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PEDRO DE LA
HOZ
En el calor de una noche de
música —quedaban inaugurados los estudios de Pablo Milanés—, el
trovador, con su armónico a cuestas, el tabaco a medio arder en una
mano y el añejo luciendo su dorada luz en un vaso al alcance de los
labios, el trovador era el hombre más pleno de la fiesta. Sin
agitarse demasiado, con su sonrisa de oreja a oreja, disfrutaba un
dúo con Sara González. Fue la primera vez que escuché Chan
Chan y la primera que conversé largamente con Compay Segundo.
Recuerdo que Octavio Sánchez, el legendario Cotán, me dijo entonces:
"Este es un hombre sabio, sabio de verdad".
Cantarle a Fidel fue uno de sus mayores
orgullos.
Ya Compay era Compay, aunque
la fama de la última década estaba por venir. Cómo olvidar su voz
grave y rotunda en las míticas grabaciones de los primeros
Compadres. Cómo dejar de pesar su contribución al conjunto
Matamoros. Cómo ignorar que en los momentos de fundación de la Nueva
Trova, el grupo Moncada había contado, entre sus temas de pelea, la
sabrosa Macusa.
Unos meses después, Compay
comenzaría a tener sus nuevos días de gloria. Se suele decir que los
oropeles de la fama sobrevinieron con Buenavista Social Club, el
disco y la película. En verdad no fue así. BSC sería un instante
consagratorio dentro de una serie de episodios que habían comenzado
a tejerse unos cuantos años antes. Su encuentro a fines de los
ochenta con Eliades Ochoa y el cuarteto Patria había sido
providencial. De ello se percató el musicólogo Danilo Orozco cuando
presentó una de las más serias propuestas del espectro sonero cubano
a la Smithsonian Institution.
Tanto Orozco como Alicia
Perea, al fomentar la participación de la delegación cubana a los
Encuentros del Son y el Flamenco, en Sevilla, apostaron por Compay
Segundo y sus Muchachos.
Este cronista fue testigo del
renacimiento de Compay en tierras de España y Francia. El viejo
Compay llegó allí con su música de siempre, con sus calidades a flor
de piel. Y en un plazo en que la música tradicional cubana se estaba
revalorizando a escala internacional, como lo indicaba el triunfo de
la Vieja Trova Santiaguera, Los Naranjos y Los Jubilados en varios
países europeos.
Recuerdo su presentación en el
parisino Café de la Danse (octubre de 1995). No cabía ni un alma más
en el local. Compay cantó por dos horas y estaba fresco, tranquilo,
abierto y cordial. De pronto le dijo al público: "¿Tenían ganas de
bailar? Bueno, ahora pónganse a pensar, porque la huella de mi país
está en lo que voy a tocar". Y arrancó con La bella cubana.
Más tarde en el camerino me confesó: "A Cuba hay que saber pasearla
por el mundo, para que sepan quiénes somos".
Un día le pregunté acerca del
secreto de vivir tanto y mantenerse activo en el arte: "Como poco
para no aburrirme de la comida, no como todos los días, como un día,
y al otro es caldo y nada más, para que mi organismo descanse. En
general, la cuestión está en no aburrirme de nada. El hastío es el
peor enemigo del ser humano. Lo otro es tener paciencia, que todo
llega. A mí me llegaron las flores de la vida a tiempo, sí
señor".
En los últimos años sentía
rabia cuando leía en los periódicos noticias de las guerras
imperiales: "Me da asco ver lo salvaje que puede ser el hombre,
matando a sus semejantes por gusto. Con tanta belleza que hay en
este mundo, mire que desatar guerras y aplastar a otros por ambición
y soberbia".
Entre los mejores recuerdos de
estos tiempos de recorrer intensamente el mundo, el trovador
atesoraba varios momentos entrañables: "Óigame, cualquiera se puede
dar con un canto en el pecho por haberle cantado a Fidel y al Papa.
He llegado a conocer a mucha buena gente en los lugares más
remotos." Su memoria para retener nombres no era muy buena, pero
cuando fijaba un rostro lo hacía para siempre. Así sucedió la tarde
en que le enseñé una fotografía de la actriz Catherine Zeta Jones:
"Como le gusto a esa mujer. Se sabe mis canciones, qué te
parece".
Otro día quise saber hasta
cuándo era capaz de soñar y me respondió: "Pienso vivir 115 años,
como mi abuela. Entonces no me moriré, porque voy a pedir
prórroga".
Afortunadamente su música lo
sobrevivirá mucho más allá de lo que podamos imaginar. Y en nuestros
oídos tendremos las flores de su vida.
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Las lecciones de un
grande
Bien temprano en la
mañana de ayer, el ministro de Cultura, Abel Prieto, ofreció
declaraciones a la prensa sobre el acontecimiento luctuoso:
"Es una gran pérdida sin duda, aunque va a seguir con nosotros
su obra, su talento. Se hizo querer por esa mezcla muy
particular de autenticidad, de sentido del optimismo, de fe en
la vida. Nos dio una lección sobre cómo envejecer. Lo que más
admiré en él fue su capacidad para seguir siendo auténtico,
apegado a sus raíces, pese a la fama. Es decir, accedió a la
fama sin hacer
concesiones". |
(Granma
15 de julio de
2003) |