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en Jefe
Fidel Castro Ruz

 

  

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 Cien Horas Con Fidel-Capítulo 26-¿Después de Fidel Qué?

 

¿DESPUÉS DE FIDEL QUÉ?

 

ELOCUENCIA Y DISCURSOS – AMOR Y ODIO – DE LA TRAICIÓN -  
ÉXITOS DE LA REVOLUCIÓN – EL JUICIO DE LA HISTORIA –
OPOSITOR NÚMERO 1 – EL PARTIDO ÚNICO – LA CORRUPCIÓN –
EL SALARIO DE FIDEL – EL SOCIALISMO, ¿OPCIÓN IRREVOCABLE? –
LA SUCESIÓN

  

Usted tiene fama de ser un orador político fuera de serie, pero he notado una diferencia entre sus discursos más o menos improvisados en los que su elocuencia es impresionante, y los discursos leídos que son, digamos, menos brillantes. ¿Cómo prepara usted sus discursos?

Mis discursos a veces no tengo ni tiempo de revisarlos, y no es lo mismo, le digo, el lenguaje hablado al lenguaje escrito. El acento, el tono cuando tú hablas, cuando lo yes escrito puede parecer hasta cosa innecesaria. Repetir y repetir, hablado es correcto, estás poniendo énfasis. En el escrito, lo repetido se ye innecesario, no gusta. Yo suelo, los discursos, verlos, revisarlos. A veces a uno le cae pesada una frase, y la perfila un poquitico mejor.

Pero sus discursos, ¿los escribe usted mismo o tiene algunos colaboradores que se los preparan?

Cada vez que le he pedido a alguien que escribiese algún discurso mío, o por lo menos que me hiciese un borrador, por lo general ha sido un desastre, texto nulo, datos inelocuentes. He tenido que reescribirlo todo. Yo he conversado con decenas de colaboradores de presidentes norteamericanos que habIan escrito centenares de discursos. Pero sigue siendo para mí un misterio. Nunca he podido pronunciar un discurso que no lo haya preparado yo, o escrito yo mismo. ¿Cómo hacen los presidentes franceses?

Depende de los presidentes, pero en general tienen un equipo de consejeros y de asesores que les escriben los discursos. Unos trabajan el fondo, otros la forma, y otros
pulen y perfeccionan. Luego el presidente lo revisa y añade su toque personal, una frase, una palabra... Así hacen casi todos.

¿Es cierto que Regis Debray escribía los discursos de Mitterrand?

Sí. En particular escribió el famoso discurso de Cancún en 1981, un llamado en favor del Tercer Mundo.

¿Pero eran las ideas de Mitterrand o las de Debray?

Pienso que eran las de Regis.

¡Ah!

Hablando de otro tema, usted es un hombre admirado y muy querido no solo en Cuba, sino también en muchos países, se ha podido ver aún a finales de mayo de 2003
cuando su viaje a la Argentina.

Yo lo limitarIa a Cuba.

En la Argentina se pudo ver, y yo mismo pude asistir en Ecuador, en enero de 2003, a las manifestaciones populares de afecto que hubo hacia usted. Pero, a la vez, también es usted uno de los hombres más odiado por muchos adversarios y muchos enemigos que lo acusan de ser un “dictador cruel”. ¿Cómo soporta usted esta dualidad, amor y odio?

Usted sabe que nunca ni siquiera me ha tenido a pensar en eso. Vivo con una tranquilidad absoluta, plena, total. Ese odio no me lo explico bien. El odio me lo puedo explicar por razones ideológicas, por frustraciones ante el fracaso de los ataques o ante la capacidad de resistir de un pueblo pequeño contra fuerzas tan poderosas como las que han tratado de destruirnos. Pero, por ejemplo, los japoneses no tienen por qué odiarme, yo no lancé ninguna bomba sobre Hiroshima ni Nagasaki, ni por culpa mía ha muerto un japonés en ninguna parte del mundo, vamos a suponer, si se trata de japoneses, y no me tratan con odio, pueden ser más indiferentes.

Los odios están más cercanos entre países latinoamericanos, o en Estados Unidos, Canadá, explicables por la frustración, por la propaganda que no se detiene ante nada. Ya le he contado algunos casos. Fíjese, recientemente hasta la imputación en un documento, con un descaro infinito, y la inclusión de Cuba en la categoría de “países que practican el tráfico de personas porque explota a los niños sexualmente para obtener ingresos”. ¿Puede haber cosa más nauseabunda o irritante?

Lo de “dictador” tampoco me lo explico. ¿Qué es un dictador? Es alguien que toma decisiones arbitrarias, unipersonales, que actúa por encima de las instituciones, por encima de las leyes, que no tiene otro control que sus caprichos o su voluntad. Y en ese caso, se podría acusar al Papa de dictador, o al presidente Bush. Bush puede tomar decisiones terribles sin consultar con nadie, puede incluso desatar una guerra nuclear sin consultar con el Senado, ni consultar la Cámara de Representantes, ni siquiera su gabinete. ¡Ni los emperadores romanos tenían el poder del Presidente de los Estados Unidos! Cualquier presidente norteamericano tiene más posibilidades de dictar órdenes, y órdenes decisivas y dramáticas, que yo.

Mire, yo no tomo decisiones unipersonales. Éste no es siquiera un gobierno presidencialista. Nosotros tenemos un Consejo de Estado. Mis funciones de dirigente están dentro de un colectivo. En nuestro país, las decisiones importantes , las decisiones fundamentales se analizan, se discuten y se toman siempre colectivamente. Aquí siempre ha habido un colectivo de dirección y una dirección colectiva. Yo no puedo nombrar ministros, ni embajadores. Yo no nombro el más humilde funcionario público en este país. Yo realmente tengo autoridad, claro, tengo influencia, por razones históricas, pero no doy órdenes, ni gobierno por decreto.

En cuanto a la crueldad…Creo realmente que un hombre que ha dedicado toda su vida a luchar contra la injusticia, contra la opresión de todo tipo, a servir a los demás, a luchar por los demás, a practicar y a predicar la solidaridad, yo creo que todo eso es totalmente incompatible con la crueldad.

Hay también mucha gente que quiere y que defiende a Cuba.

Sí, hay también mucha gente, sobre todo en África y en América Latina, que quiere a nuestro país, porque ¿quién tuvo más solidaridad con África que Cuba? ¿Cuál fue el único país que derramó su sangre luchando contra el fascismo del apartheid, el racismo, ayudando a hacer aquel proceso de destrucción del apartheid? Hemos creado Ia cultura del internacionalismo frente al chovinismo, y éste es un país que tiene una cultura internacionalista. Más de rnedio millón de cubanos han cumplido misiones internacionalistas, como técnicos o como combatientes. Quien ha mandado más médicos, más maestros y ha prestado más colaboración gratuita, siendo un país tan pobre? Qué país pequeño —y esto no lo hacemos por lujo, sino porque lo sentimos— tiene diez mil estudiantes de medicina de Latinoamérica estudiando aquí gratuitamente? Entonces, ese odio puede ser una cosa ideológica, veneno sembrado que ha calado. Si a ti te pintan peor que Satanás, tú odias a Satanás, si te presentan las causas. Ahora, yo sé que no hay ninguna de esas causas. ¿Cómo pueden decir que en Cuba han torturado a un hombre? ¿O que yo he ordenado torturar a un hombre? ¿Cómo pueden decirlo? Aquí no se ha sancionado nunca a nadie porque sean disidentes o terigan otros criterios diferentes de los de la Revolución. Nuestros tribunales sancionan en virtud de leyes y sancionan los actos contrarrevolucionarios. A través de toda la historia, en todas las épocas, los actos de aquellos que actuaron contra su país “al servicio de una potencia extranjera” siempre se consideraron como sumamente graves. Y es que es ridícula la idea de que aquí se sancione a alguien por tener una creencia diferente a las creencias de la Revolución. Aquí se sancionan actos, no ideas. Hay decenas de miles de personas con creencias diferentes y con concepciones diferentes de las de la Revolución y que gozan de todas las garantías y de todo el respeto.

Por otra parte, ya le conté que nosotros hemos seguido una línea de respeto absoluto a la integridad física del individuo. Aunque nos calumnien nuestros enemigos, no hay un solo caso de maltrato físico o de tortura en toda la historia de la Revolución. Nadie puede mencionar un solo caso de tortura, un asesinato, un “desaparecido”, algo tan común y corriente en toda América Latina.

Y, además, aquí no ha habido jamás un estado de emergencia o estado de sitio. Jamás ha habido una manifestación disuelta por la fuerza pública. Jamás un policía, en 46 años, ha golpeado a un ciudadano en una manifestación, o ha disparado gas lacrimogeno, o larizado perros amaestrados contra los ciudadanos. Cosas que ocurren todos los días en muchas partes de América Latina y en los propios Estados Unidos.

Y eso ¿por qué? Porque a esta Revolución la apoya el pueblo, la defiende el pueblo, porque todo el pueblo es defensor de la Revolución.

A pesar de eso, los que critican la Revolución le echan todas las culpas a usted, hablan de la “Cuba de Castro.”

Esa gente tiende a personalizar en uno, como si el pueblo no existiera. Existe sólo un líder. Los millones de gentes que luchan, que la defendieron; los cientos de miles de médicos, de profesionales; los que cultivan, producen, estudían, ésos no existen. Sólo existe un tipo malísimo que se llama Castro, que piensa en medidas para que la gente tenga más cultura.

Aquí, mientras más preparación tiene la gente, más revolucionaria es, más admira, porque también hay un cúmulo de hechos a lo largo de muchos años, ven una línea constante, aprecian la dignidad, la serenidad también. Hemos atravesado momentos muy difíciles sin incurrir en errores innecesarios.

Si aquí hay un día una guerra es porque nos la imponen. Ahora, Si a nosotros nos ponen en la disyuntiva de rendirnos o hacernos la guerra, habrá guerra, porque no concebimos siquiera el otro término de la disyuntiva.

Pero hay muchas acusaciones, ya le digo, de todo tipo. Si ahora dicen que “Castro está utilizando a los niños”, “no está formando maestros”, “no está creando condiciones para veinte alumnos en primaria”, “para quince en secundaria”, si no dicen todo lo que estamos haciendo en la salud. Y todo por la gente, porque eso es parte de la naturaleza de cualquiera de nosotros. En cambio, han tenido el descaro de situarnos en la categoría del “tráfico de personas”, porque “explotamos comercialmente el sexo para recaudar fondos”... A cualquiera que le digan eso y esté acostumbrado a oírlo en un lugar y acostumbrado a creerlo, puede pensar: “Óigame, ¡qué clase de bandido es! ¡Qué clase de hipócrita es este hombre!” Pero ésas son realidades, yo compenso unas realidades con otras.

Entonces, tranquilo. Se que hace daño, sé que es más útil si tú quieres hacer el bien. Pero también hemos pasado por momentos muy difíciles y nos hemos recuperado. Hemos subido un escalón y hemos bajado uno, y hemos subido dos en cuanto al respeto, a la consideración internacional, política.

La cantidad de firmas que yo tengo que hacer, de autógrafos, usted no se imagina. Cuando me reúno con los norteamericanos que vienen y conversan, y hablamos serio sobre distintos temas, distintas cosas, bueno, casí yo no puedo hablar. A veces se reúnen cincuenta, me dan un ramo de fibres o alguna cosa, y yo lo que tengo que firmar de libros, de tarjetas, de cosas, de fotos que tengo que hacer. Entonces me considero una especie de personaje, qué sé yo...

Una estrella.

Sí, alguien que hay que aprovechar rápido, incluso, para poder decir —a la gente le gusta decirle a la familia—: “Mira, me hice una foto con él.”

Algunos creen que no somos lo que somos. Sólo nosotros sabemos lo que somos; sólo nosotros nos podemos juzgar y puede creerme si digo que yo soy severo conmigo mismo y autocrítico conmigo mismo. Cuando digo una palabra de más o se me escapa algo que pudiera parecer un poco de vanidad, oiga, créame que soy duro, pero bien duro. De todas maneras uno tiene que estarse vigilando.

También soy testigo de que, a lo largo de los años, la influencia, el poder, en vez de irme convirtiendo en un fatuo, en un vanidoso y todo eso, cada día soy menos vanidoso, menos pretencioso, menos autosuficiente. A partir de un punto, es Ia educación la que convierte al animalito en hombre. Bueno, nace con todos los instintos: egoismo, veinte cosas. Son instintos; ahora, uno va luchando contra los instintos.

Yo veo algo fácilmente: los hombres, cuando tienen un poco de poder, se envanecen y lo quieren usar: a veces pareciera una droga. Uno sabe todas esas cosas y es una lucha constante. Y sabe que, cuando los años pasan, ni tiene menos entusiasmo, sino más; ni tiene menos energía, sino más, y la energía nace de la motivación, ¿comprende?

Pero su pregunta, ¿que efecto me hace? Le juro que no pienso en eso, nunca me desanimo y creo en la gente; nunca he sentido la sensación de ingratitud. Y a los hombres no les gusta reconocer lo que puedan deberles a otros, es una ley universal, lo hemos aprendido yendo por aquí y por allá; ese sentimiento de orgullo, que debe ser natural también, y que a Ia gente no le gusta reconocerlo, eso es muy difícil.

Pero le digo por tercera vez, nunca pienso en eso.

Quiero hacerle otra pregunta del mismo tipo. Usted ha tenido amistades, solidaridades extremadarnente fuertes cerca de usted; pero también ha sido traicionado por una serie de compañeros. ¿Qué sentimiento le inspira la traición?

Bueno, le voy a decir que he conecido un mínimo de traiciones, mínimo, mínimo. En un momento dado, la traición de un guía que nos acompañaba.[1] Lo arrestan, se pone con el ejército, vio la diferencia entre la pequeña y harapienta tropa nuestra, y aquellos que le ofrecieron promesas y dinero. Esa fue una traición importante.

¿Hubo traiciónes? Por ejemplo, estoy tratando de recordar, no hubo una sola traición...

Por ejemplo, Carlos Franqui, [2] Hubert Matos, [3] Manuel Urrutia...

Mire, Carlos Franqui no era amigo mío. Yo conozco a Carlos Franqui en la Sierra Maestra. A Carlos Franqui lo manda el Movimiento, después de la fracasada huelga de abril de 1958, que fue consecuencia de una táctica errónea del Movimiento 26 de Julio, que ya le conté. Después de ese fracaso tremendo, lo mandaron. Franqui sacaba en un periodiquito que habían hecho, había sido comunista, la dirección de nuestro Movimiento, en determinado momento, reclutó ex comunistas, y no hay nada peor que un renegado, eso es seguro.

Entonces había algunos de esos ex comunistas que les tenían odio a los comunistas; no es que éstos fueran perfectos, cometieron muchos errores. Pero lucharon por los trabajadores. Economicista fue su batalla; no se le podía pedir más porque era la época de Ia guerra fría y del macartismo. Ser comunista era una desgracia, y en Cuba había más de cien mil, inscritos, conocidos y honrados. Las dificultades eran otras, sectarismo; oportunismo en cierto sentido, a partir del sectarismo. La tesis de algunos era: que peleen estos pequeñoburgueses.

Al principio de la Revolución, ¿cómo se combatió el anticomunismo rabioso sembrado en alguria gente? Un anticornunismo que dio lugar a deserciones y cosas de ésas, porque muchos estaban envenenados; porque aquí no había una conciencia, una cultura socialista. Fueron las leyes, fue la prédica, fue el ejemplo, lo que creó esa conciencia. El 90 por ciento de los que estuvieron con nosotros en la lucha no eran comunistas, no eran del Partido Cornunista; del Partido no había muchos jefes, porque no estaban; aunque fueron muy buenos algunos de los que mandaron. El 26 de Julio tenía el 90 por ciento de los jefes, y casí ninguna de esa gente traicionó. El 90 por ciento siguió con la Revolución y murió con la Revolución. De modo que yo, personalmente...

He conocido muy poco, le digo, de traición. Hubert Matos es un individuo que se incorpora... A mí no me dolió nada, si yo lo sabía, lo conocía, enseguida se le vio la vena procapitalista, una vanidad tremenda, lo que pasa es que perdimos muchos cuadros al final, en la última ofensiva, y a Hubert Matos se le llego a dar una tropita, porque tenía cierto nivel cultural y había que hacer fortificaciones. Al final hubo que darle una tropita; pero ya se veIa arrogante, ambicioso, casí por necesidad le dimos una columnita en la última etapa de la guerra; o sea, no era ni del Moncada, ni del Granma. Toda esa gente que estuvo en el Moncada y estuvo en el Granma fue gente que se unio, gente corno el Che. Pero Hubert Matos no era de Ia vieja guardia aquella.

Manuel Urrutia tampoco fue un traidor. Urrutia fue un tipo que era un buen juez y nosotros, en el afán de demostrar que no había lucha por cargos o ambiciones, lo propusimos de Presidente en un momento, incluso, en que iba a realizar un pacto el 26 de Julio. No era un traidor, era un oportunista, un individuo mediocre, más bien era mediocre.

¿El general Del Pino? [4]

Bueno, ese sí fue un tipo de traición porque tuvo una actuación destacada en Girón, fue un buen combatiente y no era de esperar... Pero no es que yo haya sufrido una gran traición. Yo lo conocía como a todos, admire a los que admire en su momento, a los héroes. Ya le expliqué el caso de Ochoa, en que el tipo cae en una corrupción.

Entonces, mire, no recuerdo a alguno que de verdad haya traicionado. Si me dijeran: Che traicionó; figtIrese, cosa terrible. Oiga, Raúl traicionó, Juan Almeida traicionó, Ramiro Valdés traicionó, Guillermo Garcia traicionó, todos estos comandantes de la Revolución, toda aquella gente valiosísima, de los que sobrevivieron, estuvieron en el Moncada, estuvieron en el Granma, estuvieron en la Sierra, y otros que se incorporaron, muy buenos.

Hay un montón de nuevos valores, hay muchos nuevos valores. Tú ves a Felipe Pérez Roque, por ejemplo, Felipe no había nacido, muchos de éstos no habían nacido cuando el triunfo de la Revolución. Hay un montón de ministros...

Ahora, hay unos jefes militares también que se destacaron en Ia guerra, en acciones militares, y nosotros no hemos tenido una traición. Lo que tuvimos fue el caso aquel de Ochoa, más bien de corrupción, degeneramiento, no era un compancro de muchos conocimientos, de mucha cultura; era valiente y tenía méritos como combatiente. Yo no le niego ninguna de sus cualidades, nos dolió por el daño que hizo. Lo que ha habido, Ramonet, es mucha explotación del más mínimo incidente.

Ahora, mire estos muchachos que están presos en Estados Unidos, los cinco héroes, ¡qué clase de hombres! ¡Que clase de entereza!

Ustedes varias veces han sancionado a dirigentes muy altamente situados. Últimamente a Carlos Aldana, Roberto Robaina...

Bueno, no están condenados. Hubo algunas faltas serias, pero no están condenados a sanciones; más bien se le ha dado mucha publicidad, un manejo político del problema.

¿Fueron simplemente destituidos?

No hubo acto de traición, digamos. Hubo errores serios y graves.

¿De comportamiento, de ética?

Digamos de ambiciones e ir creando condiciones en busca de poder, un poco de humos subidos a la cabeza.

Desde hace unos años, sobre todo en sus intervenciones en eventos internacionales, se le ha visto a usted con traje de chaqueta civil y con corbata, pero aquí en Cuba casi siempre está usted de uniforme. ¿Por qué ese apego al uniforme verde olivo?

Es, ante todo, por una cuestión práctica, porque con el uniforme no necesito ponerme una corbata todos los días... Y se suprime el problema de estar escogiendo qué traje poner, qué camisa, qué calcetines para que todo compagine. Me pongo un traje civil solo en circunstancias muy especiales, para alguna conferencia internacional, o cuando vino el Papa, o en un encuentro con algún jefe de Estado...

Si mal no recuerdo, creo que la primera vez que aparecí vestido de civil fue en la Cumbre Iberoamericana de Cartagena de Indias, en 1994, porque los anfitriones colombianos pidieron a todos los Jefes de Estado y Gobierno participantes que vistieran de guayabera. A partir de entonces, como usted dice, he vestido de civil en otras reuniones internacionales, pero también en ocasiones especiales aquí dentro de Cuba.

Pero este uniforme que tuve siempre, desde la Sierra, es mi ropa habitual, me he acostumbrado a él y me siento perfectamente cómodo con él. No es un uniforme sofisticado. Es muy sencillo, casi como el que usaba en la guerra. Solo se le han hecho unas pequeñas modificaciones, nada más. Tengo también un uniforme para recepciones que uso ciertos días, con cuello y corbata, un poco más formal. Pero con el que me siento más cómodo es con éste.

Usted ha sido un gran fumador, y durante un tiempo, en los primeros años de la Revolución, se le presentaba casi siempre fumando un impresionante puro habano. ¿Lamenta usted haber fumado tanto?

Fue mi propio padre el que me ofreció mi primer tabaco habano, allá en Birán. Debía yo tener unos catorce o quince años. Y me acuerdo que fume aquel primer puro a escondidas, y no aprendí como se debe. Por suerte, no tragaba el humo, no lo aspiraba. Aunque siempre se absorbe una cantidad de nicotina por mucho que no se aspire el humo.

Si, tiene usted razón, he fumado demasiado en mi vida. Hasta que un día, hace más de veinte años, decidí parar. Nadie me obligo. Yo mismo me impuse terminar con el tabaco. Renunciar a ese hábito me pareció un sacrificio necesario en pro de la salud del pueblo. Oyendo a un medico sobre la lucha necesaria y colectiva contra la obesidad, el sedentarismo, el humo, me convencí de que el último sacrificio que debía hacer en favor de la salud pública en Cuba era dejar de fumar. Predicar con el ejemplo. Abandoné el tabaco, y no lo note en falta.

¿Cuando, desde sus 79 años, mira usted su vida, qué lamenta usted no haber podido hacer?

No haber podido descubrir antes todas las cosas que conocemos ahora, con lo cual, en la mitad del tiempo, habríamos podido hacer lo que hemos hecho en 46 años.

¿Qué lamenta haber hecho?

He estado pensando a ver de qué me puedo lamentar, algo de lo que pueda arrepentirme. He cometido errores, pero ninguno es estratégico, simplemente táctico. Uno se lamenta de muchas cosas, a veces en un discurso incluso... Pero no tengo ni un átomo de arrepentimiento de lo que hemos hecho en nuestro país y de la forma en que hemos organizado nuestra sociedad.

¿Lamenta usted, por ejemplo, su aprobación de la entrada de los tanques del Pacto de Varsovia en Praga en agosto de 1968 [5] que tanta sorpresa causó entre los admiradores de la Revolución Cubana?

Mire, lo que le puedo decir es que nosotros considerábamos —y la historia nos ha dado la razón— que en Checoslovaquia se marchaba hacia una situación contrarrevolucionaria, hacia el capitalismo y hacia los brazos del imperialismo. Y estábamos en contra de todas las reformas liberales económicas que estaban teniendo lugar allí y en otros países del campo socialista. Una serie de reformas que tendían a acentuar cada vez más las relaciones mercantiles en el seno de la sociedad socialista: las ganancias, los beneficios, los lucros, los estímulos materiales, todas esas cosas que estimulaban los individualismos y los egoísmos. Por eso nosotros aceptamos la amarga necesidad del envío de fuerzas a Checoslovaquia y no condenamos a los países socialistas que tomaron esa decisión.

Ahora bien, al mismo tiempo nosotros estábamos diciendo que esos países socialistas tenían que ser consecuentes, y comprometerse a adoptar el mismo tipo de actitud en caso de amenazas contra un régimen socialista en otros lugares del mundo. Y por otra parte, nosotros considerábamos que las primeras cosas que se plantearon en Checoslovaquia eran inobjetables: perfeccionar el socialismo. La denuncia que se hizo de los métodos de gobierno, de la política burocrática, el divorcio de las masas, todas esas cuestiones eran incuestionablemente correctas. Pero de consignas justas se llegó a una política francamente reaccionaria. Y nosotros, amargamente, dolorosamente, tuvimos que aprobar aquella intervención militar.

Otro ejemplo: “la batalla de los 10 millones”.[6] ¿Piensa usted que fue una batalla económica importante, o lamenta haber exigido ese esfuerzo colosal al país en 1970?

Yo le digo que aquella batalla fue una proeza y siempre apunté bien alto. Nosotros, en algunos sectores, hemos conseguido muchas cosas que no habíamos podido ni soñar, y en otras hemos conseguido los dos tercios, tres cuartos o la mitad. Pero todas esas batallas han estado inspiradas en el deseo de ayudar a la economía. Puede haber habido errores...

Recientemente han decidido ustedes reducir las superficies de tierras consagradas a la caña de azúcar y cerrar también muchos centrales. Eso está dejando sin trabajo a miles de personas... ¿No han pasado de un extremo al otro?

La industria azucarera antes producía ocho millones de toneladas y hoy apenas llega a uno y medio. Hubo que suspender radicalmente Ia roturación de tierra y la siembra, porque el combustible estaba a 40 dólares el barril, y eso causaba la ruina del país. Sobre todo, cuando se unía a ciclones cada vez más frecuentes, o sequías más prolongadas, y porque el campo de caña apenas duraba cuatro o cinco años —antes eran quince o más—, y el precio del azúcar en el mercado mundial apenas era de siete centavos. Un día hice una pregunta sobre el precio del azúcar y otra sobre la producción a una empresa comercializadora del azúcar. ¡Y no sabían siquiera cuánta azúcar estaban produciendo! Y al preguntar el costo en divisas de una tonelada de azúcar, nadie sabía responder. Se supo sólo alrededor de un mes y medio después. Así que, fíjese.

Sí, hubo, sencillamente, que cerrar centrales, o íbamos hacia la fosa de Bartlett [situada al sureste de Cuba, 7.535 metros de profundidad]. El país tenía muchos economistas, muchos, y no intento criticarlos, pero con la misma franqueza con que hablo de los errores de la Revolución, puedo preguntar ¿por qué no descubrimos que el mantenimiento de aquella producción era ruinoso? Cuando hacía rato que se había  hundido la URSS, que el petróleo valía cuarenta dólares el barril y que el precio del azúcar estaba por el suelo. ¿Por qué no se racionalizaba aquella industria? ¿por qué había que sembrar veinte mil caballerías ese año, es decir, casi 270 mil hectáreas? Para lo cual había que roturar la tierra con tractores y arados pesados, sembrar una caña que después hay que limpiar con máquinas, fertilizar, emplear costosos herbicidas, etcétera, etcétera, etcétera.

Ningún economista, al parecer, se percató de eso. Y hubo, sencillamente, que dar una instrucción, casi una orden, de parar aquellas roturaciones. Es como si te dicen: “El país está siendo invadido”. Tú no puedes decir: “Espérate, que me voy a reunir treinta veces con cientos de personas”. Es como si cuando Girón hubiésemos dicho: “Vamos a hacer una reunión y discutir durante tres días las medidas que vamos a tomar contra los invasores.” Le aseguro que la Revolución ha sido a lo largo de su historia una verdadera guerra, y constantemente el enemigo acechando, el enemigo dispuesto a golpear, y golpeando cuantas veces le demos una oportunidad.

Realmente, llamé al Ministro y le dije: “Mira, por favor, ¿cuántas hectáreas tienes roturadas?” Responde: “Ochenta mil.’ Le digo: “No rotures una hectárea más.” No era mi papel, pero no me quedo mas remedio, tú no puedes dejar que al país lo hundan.

¿Cuántos centrales azucareros han cerrado ustedes?

Se han dejado de utilizar setenta fábricas azucareras, las menos eficientes, cuyos costos en divisas convertibles superaban los ingresos que producían. Y con lo que ahorramos cerrando centrales que costaban más divisas convertibles que las que aportaban, utilizando una parte de las mismas se pueden mantener aquellos obreros con el salario que venían devengando hasta ese momento. Son posibilidades que existen en nuestra sociedad. Pero tal vez la más audaz decisión adoptada en fecha reciente ha sido la de convertir el estudio en una forma de empleo para beneficio de muchas personas que trabajaban en esas fábricas. Los que tienen el estudio como empleo, al reducirse el personal, son ya casi cuarenta mil.

Y más de cien mil jóvenes entre 17 y 30 años que no estudiaban ni disponían de trabajo, hoy asisten de manera entusiasta a los cursos donde refrescan y multiplican sus conocimientos, por lo cual reciben una remuneración. Nuestro país bloqueado ha logrado ya, prácticamente, alcanzar el pleno empleo, que es como se califica cuando el desempleo está por debajo del 3 por ciento. Nosotros debemos estar muy próximos o lo estaremos pronto.

Además, a aproximadamente setenta mil trabajadores del azúcar en activo, que no fueron afectados por la reestructuración del sector, se les concedió la posibilidad de estudiar al final de la jornada de cada día. Eso es extraordinario, realmente, una cifra tan alta de trabajadores azucareros en activo que están asistiendo a esos cursos y no como empleo, son trabajadores produciendo allí, trabajando en la industria y en la agricultura.

Usted me decía si lamentaba algo. Algo de lo que puedo lamentarme es que yo pensaba estudiar más cuando estudiaba derecho, ciencias sociales y derecho diplomático —estaban asociadas las tres materias— en esa etapa de mi vida, yo había pensado profundizar en determinadas cosas, sobre todo en los conocimientos de economía. Es decir, lamento no haber estudiado más. Pero si me hubiera puesto a hacer eso, habríamos posiblemente tenido que renunciar a la Revolución...

Le duele a uno no haber vivido en una época con mejor educación; duele en realidad no haber tenido un preceptor y por experiencia propia haber tenido que decidir y tomar muchas decisiones desde muy temprano. Mi familia vivía en el campo, usted lo sabe, yo estaba interno, en escuelas, ésas son cosas que le duelen a uno de las cuales uno no tiene culpa. Pero no lamento ninguna.

A medio siglo de distancia, ¿pensó usted que todo iba a ser tan difícil y que se iba a encontrar con tantos obstáculos?

Realmente sabía que era muy difícil. Me parecía que las dificultades fundamentales estaban en tomar el poder para hacer la Revolución. Primero derrocar a Batista, pero no derrocar a Batista para que siguiera todo igual, sino para cambiarlo. Porque, ya cuando voy al Moncada, tengo formadas mis ideas esenciales, todas, la cuestión era desarrollar una táctica y una estrategia para conseguirlo.

Si hubiéramos triunfado aquel 26 de julio de 1953 no estaríamos aquí. La correlación mundial de fuerzas en el año 1953 era tal que no habríamos podido resistir. Stalin acababa de morir —muere en marzo de 1953— y la “troika” que le sucedió [7] no hubiera dado a Cuba el apoyo que le dio Jruschov, digamos, siete años después, cuando ya la Unión Soviética tenía, no una equiparación con Estados Unidos, pero un poder grande económico y militar.

¿Ve usted cumplidos los sueños de cuando partió al as alto del Moncada?

Es lo que le iba a decir, porque usted me mencionó algunas cosas. Yo le dije, bueno, había que resolver unos tipos de problemas; gobernar es más difícil, y no lo ignoraba porque fue lo que dije el día 8 de enero, cuando llegué a La Habana, cuando lo de las palomas.[8] Sentí nostalgia, incluso, el día que se obtiene la victoria, y un poco de nostalgia cuando por poco, después de la ofensiva enemiga del verano de 1958, ganamos la guerra en ese momento; tuve la impresión de que habíamos aprendido a hacer algo, pero todo era diferente.

El día 1° de enero de 1959 sentí esa sensación. Digo: “Bueno, ahora, esto lo hemos aprendido así, y ahora tenemos una tarea que será mucho más amplia”; y cuando llegue a La Habana y vi algunos problemas, comprendí que todo seria mucho más difícil después del triunfo.

Éramos muy ignorantes, teníamos muchas ideas muy buenas, pero muy poca experiencia. Teníamos experiencias de los hombres, algunos criterios sin los cuales no hubiéramos podido concebir una estrategia que nos llevó al triunfo... Bueno, pude sobrevivir. Poder sobrevivir es un privilegio, no un mérito, porque usted la experiencia no la puede ignorar, el peso que tiene la acumulación de experiencias.

Y puedo decir ahora, después de 46 años del triunfo y más de cincuenta del Moncada, que lo que hemos alcanzado está muy por encima de los sueños que podíamos concebir entonces, y éramos bien soñadores al principio.

Algunos procuradores multiplican las acusaciones contra la Revolución Cubana, y la acusan constantemente de toda suerte de cosas. Usted que es abogado, ¿qué argumentos a favor de la Revolución les opondría?

Bueno, voy a ser largo, le advierto. Y voy a retomar algunos argumentos que dije en el discurso del aniversario 50 del Moncada. Porque, vamos a ver, ¿cuál es la culpa de Cuba? ¿Qué hombre honesto tiene razón para atacarla?

Con su propia sangre y con las armas arrancadas al enemigo, su pueblo derrocó una cruel tiranía de Batista impuesta por el gobierno de Estados Unidos, que poseía ochenta mil hombres sobre las armas. Fue el primer territorio libre del dominio imperialista en América Latina y el Caribe, y el único país del hemisferio donde, a lo largo de la historia poscolonial, torturadores, asesinos y criminales de guerra, que arrancaron la vida a decenas de miles de personas, fueron juzgados y ejemplarmente sancionados.

Recuperó y entregó totalmente la tierra a los campesinos y trabajadores agrícolas. Los recursos naturales y las industrias y servicios fundamentales fueron puestos en manos del único dueño verdadero: la nación cubana. En menos de 72 horas. luchando incesantemente día y noche, Cuba destrozó la invasión mercenaria de Girón organizada por un gobierno de Estados Unidos, lo que evitó una intervención militar directa de ese país y una guerra de incalculables consecuencias. La Revolución contaba ya con el Ejército Rebelde, más de 400 mil armas y cientos de miles de milicianos. Se enfrentó con honor, sin concesión alguna, al riesgo de ser atacada con decenas de armas nucleares en 1962. Derrotó la “guerra sucia” extendida a todo el país, a un costo de vidas superior al que pagó por la guerra de liberación. Soportó inconmovible miles de actos de sabotaje y ataques terroristas organizados por el gobierno de Estados Unidos. Frustró cientos de planes de asesinato contra los líderes de la Revolución.

En medio de un riguroso bloqueo y guerra económica que han durado casi medio siglo, Cuba fue capaz de erradicar en un año el analfabetismo, cosa que no han podido vencer, en más de cuatro décadas el resto de los países de América Latina —con la notable excepción de Venezuela, gracias a la revolución bolivariana—, ni tampoco Estados Unidos. Llevó la educación gratuita al ciento por ciento de los niños. Posee el más alto índice de retención escolar —más del 99 por ciento entre el preescolar y noveno grado— de todas las naciones del hemisferio. Sus alumnos de primaria ocupan el primer lugar del mundo en conocimientos de lenguaje y matemáticas. Ocupa igualmente el primer lugar mundial en maestros per cápita y menor cantidad de alumnos por aula. La totalidad de los niños con dificultades físicas o mentales estudian en escuelas especiales. La enseñanza de computación y el empleo de medios audiovisuales de forma intensiva se aplica hoy a la totalidad de los niños, adolescentes y jóvenes, en campos y ciudades.

El estudio con una remuneración económica del Estado se ha convertido, por primera vez en el mundo, en una oportunidad para todos los jóvenes de 17 a 30 años de edad que no estudiaban ni poseían empleo. Cualquier ciudadano tiene la posibilidad de realizar estudios que lo conduzcan desde el preescolar hasta la obtención del titulo de Doctor en Ciencias sin gastar un solo centavo. La nación cuenta hoy con más de treinta graduados universitarios, intelectuales y artistas profesionales por cada uno de los que existían antes de la Revolución. El nivel promedio de conocimientos de un ciudadano cubano alcanza ya no menos de nueve grados. No existe en Cuba ni siquiera el analfabetismo funcional.

Escuelas de formación de artistas y de instructores de arte se han extendido a todas las provincias del país, donde cursan estudios y desarrollan su talento y vocación más de veinte mil jóvenes. Decenas de miles adicionales lo hacen en escuelas vocacionales, que son canteras de las escuelas profesionales. Las sedes universitarias se extienden y abarcan a todos los municipios del país. Jamás se produjo en ninguna otra parte tan colosal revolución educativa y cultural, que convertirá a Cuba, por amplio margen, en el país con más conocimientos y más cultura del mundo, aferrada a la profunda convicción martiana de que sin cultura no hay libertad posible.

La mortalidad infantil se ha reducido de 60 por mil nacidos vivos a una cifra que fluctúa entre 6 y 6,5. [9] Es la más baja del hemisferio, desde Estados Unidos a la Patagonia. Las perspectivas de vida se han elevado en 15 años. Enfermedades infecciosas y transmisibles como la poliomielitis, el paludismo, el tétanos neonatal, la difteria, el sarampión, la rubéola, la parotiditis, la tos ferina y el dengue han sido eliminadas; otras como el tétanos, la meningitis meningocócica, la hepatitis B, la lepra, la meningitis por hemófilos y la tuberculosis, están totalmente controladas. Hoy en nuestro país mueren las personas de iguales enfermedades que en los países más altamente desarrollados: cardiovasculares, tumorales, accidentes y otras.

Una profunda revolución se lleva a cabo para acercar los servicios médicos a la población, a fin de facilitar su acceso a los centros de asistencia, preservar vidas y aliviar dolores. Profundos estudios se realizan para romper la cadena, mitigar o reducir al mínimo los problemas de origen genético, prenatales o asociados al parto. Cuba es hoy el país con el más alto índice de médicos per cápita; casi duplica el número de los que la siguen detrás.

Los centros científicos laboran sin cesar para buscar soluciones preventivas o terapéuticas contra las enfermedades más graves. Los cubanos dispondrán del mejor sistema medico del mundo, cuyos servicios continuarán recibiendo de forma absolutamente gratuita. La seguridad social abarca al ciento por ciento de los ciudadanos del país.

El 85 por ciento de la población es propietaria de la vivienda. Esta está libre de todo impuesto. El 15 por ciento restante paga un alquiler absolutamente simbólico, que apenas se eleva al 10 por ciento del salario.

El uso de drogas alcanza a un ínfimo número de personas, y se lucha resueltamente contra él. La lotería y otras formas de juego lucrativo fueron prohibidos desde los primeros años de la Revolución para que nadie cifrara su esperanza de progreso en el azar.

Nuestra televisión, radio y prensa no practican la publicidad comercial. Cualquier promoción está dirigida a cuestiones de salud, educación, cultura, educación física, deporte, recreación sana, defensa del medio ambiente; a la lucha contra las drogas, contra los accidentes u otros problemas de carácter social. Nuestros medios de difusión masiva educan, no envenenan ni enajenan. No se rinde culto ni se exaltan los valores de las podridas sociedades de consumo.

No existe culto a ninguna personalidad revolucionaria viva, como estatuas, fotos oficiales, nombres de calles o instituciones. Los y las que dirigen son personas y no dioses.

En nuestro país no existen fuerzas paramilitares ni escuadrones de la muerte, ni se ha usado nunca la violencia contra el pueblo, ni se realizan ejecuciones extrajudiciales, ni se aplica la tortura. Se cultiva la fraternidad y la solidaridad entre los hombres y los pueblos dentro y fuera del país.

Se educa a las nuevas generaciones y a todo el pueblo en la protección del medio ambiente. Los medios masivos de difusión se emplean en la formación de una conciencia ecológica. Nuestro país defiende con firmeza su identidad cultural, asimila lo mejor de las demás culturas y combate resueltamente contra todo lo que deforma, enajena y envilece. El desarrollo del deporte sano y no profesional ha conducido a nuestro pueblo a los más altos índices de medallas y honores a nivel mundial.

Las investigaciones científicas, al servicio de nuestro pueblo y de la humanidad, se multiplicaron centenares de veces. Producto de este esfuerzo, importantes medicamentos salvan vidas en Cuba y en otros países. Jamás se investigó ni elaboró arma biológica alguna, lo cual estaría en absoluta contradicción con la formación y la conciencia en que ha sido educado y se educa nuestro personal científico.

En ningún otro pueblo se enraizó tanto el espíritu de solidaridad internacional. Nuestro país apoyó a los patriotas argelinos en su lucha contra el colonialismo francés, a costa de afectar las relaciones políticas y económicas con un país europeo tan importante como Francia. Enviamos armas y combatientes para defender a Argelia contra el expansionismo marroquí cuando el rey Hassan II de ese país quiso apoderarse de las minas de hierro de Gara Yebilet, en las proximidades de la ciudad de Tinduf, en el suroeste de Argelia.

El personal completo de una brigada de tanques montó guardia a solicitud de la nación árabe de Siria entre 1973 y 1975 frente a las alturas del Golan, cuando esa parte del territorio fue injustamente arrebatada a aquel país.

El líder de la República del Congo recién alcanzada su independencia, Patricio Lumumba, acosado desde el exterior, recibió nuestro apoyo político. Asesinado éste por las potencias coloniales en enero de 1961, prestamos ayuda a sus seguidores. Cuatro años después, en 1965, sangre cubana se derramó en la zona occidental del lago Tanganyika, donde el Che, con más de cien instructores cubanos, apoyaron a los rebeldes congoleses que luchaban contra mercenarios blancos al servicio de Mobutu, el hombre de Occidente, cuyos cuarenta mil millones de dólares robados no se sabe en qué bancos europeos están guardados, ni en poder de quién.

Sangre de instructores cubanos se derramó entrenando y apoyando a los combatientes del Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde que, bajo el mando de Amllcar Cabral, luchaban por la independencia de estas antiguas colonias portuguesas.

Otro tanto ocurrió durante diez años ayudando al MPLA de Agostinho Neto en la lucha por la independencia de Angola. Alcanzada ésta, y a lo largo de quince años, cientos de miles de voluntarios cubanos participaron en la defensa de Angola frente al ataque de las tropas racistas surafricanas que, en complicidad con Estados Unidos y utilizando la guerra sucia, sembraron millones de minas, arrasaron aldeas completas y asesinaron a más de medio millón de hombres, mujeres y niños angolanos. En Cuito Cuanavale y en la frontera de Namibia, al suroeste de Angola, fuerzas angolanas y namibias y cuarenta mil soldados cubanos asestaron un golpe definitivo a las tropas surafricanas, que contaban entonces con siete bombas nucleares suministradas o ayudadas a producir por Israel con pleno conocimiento y complicidad del gobierno de Estados Unidos. Esto significo la inmediata liberación de Namibia, y aceleró tal vez en veinte o veinticinco años el fin del apartheid.

A lo largo de casi quince años, Cuba ocupo un lugar de honor en la solidaridad con el heroico pueblo de Vietnam, en una guerra bárbara y brutal de Estados Unidos, que mató a dos millones de vietnamitas, aparte de la cifra de heridos y mutilados de guerra; que inundó su suelo de productos químicos que han causado incalculables daños aún presentes.

Sangre cubana se derramó junto a la sangre de ciudadanos de varios países latinoamericanos, y junto a la sangre cubana y latinoamericana del Che, asesinado por instrucciones de los agentes de Estados Unidos en Bolivia, cuando se encontraba herido y prisionero y su arma había sido inutilizada por un balazo en el combate.

Sangre cubana de obreros de la construcción que estaban ya a punto de concluir un aeropuerto internacional que era vital para la economía de una pequeñísima isla que vivía del turismo, se derramó combatiendo en defensa de Granada, invadida por Estados Unidos con cínicos pretextos.

Sangre cubana se derramó en Nicaragua cuando instructores de nuestras Fuerzas Armadas entrenaban a los bravos soldados nicaragüenses que enfrentaban la guerra sucia organizada y armada por Estados Unidos contra la revolución sandinista.

Y no he citado todos los ejemplos. Pasan de dos mil los heroicos combatientes internacionalistas cubanos que dieron su vida cumpliendo el sagrado deber de apoyar la lucha de liberación por la independencia de otros pueblos hermanos. En ninguno de esos países existe una propiedad cubana. Ningún otro país en nuestra época cuenta con tan brillante página de solidaridad sincera y desinteresada.

Cuba predicó siempre con su ejemplo. Jamás claudicó. Jamás vendió la causa de otro pueblo. Jamás hizo concesiones. Jamás traicionó principios. Por algo fue reelecta, en julio de 2003, por aclamación, en el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, como miembro por tres años más de la Comisión de Derechos Humanos, integrando ese órgano de manera ininterrumpida desde hace quince años.

Más de medio millón de cubanos cumplieron misiones internacionalistas como combatientes, como maestros, como técnicos o como médicos y trabajadores de la salud. Decenas de miles de estos últimos han prestado servicios y salvado millones de vidas a lo largo de más de cuarenta años. En la actualidad, más de tres mil especialistas en medicina general integral y otros trabajadores de la salud laboran en los lugares más recónditos de 18 países del Tercer Mundo, donde mediante métodos preventivos y terapéuticos salvan cada año cientos de miles de vidas, y preservan o devuelven la salud a millones de personas sin cobrar un solo centavo por sus servicios.

Sin los médicos cubanos ofrecidos a la Organización de Naciones Unidas en caso de obtener ésta los fondos necesarios —sin los cuales naciones enteras y hasta regiones completas del África Subsahariana corren el riesgo de perecer—, los imprescindibles y urgentes programas de lucha contra el SIDA no podrían realizarse.

Cuba ha desarrollado técnicas para enseñar a leer y escribir por radio con textos hoy elaborados en cinco idiomas: creole, portugués, francés, ingles y español, que ya están siendo puestos en práctica en algunos países. Hemos concluido un programa similar en español, de excepcional calidad, para alfabetizar por televisión. Son programas ideados por Cuba y genuinamente cubanos. No nos interesa la exclusividad de la patente. Estamos en disposición de ofrecerlos a todos los países del Tercer Mundo, donde se concentra el mayor número de analfabetos, sin cobrar un solo centavo. En cinco años, los ochocientos millones de analfabetos, a un costo mínimo, podrían reducirse en un 80 por ciento.

Me paro aquí para no agobiar, pero podría seguir...

El balance es impresionante, ¿cómo cree usted que la historia lo juzgará a usted?

Es algo que no vale la pena preocuparse. ¿Sabe por qué? Porque ha cometido tantos errores esta humanidad, se han hecho tantos disparates, que si logra sobrevivir, lo cual está por demostrar, si logra sobrevivir, dentro de cien años la gente nos mirará como tribus de bárbaros y de incivilizados que no valdrá la pena recordar.

Quizás recordarán una etapa histórica en que la humanidad casi desaparece, que ocurrieron cosas terribles; pero cuando éramos unos bárbaros incivilizados. Ese es el concepto que tendrá de nosotros aquella generación. Las futuras generaciones nos mirarán como nosotros mirábamos al hombre primitivo, tengo esa convicción.

Entonces, carecerla de sentido ponerse a hacer un legado... Pienso así, sinceramente pienso eso. A mí me interesa más el prestigio que pueda tener el país, por la lucha, por la batalla, pero no vinculado a mi persona.

Mire usted, he leído muchas cosas. Bolívar y personalidades incluso muy eminentes... Napoleón hablaba de la gloria, era constante su preocupación por la gloria. Bien, hoy, en muchos países, casi se conoce más el nombre de Napoleón por el coñac que utiliza su nombre, que por todo o que hizo Napoleón. Yo estoy seguro de que si les hago un examen a los jóvenes adolescentes de tal y de cual país de quién era Napoleón, no saben ni cOmo se llamaba, y quizá sea más la gente que conozca que hay un coñac que se llama Napoleón y que es muy bueno. Entonces yo digo: ¿para qué preocuparse?

Hombres como Bolívar hablaban mucho de la gloria y yo he sido siempre un gran admirador de Bolívar, y una vez, en un discurso, en la universidad, dije: “Bolívar hablaba de la gloria, pero Bolívar no fue un conquistador de pueblos.” Alejandro fue un conquistador de pueblos, y un creador de imperios; de paso llevó el virus de la cultura, llamémoslo así, un virus positivo. Llevó cultura y todo lo demás. Bueno, también hay grandes personajes guerreros, Aníbal, Julio César, todos eran conquistadores, eran militares.

Si usted analiza, hace relativamente poco tiempo que a los jóvenes se les enseña que Shakespeare fue un gran escritor y un gran valor; que otros hicieron grandes obras de pintura; que otros fueron filósofos brillantes; otros fueron poetas brillantes, creo que hasta hoy no superados. En fin, a los de grandes méritos intelectuales, los grandes creadores de la música, la pintura, el teatro, la literatura y todo eso, los conocían muy pocos, y la historia que nos enseñaban a nosotros no mencionaba esos casos, sólo nos hablaban de Cristóbal Colon, Hernán Cortés, conquistador; Pizarro, Magallanes, que si le dio la vuelta al mundo; Napoleón; Drake el pirata; Jerjes, el emperador de los persas en las Termópilas; Julio César, Aníbal, todos aquellos guerreros y de Occidente, porque a los guerreros del Oriente no los conocía nadie.

0 solo los “malos”, Atila, por ejemplo.

Bueno, pero ése vino para Occidente. Si Cristóbal Colon hubiera tenido razón y no hubiera habido un continente por el medio, hubiera llegado a China y después, si hubiese querido, habría intentado conquistarla con doce caballos, como creo que conquistaron a Cuba y unos arcabuces. Se hubiera encontrado con ejércitos mongoles de cientos de miles de soldados a caballo. Colon no se conocería más que como un tipo que tuvo la mala suerte y la loca idea de llegar a China, y desapareció a los quince minutos de haber llegado, si de verdad toma posesión. FIjese, si va como Marco Polo, lo reciben; si toma posesión en nombre del Rey Católico, con la cruz y la espada, dura quince minutos nada más, y Cortés y toda aquella gente igual.

Pero de otros personajes no habla en general la historia. De los grandes científicos, de los grandes inventores, investigadores que han aportado tanto a la humanidad... La historia, puede decirse, no habla de ellos; quizás de ésos se acuerde alguna gente. Pero los dirigentes políticos no han ganado méritos como para que los recuerden.

¿Qué dirigente político recuerda usted —entre los muchos que ha conocido—, que más le haya impresionado?

Déjeme pensar. Al Che lo recuerdo siempre como una de las personalidades más extraordinarias que he conocido. Uno de los hombres más nobles, más extraordinarios, más desinteresados que he conocido. También Nelson Mandela es uno de los que más admiro por sus méritos y su historia, su lucha. De los líderes contemporáneos extranjeros uno de los que más he apreciado fue Jiang Zemin. [10] Porque lo he conocido a lo largo del tiempo, no fue del primer día, ni del segundo, sino de un número de años, a base de contactos y de tiempo; es una persona capaz.

De la época contemporánea, en el mundo occidental, yo diría que uno de los estadistas más capaces fue el Canciller alemán Willy Brandt. Lo conocí, hablé mucho con él. Era un hombre de perspectiva, de pensamiento elevado, preocupado por la paz, y por los problemas del Tercer Mundo.

Hablando de Occidente, otro dirigente que conocí bien y que también considero que fue un estadista responsable, honesto y capaz, fue el Primer Ministro sueco Olof Palme. Yo le tenla una profunda simpatía, y su muerte, su asesinato en extrañas circunstancias, fue una terrible pérdida.

Al Presidente Kennedy no llegó a conocerlo directamente.

No. Y creo que Kennedy fue un hombre de gran entusiasmo, muy inteligente, con carisma personal, que trataba de hacer cosas positivas. Quizá, después de Franklyn Roosevelt, fue una de las personalidades más brillantes de Estados Unidos. Cometió errores: dio luz verde a la invasión por Playa Girón en 1961, pero esa operación no fue preparada por él, sino por el gobierno anterior de Eisenhower y Nixon. El no fue capaz de frenarla a tiempo. También toleró las actividades de la CIA; en el período en que gobernó se elaboraron los primeros planes de atentado contra mí y contra otros dirigentes internacionales. No hay pruebas inequívocas de su complicidad personal, pero es realmente difícil que alguien de la CIA haya tomado por su propia cuenta la decisión de cometer acciones de tal naturaleza sin el acuerdo, por lo menos tácito, del Presidente. Tal vez haya sido tolerante, o permitido que palabras ambiguas suyas fueran interpretadas a su manera por la CIA.

Pero encuentro, al mismo tiempo, porque veo bien claro que aunque Kennedy haya cometido errores —entre ellos alguno de carácter ético—, era un hombre capaz de rectificar y lo suficientemente valiente para introducir cambios en la política de Estados Unidos. Entre sus errores está la guerra de Vietnam. El, con su entusiasmo, su obsesiva simpatía por los “boinas verdes” y su sobrestimación del poderlo de Estados Unidos, dio los primeros pasos para introducir a su país en la guerra de Vietnam.

Cometió errores, repito, pero era un hombre inteligente, en ocasiones brillante, valiente, y yo considero —ya lo he dicho en otras ocasiones— que si Kennedy hubiese sobrevivido es posible que las relaciones entre Cuba y Estados Unidos hubiesen mejorado. [11] Porque él, después de Girón y de la Crisis de Octubre, se quedó muy impresionado. No creo que subestimase a! pueblo cubano, es posible que hasta sintiese alguna admiración por la firmeza y la valentía de nuestro pueblo.

Precisarnente el día en que lo mataron estaba yo conversando con un periodista francés, Jean Daniel [director de Le Nouvel Observateur], que él me había enviado con cierto mensaje para hablar conmigo. De manera que se estaba estableciendo una comunicación que tal vez hubiera podido favorecer una mejoría en nuestras relaciones.

Su muerte me dolió. Era un adversario, claro, pero sentí mucho su desaparición. Fue como si me faltara algo. Me dolió también la forma en que lo mataron, el atentado, el crimen político. experimenté un sentimiento de indignación, de repudio, de dolor, y en este caso por un adversario que no me parecía ser merecedor de semejante final.

Su asesinato me preocupó también, porque tenla suficiente autoridad en su país para imponer una mejoría de las relaciones con Cuba. Cosa que quedaba palpablemente demostrada en la conversación que mantuve con este periodista francés, Jean Daniel, que estaba conmigo en el instante mismo en que recibí la noticia de la muerte de Kennedy.

¿Conoció usted a Mao Zedong?

No, a Mao no. No tuve tampoco el privilegio de conocer a Ho Chi Minh, que lo veo como uno de los más puros dirigentes.

Mao Zedong tiene grandes méritos históricos. Fue, sin duda, el organizador y el inspirador de la revolución china, una de las grandes revoluciones del siglo xx. Un hombre de talento político y militar que promovió, impulsó y realizó la lucha victoriosa contra el imperialismo japonés, contra el gobierno títere de Chiang Kaichek, y que indudablemente escribió páginas brillantes en la historia.

Pero, al mismo tiempo, tengo la absoluta convicción de que en la etapa final de su vida cometió grandes errores políticos. No fueron errores de derecha, fueron errores de izquierda o, mejor dicho, ideas extremistas de izquierda. Los métodos para llevar esas ideas a la practica fueron duros, injustos, como durante la llamada “revolución cultural”, y creo que, como consecuencia de una política extremista de izquierda, se produjo después un viraje a la derecha dentro del proceso revolucionario chino, porque todos estos grandes errores producen su contrapartida: errores de extremismo de izquierda produjeron inclinaciones y políticas de derecha en China.

No quiero decir que la revolución esté perdida en China. Ese país está buscando el camino justo. Mao fue un gran revolucionario, con grandes méritos históricos, con gran talento, pero cometió graves errores en la fase final de su vida, en mi opinión, como consecuencia del endiosamiento y del culto a la personalidad. Fue algo realmente chocante ver qué grado inaudito alcanzó allí el endiosamiento de un líder y el culto a la personalidad.

Usted conoció a algunos líderes marxistas que tuvieron, en el poder, un comportamiento detestable y criminal. Pienso por ejemplo, en Hazifullah Amin, de Afganistan, y en Hiena Sary, de Kampuchea, coautor del genocidio en Camboya en 1975. ¿Que recuerdo conserva de ellos?

En Afganistán, en 1979, Amin, que era Primer Ministro, lideró un grupo secreto que conspiró contra el presidente Muhammad Taraki, mientras éste estaba precisamente de visita en La Habana, y en pocos días, en julio de ese año, produjo en Kabul una conspiración palaciega que terminó con la muerte de Taraki, a quien asesinaron en secreto, y con la toma del poder por Amin, que se convirtió en presidente. Ese asesinato, desaprobado por Brezhnev, es el que conduce a la intervención de los soviéticos en diciembre de 1979.

Amin era un personaje en cierta forma parecido a Pol Pot. Nosotros hablamos tenido oportunidad de conocer a Amin en abril de 1978 después del triunfo de la revolución en Afganistán. ¡Usted no podría imaginar persona más amable! Exactamente igual que leng Sary, quien también nos hizo una visita después de la revolución en Kampuchea.

He tenido, en efecto, el extraño privilegio de conocer algunos personajes que parecían perfectamente normales, bien educados, con una cultura occidental, que habían estudiado en Europa o en Estados Unidos, y que después hicieron cosas espantosas, abominables. Es como si, en cierto momento, la gente se volviese loca. Parece que hay personas cuyas neuronas cerebrales no están adaptadas para la complejidad de los problemas que surgen en un proceso revolucionario. Y cometen ignominiosos actos de locura que no cesan de asombrarme.

¿Conoció a Deng Xiaoping?

No. Me hubiese gustado haberlo conocido. Me preguntaba usted qué líder me había impresionado. Le puedo decir que uno de los líderes políticos contemporáneos que más admiro, sin ninguna duda, es Hugo Chávez.

¿A qué dirigente de la segunda mitad del siglo xx lamenta no haber podido conocer personalmente?

Uno lo mencioné, Ho Chi Minh. Y me habría gustado también conocer a Mao. No fue posible porque pronto se produjeron los problemas y diferencias por la bronca chino soviética; pero no hay duda, hay el reconocimiento. Entre los grandes estrategas políticos, grandes jefes militares por su concepción, no se puede negar a Mao Zedong. No olvido la carta en que le pedí a China y a la URSS que se unieran, que salvaran sus rivalidades.

¿Y De Gaulle?

De Gaulle, aunque las relaciones no fueron muy buenas a causa de la guerra de Argelia que nosotros apoyábamos, es un hombre que admiro. Con todo su prestigio y todo su poder, le costó terriblemente encontrar una solución al problema de Argelia, por la presencia allí de una cantidad de franceses. Voy a decir una cualidad que tenla De Gaulle como militar, porque concibió la idea de reunir todos los tanques y crear las divisiones blindadas; previó que la derrota francesa con los alemanes se podía producir, porque, aunque los franceses tenían más tanques, simplemente los alemanes hicieron las divisiones acorazadas.

Segundo, admiro su rebeldía intransigente frente a Estados Unidos y a los ingleses y a todo el mundo. Salvo a Francia después de aquella terrible guerra en la que Francia hubiera podido terminar casi por debajo de España o de Italia. Salvo las tradiciones, el orgullo nacional, la rebeldía francesa. Luego liega un momento de crisis muy seria a raíz de la guerra de Argelia, peligro de golpe de Estado, amenazas, y llamaron a De Gaulle: “Venga, por favor, ayúdenos a salir de esta situación.” ¿Y quién podía hacerlo? Lo podía hacer él, porque tenía un gran prestigio.

Vaya, De Gaulle le presto grandes servicios a Francia; se empeñó y produjo el arma nuclear, nadie podía prohibírselo, como hoy se le prohíbe a todo el mundo, menos a alguna gente que son muy cercanas. Por ejemplo, a Israel no se le prohíbe. Y tuvo un carácter... Fue genio y figura hasta la sepultura. Es lo que puedo decir de De Gaulle, personalidad histórica brillante. Podrá estarse de acuerdo o no, pero jugó un papel histórico en Francia muy grande. Quienes hayan leído la historia de Francia, y la historia de Francia la hemos tenido que leer por una razón o por otra, puesto que ha jugado a lo largo de siglos —y juega— un importantísimo papel. Aquel De Gaulle de la Resistencia, aquel De Gaulle que fundó la Quinta República, aquel De Gaulle que salva... no sé lo que salva, porque ustedes siempre han tenido crisis políticas, y hubo un tiempo en que cambiaban de gobierno cada seis meses.

Durante la IV República, de 1944 a 1958.

Bueno, errores como los que ocurrieron frente a Hitler y al fascismo, permitir la ocupación del Ruhryveinte millones de cosas más, la anexión de Austria, cuando Hitler no tenía suficiente poder y tenía magnetizado..., y el Estado Mayor del ejército se oponía, anexó los Sudetes. Todo eso se autorizó.

Bueno, De Gaulle, táctico, era partidario de reunir todos los tanques, como hicieron los alemanes bajo la influencia de Manstein. [12]

De Gaulle lo teorizó en un libro. [13]

Las divisiones acorazadas. Los franceses tenían los tanques divididos con la infantería, los alemanes rompieron esas formaciones, y no ay nada más terrible que tanques a la retaguardia. Los rusos si ya tenían divisiones de tanques; ellos cometieron otro error desde el punto de vista militar. Pero De Gaulle era partidario de unir las fuerzas de la Resistencia. Francia jugó el papel de gran potencia que tuvo después gracias a De Gaulle, y De Gaulle no era un hombre de izquierda, no era un socialista, era un patriota francés, un militar que tenia ideas estratégicas. Sin embargo, ¿qué paso en 1968 cuando hubo amenazas de desestabilización? De Gaulle marchó allá, a Alemania, a donde estaban las tropas francesas, para asegurar el apoyo de esas tropas y aplastar cualquier intento de cambio de la Constitución.

De la Quinta República.

Estaba decidido a defender la Quinta República con la utilización de las tropas. Allá apareció, ¿por qué no?

¿Que recuerdo conserva usted del filósofo francés Jean Paul Sartre?

Conocí a Sartre cuando paso por aquí en 1960. Vino con Simone de Beauvoir. Los vi poco, los atendí, hablamos, me hubiera gustado disponer de más tiempo para conversar más con ellos. Escribió una obra amistosa, Huracán sobre el azúcar, un caluroso reportaje para un diario de Paris [France-Soir] sobre la Revolución en los primeros años.

¿Y Ernest Hemingway?

También me hubiera gustado conocer más a Hemingway. Le gustaba Cuba. Amó esta isla. Vivió aquí, nos dejó muchas cosas, su biblioteca, su casa, que es hoy museo. El primer año de la Revolución pude hablar en dos ocasiones, bastante brevemente, con él. Si Hemingway hubiera vivido algunos años más, me habría gustado tener tiempo de conversar más con él. De intimar un poco más.

He leído algunas de sus novelas más de una vez. Y en muchas de ellas —¿Por quién doblan las campanas?, Adiós a las armas— él siempre pone a su personaje principal a dialogar consigo mismo. Es de lo que más me gusta en Hemingway, los monólogos, cuando sus personajes hablan consigo mismos. Como en El viejo y el mar, el libro por el que le dieron el Premio Nobel. Como persona, en lo poco que .pude conocerlo, me parecía, en sus costumbres, en sus prácticas, en sus cosas, una persona muy humana. Siempre me gusto mucho su literatura, y se lo comenté.

Quisiera que hablásemos ahora de la situación interior en Cuba. En todos los países hay gente descontenta, y en Cuba también, y parece que usted tenía el hábito, regularmente, de sentir los problemas de la vida cotidiana de la gente y ser el primero que los expresaba en sus discursos, que tal cosa no funcionaba, tal otra cosa había que mejorarla, y la gente encontraba, precisamente, en sus discursos la expresión de lo que ellos sentían. Y parece que desde hace algún tiempo usted ya no expresa lo que no funciona en la sociedad cubana, en sus discursos, y mucha gente añora su papel de «opositor número uno» de este país.

Es verdad que he sido opositor número uno, no del país sino de los errores, de las cosas que están mal hechas. Pero nosotros tenemos ahora métodos que nos permiten conocer, así como con un microscopio, los estados de opinión. Hay que reconocer que en nuestro país la gente tiene hábito de expresarse con libertad, tiene en su tradición eso, expresa las críticas.

Nosotros llevamos varios años recogiendo las opiniones espontáneas después de cada acontecimiento, y hay opiniones adversas. Hay además la instrucción, como dije, de que cada una de las opiniones adversas debe aparecer. Nunca leo las opiniones que tienen una relación conmigo, porque pueden ser muy elogiosas, y sería pesado, desagradable, vanidoso, leerlas. Me preocupa, incluso, cuando son solo algunos miles los que no están conformes. Basta que, por ejemplo, 16 mil personas tengan una opinión adversa y usted debe preocuparse, no por el porcentaje, realmente, pero pueden ser opiniones críticas o puede tratarse de alguna opinión de gente francamente enemiga, que no piense, no simpatice con la Revolución.

Uno lo sabe porque cuando dicen: «Esto puede haber costado muy caro», o «Tal emisión de televisión debe hacerse así o asao», no son opiniones de enemigos; aunque también están las que son de los enemigos: «Se habla de esto y no se habla de la comida», «Se habla del problema tal y no de este». Es decir, la información sobre los estados de opinión es total, amplia, está guiada por la preocupación de reflejar las opiniones tal como son. Todo lo que sea negativo se pone. Hay que preocuparse, y muchas veces esas opiniones adversas ayudan; son muy espontáneas.

Ahora, realmente yo soy más crítico, más implacable. Hay que ver las cosas que digo. Y las he dicho públicamente.

  Precisamente, en una intervención el 17 de noviembre de 2005, usted declaró una «guerra sin cuartel» a algunos males que corroen el país —la pequeña corrupción, el robo al Estado, el enriquecimiento ilícito—, que hasta ahora no se habían denunciado de modo tan severo públicamente.

Sí. Nosotros estamos invitando a todo el pueblo a que coopere con una gran batalla, la batalla contra todos los robos, de cualquier tipo, en cualquier lugar. En eso pensamos más que en ninguna otra cosa: en nuestros defectos, nuestros errores, nuestras desigualdades, nuestras injusticias. Estamos envueltos en una batalla contra vicios, contra desvíos de recursos, contra ciertos hábitos generalizados. Sí, estamos frente a una gran batalla que empezamos a librar, y que vamos a ganar.

Porque aquí hay, y debemos decirlo, unas cuantas decenas de miles de parásitos que no producen nada y sin embargo se enriquecen. Por ejemplo, comprando y robando combustible. Muchos andan con la manguerita echando gasolina en los «almendrones» (autos norteamericanos de las décadas de 1920 a 1950), y recibiendo un dinerito del nuevo rico que ni siquiera quiere pagar la gasolina que consume. Hay un desorden general en eso, entre otras cosas, con pérdida de decenas de millones de dólares...

¿Cómo se explica que haya tenido que intervenir usted personalmente? ¿Por qué el método habitual del recurso a la crítica colectiva y a la autocrítica no funcionó?

Nosotros confiábamos en la crítica y en la autocrítica, sí. Pero eso se ha casi fosilizado. Ese método, tal como se estaba utilizando, ya casi no servía. Porque las críticas suelen ser de un grupito; nunca se acude a la crítica más amplia, a la crítica en un teatro por ejemplo. Si un funcionario de salud pública, por citar un caso, falseó un dato acerca de la existencia del mosquito Aedes aegypti, se le llama, se le critica. Bien. Pero conozco a algunos que dicen: «Sí, me autocritico», y se quedan tan tranquilos, ¡muertos de risa! Son felices. ¿Y todo el daño que hiciste? ¿Y todos los millones que se perdieron como consecuencia de ese descuido o de esa forma de actuar?

Hay que ir a la crítica y a la autocrítica en el aula, en el núcleo y después fuera del núcleo, en el municipio, y en el país. Debemos utilizar esa vergüenza que sin duda tienen los hombres, porque conozco a muchos hombres justamente calificados de «sinvergüenza», que cuando en un periódico local aparece la noticia de lo que hicieron, se llenan de vergüenza. En esta batalla contra vicios no habrá tregua con nadie, cada cosa se llamará por su nombre, y apelaremos al honor de cada sector. Al final, los que no quieran entender se van a autocorregir, pero de otra forma; sí, se van a embarrar con su propia basura. De algo estamos seguros: en cada ser humano hay una alta dosis de vergüenza. Y el primer deber de un revolucionario es ser sumamente severo consigo mismo.

Vamos a dar la batalla, y a usar ahora proyectiles de más calibre. La Revolución tiene que usar esas armas, y las va a usar si fuera necesario. La Revolución va a establecer los controles que sean necesarios. No somos un país capitalista, en que todo se deja al azar.

¿Piensa usted que las dificultades y las carencias del «período especial» han favorecido los hábitos de corrupción y de robo?

Sí. Aunque el robo de materiales y de recursos no es de hoy, o del período especial. El período especial lo agudizó, claro, porque creó mucha desigualdad e hizo posible que determinada gente tuviera mucho dinero. Pero no es nuevo. Recuerdo que, hacia 1990, aún no se había autodestruido la Unión Soviética, estábamos construyendo en Bejucal (en las afueras de La Habana) un centro de biotecnología muy importante. Y cerca de allí había un pequeño cementerio. Yo daba vueltas, y un día fui por el cementerio, y me encontré con un colosal mercado clandestino donde aquella fuerza constructiva, sus jefes y un gran número de constructores, tenía un mercado de venta de productos: cemento, cabilla, madera, pintura, todo cuanto se usa para construir...

¿Cuánto se han robado aquí, hasta en fábricas? Fábricas que, por ejemplo, producen medicamentos. Conozco una por La Lisa [un barrio de La Habana] donde tuvieron que sacar al administrador y a mucha gente, casi cien personas en total... Estaba comprometida la propia administración de esa fábrica y un montón de gente en el robo de medicamentos. Cien tuvieron que sacar: busca a este y al otro para sustituirlos. No es suficiente el despido, ni será la única solución. Vea qué nivel de arraigo tienen determinados vicios. Cómo se despilfarraba, cómo se desviaban recursos, cómo se robaba.

¿Cómo se explica usted todo eso?

Aquí, con el período especial se originaron desigualdades profundas. Qué amargura el día en que se crearon las tiendas en divisas, para recoger un poquitico de aquel dinero que algunos recibían del exterior, y para que lo fueran a gastar en esas tiendas, que tenían un precio alto, para recoger parte de ese dinero y poder redistribuirlo a los demás que no recibían nada, cuando el país estaba en condiciones muy difíciles.

Además, algunos ganaban, en un mes, cuarenta o cincuenta veces lo que gana uno de nuestros médicos que está en las montañas de Guatemala o en otros lugares distantes de África, o en Cachemira, a miles de metros de altura, en las cordilleras del Himalaya, salvando vidas. Y estos médicos ganan el 5 por ciento, el 10 por ciento de lo que gana un ladronzuelo que vende gasolina a los nuevos ricos; que desvía recursos de los puertos en camiones y por toneladas; que roba en las tiendas en divisas; que roba en un hotel de cinco estrellas, a lo mejor cambiando la botellita de ron por una que se buscó, la pone en lugar de la otra y recauda todas las divisas por las que vendió los tragos que pueden salir de una botella de un ron más o menos bueno. ¿Cuántas formas de robo hay en este país?

 Parece que donde más se robaba era en las gasolineras.

Mire, comenzamos por Pinar del Río para ver qué pasaba con los servicentros que venden combustible en divisas. Y pronto se descubrió que lo que se robaba era tanto como lo que se ingresaba. ¡Robaban casi la mitad! Y en algunos otros lugares, ¡más de la mitad!

En La Habana muchos aprendieron a robar como locos. Si le hago la historia de todos los servicentros de la capital, usted se asombra; hay más del doble de lo que debería haber, es un caos. A cada ministerio le dio la gana de poner el suyo, y reparte combustible por aquí y por allá. En los Poderes Populares el desastre es universal, el caos. Y, además, todos los camiones más viejos, los que más gasolina gastan, se los dieron al Poder Popular. Cuando parecía que el uso de los camiones se estaba racionalizando, en realidad se estaba hipotecando al país para todos los tiempos. Porque algo que se sabe es que muchos de los camiones del Estado van por un lado y por otro que no tienen nada que ver con su trabajo normal. Y el que más y el que menos se va con el camión a ver a un pariente, un amigo, una familia, o la novia.

Ya dentro de poco, con los instrumentos de la técnica [localizadores de Sistema de Posicionamiento Global, GPS], como se está haciendo en muchos países desarrollados, se podrá saber dónde se encuentra cada camión, en cualquier lugar, en cualquier calle. Nadie podrá escapar en el camión e ir a ver a la tía, al otro, a la novia. No es que sea malo ver al familiar, al amigo o a la novia, pero no en el camión destinado al trabajo.

Recuerdo una vez, varios años antes del período especial, que vi, rápido, por la Quinta Avenida de La Habana, un flamante cargador frontal Volvo, casi acabado de comprar, que en aquella época valía unos cincuenta o sesenta mil dólares. Sentí curiosidad de saber para dónde iba a aquella velocidad, y le pedí al escolta: «Aguanta, pregúntale a quién iba a ver, que te diga con franqueza». Y el conductor confesó que con aquel Volvo, que corría a toda velocidad por la Quinta Avenida, iba a visitar a la novia... Cosas veredes, Mío Cid.

Pues cosas como esas han estado ocurriendo. Y, en general, lo sabemos todo, y muchos pensaban: «La Revolución no puede arreglarlo; no, esto no hay quien lo arregle». Pues sí, esto lo va a arreglar el pueblo, esto lo va a arreglar la Revolución.

¿Cómo?