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 Otra Alicia es Giselle

ANDRÉS D. ABREU

Difícil de igualar es el anillo de silfos trazado por Alicia Alonso sobre la hierba del bosque de las willis. Por eso, llamarse Alicia y llegar a Cuba para bailar Giselle, encierra un gran peligro exacerbado por la subjetividad de las coincidencias. Sin embargo, la bailarina española Alicia Amatriaín se arriesgó a salir a la sala Avellaneda del Teatro Nacional vestida de la joven campesina que ha de enamorarse de Albrecht y logró transitar sobre el escenario cubano lo suficientemente etérea y espiritual como para no ser olvidada, aun cuando el mito de la Alonso es imborrable.

Foto: JOSÉ M. CORREAAmatriaín y Carreño en Giselle. 

La Amatriaín tuvo a su favor, en primer lugar, la infinita confianza de defender una interpretación fundamentada en su propia visión de la personalidad de la delicada muchacha y a partir de los movimientos coreográficos que mejor se avienen a su desarrollo como excepcional figura danzante. Conocedora de las versiones rusas e inglesas y consciente del respeto universal que merece la versión cubana —creada por quien ella considera la mejor Giselle de la historia—, la Amatriaín tuvo el tino de fundir adecuadamente los elementos de estas tres experiencias danzarias y regalarle al público cubano una ejecución singular que se distinguió por un abundante trabajo de extensiones y una meticulosa caracterización actoral.

Fue la suya una Giselle casi adolescente, más enferma corporalmente que mentalmente delirante, y por tanto muy dependiente de lo que su Albrecht le entregará. Antes de salir al escenario me había confesado que su danza mucho dependería de cómo la mirara Joel Carreño. Luego de la función me volvió a confesar que apenas él la tomó del brazo, ella sintió que ahí estaba el Duque seductor.

El más joven de los Carreño bailó con esa gentileza que lo particulariza dentro del ballet cubano, pero también con una precisión y virtuosismo superiores que lo llevaron a tocar a las puertas del non plus ultra de los Albrecht.

A la pareja de protagonistas le acompañó una Liuba Horta que consiguió su más convincente Mirtha; un Hilarión, de Víctor Gilí, que le exigió vehemencia a Joel; y una compañía que en sentido general asume un alto nivel para esta obra, a tal punto que el destacado músico Richard Bonynge expresó durante una conferencia de prensa que había apreciado en el Giselle del Ballet Nacional de Cuba un cuerpo de baile tan bueno o mejor que el del Marinskii de San Petersburgo.

(Granma)  2 de noviembre de 2004


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