
se recuerda.
Una por
una, a cada una de esas brigadas, les he hablado, las
he despedido; o a las que marchan hacia el otro lado de
la Tierra, a 18 horas de vuelo, donde ha ocurrido, casi
simultáneamente, una de las más grandes tragedias
humanas que ha conocido nuestro mundo en mucho tiempo,
no recuerdo otra, por el lugar en que se produce, por
el pueblo humilde que golpea, pueblo de pastores que
viven en altísimas montañas, y vísperas de un invierno,
allí donde el frío es muy elevado, donde la pobreza es
grande y donde el mundo insensible que derrocha un
millón de millones de dólares cada año en publicidad
para tomarle el pelo a la inmensa mayoría de la
humanidad —que, además, paga las mentiras que se
dicen—, convirtiendo al ser humano en persona que, al
parecer, no tuviera ni siquiera capacidad de pensar,
porque las hacen consumir jabón, que es el mismo jabón
con 10 marcas diferentes, y tienen que engañarla,
porque ellos pagan ese millón de millones, no lo pagan
las empresas, lo pagan aquellos que adquieren los
productos en virtud de la publicidad; este mundo
insensible que gasta un millón de millones de dólares
cada año en objetivos de carácter militar —ya son dos
millones de millones—; este mundo insensible que extrae
de las masas empobrecidas, de la inmensa mayoría de los
habitantes del planeta, varios millones de millones de
dólares cada año, y permanece indiferente cuando le
dicen que allí han muerto alrededor de 100 000
personas, entre ellos, tal vez, 25 000 ó 30 000 niños,
o donde hay más de 100 000 heridos, y la gran mayoría
sufriendo fracturas de hueso en los miembros superiores
e inferiores del cuerpo, y de los cuales, si acaso, se
habrán operado un 10%, donde hay niños con miembros
mutilados, jóvenes, mujeres y hombres, ancianos.
Ese es
el mundo en que estamos viviendo, no es un mundo lleno
de bondad, es un mundo lleno de egoísmo; no es un mundo
lleno de justicia, es un mundo lleno de explotación, de
abuso, de saqueo, donde un número de millones de niños
mueren cada año —y podrían salvarse—, simplemente
porque les faltan unos centavos de medicamentos, un
poco de vitaminas y sales minerales y unos pocos
dólares de alimentos, suficientes para que puedan
vivir. Mueren cada año, a causa de la injusticia, casi
tantos como los que murieron en aquella colosal guerra
que mencioné hace unos minutos.
¿Qué
mundo es ese? ¿Qué mundo es ese donde un imperio
bárbaro proclama el derecho de atacar sorpresiva y
preventivamente a 70 o más países, que es capaz de
llevar la muerte a cualquier rincón del mundo,
utilizando las más sofisticadas armas y técnicas de
matar? Un mundo donde impera el imperio de la
brutalidad y de la fuerza, con cientos de bases
militares en todo el planeta, y entre ellas una en
nuestra propia tierra, en la que intervino
arbitrariamente cuando el poder colonial español no
podía sostenerse y cuando cientos de miles de los
mejores hijos de este pueblo, que apenas tenía un
millón de habitantes, habían perecido en una larga
guerra de alrededor de 30 años; una Enmienda Platt
repugnante en virtud de una resolución de igual
repugnancia que, de forma traidora, otorgaba el derecho
a intervenir en nuestra tierra cuando a su criterio no
existiese suficiente orden.
Ha
pasado más de un siglo y todavía ocupa por la fuerza
ese pedazo de territorio, hoy vergüenza y espanto del
mundo, cuando se divulga la noticia de que fue
convertida en un antro de torturas, donde cientos de
personas, recogidas en cualquier lugar del mundo, están
allí, no los llevan a su territorio porque en él puedan
existir algunas leyes que les creen dificultades para
tener ilegalmente por la fuerza secuestrados y durante
años, sin ningún trámite, sin ninguna ley, sin ningún
procedimiento a aquellos hombres, que, además, para
asombro del planeta, han estado siendo sometidos a
sádicas y brutales torturas. Y de eso se entera el
mundo cuando allá en una cárcel en Iraq estaban
torturando a cientos de prisioneros del país invadido
con todo el poder de ese colosal imperio, y donde
cientos de miles de civiles iraquíes han perdido la
vida.
Cada
día se descubren cosas nuevas. Hace poco se divulgaron
las noticias de que el gobierno de Estados Unidos
tenía cárceles secretas en los países satélites del
este de Europa, esos que allí votan en Ginebra contra
Cuba y la acusan de violación de derechos humanos; al
país donde nadie conoció jamás un centro de tortura a
lo largo de 46 años de Revolución, porque jamás en
nuestro país se violó aquella tradición sin precedentes
en la historia de que ni un solo hombre haya sido
torturado, o se haya conocido —al menos nosotros— la
tortura de un solo hombre; y no seríamos nosotros los
únicos en impedirla, sería nuestro pueblo que adquirió
hace rato un concepto altísimo de la dignidad humana.
¿Quién
de nosotros, quién de ustedes, cuál de nuestros
compatriotas admitiría tranquilamente la historia de un
solo ciudadano torturado, a pesar de los miles de actos
de barbarie y de terrorismo cometido contra nuestro
pueblo, a pesar de los miles de víctimas ocasionadas
por la agresión de ese imperio que durante más de 45
años nos ha bloqueado y ha tratado de asfixiarnos por
todos los medios? Y ahora dicen los muy descarados
—como decía recientemente uno allí frente a la votación
aplastante de 182 miembros de las Naciones Unidas, con
una abstención— que las dificultades son resultado de
nuestro fracaso, y un gran cómplice de ese bandido, que
es el Estado pro nazi de Israel, apoya el bloqueo. Hay
que decirlo así, porque aquellos que tales crímenes
cometen lo hicieron en nombre de un pueblo que durante
más de 1 500 años sufrió persecución en el mundo y fue
víctima de los más atroces crímenes en la Segunda
Guerra Mundial, el pueblo de Israel, que no tiene
ninguna culpa de las salvajadas genocidas, al servicio
del imperio, que conducen al holocausto de otro pueblo,
el pueblo palestino, y proclaman también el derecho
repugnante de atacar sorpresiva y preventivamente a
otros países.
Ahora
mismo el imperio amenaza con atacar a Irán si produce
combustible nuclear. Combustible nuclear no son armas
nucleares, no son bombas nucleares; prohibirle a un
país producir el combustible del futuro, es como
prohibirle a alguien que explore en busca de petróleo,
que es combustible del presente y llamado a agotarse
físicamente en poco tiempo. ¿A qué país en el mundo se
le prohíbe buscar combustible, carbón, gas, petróleo?
A aquel
país lo conocemos bien, es un país de 70 millones de
habitantes, que se propone el desarrollo industrial y
piensa con toda razón que es un gran crimen comprometer
sus reservas de gas o de petróleo para alimentar el
potencial de miles de millones de kilowatts/hora que
requiere con urgencia de país del Tercer Mundo su
desarrollo industrial. Y ahí está el imperio queriendo
prohibirlo y amenazando con bombardear. Hoy ya se
debate en la esfera internacional qué día y qué hora, o
si será el imperio, o utilizará —como utilizó en Iraq—
al satélite israelí para el bombardeo preventivo y
sorpresivo sobre centros de investigación que busquen
obtener la tecnología de producción del combustible
nuclear.
En 30
años más, el petróleo, un 80% del cual está actualmente
en manos de países del Tercer Mundo, ya que los otros
agotaron el suyo, entre ellos Estados Unidos, que tuvo
una inmensa reserva de petróleo y gas, le alcanza
apenas para algunos años, por lo cual trata de
garantizar la posesión del petróleo en cualquier parte
del planeta y de cualquier forma, esa fuente
energética, sin embargo, se agota y a la vuelta de 25 ó
30 años solo quedará una fundamental, aparte de la
solar, la eólica, etcétera, para la producción masiva
de electricidad, la energía nuclear.
Está
lejano todavía el día en que el hidrógeno, mediante
procesos tecnológicos muy incipientes, pudiera ser
fuente más idónea de combustible, sin el cual no podría
vivir la humanidad, una humanidad que ha adquirido
determinado nivel de desarrollo técnico. Este es un
problema presente.
Nuestro
Ministro de Relaciones Exteriores acaba de cumplimentar
la invitación de visitar a Irán, ya que Cuba será sede
de la próxima reunión de Países No Alineados, dentro de
un año, y aquella nación reclama su derecho a producir
combustible nuclear como cualquier nación entre las
industrializadas y no ser obligada a destruir la
reserva de una materia prima, que sirve no solo como
fuente energética, sino como fuente de numerosos
productos, fuente de fertilizantes, fuente de textiles,
fuente de infinidad de materiales que hoy tienen un uso
universal.
Así
anda este mundo. Y veremos qué ocurriría si se les
ocurre bombardear a Irán para destruir cualquier
instalación que le permita la producción de combustible
nuclear.
Irán ha
firmado el Tratado de no Proliferación, como Cuba lo ha
firmado. Nosotros nunca nos hemos planteado la
cuestión de la fabricación de armas nucleares, porque
no las necesitamos, y si fueran accesibles, cuánto
costaría producirlas y qué hacemos con producir un arma
nuclear frente a un enemigo que tiene miles de armas
nucleares. Sería entrar en el juego de los
enfrentamientos nucleares.
Nosotros poseemos otro tipo de armas nucleares, son
nuestras ideas; nosotros poseemos armas del poder de
las nucleares, es la magnitud de la justicia por la
cual luchamos; nosotros poseemos armas nucleares en
virtud del poder invencible de las armas morales. Por
eso nunca se nos ha ocurrido fabricarlas, ni se nos ha
ocurrido buscar armas biológicas, ¿para qué? Armas
para combatir la muerte, para combatir el SIDA, para
combatir las enfermedades, para combatir el cáncer, a
eso dedicamos nuestros recursos, a pesar de que el
bandido aquel —ya no me acuerdo cómo se llama el tipejo
que han nombrado, no sé si Bolton, Bordon, qué sé yo—,
nada menos que representante de Estados Unidos en
Naciones Unidas, un supermentiroso, descarado, inventor
de que Cuba estaba investigando en el Centro de
Ingeniería Genética para producir armas biológicas.
También
nos acusaron de que estábamos colaborando con Irán,
transfiriendo tecnología con aquel objetivo, y lo que
estamos es construyendo, en sociedad con Irán, una
fábrica de productos anticancerígenos, eso es lo que
estamos haciendo. Y si también lo quieren prohibir,
¡váyanse para el demonio o para donde quieran irse,
idiotas, que aquí no van a asustar a nadie! (Aplausos.)
¡Mentirosos, descarados!, todo el mundo sabe que hasta
la propia CIA descubrió que era mentira lo que estaba
diciendo el actual representante del gobierno de
Estados Unidos en la ONU, y habían obligado a renunciar
a un hombre porque dijo que eso era mentira, y otros en
el Departamento de Estado también se dieron cuenta de
que era mentira y el sujeto estaba furioso, hecho un
basilisco contra todos aquellos que decían la verdad.
Ese es el representante del “Bushecito” ante la
comunidad de naciones, donde acaban de sacar 182 votos
en contra de su infame bloqueo. Ese es el mundo donde
pretenden campear por la fuerza y campear en virtud de
las mentiras y en virtud del monopolio casi total de
los medios masivos. Vean qué batalla se libra en este
momento. Y nombraron al sujeto por encima del
Congreso, y por un tiempo, cuando el mundo entero sabe
que es un descarado y un mentiroso repugnante.
Todos
los días le descubren al caballero que gobierna Estados
Unidos un truco nuevo, un delito nuevo, una canallada
nueva por parte de sus miembros, y van cayendo, van
goteando uno por uno como penca de coco, como diría un
campesino oriental; sí, así van cayendo, con un poco de
ruido. Ya no les va quedando nada que inventar, pero
siguen haciendo barbaridades.
Les
hablaba de las cárceles en varios países, cárceles
secretas donde envían secuestrados con el pretexto de
la lucha contra el terrorismo, y ya no solo en Abu
Ghraib, no solo en Guantánamo, ya en cualquier parte
del mundo se encuentra una cárcel secreta donde
realizan torturas los defensores de los derechos
humanos; son los mismos que allí en Ginebra ordenan a
sus corderitos votar uno tras otro contra Cuba, el país
que no conoce la tortura, ¡para honor y gloria de esta
generación, para honor y gloria de esta Revolución,
para honor y gloria de una lucha por la justicia, por
la independencia, por el decoro humano que debe
mantener incólume su pureza y su dignidad! (Aplausos.)
Pero la
cosa no se acaba ahí, esta mañana llegaban noticias
informando sobre el uso de fósforo vivo en Fallujah,
allí donde el imperio descubrió que un pueblo,
prácticamente desarmado, no podía ser vencido y se
vieron los invasores en tal situación que no podían
irse ni quedarse: si se iban, volvían los
combatientes; si se quedaban, necesitaban esas tropas
en otros puntos. Ya han muerto más de 2 000 jóvenes
soldados norteamericanos, y algunos se preguntan,
¿hasta cuándo seguirán muriendo en una guerra injusta,
justificada con groseras mentiras?
Pero no
vayan a creer que disponen de abundantes reservas de
soldados norteamericanos, ya cada vez menos
norteamericanos se inscriben, han convertido el
enrolamiento para el ejército en una fuente de empleo,
contratan desempleados, y muchas veces trataban de
contratar el mayor número de negros norteamericanos
para sus guerras injustas, y han llegado noticias de
que cada vez menos afronorteamericanos están en
disposición de inscribirse en el ejército, a pesar del
desempleo y la marginación a que son sometidos, porque
tienen conciencia de que los están usando como carne de
cañón. En los guetos de Luisiana, cuando el gobierno
gritó sálvese quien pueda, abandonaron a miles de
ciudadanos que perdieron la vida ahogados o perdieron
la vida en los asilos de ancianos o en los hospitales y
a algunos se les aplicó la eutanasia por temor del
personal facultativo de verlos morir ahogados. Son
historias reales que se conocen y sobre las cuales
debiera meditarse.
Buscan
latinos, inmigrantes que, tratando de escapar del
hambre, cruzaron la frontera, esa frontera donde están
muriendo más de 500 inmigrantes cada año, muchos más en
12 meses que los que murieron durante los 28 años que
duró el muro de Berlín.
Del
muro de Berlín el imperio hablaba todos los días; del
que se levanta entre México y Estados Unidos, donde
mueren ya más de 500 personas por año, pensando escapar
de la pobreza y el subdesarrollo, no hablan una sola
palabra. Ese es el mundo en que estamos viviendo.
¡Fósforo vivo en Fallujah! Eso significa el imperio, y
secretamente. Cuando se denunció, el gobierno de
Estados Unidos dijo que el fósforo vivo era un arma
normal. Si era normal, ¿por qué no lo publicaron?
¿Por qué nadie sabía que estaban usando esa arma
prohibida por las convenciones internacionales? Si el
napalm está prohibido, el fósforo vivo está todavía
mucho más prohibido.
Todos
los días llega una noticia de ese tipo, y todas esas
cosas tienen que ver con la vida, todas esas cosas
tienen que ver con este mundo. Vean qué enorme
diferencia de aquellos tiempos en que nosotros
llegábamos a la universidad todos llenos de ideales,
llenos de sueños, llenos de buena voluntad aunque no
estuviera nutrida de la experiencia, de la ideología
profunda y de las ideas que se iban adquiriendo a lo
largo de los años. Así entraban los jóvenes en esta
universidad, que no era, por cierto, la universidad de
los humildes; era la universidad de las capas medias de
la población, era la universidad de los ricos del país,
aunque los muchachos jóvenes solían estar por encima de
las ideas de su clase y muchos de ellos eran capaces de
luchar, y así lucharon a lo largo de la historia de
Cuba.
Ocho
estudiantes fueron fusilados en 1871 y fueron cimientos
de los más nobles sentimientos y del espíritu de
rebeldía de nuestro pueblo, a quien tanto indignó
aquella colosal injusticia; como los nueve estudiantes,
cuya muerte conmemoramos hoy, asesinados por los nazis,
en Praga, aquel 17 de noviembre de 1939, en vísperas de
la Segunda Guerra Mundial.
En la
historia de nuestra juventud estuvo siempre presente el
recuerdo de aquellos estudiantes de medicina, y los
estudiantes lucharon siempre contra los gobiernos
tiránicos y corrompidos. Mella era uno de ellos,
también procedente de la capa media; porque los de las
capas más pobres, los hijos de los campesinos, no
sabían leer ni escribir, cómo podían ingresar en una
universidad, cómo podían ingresar en un bachillerato.
Yo,
hijo de terrateniente, pude terminar el sexto grado y
después, con séptimo grado aprobado pude ingresar en un
instituto preuniversitario.
¿Quién
que no hubiera podido estudiar bachillerato podía ir a
la universidad? Quien fuera hijo de un campesino, de
un obrero, que viviera en un central azucarero o en
cualquiera de los muchos municipios que no fueran como
el de Santiago de Cuba, o el de Holguín, tal vez
Manzanillo y dos o tres más, no podía ser bachiller,
¡ni siquiera bachiller! Mucho menos graduado de la
universidad, porque, entonces, después de ser
bachiller, tenía que venir a La Habana.
Yo pude
venir a La Habana porque mi padre disponía de recursos,
y así me hice bachiller, y así el azar me trajo a una
universidad. ¿Es que acaso soy mejor que cualquiera de
aquellos cientos de muchachos, casi ninguno de los
cuales llegó a sexto grado y ninguno de los cuales fue
bachiller, ninguno de los cuales ingresó en una
universidad?
Mi
propio caso, como el de muchos otros, mencioné a Mella,
podría mencionar a Guiteras, podría mencionar a Trejo,
que murió en una de esas manifestaciones, un 30 de
septiembre, en la lucha contra Machado; podría
mencionar nombres como los que ustedes aquí señalaron
al iniciarse el acto.
Antes
de la Revolución, contra la tiranía batistiana siempre
hubo muchos estudiantes nobles, dispuestos a
sacrificarse, dispuestos a dar la vida. Y así, cuando
volvió con todo el rigor la tiranía batistiana, muchos
estudiantes lucharon y muchos estudiantes murieron, y
aquel jovencito de Cárdenas, Manzanita, como le
llamaban, siempre risueño, siempre jovial, siempre
cariñoso con todos los demás, se iba distinguiendo por
su valentía, su entereza, cuando bajaba las
escalinatas, cuando se enfrentaba a los carros de
bomberos, cuando se enfrentaba a la policía. Así
fueron surgiendo todos ellos.
Si
usted va, incluso, a la casa donde vivió Echeverría
—José Antonio, vamos a llamarlo así—, es una casa
buena, una excelente casa. Vean cómo los estudiantes
muchas veces pasaban por encima de su origen social y
de su clase, en esa edad de tantas esperanzas, de
tantos sueños.
En
aquella universidad, para estudiar medicina había una
sola facultad y un solo hospital docente, y muchos
obtenían premios, primer premio en medicina, y algunos,
incluso, de cirugía sin haber operado nunca a nadie.
Algunos
lo lograban, eran activos y hacían alguna relación con
algún profesor que los ayudaba, los llevaba a alguna
práctica, los llevaba a algún hospital. Así surgieron
buenos médicos, no una masa de buenos médicos —sí había
una masa de médicos deseosa de viajar a Estados
Unidos—, que estaban sin empleo, y cuando la Revolución
triunfa se marchan precisamente a Estados Unidos, y
quedaron la mitad, 3 000, y el 25% de los profesores.
De ahí partimos hacia el país de hoy, que se yergue ya
casi como capital de la medicina mundial.
Hoy
nuestro pueblo tiene a su disposición, por lo menos,
15 médicos, y mucho mejor distribuidos, por cada uno de
los que quedaron aquí en el país; tiene decenas de
miles en el exterior prestando servicios solidarios, y
crecen. Hay en este momento —pedí la cifra exacta—
25 000 estudiantes de medicina; en primer año alrededor
de 7 000, e ingresarán no menos de 7 000 cada año, y
tiene ya más de 70 000 médicos. No hablo de las
decenas de miles de estudiantes de otras ciencias
médicas, tenemos la idea de que estén estudiando en el
área de la medicina alrededor de 90 000, si usted
incluye las enfermeras, las que están estudiando
licenciatura en enfermería y todos los que estudian
carreras relacionadas con la salud, dentro del caudal
enorme de estudiantes que hoy tiene nuestra
universidad.
Yo
quería señalar la diferencia de ese año en que entré en
la universidad, ¿qué era nuestro país? Hay que
preguntarse eso y meditar qué es hoy nuestro país, en
todos los terrenos. Y podríamos hacernos la misma
pregunta con relación a ocho, diez, quince, veinte
cosas. No hay comparación posible.
Hablaba
de que Barberán y Collar perecieron en un avioncito
lleno de tanques de gasolina, porque era lo único que
podían hacer en ese tiempo, despegaron, salieron casi
como nosotros de allá de México, en 1956: “si salimos,
llegamos; si llegamos, entramos; si entramos,
triunfamos”. Parece que antes otros hombres hicieron
una acción tan audaz como esa, la de cruzar el
Atlántico. Salieron y llegaron a Cuba, volvieron a
salir; llegaron a México, pero llegaron sin vida a
México.
Hablaba
de una nave que despegaba; esta era una nave que
despegaba en los primeros tiempos, un pequeño
avioncito, que parecía movido por la fuerza de una
liga. ¿Ustedes no han visto nunca esos avioncitos que
les enredan una liga, los sueltan, despegan y llegan?
Cuando nuestra Revolución triunfó en este hemisferio,
al lado del imperio y rodeado de satélites del imperio,
con alguna excepción, iniciábamos un camino muy
difícil. Ya es otra época, fueron unos cuantos años
después de nuestra entrada en la universidad.
Nosotros entramos en la universidad a finales del año
1945, e iniciamos nuestra lucha armada en el Moncada el
26 de Julio de 1953, realmente, casi ocho años después,
y la Revolución triunfa cinco años, cinco meses y cinco
días después del Moncada, tras un largo recorrido por
las prisiones, el exilio y la lucha en las montañas.
Fue un tiempo, si se mira históricamente, si se compara
con las luchas anteriores, tan duras y tan difíciles de
nuestro pueblo, un tiempo relativamente breve, y fueron
dos etapas: la entrada en la universidad, la salida y
el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952.
Esa
etapa cuando iniciábamos la lucha es el punto de donde
hay que partir ahora; despegábamos, intentábamos
despegar, no conocíamos ni siquiera muy bien las leyes
de la gravedad, íbamos cuesta Regresar luchando contra el
imperio, que era ya el más poderoso, pero cuando
todavía existía otra superpotencia, como la llamábamos;
fue cuesta Regresar, marchando cuesta Regresar fuimos
ganando experiencia, marchando cuesta Regresar fue
fortaleciéndose nuestro pueblo y nuestra Revolución,
hasta llegar a hoy.
Ojalá
yo tuviera más tiempo para hablar, pero este ahora de
ahora es un ahora sin precedente, es una hora muy
distinta de todas las demás, en nada se parece a la de
1945, en nada se parece a la de 1950 cuando nos
graduamos, pero poseedores ya de todas aquellas ideas
de las que hablé un día, cuando afirmé con amor, con
respeto, con entrañable cariño, que en esta
universidad, donde llegué simplemente con un espíritu
rebelde y algunas ideas elementales de la justicia, me
hice revolucionario, me hice marxista-leninista y
adquirí los sentimientos que a lo largo de los años he
tenido el privilegio de no haberme sentido nunca
tentado, ni en lo más mínimo, a abandonarlos alguna
vez. Por eso me atrevo a afirmar que no los abandonaré
jamás.
Y si de
confesiones se trata, cuando terminé en esta
universidad yo me creía muy revolucionario y,
simplemente, estaba iniciando otro camino mucho más
largo. Si yo me sentía revolucionario, si me sentía
socialista, si había adquirido todas las ideas que
hicieron de mí, y no podía haber ninguna otra, un
revolucionario, les aseguro con modestia que hoy me
siento diez veces, veinte veces, tal vez, cien veces
más revolucionario de lo que era entonces (Aplausos).
Si entonces estaba dispuesto a dar la vida, hoy estoy
mil veces más dispuesto a entregar la vida que entonces
(Aplausos).
Uno,
incluso, entrega la vida por una noble idea, por un
principio ético, por un sentido de la dignidad y el
honor, aun antes de ser revolucionario, y también
decenas de millones de hombres murieron en los campos
de batalla en la Primera Guerra Mundial y en otras
guerras, enamorados casi de un símbolo, de una bandera
que la encontraron bella, un himno que escucharon
emocionante, como lo fue La Marsellesa en su época
revolucionaria, y después himno del imperio colonial
francés. En nombre de ese imperio colonial y de los
repartos del mundo murieron en masa en las trincheras,
en la Primera Guerra Mundial, millones de franceses.
Si el hombre es capaz de morir, el único ser que es
consciente de entregar la vida voluntariamente, no
lucha por instintos, como hay tantos animales que
luchan por instinto, prácticamente las leyes de la
naturaleza lo condujeron hacia esa estirpe; el hombre
es una criatura llena..., el hombre y la mujer..., y
cada vez hay que decir más las mujeres; sí, tengo
razones, no sé si tendré tiempo de decirlas. Pero el
ser humano es el único capaz, conscientemente, de pasar
por encima de todos los instintos. El hombre es un ser
lleno de instintos, de egoísmos, nace egoísta, la
naturaleza le impone eso; la naturaleza le impone los
instintos, la educación impone las virtudes; la
naturaleza le impone cosas a través de los instintos,
el instinto de supervivencia es uno de ellos, que lo
pueden conducir a la infamia, mientras por otro lado la
conciencia lo puede conducir a los más grandes actos de
heroísmo. No importa cómo seamos cada uno de nosotros,
cuán diferentes seamos cada uno de nosotros, pero entre
todos nosotros hacemos uno.
Resulta
asombroso que, a pesar de la diferencia entre los seres
humanos, puedan ser uno en un momento o puedan ser
millones, y solo pueden ser millones a través de las
ideas. Nadie siguió la Revolución por culto a nadie o
por simpatías personales de nadie. Cuando un pueblo
llega a la misma disposición de sacrificio que
cualquiera de aquellos que con lealtad y sinceridad
traten de dirigirlos y traten de conducirlos hacia un
destino, eso solo es posible a través de principios, a
través de ideas.
Ustedes
constantemente están leyendo hombres de pensamiento,
constantemente leen la historia, y en la historia de
nuestra patria leen a Martí, leen a otros muchos
destacados patriotas, y en la historia del mundo, en la
historia del movimiento revolucionario leen a los
teóricos, a los grandes teóricos que nunca claudicaron
de los principios revolucionarios. Son las ideas las
que nos unen, son las ideas las que nos hacen pueblo
combatiente, son las ideas las que nos hacen, ya no
solo individualmente, sino colectivamente,
revolucionarios, y es entonces cuando se une la fuerza
de todos, cuando un pueblo no puede ser jamás vencido y
cuando el número de ideas es mucho mayor; cuando el
número de ideas y de valores que se defienden se
multiplican, mucho menos puede un pueblo ser vencido.
Y así,
cuando uno recuerda a los compañeros, y mira uno a los
jóvenes que tienen importantes tareas; los otros,
muchos de ellos fueron dirigentes de esta universidad y
tienen largos años de lucha, unos más; unos pueden
tener más de 50, otros pueden tener más de 40 y hoy
cada uno de ellos en su cargo, muchos de ellos
estudiantes, otros de origen humilde, como los que
observo aquí, desde personas que estuvieron en el
Moncada y personas que vinieron en el Granma,
lucharon en la Sierra Maestra y participaron en todos
los combates; aquí los veo, a cada uno de ellos,
defendiendo una causa, una bandera.
Veo,
por ejemplo, a nuestro querido compañero Alarcón.
Lo recuerdo porque aquí se ha hablado de la batalla por
los cinco héroes presos, y él ha sido incansable
batallador por la justicia con relación a esos
compañeros. Fue la tarea que recibió de la Revolución,
y la recibió por sus cualidades, por su talento, por su
carácter de Presidente de la Asamblea Nacional.
Veo al
compañero Machadito, viejo médico, pero no médico
viejo, que nos acompañó allá por las montañas. Veo a
Lazo, veo a Lage, veo a Balaguer, veo a muchos por aquí
para allá —todavía veo algo (Risas)—, creo que veo a
Sáez, creo que vemos al Ministro de la enseñanza
superior, creo que veo a Gómez —es Gómez, un poquito
más gordito tal vez—, y un poco más allá veo a Abel,
nombre bíblico, que acaba de destacarse mucho allá en
Mar del Plata, donde se libró una gloriosísima
batalla.
Vean
qué mundo, vean cuántos cambios, vean cuáles objetivos
hoy vamos persiguiendo. Vean qué estrategias se van
diseñando, que nos introducen a nosotros en la
estrategia del mundo, siendo un minúsculo país, aquí a
90 millas del colosal imperio, del más poderoso que
existió jamás a lo largo de la historia, y han pasado
46 años y ahí está más distante que nunca de lograr
poner de rodillas a la nación cubana, aquella que
humillaron y ofendieron durante algún tiempo
(Aplausos); aquella de la que fueron dueños, dueños de
todo: minas, tierras, cientos de miles de las mejores
hectáreas; de sus puertos, de sus instalaciones, de su
sistema eléctrico, de transporte, bancario, comercial,
etcétera, etcétera, y creen los muy idiotas que van a
volver aquí y los vamos a llamar de rodillas: “Vengan a
salvarnos una vez más, salvadores del mundo; vengan,
que les vamos a entregar todo otra vez, y esta
universidad, para que pongan en ella 5 000 y no medio
millón, porque medio millón es mucho para la mentalidad
de ustedes, que querían ver desempleados y hambrientos
para que la porquería de capitalismo ese funcione,
porque es solo a base de un ejército de la reserva para
que funcione; vengan y reproduzcan otra vez los
desempleados analfabetos que hacían colas en las
proximidades de los cañaverales, sin que nadie les
llevara una gota de agua, ni desayuno, ni almuerzo, ni
albergue, ni transporte. Búsquenlos a ver dónde los
encuentran, porque aquí están sus hijos estudiando en
las universidades por cientos de miles” (Aplausos).
Lo vi,
no me lo contó nadie; lo vi, hace apenas 48 horas; lo
vi allá en el Palacio de las Convenciones, primero en
un grupo de varios cientos, con sus pulóveres azules;
lo vi a través de aquellos jóvenes que se graduaron
como trabajadores sociales y hoy son todos, ¡todos, sin
excepción!, estudiantes universitarios, de primero a
quinto año de la carrera, después de un año de estudios
intensos para hacerse trabajadores sociales, después de
varios años cursando esa carrera, y eran primero 500 y
ahora son 28 000.
Creo
que fue Agramonte, otros dicen que Céspedes, quien
respondiendo a los pesimistas, cuando tenía 12 hombres,
exclamó: No importa aquellos que no tienen confianza,
que con 12 hombres se hace un pueblo. Si con 12
hombres se hace un pueblo, cuántas veces somos hoy 12
hombres. Y 12 hombres, multiplicado por quién sabe
cuántas veces, armados de ideas, de conocimientos, de
cultura, que saben de este mundo cómo es, saben de
historia, saben de geografía, saben de luchas, porque
tienen eso, eso que se llama una conciencia
revolucionaria, que es la suma de muchas conciencias,
es la suma de la conciencia humanista, la suma de una
conciencia del honor, de la dignidad, de los mejores
valores que puede cosechar un ser humano. Es hija del
amor a la patria y el amor al mundo, que no olvida
aquello de que patria es humanidad, pronunciado hace
más de 100 años. Patria es humanidad, es lo que hay
que repetir todos los días, cuando viene alguien y se
olvida de aquellos que viven en Haití, o están allá en
Guatemala, golpeada, entre otras causas, por el
desastre natural, sufriendo inenarrables dolores,
inenarrable pobreza, como ocurre habitualmente en la
mayor parte del mundo.
Eso es
lo único que puede exhibir el infame imperio y su
repugnante sistema, resultado de la historia en la
larga marcha de la especie por una sociedad de justicia
nunca alcanzada a lo largo de miles de años, que es la
brevísima historia relativamente conocida de la especie
buscando una sociedad justa. Y siempre estuvieron tan
lejos como tan cerca nos sentimos hoy de esa sociedad
justa, y para demostrar que es posible, se trata
precisamente de la sociedad que queremos construir;
pero me atrevo a añadir, por encima del montón de
defectos que tenemos todavía, de errores, de faltas, es
la sociedad en la historia humana que está más cerca de
poder calificarse como sociedad justa.
¿Dónde
está la justicia que no la veo? No la veo porque aquel
gana veinte veces, treinta veces más que yo como
médico, o más que yo como ingeniero, o más que yo como
catedrático de la universidad, ¿dónde está? Y, ¿por
qué? ¿Qué produce aquel? ¿A cuántos educa? ¿A cuántos
cura? ¿A cuántos hace felices con sus conocimientos,
con sus libros, con su arte? ¿A cuántos hace felices
construyéndoles una vivienda? ¿A cuántos hace felices
cultivando algo para que puedan alimentarse? ¿A
cuántos hace felices trabajando en fábricas, en
industrias, en sistemas eléctricos, en sistemas de agua
potable, en las calles, o en los tendidos eléctricos, o
atendiendo las comunicaciones, o imprimiendo libros?
¿A cuántos?
Hay, y
debemos decirlo, unas cuantas decenas de miles de
parásitos que no producen nada y reciben tanto como
aquel que lleva en un cacharro viejo, comprando y
robando combustible por todo el camino de La Habana a
Guantánamo, a uno de esos jóvenes estudiantes que tuvo
que viajar cuando las circunstancias del transporte son
muy difíciles, y le cobra 1 000 pesos, 1 200, a lo
largo de esas carreteras, tan llenas de baches en
muchos lugares y faltas de señales que no pudimos
terminar de hacer por diversas razones, por recursos
que no teníamos, por incapacidades que no habíamos
superado, por descontrol de los que administran o
dirigen.
Sí, hay
que tomar estas cosas muy en cuenta y no olvidarlas,
porque estamos frente a una gran batalla que debemos
librar, que empezamos a librar, que vamos a librar y
vamos a ganar. Es lo más importante.
Sí,
estamos muy conscientes de eso, y más conscientes de
eso, y en eso pensamos más que en ninguna otra cosa, de
nuestros defectos, de nuestros errores, de nuestras
desigualdades, de nuestras injusticias.
Y no me
atrevería a mencionar el tema aquí si no tuviera la más
absoluta convicción y la más absoluta seguridad, que
salvo catástrofes mundiales, colosales guerras, estamos
acercándonos aceleradamente a reducirlas y a vencerlas
para que se cumpla algo, escúchese bien, que los
ciudadanos de este país, que en un tiempo estaban
desempleados en un 10%, un 15%, un 20% o más, los
ciudadanos de este país que en un tiempo eran
analfabetos en número de un millón, o eran analfabetos
o semianalfabetos hasta un 90%, en este pueblo de hoy,
y sobre todo de un mañana muy próximo, cada ciudadano
vivirá fundamentalmente de su trabajo y de sus
jubilaciones y pensiones.
No
olvidar jamás a aquellos que durante tantos años fueron
nuestra clase obrera y trabajadora, que vivieron
décadas de sacrificio, las bandas mercenarias en las
montañas, las invasiones como la de Girón, los miles de
actos de sabotaje que costaron tantas vidas a nuestros
trabajadores cañeros, azucareros, industriales, o en el
comercio, o en la marina mercante, o en la pesca, los
que de repente eran atacados a cañonazos y a bazucazos,
nada más porque éramos cubanos, nada más porque
queríamos la independencia, nada más porque queríamos
mejorar la suerte de nuestro pueblo; y allá los
bandidos haciendo de las suyas, allá los bandidos
reclutados y entrenados por la CIA, allá los
criminales, allá los terroristas que volaban los
aviones en pleno vuelo o trataban de hacerlos volar, no
importaba los que murieran, allá los que organizaban
atentados de todo tipo y los actos de terrorismo contra
nuestro país. ¿Cambió acaso el imperio? ¿Y dónde
está, “Bushecito”, el señor Posadita Carriles, qué hizo
con él, amable caballero que, a pesar de cosas
conocidas y vergonzosas, cabalga y trata de llevar la
rienda de ese imperio? ¿Cuándo va a responder aquella
sana pregunta, bien sencilla, que le hicimos muchas
veces? ¿Por dónde entró Posada Carriles a Estados
Unidos? ¿En qué barco, por qué puerto? ¿Cuál de los
príncipes herederos de la corona lo autorizó, sería el
hermanito gordito de Florida? —y que me perdone lo de
gordito, no es una crítica, sino la sugerencia de que
haga ejercicios y guarde dieta, ¿no? (Risas), es algo
que hago por la salud del caballero.
¿Quién
lo recibió? ¿Quién le dio permiso? ¿Por qué se pasea
por las calles de la Florida y de Miami quien tan
desvergonzadamente lo llevó? ¿Qué se hizo aquella
academia? ¿De qué era, de navegación o de cría de
peces? ¿Qué era el bárbaro aquel?, aquel que por un
telefonito habló con otro terrorista que tenía unas
latas con dinamita y al preguntarle, y era su voz, lo
reconoció el tipo, lo reconoció todo el mundo, no se
podía negar, cuando le preguntó qué hacía con esas
laticas y le dice: “Vete a Tropicana, tíralas por una
ventana y acaba con aquello.” Miren qué gente tan
noble, tan respetuosa de las leyes, de las normas
internacionales, de los derechos humanos. Y el muy
desvergonzadito de “Bushecito” no ha querido responder
todavía, está ahí calladito, nadie más ha respondido.
Las
autoridades de nuestro hermano país, México, tampoco
han tenido tiempo —parece que es así, mucho trabajo—
para responder a la pregunta, que no cuesta nada,
señor, decir que Posadita Carriles, ese ingenuo “niño”,
ingenuo e inocente, entró en el barco aquel, por el
puerto aquel y de la forma que Cuba denunció.
Pero
vean si son descarados, dicen todas las mentiras del
mundo, pero les hacen una ingenua preguntica, una
sencilla preguntica, pasan meses y no responden una
palabra. Así pasaron meses y no sabían dónde estaba
Posadita.
Esta
muchacha tan inteligente, ¿cómo se llama?, la que es
Secretaria de Estado (Risas), ¿Condoleezza o
Condoliza?, bueno, Condesa Rice (Risas), no sabe
tampoco, ignora, y los voceros lo ignoran; no han dicho
ninguna mentira, no han cometido ni el menor pecado
venial, son puros, merecen el aplauso y la confianza
del mundo.
Es
mentira, nunca torturaron a nadie; es mentira, nunca
fueron cómplices del terrorismo; es mentira, nunca
inventaron el terrorismo; es mentira, nunca torturaron
en ninguna parte; es mentira, nunca utilizaron fósforo
vivo en Fallujah. Bueno, dicen que es verdad, pero que
es muy legal, muy legítimo y muy decente usar el
fósforo vivo. ¿Van a meterle miedo a quién?
Fuimos
testigos, y me acordaba cuando veía a los compañeros
allá y veía a Abel, de la colosal batalla librada allá
en Mar del Plata, en el estadio y en el recinto donde
se reunieron los presidentes; no voy a comentar este
punto, pero nuestro pueblo tuvo oportunidad de ver, de
observar —yo conozco los estados de opinión— aquella
grandiosa batalla, una en la calle y otra allí, donde
estaban reunidos los jefes de Estado.
Y
hablando de historia, nunca en la historia de este
hemisferio se dio algo parecido a una batalla como
aquella, en que aquel caballero de la triste figura,
pero no por sus ideales cervantinos, de la triste
figura porque hace muecas, cosas raras, mira, se
aburre, lo acuestan a dormir a las 12:00 de la noche,
el mundo se acaba; cualquier día, de los portaaviones
despegan los aviones y bombardean aquel territorio de
bandidos por culpa de los cuales, por estar un poco
ocupados, le entorpecieron el sueño al jinete que lleva
las riendas del imperio, porque mientras él duerme, el
caballo puede seguir por donde le da la gana; al fin y
al cabo, es posible que el caballo conduzca mejor los
destinos del imperio que el propio jinete que debe
acostarse temprano (Aplausos).
Realmente es una lástima que la madrugada no dure más
tiempo, porque por lo menos el mundo podía estar mejor.
Así es
todo. Hemos visto muchas cosas que no deben olvidarse.
Algunos
andan preguntando si Cuba habló o no habló, si Cuba
tomó partido o no tomó partido. Se lo advierto, porque
andan algunos intrigando ridículamente sobre esas
cosas. Cuba habla cuando tenga que hablar y Cuba tiene
muchas cosas que decir, pero no está ni apurada ni
impaciente. Sabe muy bien cuándo, dónde y cómo debe
golpear al imperio, su sistema y sus lacayos.
Al
parecer, algunos creen o fingen creer que no había un
solo cubano allá en Mar del Plata, que no había toda
una fuerza revolucionaria cubana de primerísima clase
en aquella marcha gloriosa de decenas de miles de
ciudadanos del mundo y fundamentalmente argentinos, a
los que el emperador ofendió parqueando los
portaaviones, llevando un ejército, alquilando todos
los hoteles y empleando miles de agentes de policía.
Nadie se iba a meter físicamente con él, si lo que
deseaba era que le tiraran un huevo podrido; no, él no
merece tan altos honores (Risas), de ninguna forma.
Y los
bien civilizados ciudadanos argentinos y los cada vez
más conscientes y expertos ciudadanos de este
hemisferio, donde el orden implantado es ya
insostenible e insalvable, saben lo que hacen. Dijeron
que una manifestación pacífica, ni un hollejo
lanzarían, y al movilizar bajo aquella fría llovizna
tanta gente, marchar durante horas hacia el estadio y
constituir allí una enorme masa en ese estadio, le
dieron una lección inolvidable al imperio, porque le
demostraron que son personas, son pueblos que saben lo
que hacen y quien sabe lo que hace marcha hacia la
victoria, es absolutamente seguro. Y los que no saben
lo que hacen son aplastados por los pueblos.
No
queremos darle pretextos al imperio de armar un
showcito. En este ajedrez de 50 fichas, veremos al
final quién da el jaque mate.
Cuando
digo imperio no digo pueblo norteamericano, entiéndase
bien. El pueblo norteamericano salvará muchos de los
valores éticos, salvará muchos principios que han sido
olvidados, se adaptará al mundo en que vivimos, si este
mundo puede salvarse y este mundo debe salvarse. Y
todos, nosotros entre todos y en primera fila, debemos
luchar para que este mundo pueda salvarse y nuestras
mejores e invencibles armas son las ideas.
Alguien
habla de la batalla de ideas, sí, aquella batalla de
ideas que estuvimos librando durante algunos años se
está convirtiendo en una batalla de ideas a nivel
mundial. Y triunfarán las ideas, deben triunfar las
ideas. Trasmitamos ese mensaje, abrámosle los ojos a
esta humanidad condenada a la extinción. Si no va a
ser eterna, si es probabilísimo que un día hasta la luz
del Sol se apague, si es casi seguro que no habrá forma
de trasladar la materia viva y sólida a una distancia
que quede a años luz de este planeta, y las leyes
físicas son mucho más rigurosas, mucho más exactas que
las leyes históricas o sociales.
De
todas formas pienso que esta humanidad y las grandes
cosas que es capaz de crear, deben preservarse mientras
puedan preservarse. Una humanidad que no se preocupe
por la preservación de la especie sería como el joven
estudiante o el cuadro dirigente que sabe que su vida
está muy limitada a un número reducido de años y, sin
embargo, estuviera preocupado solo por su propia vida.
Mencioné unos cuantos nombres de compañeros aquí
presentes, a unos les quedan más años, a otros les
quedan menos, y ninguno sabe cuántos, yo no pienso
jamás que alguno de ellos esté pensando preservarse sin
importarle cuál sea el destino de este admirable y
maravilloso pueblo, ayer semilla y hoy árbol crecido y
con raíces profundas; ayer lleno de nobleza en potencia
y hoy lleno de nobleza real; ayer lleno de
conocimientos en sus sueños y hoy lleno de
conocimientos reales, cuando apenas está comenzando en
esta gigantesca universidad que es hoy Cuba.
Y vean
cómo van surgiendo nuevos cuadros, y cuadros jóvenes.
Ahí está Enrique, que dirige ese ejército de los 28 000
trabajadores sociales, más los 7 000 que están
estudiando y perfeccionando esa noble profesión.
Como
ustedes saben, estamos envueltos en una batalla contra
vicios, contra desvíos de recursos, contra robos, y ahí
está esa fuerza, con la que no contábamos antes de la
batalla de ideas, diseñada para librar esa batalla.
Les voy
a decir algo, para ver si los trabajadores de la
construcción se llenan de amor propio; cuando quieren
ser heroicos lo son. Pero no piensen que el robo de
materiales y de recursos es de hoy, o del período
especial; el período especial lo agudizó, porque el
período especial creó mucha desigualdad y el período
especial hizo posible que determinada gente tuviera
mucho dinero. Recuerdo, estábamos construyendo en
Bejucal un centro de biotecnología importantísimo.
Cerca de allí había un pequeño cementerio. Yo daba
vueltas, un día fui por el cementerio, allí había un
colosal mercado donde aquella fuerza constructiva, sus
jefes, y con la participación de un gran número de
constructores, tenía un mercado de venta de productos:
cemento, cabilla, madera, pintura, todo cuanto se usa
para construir.
Ustedes
saben que siempre, y aún hoy, el problema de la
construcción es muy serio. Tenemos recursos, a veces
han faltado materiales, o vamos teniendo y surge la
posibilidad de tener cada vez más recursos para
construir; pero qué tragedia con los constructores, qué
debilidades las de los jefes de brigadas, de los que
deben dirigir.
Pero
ello no es nuevo. En el tiempo de que les hablo, para
producir una tonelada de hormigón se consumían 800
kilogramos de cemento, y una tonelada de un buen
hormigón, de ese con que fundimos pisos, o columnas,
antes de la época en que se fabricara El Morro y La
Cabaña, que duran más que muchas de las cosas que hoy
el mundo moderno construye; pero bien, el gasto debe
ser de alrededor de 200 kilogramos. Vean cómo se
despilfarraba, cómo se desviaban recursos, cómo se
robaba.
En esta
batalla contra vicios no habrá tregua con nadie, cada
cosa se llamará por su nombre, y nosotros apelaremos al
honor de cada sector. De algo estamos seguros: de que
en cada ser humano hay una alta dosis de vergüenza.
Cuando él se queda consigo mismo, no es un juez severo,
a pesar de que, a mi juicio, el primer deber de un
revolucionario es ser sumamente severo consigo mismo.
Se
habla de crítica y autocrítica, sí, pero nuestras
críticas suelen ser casi de un grupito, nunca acudimos
a la crítica más amplia, nunca acudimos a la crítica en
un teatro.
Si un
funcionario de Salud Pública, por ejemplo, falseó un
dato acerca de la existencia del mosquito Aedes
Aegypti, lo llaman, lo critican. Yo conozco algunos
que dicen: “Sí, me autocritico”, y se quedan tan
tranquilos, ¡muertos de risa! Son felices. ¡Ah!, ¿te
autocriticas? ¿Y todo el daño que hiciste y todos los
millones que se perdieron como consecuencia de este
descuido o de esta forma de actuar?
Crítica
y autocrítica, es muy correcto, eso no existía; pero si
vamos a dar la batalla hay que usar proyectiles de más
calibre, hay que ir a la crítica y autocrítica en el
aula, en el núcleo y después fuera del núcleo, después
en el municipio y después en el país.
Utilicemos esa vergüenza que, sin duda, tienen los
hombres, porque conozco a muchos hombres a los que
llamamos sin vergüenza, y son justamente calificados de
sin vergüenza, que cuando en un periódico local aparece
la noticia de lo que hicieron, se llenan de vergüenza.
El
ladrón engaña, o el que merece una crítica por su
falta, engaña, es también mentiroso.
La
Revolución tiene que usar esas armas, ¡y las va a usar
si fuera necesario!; no debiera ser necesario. La
Revolución va a establecer los controles que sean
necesarios.
Había
muchos que estaban encantados de la vida, como dice una
canción: “¿Y tú cómo estás?” Eso se le podía preguntar
a muchos de los que andaban con la manguerita echando
gasolina en los almendrones, o recibiendo un dinerito
del nuevo rico, que ni siquiera quería pagar la
gasolina que consumía.
Vean
ustedes si lo que digo es más o menos real y había un
desorden general, no solo en eso, pero en eso, entre
otras cosas, con pérdida de decenas de millones de
dólares, pueden ser 80 —¡oiga, mire que 80 es un
montón de montones de millones!—, pueden ser 160,
pueden ser 200 millones |