Discurso pronunciado
por el Presidente del Consejo de Estado de la República
de Cuba, Fidel Castro Ruz,
en el Aula Magna de la
Universidad Central de Venezuela, el
3 de febrero de 1999
Breve prólogo del autor
PARA LOS QUE TENGAN LA AMABILIDAD Y LA PACIENCIA DE
LEER ESTE MATERIAL.
Este discurso,
pronunciado en el Aula Magna de la Universidad Central
de Venezuela, tiene para mí un significado especial. Lo
pronuncié hace apenas mes y medio, el 3 de febrero de
1999.
No sé cuántos mortales
habrán pasado por una experiencia tan singular y única
como la que viví aquella tarde.
Un nuevo y joven
Presidente, tras espectacular victoria política y
apoyado por un mar de pueblo, había tomado posesión de
su cargo apenas 24 horas antes. Con motivo de la visita
que por tal causa realicé a ese país, entre otros
muchos invitados, las autoridades y los estudiantes de
la mencionada universidad se empeñaron en que yo
ofreciera lo que se ha dado en llamar una conferencia
magistral, cuyo sólo calificativo suscita rubor y
angustia, en especial a los que no somos académicos ni
hemos aprendido otra cosa que el modesto oficio de usar
la palabra para trasmitir en forma y estilo propios lo
que pensamos.
Vencida mi sempiterna
resistencia a tales aventuras, accedí al compromiso,
siempre riesgoso y siempre delicado para quien, en su
carácter de invitado oficial, visita un país en plena
efervescencia política. Me obligaba además
irremisiblemente la solidaridad hacia Cuba, siempre
invariable, de los que me invitaban a la conferencia.
Había estado ya una vez allí y siempre lo recordaba.
Sentía como si fuera a encontrarme con las mismas
personas.
Algo súbitamente
recordado sólo cuando estaba a punto de partir hacia el
recinto universitario, vino a mi mente: el tiempo pasa
y no nos damos cuenta.
Cuarenta años y diez
días exactamente habían transcurrido desde que tuve el
privilegio de hablarles a los estudiantes en aquella
misma imponente Aula Magna de la combativa y
prestigiosa Universidad venezolana el 24 de enero de
1959. Un día antes, el 23 de enero de ese año, había
llegado a Venezuela. Se conmemoraba el primer
aniversario del triunfo popular contra un gobierno
militar autoritario. Hacía sólo tres semanas de nuestro
propio triunfo revolucionario el Primero de Enero de
1959. Una enorme multitud me esperó en el aeropuerto y
me asediaba por todas partes durante los días que allí
estuve. En nada se diferenciaba de la experiencia
vivida en mi propia Patria.
Trato de recordar con la
mayor exactitud posible qué estaba ocurriendo dentro de
mí. ¡Cuántas ideas, sentimientos, emociones surgidas de
la mente y el corazón, se entremezclaban! De aquel
torbellino de recuerdos, puedo confiar más en la lógica
que en la memoria.
Tenía entonces 32 años.
Habíamos vencido en 24 meses y 13 días una fuerza de 80
mil hombres a partir de 7 fusiles, reunidos con
posterioridad al gran revés sufrido por nuestro pequeño
destacamento de 82 hombres, tres días después de
nuestro desembarco, el 2 de diciembre de 1956.
Llenos de ideas y de
sueños, pero sumamente inexpertos todavía, participamos
aquel 23 de enero en un gigantesco acto que tuvo lugar
en la Plaza del Silencio. Al día siguiente visitamos la
Universidad nacional, bastión tradicional de la
inteligencia, la rebeldía y la lucha del pueblo
venezolano. Yo mismo me sentía todavía como un
estudiante recién salido de las aulas universitarias
hacía apenas 8 años, de los cuales casi siete los había
invertido, desde el traicionero golpe de estado del 10
de marzo de 1952, en la preparación de la rebelión
armada, la prisión, el exilio, el regreso y la guerra
victoriosa, sin haber perdido nunca el contacto con los
estudiantes de nuestro más alto centro docente.
De la liberación de los
pueblos oprimidos de Nuestra América hablé en aquella
ocasión a los profesores y estudiantes. Ahora volvía
con la misma fiebre revolucionaria de entonces, y la
experiencia acumulada durante 40 años de épica lucha
librada por nuestro pueblo contra la potencia más
poderosa y egoísta que ha existido jamás.
Sin embargo, un gran
desafío se presentaba ante mí. Los profesores y
estudiantes eran otros; Venezuela, otra; el mundo,
otro. ¿Cómo pensarían aquellos jóvenes? ¿Cuáles serían
sus actuales inquietudes? ¿Hasta qué punto compartían o
discrepaban del actual proceso? ¿En qué grado estaban
conscientes de la situación objetiva del mundo y de su
propio país? Había aceptado la amable y amistosa
invitación tan pronto llegué a Venezuela, dos días
antes. Ni un mínimo de tiempo tuve para informarme
debidamente. ¿Qué les interesaba? ¿De qué les hablaría?
¿Con qué grado de libertad podía hacerlo un invitado al
cambio de gobierno, obligado como estaba, por el más
elemental sentido del respeto a la soberanía y al
orgullo del país que inició nuestras luchas
independentistas, a no inmiscuirme en sus asuntos
internos? ¿Cómo podrían ser interpretadas mis palabras
en los más disímiles medios sociales, instituciones y
partidos políticos? Sin embargo, no tenía otra
alternativa que hablarles, y debía hacerlo con toda
honestidad.
Con algunos datos en la
memoria, cuatro o cinco hojas de referencias que
inevitablemente debían ser transcritas para citarlas
con exactitud, y tres o cuatro ideas básicas, me dirigí
resueltamente al encuentro con los estudiantes. Me
habían pedido realizar el acto en campo abierto para
disponer de más espacio. Insistí en la conveniencia de
hacerlo bajo techo, en el Aula Magna, como el lugar más
idóneo a mi juicio para el intercambio y la reflexión.
Al llegar al campus,
vi miles de sillas en diversos espacios abiertos,
repletos de estudiantes, frente a pantallas
gigantescas, que deseaban presenciar la conferencia.
Los 2 800 asientos del Aula Magna estaban ocupados.
Comenzó la difícil prueba. Les hablé con toda franqueza
y, a la vez, con absoluto respeto a las normas por las
que consideraba mi deber regirme. Expresé, en síntesis,
mis ideas esenciales: lo que pienso de la globalización
neoliberal; lo absolutamente insostenible, social y
ecológicamente, del orden económico impuesto a la
humanidad; el origen de éste, diseñado para los
intereses del imperialismo e impulsado por el avance de
las fuerzas productivas y el desarrollo acelerado de la
ciencia y la técnica; su carácter temporal y su
desaparición inevitable por ley de la historia; la
estafa al mundo y los inconcebibles privilegios
usurpados por Estados Unidos; énfasis especial en el
valor de las ideas; desmoralización e incertidumbre de
los teóricos del sistema; tácticas y estrategias de
lucha; curso probable de los acontecimientos; confianza
plena en la capacidad humana para sobrevivir.
Salpicada de anécdotas,
historias, referencias microautobiográficas que iban
surgiendo espontáneamente en el curso de las
reflexiones, esa fue la nada magistral conferencia con
que respondí a lo que se me solicitó. Les expuse, con
el calor y la devoción de siempre, y una convicción más
profunda que nunca, las ideas que sostengo con frío y
reflexivo fanatismo. Como combatiente que no cesó un
minuto de luchar, en un prolongado período que
transcurrió desde 1959 a 1999, había tenido el raro
privilegio de reunirme en una Universidad histórica y
prestigiosa con dos generaciones distintas de
estudiantes en dos mundos radicalmente diferentes.
Ambas veces me recibieron con el mismo calor y respeto.
Uno podía estar ya
curtido por todas las emociones vividas, pero no lo
estaba.
Las horas habían
transcurrido. Les prometí al final que dentro de
cuarenta años, cuando nos volviéramos a reunir, sería
más breve. De la entusiasta y combativa multitud,
muchos permanecieron en sus puestos con interés y
atención hasta el final. Algunos se marcharon, tal vez
era ya demasiado tarde. No olvidaré jamás aquel
encuentro.
Fidel Castro Ruz
18 de marzo de 1999
No
traigo un discurso escrito, desgraciadamente (Risas),
pero traje algunos apuntes que me parecía conveniente
para precisar bien, y, a pesar de todo, qué desgracia
(Risas), descubro que me faltaba un folleto, que con
mucho cuidado leí, subrayé, apunté y se quedó en el
hotel (Risas y aplausos). Lo mandé a buscar, espero que
aparezca, porque el otro, que es una copia, no está
subrayado.
Por
lo menos tengo que dirigirme formalmente a nuestro
público, ¿no? (Risas.) No voy a hacer una larga lista
de la excelente y numerosa categoría de amigos que
tenemos aquí (Alguien del público dice: "¡Aquí no
oímos!"). Mira, no me alcanza la voz para llegar (Risas
y aplausos), porque si grito…
Yo
creía que tenían unos mejores micrófonos aquí (Risas).
¿Cuáles son los que no oyen por allá? Que levanten la
mano (Levantan la mano). Si no se arregla esto, los
podemos invitar a que se sienten por aquí o en algún
lugar donde puedan oír (Aplausos).
Voy a
procurar acercarme más todavía a este pequeño
micrófono, ¿no?, pero permítanme comenzar como es
debido.
Queridos amigas y amigos (Aplausos):
Iba a
decirles que hoy 3 de febrero se cumplen 40 años y 10
días de mi visita a esta universidad, donde nos
reunimos en este mismo sitio. Un poco de emoción, como
ustedes comprenderán, y sin el melodramatismo de
algunas novelas actuales (Risas), debo experimentar
ante el hecho inimaginable en aquel tiempo de que algún
día, después de tantos años, regresaría a este sitio.
Hace
unas semanas, en Santiago de Cuba, el Primero de Enero
de 1999, conmemorando el 40 aniversario del triunfo de
la Revolución, desde el mismo balcón, del mismo
edificio donde hablé aquella vez, el Primero de Enero
de 1959, reflexionaba con el público reunido allí, que
el pueblo de hoy no era el mismo pueblo de entonces,
porque de los 11 millones de compatriotas que somos en
la actualidad, 7 190 000 habían nacido después de aquel
día. Que eran dos pueblos diferentes, y, sin embargo, a
la vez, el mismo pueblo eterno de Cuba.
Les
recordaba igualmente que los que entonces tenían 50
años, en su inmensa mayoría ya no se encontraban entre
nosotros, y los que eran niños tenían ya más de 40
años.
Vean
cuántos cambios, cuántas diferencias, y qué particular
sentido tenía para nosotros pensar que allí teníamos al
pueblo que comenzó una revolución profunda cuando era
prácticamente analfabeto, cuando un 30% de los adultos
no sabían leer ni escribir y cuando quizás un 50%
adicional no hubiese llegado al quinto grado. Tal vez
menos; hicimos un cálculo de que entonces, con una
población de casi 7 millones de habitantes, aquellos
que habían rebasado el quinto grado posiblemente no
ascendían a más de 250 000 personas, y hoy solo los
graduados universitarios ascendían a 600 000, y entre
profesores y maestros la cifra alcanzaba casi 300 000.
Les
decía a mis compatriotas, en honor del pueblo que había
alcanzado su primer gran triunfo hacía 40 años, a pesar
de su enorme retraso educacional, que había sido capaz
de llevar a cabo y defender una extraordinaria proeza
revolucionaria. Algo más: Es posible que por debajo del
nivel de educación estuviera incluso su nivel de
cultura política. Eran los tiempos del anticomunismo
feroz, de los años finales del macartismo, en que por
todos los medios posibles aquel vecino poderoso e
imperial había tratado de inculcarle a nuestro noble
pueblo todas las mentiras y prejuicios posibles, de
modo tal que muchas veces me encontraba con un
ciudadano común y le hacía una serie de preguntas: Si
le parecía que debíamos hacer una reforma agraria; si
no sería justo que las familias fueran un día dueñas de
sus viviendas, por las cuales a veces pagaban a los
grandes casatenientes hasta la mitad de sus salarios;
si no le parecía correcto que todos aquellos bancos
donde estaba depositado el dinero de los ciudadanos, en
vez de ser propiedad de instituciones privadas, fueran
propiedad del pueblo para financiar con aquellos
recursos el desarrollo del país; si aquellas grandes
fábricas, extranjeras en su gran mayoría y algunas
también nacionales, fueran del pueblo y produjeran en
beneficio del pueblo; así por el estilo, le podía
preguntar diez cosas, quince cosas similares y estaba
absolutamente de acuerdo: "Sí, sería excelente."
En
esencia, si todos aquellos grandes almacenes
comerciales y todos los jugosos negocios que
enriquecían únicamente a sus privilegiados dueños
fueran del pueblo y para enriquecer al pueblo,
¿estarías de acuerdo? "Sí, sí", respondía de inmediato.
Estaba de acuerdo ciento por ciento con cada una de
aquellas sencillas propuestas. Y de repente le
preguntaba entonces: ¿Estarías de acuerdo con el
socialismo? (Aplausos.) Respuesta: "¿Socialismo? No,
no, no, con el socialismo no." Eran tales los
prejuicios... Esto ya sin hablar del comunismo, que era
una palabra mucho más aterrorizante.
Fueron las leyes revolucionarias las que más
contribuyeron a crear en nuestro país una conciencia
socialista, y fue ese mismo pueblo, inicialmente
analfabeto o semianalfabeto, que tuvo que empezar por
enseñar a leer y a escribir a muchos de sus hijos, el
que por puros sentimientos de amor a la libertad y
anhelo de justicia derrocó la tiranía y llevó a cabo y
defendió con heroísmo la más profunda revolución social
en este hemisferio.
Apenas dos años después del triunfo, en 1961, logramos
alfabetizar alrededor de un millón de personas, con el
apoyo de jóvenes estudiantes que se convirtieron en
maestros; fueron a los campos, a las montañas, a los
lugares más apartados, y allí enseñaron a leer y a
escribir hasta a personas que tenían 80 años. Después
se realizaron los cursos de seguimiento y se dieron los
pasos necesarios, en incesante esfuerzo para alcanzar
lo que tenemos hoy. Una revolución solo puede ser hija
de la cultura y las ideas.
Ningún pueblo se hace revolucionario por la fuerza.
Quienes siembran ideas no necesitan jamás reprimir al
pueblo. Las armas, en manos de ese mismo pueblo, son
para luchar contra los que desde el exterior intenten
arrebatarle sus conquistas.
Perdónenme que haya hablado de este tema, porque no
vine aquí a predicar sobre socialismo ni sobre
comunismo —no quiero que nadie me malinterprete—, ni
vine aquí a proponer leyes radicales ni cosas
parecidas; simplemente reflexionaba sobre la
experiencia vivida, que nos demostró cuánto valían las
ideas, cuánto valía la fe en el hombre, cuánto valía la
confianza en los pueblos, lo cual es sumamente
importante en una época en que la humanidad se enfrenta
a tiempos tan complicados y difíciles.
Desde
luego que el día Primero de Enero de este año en
Santiago de Cuba fue justo reconocer, de manera muy
especial, que aquella Revolución que había logrado
resistir 40 años, que había logrado cumplir ese
aniversario sin plegar sus banderas, sin rendirse, era
obra fundamentalmente de aquel pueblo que estaba allí,
de jóvenes y de hombres y mujeres maduros, que se
educaron con la Revolución y fueron capaces de realizar
la proeza, escribiendo páginas de noble y merecida
gloria para nuestra patria y nuestros hermanos de
América.
Gracias al esfuerzo, podríamos decir, de tres
generaciones de cubanos, se obró esa especie de
milagro, frente a la potencia más poderosa, al imperio
más grande que haya existido jamás en la historia
humana, de que el pequeño país pasase una prueba tan
dura y saliera victorioso.
Especial reconocimiento, aún mayor, lo tuvimos para
aquellos compatriotas que en los últimos 10 años, si
queremos con exactitud, en los últimos 8 años, habían
sido capaces de resistir el doble bloqueo cuando el
campo socialista se derrumba, la URSS se desintegra y
aquel vecino quedó como única superpotencia en un mundo
unipolar, sin rival en el terreno político, económico,
militar, tecnológico y cultural. No estoy calificando
la cultura, estoy calificando el poder inmenso con que
quieren imponer su cultura al resto del mundo
(Aplausos).
No
pudo vencer a un pueblo unido, a un pueblo armado de
ideas justas, a un pueblo poseedor de una gran
conciencia política, porque a eso le damos nosotros la
mayor importancia. Resistimos todo lo que hemos
resistido y estamos dispuestos a resistir todo el
tiempo que haga falta resistir (Aplausos), por las
semillas que se habían sembrado a lo largo de aquellas
décadas, por las ideas y las conciencias que se
desarrollaron en ese tiempo.
Fue
nuestra mejor arma y nuestra principal arma, y lo será
siempre, aun en la época nuclear. Y ya que la menciono,
hasta experiencias relacionadas con armas de ese tipo
tuvimos, porque en determinado momento quién sabe
cuántas bombas y cuántos cohetes nucleares estaban
apuntando contra nuestra pequeña isla en la famosa
Crisis de Octubre de 1962. Aun en la época de las armas
inteligentes, a pesar de que de vez en cuando se
equivoquen y den a 100 ó a 200 kilómetros del blanco
hacia donde estaban dirigidas (Risas), pero con un
determinado nivel de precisión, siempre la inteligencia
del hombre será superior a cualquiera de esas armas
sofisticadas (Aplausos y exclamaciones).
Se
convierte en una cuestión de conceptos cómo hay que
luchar, la doctrina de la defensa de nuestro país que
hoy se siente más fuerte, porque ha tenido que
perfeccionar esos conceptos y hemos llegado a la idea
de que al final, un final para los invasores, la lucha
sería cuerpo a cuerpo, de hombre a hombre y de mujer a
invasor, sea hombre o mujer (Aplausos prolongados).
Una
batalla más difícil ha sido necesario librar y habrá
que seguir librando contra ese poderosísimo imperio, es
la lucha ideológica que incesantemente ha tenido lugar
y que ellos arreciaron con todos sus recursos mucho más
después del derrumbe del campo socialista cuando
nosotros decidimos, firmemente confiados en nuestras
ideas, seguir adelante; algo más, seguir solos
adelante; y cuando digo solos pienso en entidades
estatales, sin olvidar nunca el inmenso e invencible
apoyo solidario de los pueblos que siempre nos
acompañó, y por ello nos sentimos más obligados a
luchar (Aplausos).
Hemos
cumplido honrosas misiones internacionalistas. Más de
500 000 compatriotas nuestros han participado en duras
y difíciles misiones de ese carácter, hijos de aquel
pueblo que no sabía leer ni escribir y alcanzó ese
grado tan alto de conciencia como para ser capaz de
derramar sudor y hasta su propia sangre por otros
pueblos; en dos palabras, por cualquier pueblo del
mundo (Aplausos).
A
partir de la etapa de período especial que se iniciaba,
dijimos: "Nuestro primer deber internacionalista en
este momento es defender esta trinchera", la trinchera
de la que habló Martí, en las últimas palabras que
escribió la víspera de su muerte, cuando dijo que en
silencio había tenido que ser el objetivo fundamental
de su lucha, porque Martí no solo era muy martiano,
sino que era aún más bolivariano que martiano
(Aplausos), y ese objetivo que se trazó, según sus
palabras textuales, era "impedir a tiempo con la
independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas
los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre
nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y
haré, es para eso" (Aplausos).
Fue
su testamento político, cuando confiesa el anhelo de su
vida: evitar la caída de aquella primera trinchera que
tantas veces quisieron ocupar los vecinos del Norte y
que aún está y estará allí, con un pueblo dispuesto a
luchar hasta la muerte para impedir que caiga esa
trinchera de América (Aplausos); un pueblo que sería
capaz de defender, incluso, la última, porque quien
defiende la última trinchera y no permite que nadie se
apodere de ella, desde ese mismo instante ha comenzado
a obtener la victoria (Aplausos).
Compañeras y compañeros —permítanme que les llame así—,
aquí en este momento somos eso, y creo que también
aquí, en este momento, estamos defendiendo una
trinchera (Aplausos), y trincheras de ideas, excúsenme
por acudir una vez más a Martí, como dijo él, valen más
que trincheras de piedra (Aplausos).
De
ideas hay que hablar aquí, y vuelvo a lo que decía, que
muchas cosas han pasado en estos 40 años; pero lo más
trascendental es que un mundo ha cambiado. No es este
mundo de hoy en el que me dirijo a ustedes, los que
aquel día no habían nacido y muchos estaban muy lejos
de nacer, en nada parecido al de entonces.
Traté
de buscar un periódico para ver si había alguna nota de
aquel acto en la universidad. Afortunadamente sí
conservamos el discurso completo de la Plaza del
Silencio. Con aquella fiebre revolucionaria con que
bajamos de las montañas, hacía apenas unos días,
estábamos hablando de los procesos de liberación en
América Latina y poniendo el acento principal en la
liberación del pueblo dominicano de las garras de
Trujillo. Creo que aquel tema ocupó casi todo el
tiempo, o una parte del tiempo de aquel encuentro, con
un enorme entusiasmo por parte de todos.
Hoy
aquí no se podría hablar de un tema como ese. Es que
hoy no existe un pueblo por liberar, hoy no existe un
pueblo por salvar; hoy hay un mundo, hoy hay una
humanidad por liberar y por salvar (Aplausos), y esa no
es la tarea nuestra, es la tarea de ustedes (Aplausos).
Entonces no existía un mundo unipolar, una
superpotencia hegemónica, única; hoy tenemos al mundo y
a la humanidad bajo el dominio de una enorme
superpotencia, y aun así estamos convencidos de que
ganaremos la batalla (Aplausos), sin optimismo
panglossiano —creo que esa es una palabra que los
escritores a veces usan (Risas)—, sino porque uno tiene
la seguridad de que si suelta esta libreta (La muestra)
en cuestión de segundos va a caer; de que si no
existiera esta mesa, esta libreta estaría en el suelo,
y está desapareciendo la mesa sobre la cual se asienta,
objetivamente, esa poderosa superpotencia que rige al
mundo unipolar (Aplausos).
Son
razones objetivas, y estoy seguro de que la humanidad
pondrá toda la parte subjetiva indispensable. Para ello
lo que necesita no son armas nucleares ni grandes
guerras; lo que necesita son ideas (Aplausos). Y lo
digo en nombre de ese pequeño país que mencionábamos
antes que ha sostenido la lucha firmemente, sin
vacilación alguna, durante 40 años (Aplausos).
Ustedes decían, invocando —para embarazo mío— el nombre
por el cual se me conoce —me refiero al nombre de
Fidel, porque yo no tengo otro título realmente;
comprendo que el protocolo obligue a llamar
Excelentísimo Señor Presidente, tales y más cuales
cosas (Aplausos y exclamaciones de: "¡Fidel, Fidel!")—,
y cuando los escuché a ustedes repetir aquello de
"Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel que los americanos no
pueden con él?" (Exclamaciones de: "Fidel, Fidel, ¿qué
tiene Fidel que los americanos no pueden con él?"),
entonces se me ocurrió y me dirigí a mi vecino de la
derecha, quiero decir de la derecha geográfica, ¿no?
(Risas y exclamaciones.) —algunos están haciendo señas
por ahí que no entiendo, pero dije que aquí estamos
todos en la misma unidad de combate (Aplausos)—, y se
me ocurrió decirle: ¡Caramba!, realmente lo que debía
preguntarse es: ¿Qué tienen los americanos que no
pueden con él? (Risas y aplausos), y si en vez de "él"
dicen: ¿Qué tienen los americanos que no pueden con
Cuba?, sería más justo (Aplausos). Sé que hay que usar
palabras para simbolizar ideas. Así es como yo lo
entiendo siempre, no me atribuyo jamás ni me puedo
atribuir tales méritos (Exclamaciones de: "¡Viva
Fidel!").
Sí,
todos tenemos esperanzas de vivir, ¡todos! (Aplausos),
en las ideas por las que luchamos y con la convicción
de que los que vienen detrás de nosotros serán capaces
de llevarlas a cabo; aunque ha de ser —no debe
ocultarse— más difícil la tarea de ustedes que la que a
nosotros correspondió.
Les
decía que estamos viviendo en un mundo muy diferente.
Es lo primero que tenemos el deber de comprender; ya
explicaba determinadas características políticas.
Además, se trata de un mundo globalizado, realmente
globalizado, un mundo dominado por la ideología, las
normas y los principios de la globalización neoliberal.
La
globalización no es, a nuestro juicio, un capricho de
nadie, no es, siquiera, un invento de alguien. La
globalización es una ley histórica, es una consecuencia
del desarrollo de las fuerzas productivas —y excúsenme
por emplear esa frase, que todavía quizás asuste a
algunos por su autor—, un producto del desarrollo de la
ciencia y de la técnica en grado tal, que aun el autor
de la frase, Carlos Marx (Aplausos), que tenía una gran
confianza en el talento humano, posiblemente no fue
capaz de imaginar.
Hay
algunas otras cosas que me recuerdan ideas básicas de
aquel pensador entre los grandes pensadores. Es que a
la mente le viene a uno la idea de que, incluso, lo que
concibió como ideal para la sociedad humana, no podría
ser realidad jamás —y se ve cada vez con mayor
claridad— si no tuviera lugar en un mundo globalizado.
Ni por un segundo se le ocurrió pensar que en la
pequeñísima islita de Cuba —para citar un ejemplo—
pudiera intentarse una sociedad socialista, o la
construcción del socialismo, mucho menos al lado de tan
poderoso vecino capitalista.
Bueno, sí, lo hemos intentado; algo más, lo hemos hecho
y lo hemos podido defender. Y hemos conocido también 40
años de bloqueo, amenazas, agresiones, sufrimientos.
Hoy,
como estamos en solitario, toda la propaganda, los
medios de divulgación masiva, que controlan en el
mundo, Estados Unidos los encamina en su guerra
política e ideológica contra nuestro proceso
revolucionario, de la misma forma que su inmenso poder
en todos los campos, principalmente en el campo
económico, y su influencia política internacional lo
emplea en su guerra económica contra Cuba.
Se
dice bloqueo, pero bloqueo no significa nada. Ojalá lo
que tuviéramos fuera un bloqueo económico: lo que
nuestro país ha venido soportando durante mucho tiempo
es una verdadera guerra económica. ¿Lo demuestro? Vayan
a cualquier lugar del mundo, a una fábrica de una
empresa norteamericana a comprar una gorra o un pañuelo
para exportar a Cuba, aunque la produzcan los
ciudadanos del país en cuestión y las materias primas
sean originarias del propio país, el gobierno de
Estados Unidos, a miles de millas de distancia, les
prohíbe vender la gorra o vender el pañuelo. ¿Es eso
bloqueo o guerra económica?
¿Quieren un ejemplo adicional?: si por casualidad
alguno de ustedes se gana la lotería —no sé si aquí hay
lotería— o se encuentra un tesoro —eso es posible—, y
dice que va a construir una pequeña fábrica en Cuba, es
seguro que tendrá rápidamente la visita de un
funcionario importante de la Embajada norteamericana y
hasta del propio Embajador norteamericano para tratar
de persuadirlo, presionarlo o amenazarlo con
represalias para que no invierta ese tesorito en una
pequeña fábrica en Cuba. ¿Es bloqueo o guerra
económica?
Tampoco permiten que vendan a Cuba un medicamento,
aunque ese medicamento sea indispensable para salvar
una vida, y no son pocos los ejemplos que hemos tenido
de casos semejantes.
Hemos
resistido esa guerra, y, como en toda batalla, lo mismo
sea militar que política o ideológica, hay bajas.
Existen los que pueden ser confundidos, y lo son, o
reblandecidos, o debilitados con la mezcla de las
dificultades económicas, las privaciones materiales, la
exhibición del lujo de las sociedades de consumo y las
podridas ideas bien edulcoradas sobre las fabulosas
ventajas de su sistema económico, a partir del mezquino
criterio de que el hombre es un animalito que solo se
mueve cuando le ponen delante una zanahoria o lo
golpean con un látigo. Sobre esa base ellos apoyan toda
su estrategia ideológica, podríamos decir.
Hay
bajas, pero también, como en todas las batallas y en
todas las luchas, en otros se desarrolla la
experiencia, se hacen más veteranos los combatientes,
multiplican sus cualidades y permiten mantener y elevar
la moral y la fuerza necesaria para seguir luchando.
La
batalla de las ideas la estamos ganando (Aplausos); sin
embargo, el campo de batalla no es nuestra sola islita,
aunque en la islita hay que luchar. El campo de batalla
hoy es el mundo, está en todas partes, en todos los
continentes, en todas las instituciones, en todas las
tribunas. Eso es lo bueno que tiene la batalla
globalizada (Risas y aplausos). Hay que defender la
pequeña islita, y a la vez combatir a todo lo largo y
ancho del inmenso mundo que ellos dominan o pretenden
dominar. En muchos campos lo dominan casi de manera
total; pero no en todos los campos, ni de forma igual,
ni en absolutamente todos los países.
Ellos
descubrieron armas muy inteligentes; pero los
revolucionarios descubrimos un arma más poderosa,
¡mucho más poderosa!: que el hombre piensa y siente
(Aplausos). Nos lo enseña el mundo, nos lo enseñan las
innumerables misiones internacionalistas que en un
terreno u otro hemos cumplido en el mundo.
Bastaría señalar una sola cifra: 26 000 médicos cubanos
han participado en ellas; al país que le habían dejado
solo 3 000 de los 6 000 con que contaba al triunfo de
la Revolución, muchos sin empleo, pero siempre deseando
emigrar para obtener tales ingresos y tales salarios;
de los 3 000 que nos dejaron, de tal forma la
Revolución fue capaz de multiplicarlos, y de ir
formando médicos y más médicos de los que empezaron a
estudiar en el primer grado o en el segundo grado, en
las escuelas que de inmediato en todo el país fueron
creadas, y tal su espíritu de sacrificio y solidaridad,
que 26 000 de ellos han cumplido misiones
internacionalistas (Aplausos), del mismo modo como ya
indiqué que cientos de miles de compatriotas han
actuado como profesionales, educadores, constructores y
combatientes. Sí, combatientes, y lo decimos con
orgullo (Aplausos), porque combatir contra los soldados
fascistas y racistas del apartheid, e incluso
contribuir a la victoria de los pueblos de Africa que
veían en aquel sistema su mayor afrenta, es y será
siempre un motivo de orgullo (Aplausos).
Pero
en ese esfuerzo ignorado, muy ignorado, hemos aprendido
mucho de los pueblos; hemos aprendido a conocer los
pueblos y sus cualidades extraordinarias, y, entre
otras cosas, hemos aprendido no solo a través de ideas
abstractas, sino de la vida práctica y cotidiana, que
no todos los hombres somos iguales en nuestros rasgos
físicos, pero todos los hombres somos iguales en cuanto
a talento, sentimientos y las demás virtudes necesarias
para demostrar que en la capacidad moral, social,
intelectual y humana todos somos genéticamente iguales
(Aplausos).
Ese
ha sido el gran error de muchos que se creyeron raza
superior.
La
vida nos ha enseñado, les decía, muchas cosas, y eso es
lo que alimenta nuestra fe en los pueblos, nuestra fe
en los hombres. No lo leímos en un pequeño libro; lo
hemos vivido, hemos tenido el privilegio de vivirlo
(Aplausos).
Yo me
he extendido un poco en estas primeras ideas, al calor
del folleto que se extravió y de los problemas del
micrófono (Risas), por eso tendré que ser más breve en
otros temas.
Sí,
es mi deber ser más breve, entre otras cosas, por
interés personal: después tengo que revisar qué fue lo
que dije aquí (Risas), ver si me faltó una coma, un
punto, si un dato estaba equivocado. Y les digo que
realmente por cada hora de discurso hablado, que puede
parecer muy fácil, hacen falta dos y tres horas de
revisión, volver a ver. Puede faltar una palabra. Jamás
suprimo una idea que haya expresado, pero sí a veces
hay que completarla o añadir un concepto
complementario, porque no es lo mismo el lenguaje
hablado que el lenguaje escrito. Si yo señalo para mi
vecino, el que lea eso en un periódico no entiende nada
(Risas), o no se entiende casi nada; el lenguaje
escrito nada más tiene los signos de admiración y las
comillas (Risas), ni el tono, ni las manos, ni el alma
que se pone en las cosas pueden transmitirse por
escrito.
Yo he
tenido necesidad de descubrir esa diferencia. Y ahora
nos cuidamos mucho de transcribir las cosas y
revisarlas, porque los temas que se discuten tienen
trascendencia, objetivamente, tienen importancia, y,
además, porque hay que tener un cuidado en infinidad de
cosas que ustedes no se lo imaginan.
En
determinado momento, cuando pensaba en el acto que iba
a tener con ustedes a las 5:00 de la tarde, me
preguntaba: ¿De qué les hablo a los estudiantes?
(Aplausos.) No puedo mencionar nombres, salvo
excepciones; no puedo apenas mencionar países, porque a
veces, cuando señalo algo con la mejor buena fe del
mundo y como ilustración de una idea, corro el riesgo
de que inmediatamente saquen del contexto lo que dije,
lo trasmitan por el mundo y crearnos un montón de
problemas diplomáticos (Aplausos). Y como tenemos que
trabajar unidos en esta lucha global, no se le puede
facilitar al enemigo y a sus bien diseñados y
eficientes mecanismos de propaganda la realización de
su constante tarea de crear confusión y desinformación,
que ya es bastante la que han creado, pero no
suficiente, ¿comprenden?, no suficiente (Risas). Tiene
uno que limitarse mucho por esas razones, y por ello
les pido perdón.
No
hará falta explicar aquí mucho lo que es
neoliberalismo. ¿Cómo sintetizar? Bueno, yo diría, por
ejemplo, algo: La globalización neoliberal quiere
convertir a todos los países, especialmente a todos
nuestros países, en propiedades privadas.
¿Qué
nos dejarán a partir de sus enormes recursos
financieros?, ya que ellos no solo han acumulado
inmensas riquezas saqueando y explotando al mundo,
sino, incluso, obrando el milagro al que aspiraron los
alquimistas de la edad media, convertir el papel en
oro, a la vez que fueron capaces de convertir el oro en
papel (Risas). Y con eso lo compran todo, todo menos
las almas, menos —para decirlo con más corrección— la
inmensa mayoría de las almas. Compran recursos
naturales, fábricas, sistemas completos de
comunicaciones, servicios, etcétera, etcétera,
etcétera. Hasta tierras están comprando por el mundo,
pensando que como son más baratas que en sus propios
países es una buena inversión para el futuro.
Me
pregunto: ¿Qué nos quieren dejar después de
convertirnos prácticamente en ciudadanos de segunda
clase, parias —sería mejor decir— en nuestros propios
países? Quieren convertir al mundo en una gigantesca
zona franca —quizás se vea todavía más claro así—,
porque, ¿qué es una zona franca? Un lugar con
características especiales, donde no se pagan
impuestos, se traen materias primas, partes,
componentes, los ensamblan, o producen variadas
mercancías, sobre todo en aquellas ramas que requieren
abundante mano de obra barata, por la cual muchas veces
pagan no más del 5% del salario que pagan en sus
países, y lo único que nos dejan son esos menguados
salarios.
Algo
más triste: He visto cómo han puesto a competir a
muchos de nuestros países, viendo quiénes les dan más
facilidades y más exenciones de impuestos para
invertir; han puesto a competir a los países del Tercer
Mundo por las inversiones y las zonas francas.
Hay
países —los conozco— en tal situación de pobreza y
desempleo, que han tenido que establecer hasta decenas
de zonas francas como opción preferible, dentro del
orden mundial establecido, a la de no tener siquiera
las fábricas de las zonas francas, que dan un empleo
con determinada remuneración, aunque alcance solo el
7%, el 6%, el 5% o menos del salario que tendrían que
pagar los propietarios de esas fábricas en sus países
de origen.
Eso
lo planteamos en la Organización Mundial del Comercio,
en Ginebra, hace algunos meses. Nos quieren convertir
en una inmensa zona franca, sí, en eso; con su dinero y
sus tecnologías lo irán comprando todo. Ya veremos
cuántas líneas aéreas quedan como propiedades
nacionales, cuántas líneas de transporte marítimo,
cuántos servicios permanecerán como propiedades del
pueblo o de la nación.
Es el
porvenir que nos está ofreciendo la globalización
neoliberal, no vayan a creer que solo a los
trabajadores, sino, incluso, a los empresarios
nacionales, a los pequeños y medianos propietarios que
tendrán que competir con las tecnologías de las
transnacionales, sus equipos sofisticados, sus redes
mundiales de distribución y buscar mercados, sin contar
con los abundantes créditos comerciales que sus
poderosos competidores pueden utilizar para vender sus
productos.
Podemos nosotros disponer en Cuba de una magnífica
fábrica, digamos, de refrigeradores. Tenemos una, pero
no es magnífica, y está lejos de ser la más moderna del
mundo. Nos viene muy bien allí, desde luego, con el
calor creciente que tenemos en el trópico. Supongamos
que otros países del Tercer Mundo produzcan
refrigeradores de aceptable calidad e incluso menor
costo. Sus poderosas competidoras renuevan
constantemente el diseño, invierten fabulosas sumas en
prestigiar sus marcas, fabrican en muchas zonas francas
con bajos salarios, o en cualquier sitio, exentas de
impuestos, abundante capital o mecanismos financieros
para otorgar créditos que se amortizan en un año, en
dos, en tres o los que sean, mercados saturados de
objetos electrodomésticos que son fruto de la anarquía
y el caos en la distribución de los capitales de
inversión a nivel mundial, bajo la consigna
generalizada de crecer y desarrollarse a base de
exportaciones como aconseja el FMI, ¿qué espacio queda
para las industrias nacionales, a quiénes y cómo van a
exportar, dónde están los consumidores potenciales
entre los miles de millones de pobres, hambrientos y
desempleados que habitan gran parte de nuestro planeta?
¿Habrá que esperar a que todos ellos puedan adquirir un
refrigerador, un televisor, un teléfono, aire
acondicionado, automóvil, electricidad, combustible,
una computadora, una casa, un garaje, un subsidio
contra el desempleo, acciones en la bolsa y una pensión
asegurada? ¿Es ese el camino del desarrollo, como nos
afirman millones de veces por todos los medios
posibles? ¿Qué quedará del mercado interno si se les
impone la reducción acelerada de las tarifas aduanales,
fuente además importante de los ingresos
presupuestarios de muchos países del Tercer Mundo?
Los
teóricos del neoliberalismo no han podido resolver, por
ejemplo, el grave problema del desempleo en la inmensa
mayoría de los países ricos, menos aun en los que están
por desarrollar, y no le encontrarán jamás solución
bajo tan absurda concepción. Es una inmensa
contradicción del sistema que mientras más invierten y
más se tecnifican, más gente lanzan a la calle sin
empleo. La productividad del trabajo; los equipos más
sofisticados, nacidos del talento humano, que
multiplican las riquezas materiales y a la vez la
miseria y los despidos, ¿de qué le sirven a la
humanidad? ¿Acaso para reducir las horas de trabajo,
disponer de más tiempo para el descanso, la recreación,
el deporte, la superación cultural y científica?
Imposible, las sacrosantas leyes del mercado y los
principios cada vez más imaginarios que reales de la
competencia en un mundo transnacionalizado y
megafusionado cada día más no lo admiten bajo ningún
concepto. En todo caso, ¿quienes compiten y entre
quiénes compiten? Gigantes contra gigantes que tienden
a la fusión y al monopolio. No existe sitio alguno ni
rincón del mundo para los demás supuestos actores de la
competencia.
Para
los países ricos, industrias de punta; para los
trabajadores del Tercer Mundo, confeccionar pantalones
de vaquero, pulóveres, prendas de vestir, calzado;
sembrar flores, frutas exóticas y otros productos de
creciente demanda en las sociedades industrializadas,
porque no los pueden cultivar allí, aunque sabemos que
en Estados Unidos, por ejemplo, cultivan hasta la
mariguana en invernaderos (Risas y aplausos) o en el
patio de las casas y que el valor de la mariguana que
producen es superior al de toda su producción de maíz,
a pesar de ser el mayor productor de maíz del mundo
(Risas). Al fin y al cabo, sus laboratorios son o
terminarán siendo los mayores productores de
estupefacientes del planeta, por ahora bajo la etiqueta
de sedantes, antidepresivos y otros renglones de
píldoras y productos que los jóvenes han aprendido a
combinar y mezclar de muy variadas formas.
En el
feliz mundo desarrollado los trabajos duros de la
agricultura, como recoger tomates, para lo cual no se
ha inventado todavía una máquina perfecta, el robot que
vaya y los escoja según grado de madurez, tamaño y
otras características, limpiar calles, y otras tareas
ingratas que en las sociedades de consumo nadie quiere
realizar, ¿cómo se resuelven? ¡Ah!, para eso están los
inmigrantes del Tercer Mundo. Ellos ese tipo de
trabajos no lo realizan. Y para los que quedamos
convertidos en extranjeros dentro de nuestras propias
fronteras, ya lo dije, confeccionar pitusas y cosas por
el estilo, pero nos ponen, en virtud de sus
"maravillosas" leyes económicas, a producir tantos
pantalones como si el mundo contara ya con 40 000
millones de habitantes y cada uno de ellos tuviera el
dinero suficiente para comprarse el pantaloncito de
vaquero, que no estoy criticando, les queda muy bien a
los jóvenes y mejor todavía a las jóvenes (Risas y
aplausos). No, no estoy criticando la prenda, estoy
criticando el trabajo que quieren dejar para nosotros,
que no tiene nada que ver en lo absoluto con la alta
tecnología. De modo que sobrarán nuestras universidades
o quedarán para producir a bajo costo personal técnico
para el mundo desarrollado.
Habrán leído en estos días en la prensa que Estados
Unidos, en vista de las necesidades de sus industrias
de computación, electrónica, etcétera, etcétera, se
propone adquirir en el mercado internacional, dígase
mejor el Tercer Mundo, y conceder visas a 200 000
trabajadores muy calificados para sus industrias de
punta. Así que cuídense ustedes, porque están buscando
gente capacitada (Risas), esta vez no para recoger
tomates. Como ellos no están demasiado alfabetizados, y
muchos lo comprueban cuando confunden Brasil con
Bolivia, o Bolivia con Brasil (Risas y aplausos); o
cuando se hacen encuestas y no conocen ni siquiera
muchas cosas de los propios Estados Unidos, ni saben si
un país latinoamericano del que han oído hablar está en
Africa, o en Europa —y no estoy exagerando— (Risas y
aplausos); no tienen todas las lumbreras, o los bien
calificados trabajadores para sus industrias de punta,
vienen a nuestro mundo y reclutan a unos cuantos que
después se pierden para siempre.
¿Dónde están los mejores científicos de nuestros
países? ¿En qué laboratorios? ¿Qué país nuestro tiene
laboratorios para todos los científicos que podría
formar? ¿Cuánto le podemos pagar a ese científico y
cuánto le pueden pagar ellos?
¿Dónde están? Yo conozco a muchos latinoamericanos
eminentes que están allá. ¿Quién los formó? ¡Ah!,
Venezuela, Guatemala, Brasil, Argentina, cualquier país
latinoamericano; pero no tienen posibilidades en su
propia patria. Los países industrializados tienen el
monopolio de los laboratorios, del dinero, los
contratan y se los arrebatan a las naciones pobres;
pero no solo científicos, también deportistas. No,
ellos quisieran comprar a nuestros peloteros como se
subastaban antes los esclavos en una tarima de esas,
qué sé yo como las llaman (Risas y aplausos).
Son
pérfidos. Como siempre hay algún alma que pueda ser
tentada —eso lo dice la Biblia, y entre los primeros
seres humanos, que se suponía que debían ser los
mejores, ¿no?, porque no tendrían tanta malicia, ni
conocían las sociedades de consumo, ni existía el dólar
(Risas)—, de repente, hasta a un atleta que no es de
primerísima categoría, le pagan unos cuantos millones,
cuatro, cinco o seis, le hacen una publicidad enorme, y
como parece que son tan malos los bateadores de las
Grandes Ligas, obtienen algunos éxitos. No tengo
ninguna intención de ofender a atletas profesionales
norteamericanos; son gente que trabaja y labora duro,
muy estimulados. Mercancías que también se compran y
venden en el mercado, aunque a un alto precio, pero
deben tener algunas debilidades en el entrenamiento,
porque importan de contrabando algunos pitchers
cubanos, por ejemplo, que pueden estar en primera,
segunda o tercera categoría, o un shortstop, una
tercera base, llegan allí y el pitcher poncha a los
mejores bateadores, y el shortstop no deja pasar
una bola (Aplausos y exclamaciones).
Casi
casi seríamos ricos si hacemos una subasta de peloteros
cubanos (Risas y aplausos). Ya no quieren pagar
peloteros norteamericanos, porque les cuestan muy caro.
Han organizado academias en nuestros países para
formarlos a muy bajo costo y pagarles menos salarios,
aunque un salario todavía de millones al año. Unido a
eso, toda la propaganda de la televisión, más unos
automóviles que llegan de aquí hasta allá (Señala), más
unas bellísimas mujeres de todas las etnias, asociadas
a la publicidad de los automóviles (Risas), y el resto
de la propaganda comercial que ustedes ven en algunas
revistas de la chismografía y el consumismo, pueden
tentar a más de un compatriota nuestro.
En
Cuba no gastamos papel ni recurso alguno en tales
frivolidades publicitarias. Las muy pocas veces que veo
por necesidad la televisión norteamericana apenas la
puedo soportar, porque cada tres minutos la paran para
incluir un anuncio comercial, exhibir a un hombre
haciendo ejercicios en una bicicleta estática, que es
lo más aburrido que hay en el mundo (Aplausos y
exclamaciones). No digo que sea malo, digo que es
aburrido. Paran, interrumpen cualquier programa, hasta
los seriales melodramáticos en sus instantes más
sublimes de amor (Risas).
A
Cuba llegan algunos melodramas del exterior, no lo
niego, porque nosotros no hemos sido capaces de
producir los necesarios, y algunos de los que se
producen en países de América Latina seducen de tal
forma a nuestro público que hasta paran el trabajo. De
América Latina nos llegan también a veces buenos
materiales fílmicos; pero casi todo lo que circula por
el mundo es de pura manufactura yanki, cultura
enlatada.
En
nuestro país, realmente, el poco papel de que
disponemos lo dedicamos a libros de textos y a nuestros
pocos periódicos con pocas páginas. No podemos emplear
recursos en hacer esa revista de papel suave, especial
—no sé cómo se llama—, con muchas ilustraciones, que
leen los pordioseros en las calles de cualquiera de
nuestras capitales, anunciándoles ese lujoso automóvil
con sus acompañantes femeninas, y hasta un yate, o
cosas por el estilo, ¿no? (Risas.) Así van envenenando
a la gente con esa propaganda, de modo que hasta los
pordioseros son influenciados de forma cruel y puestos
a soñar con el cielo, imposible para ellos, que el
capitalismo ofrece.
En
nuestro país —les digo— nos dedicamos a otras cosas;
pero ellos influyen, desde luego, con la imagen de un
tipo de sociedad que además de enajenante, desigual e
injusta, es insostenible económica, social y
ecológicamente.
Suelo
citar el ejemplo de que si el modelo de consumo es que
cada ciudadano de Bangladesh, la India, Indonesia,
Paquistán o China tenga un automóvil en cada casa —y me
perdonan los que tienen automóviles aquí, parece que no
hay ya más remedio, son muchas las avenidas y largas
las distancias. No estoy criticando, es la advertencia
que hago sobre un modelo imposible de aplicar al mundo
que está por desarrollar (Risas). Ellos me van a
comprender bien, porque Caracas ya no da tampoco para
muchos más automóviles. Van a tener que hacer avenidas
de tres y cuatro pisos (Risas), ¿saben? Me imagino que
si en China hicieran eso, los 100 millones de hectáreas
de que disponen para producir alimentos, se convierten
en autopistas, garajes, parqueos de automóviles y no
quedaría dónde cultivar un grano de arroz.
Es
loco, incluso, caótico y absurdo, el modelo de consumo
que le están imponiendo al mundo (Aplausos).
No
pretendo que este planeta sea un convento de monjes
cartujos (Risas), pero sí pienso que este planeta no
tiene otra alternativa que definir cuáles deben ser los
patrones o modelos de consumo alcanzables y asequibles,
en los cuales debe ser educada la humanidad.
Cada
vez son menos los que leen un libro. ¿Y por qué privar
al ser humano del placer de leer un libro, por ejemplo,
y de otros muchos en el terreno de la cultura y la
recreación, en el ámbito de un enriquecimiento no solo
material sino también espiritual? No estoy pensando en
hombres trabajando, como en la época de Engels, 14 ó 15
horas diarias. Estoy pensando en hombres trabajando
cuatro horas. Si la tecnología lo permite, entonces,
¿para qué hacerlo durante ocho? Lo más lógico y
elemental es que mientras más productividad, menos
esfuerzo físico o mental, menos desempleo y más tiempo
libre debe tener el hombre (Aplausos).
Llamemos hombre libre a aquel que no tiene que trabajar
toda la semana, incluidos sábado, domingo y doble
turno, porque no le alcanza el dinero, y corriendo
velozmente a todas horas, en un metro o en un ómnibus
por las grandes ciudades. ¿A quién le van a hacer la
historia de que ese hombre es libre? (Aplausos.)
Si
las computadoras y máquinas automáticas pueden obrar
milagros en la creación de bienes materiales y
servicios, ¿por qué el hombre no se podría servir de la
ciencia que ha creado con su inteligencia para el
bienestar humano?
¿Por
qué debido exclusivamente a razones comerciales,
ganancias e intereses de elites superprivilegiadas y
poderosas, bajo el imperio de leyes económicas caóticas
e instituciones que no son eternas, ni lo fueron ni lo
serán nunca, como las famosas leyes del mercado
convertido en objeto de idolatría, en palabra
sacrosanta que a todas horas se menciona, todos los
días, el hombre de hoy tiene que soportar hambre,
desempleo, muerte prematura, enfermedades curables,
ignorancia, incultura y todo tipo de calamidades
humanas y sociales, si pudieran crearse todas las
riquezas necesarias para satisfacer necesidades humanas
razonables que sean compatibles con la preservación de
la naturaleza y la vida en nuestro planeta? Hay que
meditar, hay que definir. Desde luego, parece
elementalmente razonable que el hombre disponga de
alimentación, salud, techo, vestido, educación,
transporte racional adecuado, sostenible y seguro,
cultura, recreación, amplia variedad de opciones para
su vida y mil cosas más que pudieran ser asequibles al
ser humano, y no por supuesto un Jet particular y un
yate para cada uno de los 9 500 millones de seres
humanos que en no más de 50 años estarán habitando el
mundo.
Han
deformado la mente humana.
Menos
mal que en la época del Edén y del arca de Noé que nos
narra el Antiguo Testamento no existían esas cosas, me
imagino que vivían un poco más tranquilos (Risas).
Bueno, si tuvieron un diluvio, también nosotros lo
tenemos con harta frecuencia. Vean lo que acaba de
pasar en Centroamérica, y con los cambios de clima
nadie sabe si terminaremos comprando, adquiriendo o
haciendo colas a la entrada de un arca (Risas).
Es
así, han inculcado todo eso a la gente; han enajenado a
millones, a decenas de millones y a cientos de millones
de personas, y las hacen sufrir tanto más cuanto menos
son capaces de satisfacer sus necesidades elementales,
porque no tienen siquiera el médico ni tienen la
escuela.
Mencioné la fórmula anárquica, irracional y caótica
impuesta por el neoliberalismo: Invertir cientos de
miles de millones sin orden ni concierto alguno;
decenas de millones de trabajadores produciendo las
mismas cosas: televisores, componentes de computadoras,
clip o chips, como se llamen (Risas), infinidad de
artículos y objetos, incluidos montones de automóviles.
Todos haciendo lo mismo.
Han
creado el doble de capacidad necesaria para producir
automóviles. ¿Qué clientes para los automóviles? Están
en Africa, en América Latina y en otros muchos lugares
del mundo, solo que no tienen un centavo para
adquirirlos, ni gasolina, ni autopistas, ni talleres,
que acabarían arruinando aún más los países del Tercer
Mundo, despilfarrando recursos que requiere el
desarrollo social y destruyendo aún más la naturaleza.
Creando en los países industrializados patrones de
consumo insostenibles y sembrando sueños imposibles en
el resto del planeta, el sistema capitalista
desarrollado ha ocasionado ya un gran daño a la
humanidad. Ha envenenado la atmósfera y agotado enormes
recursos naturales no renovables, de los cuales la
especie humana va a tener gran necesidad en el futuro.
No se imaginen, por favor, que estoy concibiendo un
mundo idealista, imposible, absurdo. Estoy tratando de
meditar sobre lo que puede ser un mundo real y un
hombre más feliz. No habría que mencionar una
mercancía, bastaría mencionar un concepto: la
desigualdad hace ya infeliz al 80% de los habitantes de
la Tierra, y no es más que un concepto.
Hay
que buscar conceptos y hay que tener ideas que permitan
un mundo viable, un mundo sostenible, un mundo mejor.
A mí
me sirve de entretenimiento lo que escriben muchos de
los teóricos del neoliberalismo y de la globalización
neoliberal. Realmente tengo poco tiempo de ir al cine,
casi nunca; de ver casetes, aunque sean buenos, hay
algunos buenos, me pongo a leer artículos de estos
señores para divertirme (Risas), sus analistas, sus
comentaristas más agudos, más sabios, los veo envueltos
en una cantidad de contradicciones, de confusión,
incluso desesperación, queriendo cuadrar el círculo;
debe ser para ellos algo terrible (Aplausos).
Recuerdo que una vez me enseñaron una figurita que era
cuadrada, tenía dos rayas Regresar así, una en el medio y
otra hacia abajo (Señala), la cuestión era pasarla con
el lápiz sin levantarlo una sola vez. Ni se sabe el
tiempo que perdí (Risas) en tratar de hacerlo, en vez
de hacer la tarea, estudiar matemática, lenguaje y
otras cosas, porque cuando no existían los jugueticos
esos que inventó la industria para entretener a los
muchachos durante las clases y para que saquen suspenso
en la escuela, ya desde mi época inventábamos nosotros
mismos cosas en las que perdíamos bastante tiempo.
Pero
me divierto, gozo, disfruto, al menos les agradezco eso
(Risas y aplausos); pero también les agradezco lo que
me enseñan. ¿Y saben quiénes son los que más feliz me
hacen en sus artículos y análisis? ¡Ah!, los más
conservadores, los que no quieren ni oír hablar del
Estado, ¡ni siquiera mencionarlo! Los que anhelan un
banco central en la Luna (Risas), para que a ningún
humano se le ocurra andar rebajando o subiendo
intereses, es increíble.
Esos
son los que más feliz me hacen, porque cuando ellos
dicen algunas cosas, yo pienso: ¿Me habré equivocado,
este artículo no lo habrá escrito un extremista de
izquierda, un radical? (Risas.) ¿Pero qué es esto?, al
ver a Soros escribiendo libro tras libro. Y el último,
sí, lo tuve que leer también, no me quedó más remedio,
porque dije: Bueno, este es teórico; pero, además, es
académico, y adicionalmente tiene no sé cuántos miles
de millones resultado de operaciones especulativas.
Este hombre debe saber de eso, los mecanismos, los
trucos. Pero el título: Crisis del capitalismo
global, fue el nombre que le puso, es todo un
poema; lo dice con gran seriedad (Risas), y al parecer
con una convicción tal que entonces me digo: ¡Caramba,
parece que no soy el único loco en este mundo! (Risas y
aplausos.) De los que expresan inquietudes similares
hay cantidad, yo les presto aún más atención que a los
adversarios del Orden Económico Mundial existente.
El de
izquierda va a querer demostrar de todas formas que eso
va abajo (Risas). Es lógico, es su deber, y, además,
tiene razón (Risas); pero el otro no desea eso de
ninguna manera. Ante catástrofes, crisis, amenazas de
todas clases, se desesperan y escriben muchas cosas.
Están desconcertados, es lo menos que puede decirse;
han perdido la fe en sus doctrinas.
Entonces, los que decidimos resistir en solitario, y ya
no hablo de la soledad geográfica, sino casi de la
soledad en el campo de las ideas, porque los desastres
traen consecuencias, escepticismos que son
multiplicados por la experta y poderosa maquinaria
publicitaria del imperio y sus aliados; todo eso trae
pesimismo en mucha gente, confusión, no tienen todos
los elementos de juicio para analizar situaciones con
una perspectiva histórica y se desalientan.
¡Ah!,
qué amargos eran aquellos días, aquellos primeros días,
y desde antes de los primeros días, cuando vimos a
mucha gente cambiar de camisa por aquí y por allá,
realmente —y no estoy criticando a nadie, estoy
criticando a las camisas (Risas y aplausos). ¡Ah!, en
qué brevísimo tiempo hemos visto cómo todo cambia, y
aquellas ilusiones han ido quedando atrás, han durado
menos —como se dice en Cuba y no sé si aquí también—
que un merengue en la puerta de una escuela (Risas).
Allá,
en la antigua URSS, llegaron con sus recetas
neoliberales y de mercado y han ocasionado destrozos
increíbles, ¡verdaderamente increíbles!, desgajado
naciones, desarticulado federaciones de repúblicas,
económica y políticamente; han reducido las
perspectivas de vida, en algunas de ellas 14 y 15 años;
han multiplicado la mortalidad infantil tres o cuatro
veces; han creado problemas sociales y económicos que
ni siquiera un Dante resucitado sería capaz de
imaginar.
Es
realmente triste, y aquellos que procuramos estar lo
más informados posible de lo que está ocurriendo en
todas partes —y no nos queda más remedio que saberlo o
estaremos desorientados, saberlo en un mayor o menor
grado, con mayor o menor profundidad—, tenemos una
idea, a nuestro juicio, bastante clara de los desastres
que el dios del mercado, sus leyes y sus principios, y
las recetas del Fondo Monetario Internacional y demás
instituciones neocolonizadoras o recolonizadoras del
planeta, recomendadas e impuestas prácticamente a todos
los países, han ocasionado; al extremo de que, incluso,
a países ricos como los de Europa los obligan a unirse
y buscar una moneda para que hombres tan expertos como
Soros no echen al suelo hasta la libra esterlina,
otrora no lejana reina de los medios de intercambio,
arma y símbolo del imperio dominante y dueño de la
moneda de reserva del mundo, todos esos privilegios que
hoy posee Estados Unidos. Los ingleses tuvieron que
pasar por la humillación de ver en el suelo su libra
esterlina.
Lo
mismo hicieron con la peseta española, el franco
francés, la lira italiana; jugaban apoyados en el
grueso poderío de sus miles de millones, porque los
especuladores son jugadores que apuestan con las cartas
marcadas. Ellos tienen toda la información, los más
expertos economistas, premios Nobel, como los de esa
famosa compañía que era la más prestigiosa de Estados
Unidos, llamada Administración de Capitales a Largo
Plazo. En inglés creo que se dice Long-Term Capital
Management —ustedes me perdonan mi "excelente"
pronunciación inglesa (Risas)—, prefiero el título en
español, pero está reconocido ya en todas partes por su
nombre materno, casi está castellanizado. Con un fondo
que sumaba 4 500 millones de dólares, movilizó 120 000
millones para utilizarlos en operaciones especulativas.
Contaba en su nómina con dos premios Nobel y los más
expertos programadores de computación, y vean, se
equivocaron los ilustres caballeros, porque están
pasando tantas cosas raras que con algunas de ellas no
contaron: si la diferencia entre los bonos del tesoro a
30 años y a 29 años estaba un poco más amplia de lo
razonable, inmediatamente todas las computadoras y los
nobeles decidieron que había que comprar de estos tanto
y vender a futuro de los otros más tanto. Pero resulta
que tuvieron problemas con la crisis desatada, que
tampoco esperaban, creían que habían descubierto ya el
milagro de un capitalismo creciente, creciente y
creciente, sin una sola crisis jamás… ¡Suerte que no se
les ocurrió eso hace dos mil o tres mil años! Hemos
tenido suerte que Colón tardara en descubrir este
hemisferio (Risas) y que comprobara que la Tierra era
redonda y se retrasaran igualmente otros adelantos
económicos, sociales y científicos, donde asentó sus
raíces tal sistema, precisamente inseparable de las
crisis, porque tal vez no habría ya seres humanos en
este planeta. Es posible que ya no quedara nada de
nada.
Se
equivocaron y perdieron los de la Long-Term, como se
les llama familiarmente. Bueno, un desastre, tuvieron
que ir a rescatarla violando todas las normas éticas,
morales y financieras impuestas por Estados Unidos al
mundo, y tuvo que ir el presidente de la Reserva
Federal a declarar en el Senado que si no salvaba aquel
fondo, se produciría inevitablemente una catástrofe
económica en Estados Unidos y en el resto del mundo.
Otra
pregunta más: ¿Qué economía es esta que hoy impera, en
la cual tres o cuatro multimillonarios —y no de los
grandes, no Bill Gates y otros parecidos, no; Bill
Gates posee como quince veces el capital inicial de que
disponía la Long-Term, con el cual esta movilizó
enormes sumas de los ahorristas, recibiendo préstamos
de más de 50 bancos— pueden producir una catásfrofe
económica en Estados Unidos y en el mundo? ¡Ah!, se
hunde la economía internacional si no hubiese sido
rescatada, y lo declara uno de los tipos más
competentes, más inteligentes que tiene Estados Unidos,
el presidente del Sistema de la Reserva Federal. Este
distinguido señor sabe más de cuatro cosas, lo que
ocurre es que no las dice todas, porque parte del
método consiste en la falta total de transparencia y
fuertes dosis de calmante cada vez que hay pánico,
palabritas dulces y alentadoras: "todo está muy bien,
la economía marcha excelentemente", etcétera; es la
técnica reconocida y aplicada sin falta. Pero el
Presidente de la Reserva Federal tuvo que reconocer
ante el Senado de Estados Unidos que venía una
catástrofe si no hacía lo que hizo.
Esas
son las bases de la globalización neoliberal. Cuenten
una menos, pueden restar otras 20 de su endeble
andamiaje, no se preocupen. ¡Lo que han creado es
insostenible!, pero están haciendo sufrir a mucha gente
en muchas partes del mundo; se han arruinado naciones
enteras con las fórmulas del Fondo Monetario
Internacional, y siguen arruinando países, no tienen
manera de evitar que se arruinen, siguen haciendo
disparates y en las bolsas el precio de las acciones lo
han inflado y lo siguen inflando hasta lo infinito.
En
las bolsas de valores de Estados Unidos, más de un
tercio de los ahorros de las familias norteamericanas y
el 50% de los fondos de pensiones están invertidos en
acciones; calculen una catástrofe como la de 1929
cuando solo un 5% tenía sus ahorros invertidos en esos
valores bursátiles. Pasan un gran susto hoy, dan veinte
carreras, eso lo hicieron después de la crisis de
agosto pasado en Rusia, cuyo peso en el producto bruto
mundial es solo 2%, hizo bajar más de 500 puntos en un
día al Dow-Jones, índice estrella de la Bolsa de Nueva
York; 512 puntos exactamente, y se armó el correcorre.
La
verdad es que lo que podemos decir de los dirigentes de
este sistema imperante es que se pasan el día corriendo
por el mundo entre bancos, instituciones (Risas), y
cuando vieron lo que pasó en Rusia, se produjo una
olimpiada de campo y pista, se reunieron con el Consejo
de Relaciones Exteriores, que radica en Nueva York;
Clinton pronuncia un discurso diciendo que el peligro
no es la inflación, sino la recesión, y en unos días,
en unas horas, prácticamente, dieron un giro de 180
grados, y de la idea de elevar la tasa de interés, lo
que hicieron fue rebajarla. Reunieron a todos los
directores de bancos centrales en Washington, el 5 y 6
de octubre pasados, pronunciaron discursos, les
hicieron no se sabe cuántas críticas al Fondo
Monetario, acordaron supuestas medidas para ver cómo
aliviaban el peligro. Pocos días más tarde el gobierno
de Estados Unidos reunió al Grupo de los 7, que decidió
aportar 90 000 millones de dólares para que la crisis
no se extendiera por Brasil y, a través de Brasil, a
toda Suramérica, tratando de evitar que la candela
alcanzara las propias bolsas superinfladas de Estados
Unidos, ya que basta un alfiler, un pequeño agujerito,
para que el globo se desinfle. Vean los riesgos que
amenazan la globalización neoliberal.
Hicieron todo eso, y cuando, incluso, algunos de
nosotros, yo mismo pensaba, lo había dicho: "Tienen
recursos, tienen posibilidades de maniobra para
posponer un tiempito la gran crisis", posponerla, no al
final evitarla, meditaba sobre el problema y dije:
Parece que lo han logrado, con todas las medidas
adoptadas o impuestas: la baja de la tasa de interés,
los 90 000 millones para apoyar al Fondo, que ya no
tenía fondos (Risas), los pasos de Japón para enfrentar
la crisis bancaria, el anuncio brasileño de fuertes
medidas económicas, el anuncio oportuno de que la
economía norteamericana había crecido más de lo
previsto en el tercer trimestre. Parecía que aguantaban
la cosa, y ahora, hace solo unos días, nos sorprendemos
todos de nuevo con las noticias que llegan de Brasil
sobre la situación económica que se ha creado, algo que
nos duele realmente mucho, por razones asociadas a esta
misma cuestión, al esfuerzo necesario de nuestros
pueblos para unir fuerzas y librar la dura lucha que
nos espera, ya que sería sumamente negativa para
América Latina una crisis destructora en Brasil.
En
este momento, a pesar de todo lo que hicieron, están
los brasileños enfrentando una situación económica
complicada, cuando ya Estados Unidos y los organismos
financieros internacionales habían utilizado una buena
parte de sus recetas y cartuchos. Transcurridos los
primeros meses del gran susto, ahora exigen nuevas
condiciones y parecen más indiferentes a la suerte de
Brasil.
A
Rusia la pretenden mantener al borde de un abismo. No
es un país pequeño, es un país que tiene la mayor
extensión territorial del mundo y 146 millones de
habitantes, miles de armas nucleares, donde una
explosión social, un conflicto interno o cualquier cosa
puede causar terribles daños.
Son
tan locos y tan irresponsables estos señores que
dirigen la economía mundial, que después de hundir al
país con sus recetas, no se les ocurre siquiera
utilizar un poco de esos papeles que han impreso
—porque es lo que vienen a ser los bonos de la
tesorería donde los especuladores asustados se refugian
ante cualquier riesgo comprando bonos del tesoro de
Estados Unidos—, no se les ocurre emplear un poco de
los 90 000 millones de apoyo al Fondo, para evitar una
catástrofe económica o política en Rusia. Lo que se les
ocurre es exigirle un montón de condiciones imposibles
de aplicar. Le exigen que baje presupuestos que están
ya por debajo del límite indispensable, le exigen la
libre conversión, el pago inmediato de elevadas deudas,
todos aquellos requisitos que acaban con las reservas
que puedan quedarle a cualquier país. No piensan, no
escarmientan; pretenden mantenerla en situación
precaria, al borde de un abismo, con |