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Compatriotas:
La historia, caprichosa, transita por extraños laberintos.
Hace 25 años, en esta misma plaza, despedíamos unos pocos
féretros que llevaban pequeños fragmentos de restos humanos
y prendas personales de algunos de los 57 cubanos, 11
guyaneses, la mayoría de ellos estudiantes becados en Cuba,
y 5 funcionarios culturales coreanos, que murieron como
consecuencia de un brutal e increíble acto de terrorismo.
Especialmente conmovedora fue la muerte de la totalidad del
equipo juvenil de esgrima, masculino y femenino, que
regresaba con todas las medallas de oro disputadas en un
campeonato centroamericano de esa disciplina.
Un millón de compatriotas, con lágrimas en los ojos que
muchas veces bañaban sus rostros, despidieron de forma más
simbólica que real a nuestros hermanos cuyos cuerpos yacían
en el fondo del océano.
Nadie, salvo un grupo de personalidades e instituciones
amigas, compartió nuestro dolor; no hubo conmoción en el
mundo, ni graves crisis políticas, ni reuniones en la ONU,
ni inminentes peligros de guerra.
Pocos tal vez en el mundo comprendieron el terrible
significado de aquel hecho. ¿Qué importancia tenía destruir
en pleno vuelo un avión civil cubano con 73 personas a
bordo? Era como algo habitual. ¿No habían muerto ya miles
de cubanos en La Coubre, el Escambray, Playa
Girón y en cientos de acciones terroristas, ataques piratas
u otros hechos similares? ¿Quién iba a prestar importancia
a las denuncias del pequeño país? Al parecer bastaba un
simple desmentido del poderoso vecino y sus medios de
información, con los cuales inundaban al mundo, para
olvidarse del asunto.
¿Quién podía predecir que casi exactamente 25 años después
estaría a punto de iniciarse una guerra de imprevisibles
consecuencias a causa de un ataque terrorista igualmente
repugnante, que costaría la vida de miles de personas
inocentes en Estados Unidos? Si aquella vez, como triste
augurio, murieron ciudadanos inocentes de varios países,
ahora perecerían seres humanos procedentes de 86 naciones.
Entonces como ahora apenas quedaron algunos despojos de las
víctimas. En Barbados, ningún cadáver pudo ser rescatado;
en Nueva York, sólo unos pocos y no todos identificables.
En ambos casos, inmenso vacío e infinita angustia envolvió a
los familiares; dolor insoportable e indignación profunda
produjo en cada uno de los dos pueblos el horrible crimen.
No se trataba de accidentes o fallas mecánicas o errores
humanos; eran hechos intencionados, fríamente concebidos y
realizados.
Hubo, sin embargo, algunas diferencias entre el crimen
monstruoso en Barbados y el insólito y siniestro ataque
terrorista contra el pueblo norteamericano: en Estados
Unidos fue obra de fanáticos dispuestos a perecer junto a
sus víctimas; en Barbados, obra de mercenarios que no
corrían el menor riesgo. Aquellos evidentemente no tenían
como objetivo principal matar a los pasajeros; secuestraron
los aviones para atacar las Torres Gemelas y el edificio del
Pentágono, sin importarles para nada la muerte de las
personas inocentes que viajaban en ellos; en Barbados, el
objetivo fundamental de los mercenarios era matar a los
pasajeros.
En ambos casos, la angustia de los viajeros durante los
minutos finales de sus vidas, en especial los de la cuarta
nave secuestrada en Estados Unidos —que conocían ya lo
ocurrido en Nueva York y Washington— tiene que haber sido
terrible, similar a la de la tripulación y los pasajeros en
el desesperado intento de la nave cubana de regresar a
tierra, cuando era ya imposible alcanzar el objetivo.
También en ambos se pudo apreciar valentía y determinación:
en Barbados, por las voces grabadas de la tripulación
cubana; en Estados Unidos, por informes llegados desde ese
país sobre la actitud asumida por los pasajeros.
De los horribles hechos de Nueva York quedaron imágenes
fílmicas conmovedoras; de la explosión del avión de Barbados
y su caída al mar no quedó ni podía quedar una sola foto;
únicamente se pudo disponer de las dramáticas comunicaciones
entre los tripulantes de la nave herida de muerte y la torre
de control del aeropuerto de Barbados.
Por primera vez en la historia de América Latina se produjo
un acto de este tipo promovido desde el exterior.
En el ámbito de nuestro hemisferio, el uso sistemático en la
esfera política de tales prácticas y procedimientos
crueles y temibles, se inició precisamente contra nuestro
país. Fue precedido desde 1959 por otra práctica igualmente
absurda e irresponsable: el secuestro y desvío de naves
aéreas en pleno vuelo, un fenómeno que en el mundo
prácticamente no se conocía hasta entonces.
El primer hecho de esta naturaleza fue el secuestro de un
avión de pasajeros DC-3 que realizaba viaje de La Habana a
la Isla de la Juventud, llevado a cabo por varios antiguos
miembros de los cuerpos represivos de la tiranía batistiana,
que lo desviaron de la ruta y obligaron al piloto a
dirigirse a Miami el 16 de abril de 1959. No habían
transcurrido todavía cuatro meses del triunfo de la
Revolución. El hecho quedó impune.
Entre 1959 y el 2001 un total de 51 aviones cubanos fueron
secuestrados y casi sin excepción desviados hacia Estados
Unidos. Muchos de esos aviones secuestrados nunca fueron
devueltos al país. No pocos pilotos, custodios y otras
personas fueron asesinados o heridos; varios aviones
quedaron destruidos o seriamente dañados en intentos de
secuestro frustrados.
La consecuencia fue que la plaga de secuestros de naves en
pleno vuelo no tardó en extenderse a los propios Estados
Unidos, donde por las más variadas motivaciones, en su
inmensa mayoría personas desequilibradas, aventureras o
delincuentes comunes, tanto de origen norteamericano como
latinoamericano, comenzaron a secuestrar aviones con armas
de fuego, cuchillos, cocteles molotov y con simples botellas
de agua, aparentando ser gasolina, con las que amenazaban
incendiar las naves.
Gracias al esmero de nuestras autoridades, no se produjo un
solo accidente al aterrizar, los pasajeros recibieron
siempre las debidas atenciones y fueron devueltos de
inmediato a sus puntos de origen.
La mayor parte de los secuestros y desvíos de naves aéreas
cubanas se produjeron entre 1959 y 1973. Ante el riesgo de
que se produjera una catástrofe en Estados Unidos o en Cuba,
pues incluso hubo secuestradores que, ya con el avión en su
poder, amenazaron con lanzar la nave contra la planta
atómica de Oak Ridge si no se accedía a determinadas
exigencias, el Gobierno de Cuba tomó la iniciativa de
proponer al Gobierno de Estados Unidos —presidido entonces
por Richard Nixon, con William Rogers como secretario de
Estado— un acuerdo para el tratamiento de los casos de
secuestro de aviones y la piratería marítima. La
proposición fue aceptada y se trabajó con premura en la
elaboración de dicho acuerdo, que fue firmado entre los
representantes de ambos gobiernos el 15 de febrero de 1973 y
publicado de inmediato en la prensa de nuestro país,
dándosele amplia divulgación.
En ese acuerdo, racional y bien elaborado, se establecían
sanciones fuertes contra los secuestros de aviones y naves
marítimas. Fue disuasivo. Desde esa fecha, el secuestro de
aviones cubanos disminuyó considerablemente y durante más de
10 años sólo se registraron en nuestro país intentos
baldíos.
Este ejemplar y eficiente acuerdo recibió un golpe demoledor
con el brutal atentado terrorista que hizo estallar el avión
cubano en pleno vuelo. El Gobierno cubano, a raíz de tan
insólita agresión, y tomando en cuenta que el hecho se
produjo en medio de una nueva ola terrorista contra Cuba
desatada a fines de 1975, ateniéndose a las cláusulas
estipuladas, denunció el acuerdo, aunque mantuvo
inalterables las medidas contenidas en el mismo contra los
secuestros de naves norteamericanas, entre ellas la
aplicación de severas sanciones, que en virtud de dicho
acuerdo se habían elevado hasta 20 años de prisión. Aun
antes del acuerdo, los tribunales cubanos venían aplicando
las sanciones establecidas en nuestro Código Penal contra
los secuestros de aviones, aunque las mismas eran menos
severas.
A pesar de la aplicación rigurosa de las sanciones,
continuaban produciéndose algunos secuestros de aviones
norteamericanos que eran desviados hacia nuestro país. El
Gobierno de Cuba, después de advertirlo con la debida
anticipación, devolvió a Estados Unidos el 18 de septiembre
de 1980 a dos secuestradores y los puso a disposición de las
autoridades de ese país.
En el período comprendido entre septiembre de 1968 y
diciembre de 1984 aparecen registrados 71 casos de
secuestros de aviones que fueron desviados a Cuba. Consta
que 69 participantes en dichos secuestros fueron juzgados y
sancionados a penas de privación de libertad que se movían
entre 3 y 5 años; con posterioridad, a partir del acuerdo de
1973, las sanciones oscilaron entre 10 y 20 años.
Como resultado de estas medidas tomadas por Cuba, el hecho
es que desde hace 17 años no se ha vuelto a producir un solo
secuestro ni desvío hacia Cuba de una nave aérea
norteamericana.
¿Cuál ha sido en cambio la actitud de los gobiernos de
Estados Unidos? Desde 1959 hasta hoy, las autoridades
norteamericanas no han sancionado a una sola de los cientos
de personas que han secuestrado y desviado a ese país
decenas de naves aéreas cubanas, ni siquiera a las que
cometieron asesinatos para llevar a cabo el secuestro.
No se puede concebir mayor falta de elemental reciprocidad,
ni mayor estímulo al secuestro de aviones y embarcaciones.
Esa política inflexible, sin una sola excepción, se ha
mantenido y aún se mantiene a lo largo de más de 42 años.
El constructivo acuerdo entre los gobiernos de Cuba y
Estados Unidos sobre secuestros de aviones y naves
marítimas, cuyos resultados se pudieron apreciar de
inmediato, fue aparentemente acatado por los principales
líderes de los grupos terroristas. Unos habían cooperado o
participado activamente en la organización de la guerra
irregular a través de bandas armadas que en determinados
momentos se extendieron por las seis antiguas provincias del
país. La mayoría de ellos habían sido reclutados por el
Gobierno de Estados Unidos en los días de la invasión por
Playa Girón, la Crisis de Octubre y los años posteriores,
para participar en todo tipo de acciones violentas, de modo
especial en planes de atentados y acciones terroristas que
no excluían ninguna esfera de la vida económica y social,
ningún medio, ningún procedimiento, ningún arma.
Pasaron por todo tipo de instituciones, escuelas y
entrenamientos, en ocasiones para entrenarlos y en otras
para entretenerlos.
Acontecimientos dramáticos como el asesinato de Kennedy
dieron lugar a investigaciones importantes como las
realizadas por una comisión del Senado de Estados Unidos,
que provocaron situaciones embarazosas y grandes escándalos,
obligaron a cambios de tácticas y nunca realmente a ningún
cambio de política hacia Cuba. Es por ello que tras
períodos de relativo reflujo, surgían de nuevo olas de
terrorismo.
Así ocurrió a fines de 1975. La Comisión Church había
presentado su célebre informe sobre los planes de asesinato
contra dirigentes de Cuba y otros países el 20 de noviembre
de ese año. La Agencia Central de Inteligencia no podía
seguir asumiendo la responsabilidad directa de los planes de
atentados y acciones terroristas contra Cuba. La fórmula
era sencilla: el personal terrorista más confiable y
entrenado asumiría la forma de grupos independientes, que
actuarían por su propia cuenta y bajo su propia
responsabilidad. Surge así, de repente, una extraña
organización coordinadora llamada CORU, compuesta por los
principales grupos terroristas que, como norma, estaban
fuertemente divididos por ambiciones de protagonismo e
intereses. Se desata una ola violenta de acciones de ese
carácter. Para mencionar algunas, escogidas entre los
numerosos e importantes actos terroristas que tuvieron lugar
en esa nueva etapa, puedo señalar que en sólo cuatro meses
ocurrieron las siguientes:
· Ataque de lanchas piratas procedentes
de la Florida a dos barcos pesqueros, que causó la muerte de
un pescador y graves daños a las embarcaciones, el 6 de
abril de 1976.
· Bomba colocada en la Embajada de Cuba
en Portugal, que ocasiona la muerte de dos funcionarios
diplomáticos, heridas graves a varios más y la destrucción
total del local, el 22 de abril.
· Atentado con explosivos contra la
Misión de Cuba en la ONU, que ocasiona graves daños
materiales, el 5 de junio.
· Bomba que estalla en el vagón que
cargaba los equipajes del vuelo de Cubana de Aviación en el
aeropuerto de Kingston, Jamaica, momentos antes de ser
subidos a bordo, el 9 de julio.
· Bomba que estalla en las oficinas de la
British West Indies en Barbados, que representaba los
intereses de Cubana de Aviación en ese país, el 10 de julio.
· Asesinato de un técnico de la pesca
durante el intento de secuestro del cónsul cubano en la
ciudad mexicana de Mérida, el 24 de julio.
· Secuestro y desaparición de dos
funcionarios de la Embajada cubana en Argentina, de los
cuales no se volvió a tener noticias, el 9 de agosto.
· Bomba que estalla en las oficinas de
Cubana de Aviación en Panamá, que causa daños de
consideración, el 18 de agosto.
Como puede observarse, una verdadera guerra. Varios ataques
apuntaban a las líneas aéreas.
El New York Times y la revista U.S. News
and World Report lo calificaron como nueva ola de
terrorismo contra Cuba.
Los grupos que integraban el CORU —que comenzó a operar
desde los primeros meses de 1976, aunque no fue
constituido formalmente hasta junio de ese año— hacían
declaraciones públicas en Estados Unidos adjudicándose cada
uno de los actos que realizaban. Enviaban los partes de
guerra —así los calificaban— desde Costa Rica a la prensa de
Miami. Uno de sus órganos publicó en el mes de agosto un
artículo titulado con ese mismo nombre: “Parte de guerra”,
que narraba la destrucción de una Embajada cubana. Ese fue
el día que no vaciló en publicar un comunicado que es clave,
firmado por los cinco grupos terroristas que formaban el
CORU: “Muy pronto atacaremos aeronaves en vuelo.”
Para ejecutar sus golpes, los terroristas del CORU
utilizaron sin dificultades como principales bases de
operaciones los territorios de Estados Unidos, Puerto Rico,
Nicaragua bajo el gobierno de Somoza y Chile bajo el de
Pinochet.
Faltaban sólo ocho semanas para que fuese destruido en pleno
vuelo el avión de Barbados con 73 personas a bordo.
Hernán Ricardo y Freddy Lugo, dos mercenarios venezolanos
que colocaron la bomba en el trayecto de Trinidad-Tobago a
Barbados y se bajaron del avión en este punto, volvieron a
Trinidad, fueron arrestados y confesaron de inmediato su
participación.
El superintendente de la Policía de Barbados declaró ante
una comisión investigadora que Ricardo y Lugo confesaron que
trabajaban para la CIA. Añadió que Ricardo había sacado una
tarjeta de la CIA y otra donde se explicaban las reglas para
el uso del explosivo plástico C-4.
El 24 de octubre de 1976, el New York Times comentó
que “los terroristas que lanzaron una ola de atentados en
siete países, durante los dos últimos años, fueron productos
e instrumentos de la CIA”.
El periódico Washington Post manifestó que los
contactos confirmados con la Embajada de los Estados Unidos
en Venezuela “hacían dudar” de la declaración formulada el
15 de octubre por el Secretario de Estado de los Estados
Unidos, Henry Kissinger, en el sentido de que “nadie
relacionado con el Gobierno norteamericano había tenido que
ver con el sabotaje del avión” cubano.
El corresponsal del periódico mexicano Excelsior
comentó entonces desde Puerto España que “con la confesión
de Hernán Ricardo Lozano, el venezolano detenido aquí en
Trinidad, de su responsabilidad en el atentado contra un
avión de Cubana que se estrelló frente a las costas de
Barbados con 73 personas a bordo, está a punto de
descubrirse una importante red terrorista anticastrista, que
en alguna forma está vinculada con la CIA”.
Le Monde dijo que eran públicamente conocidas las
vinculaciones de la CIA con grupos terroristas de origen
cubano que se movían en suelo estadounidense.
Muchos de los órganos más serios de la prensa internacional
se expresaron en el mismo sentido.
Luis Posada Carriles y Orlando Bosch, autores intelectuales
del crimen terrorista, vinculados a la CIA desde 1960, son
arrestados y sometidos a un proceso tortuoso plagado de
irregularidades, en medio de colosales presiones. La jueza
venezolana Delia Estaba Moreno inició el proceso judicial
contra ellos por asesinato, fabricación y uso de armas de
fuego y forja y porte de documentos falsos. Su digna
postura suscitó violenta reacción de la mafia política de la
extrema derecha.
El general Elio García Barrios, presidente de la corte
marcial, mantuvo una conducta firme y decidida, gracias a la
cual ambos terroristas tuvieron que guardar prisión durante
varios años. La mafia terrorista de Miami se vengó
acribillando a balazos a uno de sus hijos en 1983.
Posada es rescatado por la Fundación Nacional Cubano
Americana, que envía 50 mil dólares a través de Panamá para
financiar la fuga; escapa el 18 de agosto de 1985. En
cuestión de horas aparece en El Salvador. Allí lo
visitaron, apenas arribó, los principales líderes de la
Fundación. Eran los días de la guerra sucia en Nicaragua.
De inmediato comienza a realizar importantes tareas bajo la
dirección de la Casa Blanca en el suministro por aire de
armas y explosivos a las bandas contrarrevolucionarias en
Nicaragua.
La fría cifra de 73 personas inocentes asesinadas en
Barbados, no lo dice todo en cuanto al sentido y magnitud de
la tragedia.
Seguramente los norteamericanos lo comprenderán mejor
comparando la población de Cuba de hace 25 años con la de
Estados Unidos el 11 de septiembre del 2001. La muerte de
73 personas en un avión cubano hecho estallar en el aire es
lo que significaría para el pueblo de Estados Unidos que
siete aviones de las líneas aéreas norteamericanas, con más
de 300 pasajeros cada uno, fuesen destruidos en pleno vuelo
el mismo día, a la misma hora, por una conspiración
terrorista.
Si vamos un poco más lejos y tomamos en cuenta los 3.478
cubanos que han muerto durante más de 42 años por las
acciones agresivas, incluidas la invasión de Playa Girón y
todos los actos terroristas que ha sufrido Cuba originados
en Estados Unidos, es como si en ese país hubiesen muerto
88.434 personas, una cifra casi igual al número de
norteamericanos que murieron en las guerras de Corea y Viet
Nam juntas.
Todo cuanto aquí denuncio no está inspirado en sentimientos
de odio o rencor. Comprendo que los funcionarios
norteamericanos no desean ni oír hablar de estos embarazosos
temas. Dicen que hay que mirar hacia delante.
Sería ciego no volver la vista para ver dónde están los
errores que no deben repetirse, cuáles son las causas de
grandes tragedias humanas, guerras y otras calamidades que
pudieron tal vez evitarse. No tiene por qué haber muertes
de inocentes en ninguna parte del planeta.
Hemos convocado este grandioso acto contra el terrorismo
como un homenaje y un tributo a la memoria de nuestros
hermanos muertos en Barbados hace 25 años, pero es también
una expresión de solidaridad con los miles de personas
inocentes que murieron en Nueva York y Washington, y de
condena al brutal crimen cometido contra ellos, buscando
caminos que conduzcan a la erradicación real y duradera del
terrorismo, a la paz y no a una sangrienta e interminable
guerra.
Albergo la más profunda convicción de que las relaciones
entre los grupos terroristas creados contra Cuba en Estados
Unidos en los primeros 15 años de la Revolución y las
autoridades de ese país, nunca se rompieron.
Un día como hoy, tenemos derecho a preguntarnos qué medidas
se tomarán con Posada Carriles y Orlando Bosch, responsables
del monstruoso acto terrorista de Barbados, y con los que
planearon y financiaron las bombas que se pusieron en los
hoteles de la capital y los intentos de asesinato a
dirigentes de Cuba, que no se han detenido un minuto en más
de 40 años.
No es mucho pedir que se haga justicia con los profesionales
del terrorismo que desde el propio territorio de Estados
Unidos no han cesado de aplicar sus deleznables métodos
contra nuestro pueblo para sembrar terror y destruir la
economía de un país hostigado y bloqueado, desde cuyo
territorio no ha salido nunca un artefacto terrorista, ni
siquiera un gramo de explosivos para hacerlo estallar en
Estados Unidos. Jamás un norteamericano ha sido muerto o
herido, ni una sola instalación, grande o pequeña, en ese
inmenso y rico territorio, ha sufrido el menor daño material
por alguna acción procedente de Cuba.
En la lucha contra el terrorismo a escala mundial con la que
estamos comprometidos a participar junto a la Organización
de Naciones Unidas y el resto de la comunidad internacional,
nos asiste toda la autoridad moral necesaria y el derecho a
reclamar que cese el terrorismo contra Cuba. La guerra
económica a que ha sido sometido nuestro pueblo durante más
de 40 años, una acción genocida y brutal, también debe
cesar.
Nuestros hermanos muertos en Barbados ya no son solo
mártires; son
símbolos en la lucha contra el terrorismo, se yerguen hoy
como gigantes en esa batalla histórica para erradicar el
terrorismo de la faz de la Tierra, ese repugnante método que
tanto daño ha causado a su país y tanto ha hecho sufrir a
sus seres más queridos y a su pueblo; un pueblo que ha
escrito ya páginas sin precedentes en los anales de su
Patria y de su época.
No ha sido inútil el sacrificio de sus vidas. La injusticia
comienza a temblar ante un pueblo enérgico y viril que hace
25 años lloró de indignación y dolor, y hoy llora de
emoción, de esperanza y de orgullo al recordarlos.
La historia, caprichosa, lo ha querido así.
Compatriotas:
En nombre de los mártires de Barbados:
¡Socialismo o Muerte! ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!
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