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Fidel Castro Ruz

 

  

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 Una Revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas

Discurso pronunciado por el Presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba, Fidel Castro Ruz,
en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, el
3 de febrero de 1999

 

Breve prólogo del autor
 

PARA LOS QUE TENGAN LA AMABILIDAD Y LA PACIENCIA DE LEER ESTE MATERIAL.

Este discurso, pronunciado en el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela, tiene para mí un significado especial. Lo pronuncié hace apenas mes y medio, el 3 de febrero de 1999.

No sé cuántos mortales habrán pasado por una experiencia tan singular y única como la que viví aquella tarde.

Un nuevo y joven Presidente, tras espectacular victoria política y apoyado por un mar de pueblo, había tomado posesión de su cargo apenas 24 horas antes. Con motivo de la visita que por tal causa realicé a ese país, entre otros muchos invitados, las autoridades y los estudiantes de la mencionada universidad se empeñaron en que yo ofreciera lo que se ha dado en llamar una conferencia magistral, cuyo sólo calificativo suscita rubor y angustia, en especial a los que no somos académicos ni hemos aprendido otra cosa que el modesto oficio de usar la palabra para trasmitir en forma y estilo propios lo que pensamos.

Vencida mi sempiterna resistencia a tales aventuras, accedí al compromiso, siempre riesgoso y siempre delicado para quien, en su carácter de invitado oficial, visita un país en plena efervescencia política. Me obligaba además irremisiblemente la solidaridad hacia Cuba, siempre invariable, de los que me invitaban a la conferencia. Había estado ya una vez allí y siempre lo recordaba. Sentía como si fuera a encontrarme con las mismas personas.

Algo súbitamente recordado sólo cuando estaba a punto de partir hacia el recinto universitario, vino a mi mente: el tiempo pasa y no nos damos cuenta.

Cuarenta años y diez días exactamente habían transcurrido desde que tuve el privilegio de hablarles a los estudiantes en aquella misma imponente Aula Magna de la combativa y prestigiosa Universidad venezolana el 24 de enero de 1959. Un día antes, el 23 de enero de ese año, había llegado a Venezuela. Se conmemoraba el primer aniversario del triunfo popular contra un gobierno militar autoritario. Hacía sólo tres semanas de nuestro propio triunfo revolucionario el Primero de Enero de 1959. Una enorme multitud me esperó en el aeropuerto y me asediaba por todas partes durante los días que allí estuve. En nada se diferenciaba de la experiencia vivida en mi propia Patria.

Trato de recordar con la mayor exactitud posible qué estaba ocurriendo dentro de mí. ¡Cuántas ideas, sentimientos, emociones surgidas de la mente y el corazón, se entremezclaban! De aquel torbellino de recuerdos, puedo confiar más en la lógica que en la memoria.

Tenía entonces 32 años. Habíamos vencido en 24 meses y 13 días una fuerza de 80 mil hombres a partir de 7 fusiles, reunidos con posterioridad al gran revés sufrido por nuestro pequeño destacamento de 82 hombres, tres días después de nuestro desembarco, el 2 de diciembre de 1956.

Llenos de ideas y de sueños, pero sumamente inexpertos todavía, participamos aquel 23 de enero en un gigantesco acto que tuvo lugar en la Plaza del Silencio. Al día siguiente visitamos la Universidad nacional, bastión tradicional de la inteligencia, la rebeldía y la lucha del pueblo venezolano. Yo mismo me sentía todavía como un estudiante recién salido de las aulas universitarias hacía apenas 8 años, de los cuales casi siete los había invertido, desde el traicionero golpe de estado del 10 de marzo de 1952, en la preparación de la rebelión armada, la prisión, el exilio, el regreso y la guerra victoriosa, sin haber perdido nunca el contacto con los estudiantes de nuestro más alto centro docente.

De la liberación de los pueblos oprimidos de Nuestra América hablé en aquella ocasión a los profesores y estudiantes. Ahora volvía con la misma fiebre revolucionaria de entonces, y la experiencia acumulada durante 40 años de épica lucha librada por nuestro pueblo contra la potencia más poderosa y egoísta que ha existido jamás.

Sin embargo, un gran desafío se presentaba ante mí. Los profesores y estudiantes eran otros; Venezuela, otra; el mundo, otro. ¿Cómo pensarían aquellos jóvenes? ¿Cuáles serían sus actuales inquietudes? ¿Hasta qué punto compartían o discrepaban del actual proceso? ¿En qué grado estaban conscientes de la situación objetiva del mundo y de su propio país? Había aceptado la amable y amistosa invitación tan pronto llegué a Venezuela, dos días antes. Ni un mínimo de tiempo tuve para informarme debidamente. ¿Qué les interesaba? ¿De qué les hablaría? ¿Con qué grado de libertad podía hacerlo un invitado al cambio de gobierno, obligado como estaba, por el más elemental sentido del respeto a la soberanía y al orgullo del país que inició nuestras luchas independentistas, a no inmiscuirme en sus asuntos internos? ¿Cómo podrían ser interpretadas mis palabras en los más disímiles medios sociales, instituciones y partidos políticos? Sin embargo, no tenía otra alternativa que hablarles, y debía hacerlo con toda honestidad.

Con algunos datos en la memoria, cuatro o cinco hojas de referencias que inevitablemente debían ser transcritas para citarlas con exactitud, y tres o cuatro ideas básicas, me dirigí resueltamente al encuentro con los estudiantes. Me habían pedido realizar el acto en campo abierto para disponer de más espacio. Insistí en la conveniencia de hacerlo bajo techo, en el Aula Magna, como el lugar más idóneo a mi juicio para el intercambio y la reflexión.

Al llegar al campus, vi miles de sillas en diversos espacios abiertos, repletos de estudiantes, frente a pantallas gigantescas, que deseaban presenciar la conferencia. Los 2 800 asientos del Aula Magna estaban ocupados. Comenzó la difícil prueba. Les hablé con toda franqueza y, a la vez, con absoluto respeto a las normas por las que consideraba mi deber regirme. Expresé, en síntesis, mis ideas esenciales: lo que pienso de la globalización neoliberal; lo absolutamente insostenible, social y ecológicamente, del orden económico impuesto a la humanidad; el origen de éste, diseñado para los intereses del imperialismo e impulsado por el avance de las fuerzas productivas y el desarrollo acelerado de la ciencia y la técnica; su carácter temporal y su desaparición inevitable por ley de la historia; la estafa al mundo y los inconcebibles privilegios usurpados por Estados Unidos; énfasis especial en el valor de las ideas; desmoralización e incertidumbre de los teóricos del sistema; tácticas y estrategias de lucha; curso probable de los acontecimientos; confianza plena en la capacidad humana para sobrevivir.

Salpicada de anécdotas, historias, referencias microautobiográficas que iban surgiendo espontáneamente en el curso de las reflexiones, esa fue la nada magistral conferencia con que respondí a lo que se me solicitó. Les expuse, con el calor y la devoción de siempre, y una convicción más profunda que nunca, las ideas que sostengo con frío y reflexivo fanatismo. Como combatiente que no cesó un minuto de luchar, en un prolongado período que transcurrió desde 1959 a 1999, había tenido el raro privilegio de reunirme en una Universidad histórica y prestigiosa con dos generaciones distintas de estudiantes en dos mundos radicalmente diferentes. Ambas veces me recibieron con el mismo calor y respeto.

Uno podía estar ya curtido por todas las emociones vividas, pero no lo estaba.

Las horas habían transcurrido. Les prometí al final que dentro de cuarenta años, cuando nos volviéramos a reunir, sería más breve. De la entusiasta y combativa multitud, muchos permanecieron en sus puestos con interés y atención hasta el final. Algunos se marcharon, tal vez era ya demasiado tarde. No olvidaré jamás aquel encuentro.
 

Fidel Castro Ruz

18 de marzo de 1999
 

No traigo un discurso escrito, desgraciadamente (Risas), pero traje algunos apuntes que me parecía conveniente para precisar bien, y, a pesar de todo, qué desgracia (Risas), descubro que me faltaba un folleto, que con mucho cuidado leí, subrayé, apunté y se quedó en el hotel (Risas y aplausos). Lo mandé a buscar, espero que aparezca, porque el otro, que es una copia, no está subrayado.

Por lo menos tengo que dirigirme formalmente a nuestro público, ¿no? (Risas.) No voy a hacer una larga lista de la excelente y numerosa categoría de amigos que tenemos aquí (Alguien del público dice: "¡Aquí no oímos!"). Mira, no me alcanza la voz para llegar (Risas y aplausos), porque si grito…

Yo creía que tenían unos mejores micrófonos aquí (Risas).

¿Cuáles son los que no oyen por allá? Que levanten la mano (Levantan la mano). Si no se arregla esto, los podemos invitar a que se sienten por aquí o en algún lugar donde puedan oír (Aplausos).

Voy a procurar acercarme más todavía a este pequeño micrófono, ¿no?, pero permítanme comenzar como es debido.

Queridos amigas y amigos (Aplausos):

Iba a decirles que hoy 3 de febrero se cumplen 40 años y 10 días de mi visita a esta universidad, donde nos reunimos en este mismo sitio. Un poco de emoción, como ustedes comprenderán, y sin el melodramatismo de algunas novelas actuales (Risas), debo experimentar ante el hecho inimaginable en aquel tiempo de que algún día, después de tantos años, regresaría a este sitio.

Hace unas semanas, en Santiago de Cuba, el Primero de Enero de 1999, conmemorando el 40 aniversario del triunfo de la Revolución, desde el mismo balcón, del mismo edificio donde hablé aquella vez, el Primero de Enero de 1959, reflexionaba con el público reunido allí, que el pueblo de hoy no era el mismo pueblo de entonces, porque de los 11 millones de compatriotas que somos en la actualidad, 7 190 000 habían nacido después de aquel día. Que eran dos pueblos diferentes, y, sin embargo, a la vez, el mismo pueblo eterno de Cuba.

Les recordaba igualmente que los que entonces tenían 50 años, en su inmensa mayoría ya no se encontraban entre nosotros, y los que eran niños tenían ya más de 40 años.

Vean cuántos cambios, cuántas diferencias, y qué particular sentido tenía para nosotros pensar que allí teníamos al pueblo que comenzó una revolución profunda cuando era prácticamente analfabeto, cuando un 30% de los adultos no sabían leer ni escribir y cuando quizás un 50% adicional no hubiese llegado al quinto grado. Tal vez menos; hicimos un cálculo de que entonces, con una población de casi 7 millones de habitantes, aquellos que habían rebasado el quinto grado posiblemente no ascendían a más de 250 000 personas, y hoy solo los graduados universitarios ascendían a 600 000, y entre profesores y maestros la cifra alcanzaba casi 300 000.

Les decía a mis compatriotas, en honor del pueblo que había alcanzado su primer gran triunfo hacía 40 años, a pesar de su enorme retraso educacional, que había sido capaz de llevar a cabo y defender una extraordinaria proeza revolucionaria. Algo más: Es posible que por debajo del nivel de educación estuviera incluso su nivel de cultura política. Eran los tiempos del anticomunismo feroz, de los años finales del macartismo, en que por todos los medios posibles aquel vecino poderoso e imperial había tratado de inculcarle a nuestro noble pueblo todas las mentiras y prejuicios posibles, de modo tal que muchas veces me encontraba con un ciudadano común y le hacía una serie de preguntas: Si le parecía que debíamos hacer una reforma agraria; si no sería justo que las familias fueran un día dueñas de sus viviendas, por las cuales a veces pagaban a los grandes casatenientes hasta la mitad de sus salarios; si no le parecía correcto que todos aquellos bancos donde estaba depositado el dinero de los ciudadanos, en vez de ser propiedad de instituciones privadas, fueran propiedad del pueblo para financiar con aquellos recursos el desarrollo del país; si aquellas grandes fábricas, extranjeras en su gran mayoría y algunas también nacionales, fueran del pueblo y produjeran en beneficio del pueblo; así por el estilo, le podía preguntar diez cosas, quince cosas similares y estaba absolutamente de acuerdo: "Sí, sería excelente."

En esencia, si todos aquellos grandes almacenes comerciales y todos los jugosos negocios que enriquecían únicamente a sus privilegiados dueños fueran del pueblo y para enriquecer al pueblo, ¿estarías de acuerdo? "Sí, sí", respondía de inmediato. Estaba de acuerdo ciento por ciento con cada una de aquellas sencillas propuestas. Y de repente le preguntaba entonces: ¿Estarías de acuerdo con el socialismo? (Aplausos.) Respuesta: "¿Socialismo? No, no, no, con el socialismo no." Eran tales los prejuicios... Esto ya sin hablar del comunismo, que era una palabra mucho más aterrorizante.

Fueron las leyes revolucionarias las que más contribuyeron a crear en nuestro país una conciencia socialista, y fue ese mismo pueblo, inicialmente analfabeto o semianalfabeto, que tuvo que empezar por enseñar a leer y a escribir a muchos de sus hijos, el que por puros sentimientos de amor a la libertad y anhelo de justicia derrocó la tiranía y llevó a cabo y defendió con heroísmo la más profunda revolución social en este hemisferio.

Apenas dos años después del triunfo, en 1961, logramos alfabetizar alrededor de un millón de personas, con el apoyo de jóvenes estudiantes que se convirtieron en maestros; fueron a los campos, a las montañas, a los lugares más apartados, y allí enseñaron a leer y a escribir hasta a personas que tenían 80 años. Después se realizaron los cursos de seguimiento y se dieron los pasos necesarios, en incesante esfuerzo para alcanzar lo que tenemos hoy. Una revolución solo puede ser hija de la cultura y las ideas.

Ningún pueblo se hace revolucionario por la fuerza. Quienes siembran ideas no necesitan jamás reprimir al pueblo. Las armas, en manos de ese mismo pueblo, son para luchar contra los que desde el exterior intenten arrebatarle sus conquistas.

Perdónenme que haya hablado de este tema, porque no vine aquí a predicar sobre socialismo ni sobre comunismo —no quiero que nadie me malinterprete—, ni vine aquí a proponer leyes radicales ni cosas parecidas; simplemente reflexionaba sobre la experiencia vivida, que nos demostró cuánto valían las ideas, cuánto valía la fe en el hombre, cuánto valía la confianza en los pueblos, lo cual es sumamente importante en una época en que la humanidad se enfrenta a tiempos tan complicados y difíciles.

Desde luego que el día Primero de Enero de este año en Santiago de Cuba fue justo reconocer, de manera muy especial, que aquella Revolución que había logrado resistir 40 años, que había logrado cumplir ese aniversario sin plegar sus banderas, sin rendirse, era obra fundamentalmente de aquel pueblo que estaba allí, de jóvenes y de hombres y mujeres maduros, que se educaron con la Revolución y fueron capaces de realizar la proeza, escribiendo páginas de noble y merecida gloria para nuestra patria y nuestros hermanos de América.

Gracias al esfuerzo, podríamos decir, de tres generaciones de cubanos, se obró esa especie de milagro, frente a la potencia más poderosa, al imperio más grande que haya existido jamás en la historia humana, de que el pequeño país pasase una prueba tan dura y saliera victorioso.

Especial reconocimiento, aún mayor, lo tuvimos para aquellos compatriotas que en los últimos 10 años, si queremos con exactitud, en los últimos 8 años, habían sido capaces de resistir el doble bloqueo cuando el campo socialista se derrumba, la URSS se desintegra y aquel vecino quedó como única superpotencia en un mundo unipolar, sin rival en el terreno político, económico, militar, tecnológico y cultural. No estoy calificando la cultura, estoy calificando el poder inmenso con que quieren imponer su cultura al resto del mundo (Aplausos).

No pudo vencer a un pueblo unido, a un pueblo armado de ideas justas, a un pueblo poseedor de una gran conciencia política, porque a eso le damos nosotros la mayor importancia. Resistimos todo lo que hemos resistido y estamos dispuestos a resistir todo el tiempo que haga falta resistir (Aplausos), por las semillas que se habían sembrado a lo largo de aquellas décadas, por las ideas y las conciencias que se desarrollaron en ese tiempo.

Fue nuestra mejor arma y nuestra principal arma, y lo será siempre, aun en la época nuclear. Y ya que la menciono, hasta experiencias relacionadas con armas de ese tipo tuvimos, porque en determinado momento quién sabe cuántas bombas y cuántos cohetes nucleares estaban apuntando contra nuestra pequeña isla en la famosa Crisis de Octubre de 1962. Aun en la época de las armas inteligentes, a pesar de que de vez en cuando se equivoquen y den a 100 ó a 200 kilómetros del blanco hacia donde estaban dirigidas (Risas), pero con un determinado nivel de precisión, siempre la inteligencia del hombre será superior a cualquiera de esas armas sofisticadas (Aplausos y exclamaciones).

Se convierte en una cuestión de conceptos cómo hay que luchar, la doctrina de la defensa de nuestro país que hoy se siente más fuerte, porque ha tenido que perfeccionar esos conceptos y hemos llegado a la idea de que al final, un final para los invasores, la lucha sería cuerpo a cuerpo, de hombre a hombre y de mujer a invasor, sea hombre o mujer (Aplausos prolongados).

Una batalla más difícil ha sido necesario librar y habrá que seguir librando contra ese poderosísimo imperio, es la lucha ideológica que incesantemente ha tenido lugar y que ellos arreciaron con todos sus recursos mucho más después del derrumbe del campo socialista cuando nosotros decidimos, firmemente confiados en nuestras ideas, seguir adelante; algo más, seguir solos adelante; y cuando digo solos pienso en entidades estatales, sin olvidar nunca el inmenso e invencible apoyo solidario de los pueblos que siempre nos acompañó, y por ello nos sentimos más obligados a luchar (Aplausos).

Hemos cumplido honrosas misiones internacionalistas. Más de 500 000 compatriotas nuestros han participado en duras y difíciles misiones de ese carácter, hijos de aquel pueblo que no sabía leer ni escribir y alcanzó ese grado tan alto de conciencia como para ser capaz de derramar sudor y hasta su propia sangre por otros pueblos; en dos palabras, por cualquier pueblo del mundo (Aplausos).

A partir de la etapa de período especial que se iniciaba, dijimos: "Nuestro primer deber internacionalista en este momento es defender esta trinchera", la trinchera de la que habló Martí, en las últimas palabras que escribió la víspera de su muerte, cuando dijo que en silencio había tenido que ser el objetivo fundamental de su lucha, porque Martí no solo era muy martiano, sino que era aún más bolivariano que martiano (Aplausos), y ese objetivo que se trazó, según sus palabras textuales, era "impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso" (Aplausos).

Fue su testamento político, cuando confiesa el anhelo de su vida: evitar la caída de aquella primera trinchera que tantas veces quisieron ocupar los vecinos del Norte y que aún está y estará allí, con un pueblo dispuesto a luchar hasta la muerte para impedir que caiga esa trinchera de América (Aplausos); un pueblo que sería capaz de defender, incluso, la última, porque quien defiende la última trinchera y no permite que nadie se apodere de ella, desde ese mismo instante ha comenzado a obtener la victoria (Aplausos).

Compañeras y compañeros —permítanme que les llame así—, aquí en este momento somos eso, y creo que también aquí, en este momento, estamos defendiendo una trinchera (Aplausos), y trincheras de ideas, excúsenme por acudir una vez más a Martí, como dijo él, valen más que trincheras de piedra (Aplausos).

De ideas hay que hablar aquí, y vuelvo a lo que decía, que muchas cosas han pasado en estos 40 años; pero lo más trascendental es que un mundo ha cambiado. No es este mundo de hoy en el que me dirijo a ustedes, los que aquel día no habían nacido y muchos estaban muy lejos de nacer, en nada parecido al de entonces.

Traté de buscar un periódico para ver si había alguna nota de aquel acto en la universidad. Afortunadamente sí conservamos el discurso completo de la Plaza del Silencio. Con aquella fiebre revolucionaria con que bajamos de las montañas, hacía apenas unos días, estábamos hablando de los procesos de liberación en América Latina y poniendo el acento principal en la liberación del pueblo dominicano de las garras de Trujillo. Creo que aquel tema ocupó casi todo el tiempo, o una parte del tiempo de aquel encuentro, con un enorme entusiasmo por parte de todos.

Hoy aquí no se podría hablar de un tema como ese. Es que hoy no existe un pueblo por liberar, hoy no existe un pueblo por salvar; hoy hay un mundo, hoy hay una humanidad por liberar y por salvar (Aplausos), y esa no es la tarea nuestra, es la tarea de ustedes (Aplausos).

Entonces no existía un mundo unipolar, una superpotencia hegemónica, única; hoy tenemos al mundo y a la humanidad bajo el dominio de una enorme superpotencia, y aun así estamos convencidos de que ganaremos la batalla (Aplausos), sin optimismo panglossiano —creo que esa es una palabra que los escritores a veces usan (Risas)—, sino porque uno tiene la seguridad de que si suelta esta libreta (La muestra) en cuestión de segundos va a caer; de que si no existiera esta mesa, esta libreta estaría en el suelo, y está desapareciendo la mesa sobre la cual se asienta, objetivamente, esa poderosa superpotencia que rige al mundo unipolar (Aplausos).

Son razones objetivas, y estoy seguro de que la humanidad pondrá toda la parte subjetiva indispensable. Para ello lo que necesita no son armas nucleares ni grandes guerras; lo que necesita son ideas (Aplausos). Y lo digo en nombre de ese pequeño país que mencionábamos antes que ha sostenido la lucha firmemente, sin vacilación alguna, durante 40 años (Aplausos).

Ustedes decían, invocando —para embarazo mío— el nombre por el cual se me conoce —me refiero al nombre de Fidel, porque yo no tengo otro título realmente; comprendo que el protocolo obligue a llamar Excelentísimo Señor Presidente, tales y más cuales cosas (Aplausos y exclamaciones de: "¡Fidel, Fidel!")—, y cuando los escuché a ustedes repetir aquello de "Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel que los americanos no pueden con él?" (Exclamaciones de: "Fidel, Fidel, ¿qué tiene Fidel que los americanos no pueden con él?"), entonces se me ocurrió y me dirigí a mi vecino de la derecha, quiero decir de la derecha geográfica, ¿no? (Risas y exclamaciones.) —algunos están haciendo señas por ahí que no entiendo, pero dije que aquí estamos todos en la misma unidad de combate (Aplausos)—, y se me ocurrió decirle: ¡Caramba!, realmente lo que debía preguntarse es: ¿Qué tienen los americanos que no pueden con él? (Risas y aplausos), y si en vez de "él" dicen: ¿Qué tienen los americanos que no pueden con Cuba?, sería más justo (Aplausos). Sé que hay que usar palabras para simbolizar ideas. Así es como yo lo entiendo siempre, no me atribuyo jamás ni me puedo atribuir tales méritos (Exclamaciones de: "¡Viva Fidel!").

Sí, todos tenemos esperanzas de vivir, ¡todos! (Aplausos), en las ideas por las que luchamos y con la convicción de que los que vienen detrás de nosotros serán capaces de llevarlas a cabo; aunque ha de ser —no debe ocultarse— más difícil la tarea de ustedes que la que a nosotros correspondió.

Les decía que estamos viviendo en un mundo muy diferente. Es lo primero que tenemos el deber de comprender; ya explicaba determinadas características políticas. Además, se trata de un mundo globalizado, realmente globalizado, un mundo dominado por la ideología, las normas y los principios de la globalización neoliberal.

La globalización no es, a nuestro juicio, un capricho de nadie, no es, siquiera, un invento de alguien. La globalización es una ley histórica, es una consecuencia del desarrollo de las fuerzas productivas —y excúsenme por emplear esa frase, que todavía quizás asuste a algunos por su autor—, un producto del desarrollo de la ciencia y de la técnica en grado tal, que aun el autor de la frase, Carlos Marx (Aplausos), que tenía una gran confianza en el talento humano, posiblemente no fue capaz de imaginar.

Hay algunas otras cosas que me recuerdan ideas básicas de aquel pensador entre los grandes pensadores. Es que a la mente le viene a uno la idea de que, incluso, lo que concibió como ideal para la sociedad humana, no podría ser realidad jamás —y se ve cada vez con mayor claridad— si no tuviera lugar en un mundo globalizado. Ni por un segundo se le ocurrió pensar que en la pequeñísima islita de Cuba —para citar un ejemplo— pudiera intentarse una sociedad socialista, o la construcción del socialismo, mucho menos al lado de tan poderoso vecino capitalista.

Bueno, sí, lo hemos intentado; algo más, lo hemos hecho y lo hemos podido defender. Y hemos conocido también 40 años de bloqueo, amenazas, agresiones, sufrimientos.

Hoy, como estamos en solitario, toda la propaganda, los medios de divulgación masiva, que controlan en el mundo, Estados Unidos los encamina en su guerra política e ideológica contra nuestro proceso revolucionario, de la misma forma que su inmenso poder en todos los campos, principalmente en el campo económico, y su influencia política internacional lo emplea en su guerra económica contra Cuba.

Se dice bloqueo, pero bloqueo no significa nada. Ojalá lo que tuviéramos fuera un bloqueo económico: lo que nuestro país ha venido soportando durante mucho tiempo es una verdadera guerra económica. ¿Lo demuestro? Vayan a cualquier lugar del mundo, a una fábrica de una empresa norteamericana a comprar una gorra o un pañuelo para exportar a Cuba, aunque la produzcan los ciudadanos del país en cuestión y las materias primas sean originarias del propio país, el gobierno de Estados Unidos, a miles de millas de distancia, les prohíbe vender la gorra o vender el pañuelo. ¿Es eso bloqueo o guerra económica?

¿Quieren un ejemplo adicional?: si por casualidad alguno de ustedes se gana la lotería —no sé si aquí hay lotería— o se encuentra un tesoro —eso es posible—, y dice que va a construir una pequeña fábrica en Cuba, es seguro que tendrá rápidamente la visita de un funcionario importante de la Embajada norteamericana y hasta del propio Embajador norteamericano para tratar de persuadirlo, presionarlo o amenazarlo con represalias para que no invierta ese tesorito en una pequeña fábrica en Cuba. ¿Es bloqueo o guerra económica?

Tampoco permiten que vendan a Cuba un medicamento, aunque ese medicamento sea indispensable para salvar una vida, y no son pocos los ejemplos que hemos tenido de casos semejantes.

Hemos resistido esa guerra, y, como en toda batalla, lo mismo sea militar que política o ideológica, hay bajas. Existen los que pueden ser confundidos, y lo son, o reblandecidos, o debilitados con la mezcla de las dificultades económicas, las privaciones materiales, la exhibición del lujo de las sociedades de consumo y las podridas ideas bien edulcoradas sobre las fabulosas ventajas de su sistema económico, a partir del mezquino criterio de que el hombre es un animalito que solo se mueve cuando le ponen delante una zanahoria o lo golpean con un látigo. Sobre esa base ellos apoyan toda su estrategia ideológica, podríamos decir.

Hay bajas, pero también, como en todas las batallas y en todas las luchas, en otros se desarrolla la experiencia, se hacen más veteranos los combatientes, multiplican sus cualidades y permiten mantener y elevar la moral y la fuerza necesaria para seguir luchando.

La batalla de las ideas la estamos ganando (Aplausos); sin embargo, el campo de batalla no es nuestra sola islita, aunque en la islita hay que luchar. El campo de batalla hoy es el mundo, está en todas partes, en todos los continentes, en todas las instituciones, en todas las tribunas. Eso es lo bueno que tiene la batalla globalizada (Risas y aplausos). Hay que defender la pequeña islita, y a la vez combatir a todo lo largo y ancho del inmenso mundo que ellos dominan o pretenden dominar. En muchos campos lo dominan casi de manera total; pero no en todos los campos, ni de forma igual, ni en absolutamente todos los países.

Ellos descubrieron armas muy inteligentes; pero los revolucionarios descubrimos un arma más poderosa, ¡mucho más poderosa!: que el hombre piensa y siente (Aplausos). Nos lo enseña el mundo, nos lo enseñan las innumerables misiones internacionalistas que en un terreno u otro hemos cumplido en el mundo.

Bastaría señalar una sola cifra: 26 000 médicos cubanos han participado en ellas; al país que le habían dejado solo 3 000 de los 6 000 con que contaba al triunfo de la Revolución, muchos sin empleo, pero siempre deseando emigrar para obtener tales ingresos y tales salarios; de los 3 000 que nos dejaron, de tal forma la Revolución fue capaz de multiplicarlos, y de ir formando médicos y más médicos de los que empezaron a estudiar en el primer grado o en el segundo grado, en las escuelas que de inmediato en todo el país fueron creadas, y tal su espíritu de sacrificio y solidaridad, que 26 000 de ellos han cumplido misiones internacionalistas (Aplausos), del mismo modo como ya indiqué que cientos de miles de compatriotas han actuado como profesionales, educadores, constructores y combatientes. Sí, combatientes, y lo decimos con orgullo (Aplausos), porque combatir contra los soldados fascistas y racistas del apartheid, e incluso contribuir a la victoria de los pueblos de Africa que veían en aquel sistema su mayor afrenta, es y será siempre un motivo de orgullo (Aplausos).

Pero en ese esfuerzo ignorado, muy ignorado, hemos aprendido mucho de los pueblos; hemos aprendido a conocer los pueblos y sus cualidades extraordinarias, y, entre otras cosas, hemos aprendido no solo a través de ideas abstractas, sino de la vida práctica y cotidiana, que no todos los hombres somos iguales en nuestros rasgos físicos, pero todos los hombres somos iguales en cuanto a talento, sentimientos y las demás virtudes necesarias para demostrar que en la capacidad moral, social, intelectual y humana todos somos genéticamente iguales (Aplausos).

Ese ha sido el gran error de muchos que se creyeron raza superior.

La vida nos ha enseñado, les decía, muchas cosas, y eso es lo que alimenta nuestra fe en los pueblos, nuestra fe en los hombres. No lo leímos en un pequeño libro; lo hemos vivido, hemos tenido el privilegio de vivirlo (Aplausos).

Yo me he extendido un poco en estas primeras ideas, al calor del folleto que se extravió y de los problemas del micrófono (Risas), por eso tendré que ser más breve en otros temas.

Sí, es mi deber ser más breve, entre otras cosas, por interés personal: después tengo que revisar qué fue lo que dije aquí (Risas), ver si me faltó una coma, un punto, si un dato estaba equivocado. Y les digo que realmente por cada hora de discurso hablado, que puede parecer muy fácil, hacen falta dos y tres horas de revisión, volver a ver. Puede faltar una palabra. Jamás suprimo una idea que haya expresado, pero sí a veces hay que completarla o añadir un concepto complementario, porque no es lo mismo el lenguaje hablado que el lenguaje escrito. Si yo señalo para mi vecino, el que lea eso en un periódico no entiende nada (Risas), o no se entiende casi nada; el lenguaje escrito nada más tiene los signos de admiración y las comillas (Risas), ni el tono, ni las manos, ni el alma que se pone en las cosas pueden transmitirse por escrito.

Yo he tenido necesidad de descubrir esa diferencia. Y ahora nos cuidamos mucho de transcribir las cosas y revisarlas, porque los temas que se discuten tienen trascendencia, objetivamente, tienen importancia, y, además, porque hay que tener un cuidado en infinidad de cosas que ustedes no se lo imaginan.

En determinado momento, cuando pensaba en el acto que iba a tener con ustedes a las 5:00 de la tarde, me preguntaba: ¿De qué les hablo a los estudiantes? (Aplausos.) No puedo mencionar nombres, salvo excepciones; no puedo apenas mencionar países, porque a veces, cuando señalo algo con la mejor buena fe del mundo y como ilustración de una idea, corro el riesgo de que inmediatamente saquen del contexto lo que dije, lo trasmitan por el mundo y crearnos un montón de problemas diplomáticos (Aplausos). Y como tenemos que trabajar unidos en esta lucha global, no se le puede facilitar al enemigo y a sus bien diseñados y eficientes mecanismos de propaganda la realización de su constante tarea de crear confusión y desinformación, que ya es bastante la que han creado, pero no suficiente, ¿comprenden?, no suficiente (Risas). Tiene uno que limitarse mucho por esas razones, y por ello les pido perdón.

No hará falta explicar aquí mucho lo que es neoliberalismo. ¿Cómo sintetizar? Bueno, yo diría, por ejemplo, algo: La globalización neoliberal quiere convertir a todos los países, especialmente a todos nuestros países, en propiedades privadas.

¿Qué nos dejarán a partir de sus enormes recursos financieros?, ya que ellos no solo han acumulado inmensas riquezas saqueando y explotando al mundo, sino, incluso, obrando el milagro al que aspiraron los alquimistas de la edad media, convertir el papel en oro, a la vez que fueron capaces de convertir el oro en papel (Risas). Y con eso lo compran todo, todo menos las almas, menos —para decirlo con más corrección— la inmensa mayoría de las almas. Compran recursos naturales, fábricas, sistemas completos de comunicaciones, servicios, etcétera, etcétera, etcétera. Hasta tierras están comprando por el mundo, pensando que como son más baratas que en sus propios países es una buena inversión para el futuro.

Me pregunto: ¿Qué nos quieren dejar después de convertirnos prácticamente en ciudadanos de segunda clase, parias —sería mejor decir— en nuestros propios países? Quieren convertir al mundo en una gigantesca zona franca —quizás se vea todavía más claro así—, porque, ¿qué es una zona franca? Un lugar con características especiales, donde no se pagan impuestos, se traen materias primas, partes, componentes, los ensamblan, o producen variadas mercancías, sobre todo en aquellas ramas que requieren abundante mano de obra barata, por la cual muchas veces pagan no más del 5% del salario que pagan en sus países, y lo único que nos dejan son esos menguados salarios.

Algo más triste: He visto cómo han puesto a competir a muchos de nuestros países, viendo quiénes les dan más facilidades y más exenciones de impuestos para invertir; han puesto a competir a los países del Tercer Mundo por las inversiones y las zonas francas.

Hay países —los conozco— en tal situación de pobreza y desempleo, que han tenido que establecer hasta decenas de zonas francas como opción preferible, dentro del orden mundial establecido, a la de no tener siquiera las fábricas de las zonas francas, que dan un empleo con determinada remuneración, aunque alcance solo el 7%, el 6%, el 5% o menos del salario que tendrían que pagar los propietarios de esas fábricas en sus países de origen.

Eso lo planteamos en la Organización Mundial del Comercio, en Ginebra, hace algunos meses. Nos quieren convertir en una inmensa zona franca, sí, en eso; con su dinero y sus tecnologías lo irán comprando todo. Ya veremos cuántas líneas aéreas quedan como propiedades nacionales, cuántas líneas de transporte marítimo, cuántos servicios permanecerán como propiedades del pueblo o de la nación.

Es el porvenir que nos está ofreciendo la globalización neoliberal, no vayan a creer que solo a los trabajadores, sino, incluso, a los empresarios nacionales, a los pequeños y medianos propietarios que tendrán que competir con las tecnologías de las transnacionales, sus equipos sofisticados, sus redes mundiales de distribución y buscar mercados, sin contar con los abundantes créditos comerciales que sus poderosos competidores pueden utilizar para vender sus productos.

Podemos nosotros disponer en Cuba de una magnífica fábrica, digamos, de refrigeradores. Tenemos una, pero no es magnífica, y está lejos de ser la más moderna del mundo. Nos viene muy bien allí, desde luego, con el calor creciente que tenemos en el trópico. Supongamos que otros países del Tercer Mundo produzcan refrigeradores de aceptable calidad e incluso menor costo. Sus poderosas competidoras renuevan constantemente el diseño, invierten fabulosas sumas en prestigiar sus marcas, fabrican en muchas zonas francas con bajos salarios, o en cualquier sitio, exentas de impuestos, abundante capital o mecanismos financieros para otorgar créditos que se amortizan en un año, en dos, en tres o los que sean, mercados saturados de objetos electrodomésticos que son fruto de la anarquía y el caos en la distribución de los capitales de inversión a nivel mundial, bajo la consigna generalizada de crecer y desarrollarse a base de exportaciones como aconseja el FMI, ¿qué espacio queda para las industrias nacionales, a quiénes y cómo van a exportar, dónde están los consumidores potenciales entre los miles de millones de pobres, hambrientos y desempleados que habitan gran parte de nuestro planeta? ¿Habrá que esperar a que todos ellos puedan adquirir un refrigerador, un televisor, un teléfono, aire acondicionado, automóvil, electricidad, combustible, una computadora, una casa, un garaje, un subsidio contra el desempleo, acciones en la bolsa y una pensión asegurada? ¿Es ese el camino del desarrollo, como nos afirman millones de veces por todos los medios posibles? ¿Qué quedará del mercado interno si se les impone la reducción acelerada de las tarifas aduanales, fuente además importante de los ingresos presupuestarios de muchos países del Tercer Mundo?

Los teóricos del neoliberalismo no han podido resolver, por ejemplo, el grave problema del desempleo en la inmensa mayoría de los países ricos, menos aun en los que están por desarrollar, y no le encontrarán jamás solución bajo tan absurda concepción. Es una inmensa contradicción del sistema que mientras más invierten y más se tecnifican, más gente lanzan a la calle sin empleo. La productividad del trabajo; los equipos más sofisticados, nacidos del talento humano, que multiplican las riquezas materiales y a la vez la miseria y los despidos, ¿de qué le sirven a la humanidad? ¿Acaso para reducir las horas de trabajo, disponer de más tiempo para el descanso, la recreación, el deporte, la superación cultural y científica? Imposible, las sacrosantas leyes del mercado y los principios cada vez más imaginarios que reales de la competencia en un mundo transnacionalizado y megafusionado cada día más no lo admiten bajo ningún concepto. En todo caso, ¿quienes compiten y entre quiénes compiten? Gigantes contra gigantes que tienden a la fusión y al monopolio. No existe sitio alguno ni rincón del mundo para los demás supuestos actores de la competencia.

Para los países ricos, industrias de punta; para los trabajadores del Tercer Mundo, confeccionar pantalones de vaquero, pulóveres, prendas de vestir, calzado; sembrar flores, frutas exóticas y otros productos de creciente demanda en las sociedades industrializadas, porque no los pueden cultivar allí, aunque sabemos que en Estados Unidos, por ejemplo, cultivan hasta la mariguana en invernaderos (Risas y aplausos) o en el patio de las casas y que el valor de la mariguana que producen es superior al de toda su producción de maíz, a pesar de ser el mayor productor de maíz del mundo (Risas). Al fin y al cabo, sus laboratorios son o terminarán siendo los mayores productores de estupefacientes del planeta, por ahora bajo la etiqueta de sedantes, antidepresivos y otros renglones de píldoras y productos que los jóvenes han aprendido a combinar y mezclar de muy variadas formas.

En el feliz mundo desarrollado los trabajos duros de la agricultura, como recoger tomates, para lo cual no se ha inventado todavía una máquina perfecta, el robot que vaya y los escoja según grado de madurez, tamaño y otras características, limpiar calles, y otras tareas ingratas que en las sociedades de consumo nadie quiere realizar, ¿cómo se resuelven? ¡Ah!, para eso están los inmigrantes del Tercer Mundo. Ellos ese tipo de trabajos no lo realizan. Y para los que quedamos convertidos en extranjeros dentro de nuestras propias fronteras, ya lo dije, confeccionar pitusas y cosas por el estilo, pero nos ponen, en virtud de sus "maravillosas" leyes económicas, a producir tantos pantalones como si el mundo contara ya con 40 000 millones de habitantes y cada uno de ellos tuviera el dinero suficiente para comprarse el pantaloncito de vaquero, que no estoy criticando, les queda muy bien a los jóvenes y mejor todavía a las jóvenes (Risas y aplausos). No, no estoy criticando la prenda, estoy criticando el trabajo que quieren dejar para nosotros, que no tiene nada que ver en lo absoluto con la alta tecnología. De modo que sobrarán nuestras universidades o quedarán para producir a bajo costo personal técnico para el mundo desarrollado.

Habrán leído en estos días en la prensa que Estados Unidos, en vista de las necesidades de sus industrias de computación, electrónica, etcétera, etcétera, se propone adquirir en el mercado internacional, dígase mejor el Tercer Mundo, y conceder visas a 200 000 trabajadores muy calificados para sus industrias de punta. Así que cuídense ustedes, porque están buscando gente capacitada (Risas), esta vez no para recoger tomates. Como ellos no están demasiado alfabetizados, y muchos lo comprueban cuando confunden Brasil con Bolivia, o Bolivia con Brasil (Risas y aplausos); o cuando se hacen encuestas y no conocen ni siquiera muchas cosas de los propios Estados Unidos, ni saben si un país latinoamericano del que han oído hablar está en Africa, o en Europa —y no estoy exagerando— (Risas y aplausos); no tienen todas las lumbreras, o los bien calificados trabajadores para sus industrias de punta, vienen a nuestro mundo y reclutan a unos cuantos que después se pierden para siempre.

¿Dónde están los mejores científicos de nuestros países? ¿En qué laboratorios? ¿Qué país nuestro tiene laboratorios para todos los científicos que podría formar? ¿Cuánto le podemos pagar a ese científico y cuánto le pueden pagar ellos?

¿Dónde están? Yo conozco a muchos latinoamericanos eminentes que están allá. ¿Quién los formó? ¡Ah!, Venezuela, Guatemala, Brasil, Argentina, cualquier país latinoamericano; pero no tienen posibilidades en su propia patria. Los países industrializados tienen el monopolio de los laboratorios, del dinero, los contratan y se los arrebatan a las naciones pobres; pero no solo científicos, también deportistas. No, ellos quisieran comprar a nuestros peloteros como se subastaban antes los esclavos en una tarima de esas, qué sé yo como las llaman (Risas y aplausos).

Son pérfidos. Como siempre hay algún alma que pueda ser tentada —eso lo dice la Biblia, y entre los primeros seres humanos, que se suponía que debían ser los mejores, ¿no?, porque no tendrían tanta malicia, ni conocían las sociedades de consumo, ni existía el dólar (Risas)—, de repente, hasta a un atleta que no es de primerísima categoría, le pagan unos cuantos millones, cuatro, cinco o seis, le hacen una publicidad enorme, y como parece que son tan malos los bateadores de las Grandes Ligas, obtienen algunos éxitos. No tengo ninguna intención de ofender a atletas profesionales norteamericanos; son gente que trabaja y labora duro, muy estimulados. Mercancías que también se compran y venden en el mercado, aunque a un alto precio, pero deben tener algunas debilidades en el entrenamiento, porque importan de contrabando algunos pitchers cubanos, por ejemplo, que pueden estar en primera, segunda o tercera categoría, o un shortstop, una tercera base, llegan allí y el pitcher poncha a los mejores bateadores, y el shortstop no deja pasar una bola (Aplausos y exclamaciones).

Casi casi seríamos ricos si hacemos una subasta de peloteros cubanos (Risas y aplausos). Ya no quieren pagar peloteros norteamericanos, porque les cuestan muy caro. Han organizado academias en nuestros países para formarlos a muy bajo costo y pagarles menos salarios, aunque un salario todavía de millones al año. Unido a eso, toda la propaganda de la televisión, más unos automóviles que llegan de aquí hasta allá (Señala), más unas bellísimas mujeres de todas las etnias, asociadas a la publicidad de los automóviles (Risas), y el resto de la propaganda comercial que ustedes ven en algunas revistas de la chismografía y el consumismo, pueden tentar a más de un compatriota nuestro.

En Cuba no gastamos papel ni recurso alguno en tales frivolidades publicitarias. Las muy pocas veces que veo por necesidad la televisión norteamericana apenas la puedo soportar, porque cada tres minutos la paran para incluir un anuncio comercial, exhibir a un hombre haciendo ejercicios en una bicicleta estática, que es lo más aburrido que hay en el mundo (Aplausos y exclamaciones). No digo que sea malo, digo que es aburrido. Paran, interrumpen cualquier programa, hasta los seriales melodramáticos en sus instantes más sublimes de amor (Risas).

A Cuba llegan algunos melodramas del exterior, no lo niego, porque nosotros no hemos sido capaces de producir los necesarios, y algunos de los que se producen en países de América Latina seducen de tal forma a nuestro público que hasta paran el trabajo. De América Latina nos llegan también a veces buenos materiales fílmicos; pero casi todo lo que circula por el mundo es de pura manufactura yanki, cultura enlatada.

En nuestro país, realmente, el poco papel de que disponemos lo dedicamos a libros de textos y a nuestros pocos periódicos con pocas páginas. No podemos emplear recursos en hacer esa revista de papel suave, especial —no sé cómo se llama—, con muchas ilustraciones, que leen los pordioseros en las calles de cualquiera de nuestras capitales, anunciándoles ese lujoso automóvil con sus acompañantes femeninas, y hasta un yate, o cosas por el estilo, ¿no? (Risas.) Así van envenenando a la gente con esa propaganda, de modo que hasta los pordioseros son influenciados de forma cruel y puestos a soñar con el cielo, imposible para ellos, que el capitalismo ofrece.

En nuestro país —les digo— nos dedicamos a otras cosas; pero ellos influyen, desde luego, con la imagen de un tipo de sociedad que además de enajenante, desigual e injusta, es insostenible económica, social y ecológicamente.

Suelo citar el ejemplo de que si el modelo de consumo es que cada ciudadano de Bangladesh, la India, Indonesia, Paquistán o China tenga un automóvil en cada casa —y me perdonan los que tienen automóviles aquí, parece que no hay ya más remedio, son muchas las avenidas y largas las distancias. No estoy criticando, es la advertencia que hago sobre un modelo imposible de aplicar al mundo que está por desarrollar (Risas). Ellos me van a comprender bien, porque Caracas ya no da tampoco para muchos más automóviles. Van a tener que hacer avenidas de tres y cuatro pisos (Risas), ¿saben? Me imagino que si en China hicieran eso, los 100 millones de hectáreas de que disponen para producir alimentos, se convierten en autopistas, garajes, parqueos de automóviles y no quedaría dónde cultivar un grano de arroz.

Es loco, incluso, caótico y absurdo, el modelo de consumo que le están imponiendo al mundo (Aplausos).

No pretendo que este planeta sea un convento de monjes cartujos (Risas), pero sí pienso que este planeta no tiene otra alternativa que definir cuáles deben ser los patrones o modelos de consumo alcanzables y asequibles, en los cuales debe ser educada la humanidad.

Cada vez son menos los que leen un libro. ¿Y por qué privar al ser humano del placer de leer un libro, por ejemplo, y de otros muchos en el terreno de la cultura y la recreación, en el ámbito de un enriquecimiento no solo material sino también espiritual? No estoy pensando en hombres trabajando, como en la época de Engels, 14 ó 15 horas diarias. Estoy pensando en hombres trabajando cuatro horas. Si la tecnología lo permite, entonces, ¿para qué hacerlo durante ocho? Lo más lógico y elemental es que mientras más productividad, menos esfuerzo físico o mental, menos desempleo y más tiempo libre debe tener el hombre (Aplausos).

Llamemos hombre libre a aquel que no tiene que trabajar toda la semana, incluidos sábado, domingo y doble turno, porque no le alcanza el dinero, y corriendo velozmente a todas horas, en un metro o en un ómnibus por las grandes ciudades. ¿A quién le van a hacer la historia de que ese hombre es libre? (Aplausos.)

Si las computadoras y máquinas automáticas pueden obrar milagros en la creación de bienes materiales y servicios, ¿por qué el hombre no se podría servir de la ciencia que ha creado con su inteligencia para el bienestar humano?

¿Por qué debido exclusivamente a razones comerciales, ganancias e intereses de elites superprivilegiadas y poderosas, bajo el imperio de leyes económicas caóticas e instituciones que no son eternas, ni lo fueron ni lo serán nunca, como las famosas leyes del mercado convertido en objeto de idolatría, en palabra sacrosanta que a todas horas se menciona, todos los días, el hombre de hoy tiene que soportar hambre, desempleo, muerte prematura, enfermedades curables, ignorancia, incultura y todo tipo de calamidades humanas y sociales, si pudieran crearse todas las riquezas necesarias para satisfacer necesidades humanas razonables que sean compatibles con la preservación de la naturaleza y la vida en nuestro planeta? Hay que meditar, hay que definir. Desde luego, parece elementalmente razonable que el hombre disponga de alimentación, salud, techo, vestido, educación, transporte racional adecuado, sostenible y seguro, cultura, recreación, amplia variedad de opciones para su vida y mil cosas más que pudieran ser asequibles al ser humano, y no por supuesto un Jet particular y un yate para cada uno de los 9 500 millones de seres humanos que en no más de 50 años estarán habitando el mundo.

Han deformado la mente humana.

Menos mal que en la época del Edén y del arca de Noé que nos narra el Antiguo Testamento no existían esas cosas, me imagino que vivían un poco más tranquilos (Risas). Bueno, si tuvieron un diluvio, también nosotros lo tenemos con harta frecuencia. Vean lo que acaba de pasar en Centroamérica, y con los cambios de clima nadie sabe si terminaremos comprando, adquiriendo o haciendo colas a la entrada de un arca (Risas).

Es así, han inculcado todo eso a la gente; han enajenado a millones, a decenas de millones y a cientos de millones de personas, y las hacen sufrir tanto más cuanto menos son capaces de satisfacer sus necesidades elementales, porque no tienen siquiera el médico ni tienen la escuela.

Mencioné la fórmula anárquica, irracional y caótica impuesta por el neoliberalismo: Invertir cientos de miles de millones sin orden ni concierto alguno; decenas de millones de trabajadores produciendo las mismas cosas: televisores, componentes de computadoras, clip o chips, como se llamen (Risas), infinidad de artículos y objetos, incluidos montones de automóviles. Todos haciendo lo mismo.

Han creado el doble de capacidad necesaria para producir automóviles. ¿Qué clientes para los automóviles? Están en Africa, en América Latina y en otros muchos lugares del mundo, solo que no tienen un centavo para adquirirlos, ni gasolina, ni autopistas, ni talleres, que acabarían arruinando aún más los países del Tercer Mundo, despilfarrando recursos que requiere el desarrollo social y destruyendo aún más la naturaleza.

Creando en los países industrializados patrones de consumo insostenibles y sembrando sueños imposibles en el resto del planeta, el sistema capitalista desarrollado ha ocasionado ya un gran daño a la humanidad. Ha envenenado la atmósfera y agotado enormes recursos naturales no renovables, de los cuales la especie humana va a tener gran necesidad en el futuro. No se imaginen, por favor, que estoy concibiendo un mundo idealista, imposible, absurdo. Estoy tratando de meditar sobre lo que puede ser un mundo real y un hombre más feliz. No habría que mencionar una mercancía, bastaría mencionar un concepto: la desigualdad hace ya infeliz al 80% de los habitantes de la Tierra, y no es más que un concepto.

Hay que buscar conceptos y hay que tener ideas que permitan un mundo viable, un mundo sostenible, un mundo mejor.

A mí me sirve de entretenimiento lo que escriben muchos de los teóricos del neoliberalismo y de la globalización neoliberal. Realmente tengo poco tiempo de ir al cine, casi nunca; de ver casetes, aunque sean buenos, hay algunos buenos, me pongo a leer artículos de estos señores para divertirme (Risas), sus analistas, sus comentaristas más agudos, más sabios, los veo envueltos en una cantidad de contradicciones, de confusión, incluso desesperación, queriendo cuadrar el círculo; debe ser para ellos algo terrible (Aplausos).

Recuerdo que una vez me enseñaron una figurita que era cuadrada, tenía dos rayas Regresar así, una en el medio y otra hacia abajo (Señala), la cuestión era pasarla con el lápiz sin levantarlo una sola vez. Ni se sabe el tiempo que perdí (Risas) en tratar de hacerlo, en vez de hacer la tarea, estudiar matemática, lenguaje y otras cosas, porque cuando no existían los jugueticos esos que inventó la industria para entretener a los muchachos durante las clases y para que saquen suspenso en la escuela, ya desde mi época inventábamos nosotros mismos cosas en las que perdíamos bastante tiempo.

Pero me divierto, gozo, disfruto, al menos les agradezco eso (Risas y aplausos); pero también les agradezco lo que me enseñan. ¿Y saben quiénes son los que más feliz me hacen en sus artículos y análisis? ¡Ah!, los más conservadores, los que no quieren ni oír hablar del Estado, ¡ni siquiera mencionarlo! Los que anhelan un banco central en la Luna (Risas), para que a ningún humano se le ocurra andar rebajando o subiendo intereses, es increíble.

Esos son los que más feliz me hacen, porque cuando ellos dicen algunas cosas, yo pienso: ¿Me habré equivocado, este artículo no lo habrá escrito un extremista de izquierda, un radical? (Risas.) ¿Pero qué es esto?, al ver a Soros escribiendo libro tras libro. Y el último, sí, lo tuve que leer también, no me quedó más remedio, porque dije: Bueno, este es teórico; pero, además, es académico, y adicionalmente tiene no sé cuántos miles de millones resultado de operaciones especulativas. Este hombre debe saber de eso, los mecanismos, los trucos. Pero el título: Crisis del capitalismo global, fue el nombre que le puso, es todo un poema; lo dice con gran seriedad (Risas), y al parecer con una convicción tal que entonces me digo: ¡Caramba, parece que no soy el único loco en este mundo! (Risas y aplausos.) De los que expresan inquietudes similares hay cantidad, yo les presto aún más atención que a los adversarios del Orden Económico Mundial existente.

El de izquierda va a querer demostrar de todas formas que eso va abajo (Risas). Es lógico, es su deber, y, además, tiene razón (Risas); pero el otro no desea eso de ninguna manera. Ante catástrofes, crisis, amenazas de todas clases, se desesperan y escriben muchas cosas. Están desconcertados, es lo menos que puede decirse; han perdido la fe en sus doctrinas.

Entonces, los que decidimos resistir en solitario, y ya no hablo de la soledad geográfica, sino casi de la soledad en el campo de las ideas, porque los desastres traen consecuencias, escepticismos que son multiplicados por la experta y poderosa maquinaria publicitaria del imperio y sus aliados; todo eso trae pesimismo en mucha gente, confusión, no tienen todos los elementos de juicio para analizar situaciones con una perspectiva histórica y se desalientan.

¡Ah!, qué amargos eran aquellos días, aquellos primeros días, y desde antes de los primeros días, cuando vimos a mucha gente cambiar de camisa por aquí y por allá, realmente —y no estoy criticando a nadie, estoy criticando a las camisas (Risas y aplausos). ¡Ah!, en qué brevísimo tiempo hemos visto cómo todo cambia, y aquellas ilusiones han ido quedando atrás, han durado menos —como se dice en Cuba y no sé si aquí también— que un merengue en la puerta de una escuela (Risas).

Allá, en la antigua URSS, llegaron con sus recetas neoliberales y de mercado y han ocasionado destrozos increíbles, ¡verdaderamente increíbles!, desgajado naciones, desarticulado federaciones de repúblicas, económica y políticamente; han reducido las perspectivas de vida, en algunas de ellas 14 y 15 años; han multiplicado la mortalidad infantil tres o cuatro veces; han creado problemas sociales y económicos que ni siquiera un Dante resucitado sería capaz de imaginar.

Es realmente triste, y aquellos que procuramos estar lo más informados posible de lo que está ocurriendo en todas partes —y no nos queda más remedio que saberlo o estaremos desorientados, saberlo en un mayor o menor grado, con mayor o menor profundidad—, tenemos una idea, a nuestro juicio, bastante clara de los desastres que el dios del mercado, sus leyes y sus principios, y las recetas del Fondo Monetario Internacional y demás instituciones neocolonizadoras o recolonizadoras del planeta, recomendadas e impuestas prácticamente a todos los países, han ocasionado; al extremo de que, incluso, a países ricos como los de Europa los obligan a unirse y buscar una moneda para que hombres tan expertos como Soros no echen al suelo hasta la libra esterlina, otrora no lejana reina de los medios de intercambio, arma y símbolo del imperio dominante y dueño de la moneda de reserva del mundo, todos esos privilegios que hoy posee Estados Unidos. Los ingleses tuvieron que pasar por la humillación de ver en el suelo su libra esterlina.

Lo mismo hicieron con la peseta española, el franco francés, la lira italiana; jugaban apoyados en el grueso poderío de sus miles de millones, porque los especuladores son jugadores que apuestan con las cartas marcadas. Ellos tienen toda la información, los más expertos economistas, premios Nobel, como los de esa famosa compañía que era la más prestigiosa de Estados Unidos, llamada Administración de Capitales a Largo Plazo. En inglés creo que se dice Long-Term Capital Management —ustedes me perdonan mi "excelente" pronunciación inglesa (Risas)—, prefiero el título en español, pero está reconocido ya en todas partes por su nombre materno, casi está castellanizado. Con un fondo que sumaba 4 500 millones de dólares, movilizó 120 000 millones para utilizarlos en operaciones especulativas.

Contaba en su nómina con dos premios Nobel y los más expertos programadores de computación, y vean, se equivocaron los ilustres caballeros, porque están pasando tantas cosas raras que con algunas de ellas no contaron: si la diferencia entre los bonos del tesoro a 30 años y a 29 años estaba un poco más amplia de lo razonable, inmediatamente todas las computadoras y los nobeles decidieron que había que comprar de estos tanto y vender a futuro de los otros más tanto. Pero resulta que tuvieron problemas con la crisis desatada, que tampoco esperaban, creían que habían descubierto ya el milagro de un capitalismo creciente, creciente y creciente, sin una sola crisis jamás… ¡Suerte que no se les ocurrió eso hace dos mil o tres mil años! Hemos tenido suerte que Colón tardara en descubrir este hemisferio (Risas) y que comprobara que la Tierra era redonda y se retrasaran igualmente otros adelantos económicos, sociales y científicos, donde asentó sus raíces tal sistema, precisamente inseparable de las crisis, porque tal vez no habría ya seres humanos en este planeta. Es posible que ya no quedara nada de nada.

Se equivocaron y perdieron los de la Long-Term, como se les llama familiarmente. Bueno, un desastre, tuvieron que ir a rescatarla violando todas las normas éticas, morales y financieras impuestas por Estados Unidos al mundo, y tuvo que ir el presidente de la Reserva Federal a declarar en el Senado que si no salvaba aquel fondo, se produciría inevitablemente una catástrofe económica en Estados Unidos y en el resto del mundo.

Otra pregunta más: ¿Qué economía es esta que hoy impera, en la cual tres o cuatro multimillonarios —y no de los grandes, no Bill Gates y otros parecidos, no; Bill Gates posee como quince veces el capital inicial de que disponía la Long-Term, con el cual esta movilizó enormes sumas de los ahorristas, recibiendo préstamos de más de 50 bancos— pueden producir una catásfrofe económica en Estados Unidos y en el mundo? ¡Ah!, se hunde la economía internacional si no hubiese sido rescatada, y lo declara uno de los tipos más competentes, más inteligentes que tiene Estados Unidos, el presidente del Sistema de la Reserva Federal. Este distinguido señor sabe más de cuatro cosas, lo que ocurre es que no las dice todas, porque parte del método consiste en la falta total de transparencia y fuertes dosis de calmante cada vez que hay pánico, palabritas dulces y alentadoras: "todo está muy bien, la economía marcha excelentemente", etcétera; es la técnica reconocida y aplicada sin falta. Pero el Presidente de la Reserva Federal tuvo que reconocer ante el Senado de Estados Unidos que venía una catástrofe si no hacía lo que hizo.

Esas son las bases de la globalización neoliberal. Cuenten una menos, pueden restar otras 20 de su endeble andamiaje, no se preocupen. ¡Lo que han creado es insostenible!, pero están haciendo sufrir a mucha gente en muchas partes del mundo; se han arruinado naciones enteras con las fórmulas del Fondo Monetario Internacional, y siguen arruinando países, no tienen manera de evitar que se arruinen, siguen haciendo disparates y en las bolsas el precio de las acciones lo han inflado y lo siguen inflando hasta lo infinito.

En las bolsas de valores de Estados Unidos, más de un tercio de los ahorros de las familias norteamericanas y el 50% de los fondos de pensiones están invertidos en acciones; calculen una catástrofe como la de 1929 cuando solo un 5% tenía sus ahorros invertidos en esos valores bursátiles. Pasan un gran susto hoy, dan veinte carreras, eso lo hicieron después de la crisis de agosto pasado en Rusia, cuyo peso en el producto bruto mundial es solo 2%, hizo bajar más de 500 puntos en un día al Dow-Jones, índice estrella de la Bolsa de Nueva York; 512 puntos exactamente, y se armó el correcorre.

La verdad es que lo que podemos decir de los dirigentes de este sistema imperante es que se pasan el día corriendo por el mundo entre bancos, instituciones (Risas), y cuando vieron lo que pasó en Rusia, se produjo una olimpiada de campo y pista, se reunieron con el Consejo de Relaciones Exteriores, que radica en Nueva York; Clinton pronuncia un discurso diciendo que el peligro no es la inflación, sino la recesión, y en unos días, en unas horas, prácticamente, dieron un giro de 180 grados, y de la idea de elevar la tasa de interés, lo que hicieron fue rebajarla. Reunieron a todos los directores de bancos centrales en Washington, el 5 y 6 de octubre pasados, pronunciaron discursos, les hicieron no se sabe cuántas críticas al Fondo Monetario, acordaron supuestas medidas para ver cómo aliviaban el peligro. Pocos días más tarde el gobierno de Estados Unidos reunió al Grupo de los 7, que decidió aportar 90 000 millones de dólares para que la crisis no se extendiera por Brasil y, a través de Brasil, a toda Suramérica, tratando de evitar que la candela alcanzara las propias bolsas superinfladas de Estados Unidos, ya que basta un alfiler, un pequeño agujerito, para que el globo se desinfle. Vean los riesgos que amenazan la globalización neoliberal.

Hicieron todo eso, y cuando, incluso, algunos de nosotros, yo mismo pensaba, lo había dicho: "Tienen recursos, tienen posibilidades de maniobra para posponer un tiempito la gran crisis", posponerla, no al final evitarla, meditaba sobre el problema y dije: Parece que lo han logrado, con todas las medidas adoptadas o impuestas: la baja de la tasa de interés, los 90 000 millones para apoyar al Fondo, que ya no tenía fondos (Risas), los pasos de Japón para enfrentar la crisis bancaria, el anuncio brasileño de fuertes medidas económicas, el anuncio oportuno de que la economía norteamericana había crecido más de lo previsto en el tercer trimestre. Parecía que aguantaban la cosa, y ahora, hace solo unos días, nos sorprendemos todos de nuevo con las noticias que llegan de Brasil sobre la situación económica que se ha creado, algo que nos duele realmente mucho, por razones asociadas a esta misma cuestión, al esfuerzo necesario de nuestros pueblos para unir fuerzas y librar la dura lucha que nos espera, ya que sería sumamente negativa para América Latina una crisis destructora en Brasil.

En este momento, a pesar de todo lo que hicieron, están los brasileños enfrentando una situación económica complicada, cuando ya Estados Unidos y los organismos financieros internacionales habían utilizado una buena parte de sus recetas y cartuchos. Transcurridos los primeros meses del gran susto, ahora exigen nuevas condiciones y parecen más indiferentes a la suerte de Brasil.

A Rusia la pretenden mantener al borde de un abismo. No es un país pequeño, es un país que tiene la mayor extensión territorial del mundo y 146 millones de habitantes, miles de armas nucleares, donde una explosión social, un conflicto interno o cualquier cosa puede causar terribles daños.

Son tan locos y tan irresponsables estos señores que dirigen la economía mundial, que después de hundir al país con sus recetas, no se les ocurre siquiera utilizar un poco de esos papeles que han impreso —porque es lo que vienen a ser los bonos de la tesorería donde los especuladores asustados se refugian ante cualquier riesgo comprando bonos del tesoro de Estados Unidos—, no se les ocurre emplear un poco de los 90 000 millones de apoyo al Fondo, para evitar una catástrofe económica o política en Rusia. Lo que se les ocurre es exigirle un montón de condiciones imposibles de aplicar. Le exigen que baje presupuestos que están ya por debajo del límite indispensable, le exigen la libre conversión, el pago inmediato de elevadas deudas, todos aquellos requisitos que acaban con las reservas que puedan quedarle a cualquier país. No piensan, no escarmientan; pretenden mantenerla en situación precaria, al borde de un abismo, con