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Fidel Castro Ruz

 

  

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 Cien Horas Con Fidel-Capítulo 06-“La historia me absolvera”

 

LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ

 

LA CAPTURA – EL TENIENTE SARRÍA – “LAS IDEAS NO SE MATAN” –
EL JUICIO – EL ALEGATO – LA CÁRCEL

 

 

De la Granjita Siboney usted se marcha al monte.

Yo me voy para las montañas a seguir la lucha, es lo que les digo a los compañeros: a las montañas. Aunque no estábamos muy entrenados para eso. Me quedé con los ocho hombres que en mejores condiciones estaban, los que eran jefes...

Llegan todas las noticias, y ya yo tengo una idea: estoy pensando en cruzar la bahía hacia la Sierra Maestra. Pero ¿qué ocurre? Que dentro de los ocho había distintas responsabilidades, había distintos estados físicos también, porque aquellos ocho no estaban, ni mucho menos, en óptimas condiciones. Entonces, ante aquella situación, nosotros decidimos que cinco de ellos se acogieran a la intermediación de la Iglesia. Los de Batista sistemáticamente asesinaban a los prisioneros. A algunos los torturaban atrozmente y después los asesinaban. Entonces el Arzobispo de Santiago comenzó a actuar, con otras personalidades, para tratar de salvar a los supervivientes del asalto.

Los cinco bajaron con nosotros hasta un punto, y allí en un lugar, de noche, ellos sueltan las armas. Yo llego y hablo con un campesino ahí, serio, tenía unas tierras, que era el que iba a hacer las conexiones con el Arzobispo para recoger a los cinco.

Ya ellos iban desarmados, las armas las habían dejado allí; nosotros llegamos con nuestras armas, discutimos con el campesino cómo lo íbamos a hacer. ¿Esto a qué hora seria? Tal vez a las 11 de la noche, no Se; por la noche, antes de la madrugada, porque había un poco de luna, Sí, había luna. Y entonces acordamos todo lo que ellos iban a hacer, cOmo el hombre iba a hacer todas las gestiones... A partir de ese momento no mataron, que yo sepa, aunque puede haber algún caso ya aislado. Claro, otra cosa es qué haríamos nosotros. Entonces, dejamos a los cinco allí, y los tres, Alcalde, [1] Suárez [2] y yo, nos retiramos.

La idea inicial había sido partir hacia las montañas, cruzar del otro lado. Lo que pasa es que los soldados llegaron y tomaron las alturas. Tampoco teníamos mucha experiencia de cómo salíamos del cerco. Creo que habríamos podido... Lo que pasa es que los soldados se adelantaron. Marchamos de día, principalmente, porque había bosque. Vimos a los soldados varias veces... Sus fusiles de guerra calibre 30.06 tenían mucho más alcance que los de calibre 22 y la escopeta que llevábamos.

La idea mía era cruzar la carretera de noche y llegar a lugares que conocía muy bien, porque estudié en Santiago..., a un lugar que le llaman La Chivera, y cruzar en bote la bahía para la Sierra Maestra los tres, es decir, los dos jefes y yo, armamos mejor en la Sierra Maestra para, allí, proseguir la lucha.

Pero caminamos dos o tres kilómetros y cometimos un error: en vez de hacer lo que habíamos hecho siempre, ir a pasar el resto de la noche a un bosque..., había una casa ahí, un varaentierra—un varaentierra es una casita chiquitica, un ranchito, donde los campesinos guardan palmiche o cosas de ésas, le llaman varaentierra—, y nosotros llevábamos un montón de días pasando frío, hambrientos y todas esas cosas, y decidimos dormir en el varaentierra. Gran error Cerca del lugar donde habíamos guardado las armas, porque aquellas las guardamos, las de los cinco; todas las armas las íbamos guardando, aunque —ya le digo— no eran para este tipo de guerra. Y entonces nos dormimos, sin frió, sin neblina.

Yo recuerdo que, próximo a despertarme —habíamos dormido cinco o seis horas—, siento los pasos de un caballo y, de repente, unos instantes después, le dan a la puerta aquella un culatazo: ¡Ra!, abren la puerta, y nosotros durmiendo, nos despertamos con los cañones de los fusiles de los soldados pegados al pecho. Así caímos; de esa manera tan tristemente ingloriosa, fuimos sorprendidos y capturados.

¿Estaban ustedes sin armas?

Teníamos las de nosotros, pero la mía era un escopetón. Después, en Alegría de Pío, cuando desembarcamos del “Granma” en 1956, me paso casi igual, pero esa vez tome unas medidas: dormir con el cañón del fusil aquí debajo de la barbilla, porque me dormía y no podía evitar dormirme, después de un tremendo ataque aéreo en el que seis aviones de caza con ocho ametralladoras calibre 50 cada uno nos ametrallaron durante treinta minutos. También aquella vez éramos solo tres hombres... Pero ésa es otra historia.

Ahora nada más te digo esto: nos captura esa patrulla. ¿Por qué? El campesino al que le confiamos los cinco compañeros empezó a llamar por teléfono al Obispo o a no sé quién. Bueno, tú puedes suponer varias cosas: que éste informó, o que algo pasó. 0 que a él le captaron las comunicaciones Y ellos sabían también que me había ido, y bien temprano andaban unas patrullas rastreando, y una de las patrullas va y da exactamente con el lugar donde yo estoy acostado y nos capturan.

Aquella docena de soldados estaban enfurecidos. Las venas, mire, yo me acuerdo de las arterias de ésos, hinchadas, querían matarme. Empieza toda una bronca, enseguida nos amarran, nos sientan amarrados, me preguntan el nombre, yo les doy otro nombre. Me acordaba de una broma que decían un nombre, creo que les dije: “Francisco González Calderín”, les dije rápido. No, si digo mi nombre allí, a aquellos soldados no los aguanta nadie. La bronca empieza casi desde el primer momento. Nos gritan: “Óiganlo bien ustedes, nosotros somos los herederos del Ejército Libertador” y qué sé yo. Eso creían aquellos soldados esbirros, matones. Y les decimos nosotros: “Los continuadores del Ejército Libertador somos nosotros.”

¿Les dijo usted?

Sí, sí. “Los continuadores somos nosotros. Ustedes lo que son unos tiranos y unos asesinos.” Aquello estaba encendido, y el teniente dice: “No tiren”, tratando de poner orden, un hombre negro, alto. Pedro Sarria [3] se llamaba. Parece que estuvo estudiando algo de Derecho, de unos treinta y tantos o 40 años. Pero estaba conteniendo a aquellos soldados que estaban gordos, en primer lugar, fuertes, bien nutridos, arrollaban la manigua. Están allí, con los fusiles así, a punto de hacer lo que hacían, y sin imaginarse que era yo, desde luego. El teniente, como murmurando: “No tiren, no tiren. Las ideas no se matan, las ideas no se matan.” Entonces transcurren unos cuantos minutos, y tenemos una desgracia adicional.

Oiga, aquellos soldados enfurecidos empezaron a buscar por los alrededores, y la desgracia es que encuentran las armas de los otros cinco. ¡Vaya! Ese fue un momento critico, el escándalo, las armas. Entonces van para allá, y al teniente ya le era muy difícil... Pero siguió el teniente: “¡Quietos!” No gritaba mucho, porque la cosa no estaba para gritos... Pero denla: “Quietos. No, no, muchachos, quédense tranquilos.” Les dio órdenes para que no tiraran, que era lo que estaban locos por hacer a todo el que hacían prisionero, y entonces logra apaciguarlos, no sé de qué manera, pero la cosa es: “No disparen, las ideas no se matan.”

Bella frase.

“Las ideas no se matan”, eso lo murmuraba, casi como hablando consigo mismo; pero se oía. Más lo ola yo, creo, que los soldados. Bueno, estábamos vivos. De ahí nos levantan ya para marchar hacia la carretera.

El teniente sin saber que usted es Fidel Castro.

El sigue sin saber; pero de inmediato le cuento. Nos levantan —fue un momento muy muy difícil cuando hallaron aquellas cinco armas, en que volvió otra vez la adrenalina de toda aquella gente a subir—, y entonces salimos caminando. De repente suenan unos disparos por allá, que parece que era el momento en que aquel campesino hacIa contacto con gente del ejército, ya hacen prisioneros a los cinco que iban a acogerse a la protección de la Iglesia y suenan unos disparos por allá. Por la mente me pasa inmediatamente que todo aquello es un truco de unos tiros para empezar a disparar sobre nosotros.

Yo recuerdo que aquellos soldados estaban enfurecidos —dura minutos esto, qué sé yo, 8, 10, 15 minutos—, los soldados disparaban, se sentían unos tiros por allá, pasan por unos matorrales y para el suelo. Nos decían: “¡Tírense al suelo!”, y digo: “Yo no me tiro, no me tiro al suelo. Si quieren matarme, me matan aquí.” Me negué terminantemente, me quede parado allí. Entonces el teniente Sarria hace así y dice: “Ustedes son muy valientes, muchachos”, me dice.

Ya se calma aquello y entonces cuando veo el comportamiento de él, le digo: “Teniente, quiero decirle una cosa: Yo soy Fulano de Tal”. Cuando veo a aquel hombre cómo se ha portado, le digo: “Yo soy Fulano de Tal.” Me dice: “No se lo digas a nadie, no lo digas.” Así que cuando él me llevaba ya sabía. ¿Sabe lo que hizo? Llegamos a la casa ésa y por allí había un camión, me montan en el mismo camión donde estaban los otros soldados que habían venido para... Se sienta el chofer ahí, yo en el medio y el teniente a la derecha. Por allí llega entonces en un carro el comandante Pérez Chaumont, un asesino, el jefe de los que habían estado matando gente por allí, y le exige que me entregue.

Ese Pérez Chaumont era su jefe, él solo era teniente.

Era el comandante, pero el teniente le dice que no: “El prisionero es mío”, y qué sé yo. Le dice que no, que él es el que tiene la responsabilidad y me va a llevar al Vivac. Oiga, no pudo el comandante convencerlo, y el hombre me lleva para el Vivac. Si me lleva para el cuartel Moncada, picadillo hacen de mí, ni un pedacito hubiera quedado. ¡Imagínese que yo llegara allí!

Chaumont envía una orden al Moncada para que se ocupen de mí si me llevan allí. Entonces es cuando Sarriá toma la decisión de no pasar por la avenida Garzón, sino bordear y llevarme a la Policía y no entregarme a los militares. Me lleva para el Vivac de Santiago de Cuba, para que me viera toda la población. El Vivac era una cárcel civil que había en el centro de la ciudad, que estaba bajo la jurisdicción de los tribunales. Al Moncada no se podía llegar, claro, después que habían hecho todo lo que hicieron. Me hubiesen asesinado a mí también. Estos eran esbirros, fieras sedientas de sangre. Chaumont era uno de los más terribles asesinos que había aquí.

Todo estaba previsto. Hasta habían anunciado la noticia de mi muerte en los periódicos.

¿Eso no fue después del desembarco del “Granma”?

También. Pero, esta vez, el 28 de julio aparece publicada esa noticia. Yo estaba todavía por las montañas. Aún no me habían capturado. Se publicó en Ataja y también se publicó en otros periódicos. Yo morí varias veces.

¿Me imagino que el teniente Sarría lo pasaría muy mal?

Eso no querían perdonárselo. Y es ya cuando va el coronel Chaviano, que era el jefe de todo aquello, va al Vivac mismo. Y es donde yo estoy en una foto de pie. Hay varias. Hay una en que estoy yo hablando, hay un retrato de Martí detrás y estoy yo delante, esa fotografía la tiran allí, porque me interrogan. Yo no temía, yo asumí la responsabilidad... “Yo tengo toda la responsabilidad.” les dije.

Ellos decían que la operación había sido financiada con el dinero del ex presidente Carlos Prío Socarrás, y yo les dije que no teníamos ningún vínculo con Prío ni con nadie, que todo eso era falso. Les explico. Yo no tenía ningún problema, y asumo toda la responsabilidad: las armas las compramos en las armerías y todo eso. Nadie tenía ninguna responsabilidad, todas las asumía yo. Entonces dejan entrar a los periodistas. Entra uno de un periódico y yo hago una declaración allí. Oiga, al otro día recogieron el periódico, porque en la euforia dejan publicar la noticia: “Capturado”. Ya no me podían matar tan fácil.

Primero me pusieron con un grupo, después me interrogaron y después me sacaron, y me ponen en una celda.

¿Usted conoció después a ese teniente Sarría?

Sí, claro, siguió la guerra y él siguió en el ejército, de muy mala voluntad, porque él era el que me había capturado, al fin y al cabo fue su patrulla, el odio que le tendrían... Cuando se termina la guerra, en 1959, lo ascendimos y lo nombramos capitán ayudante del Presidente de la República. Desgraciadamente no vivió muchos años, contrajo una enfermedad maligna, quedó ciego, y murió aquel hombre que era una maravilla. Es de esas cosas que uno las cuenta y no se pueden creer.

Le debe usted la vida, evidentemente.

¡Pero como tres veces! Primero, evitó que nos mataran; segundo, lo evitó cuando...

No dijo quién era usted, ni lo entregó a su jefe.

Cuando yo veo a aquel hombre actuando con esa caballerosidad, hago así y me paro: “Yo soy fulano de tal.” Y él me dice: “No lo diga, no lo diga.” Lo otro lo supe después, cómo él se negó a entregarme, y en el camión me puso al chofer allí, yo en el medio y él aquí. ¿Qué explica todo eso? Era un hombre que estudiaba, un hombre decente. Esa es la razón por la que yo caigo preso, el juicio y, bueno... no me mataron.

Y me salvo la vida por tercera vez cuando se negó a conducirme al cuartel “Moncada”, y me llevó al Vivac.

Me tuvieron preso allí, en la cárcel provincial de Boniato, y luego, cuando empieza el juicio, el lunes 21 de septiembre de 1953, yo voy de abogado. Y de abogado, empiezo a interrogar a todos los esbirros, a todos los testigos, y aquello fue tremendo... No pudieron, me sacaron del juicio porque no podían ocultar mis denuncias, no había manera. Así que me juzgaron a mí solo, con otro que estaba herido, en un cuartico del hospital.

¿Usted se defendió solo?

Claro, y solté todo.

Y terminó con su célebre alegato: “La historia me absolverá” [4]

Yo pensaba que en cualquier momento hicieran cualquier barbaridad y en la cárcel de Boniato, donde estaba detenido, me declare en huelga de hambre, dije: “No quiero comida”, cuando llegaban a poner la comida, porque me tenían aislado, 75 días me pasé aislado en una celda, nadie podía hablarme.

Ellos cambiaron hasta los guardias en un momento, porque los que estaban se hicieron amigos míos, entonces buscaron otros más esbirros, y, entre esos, también uno se hizo amigo. Después lo capture en la batalla de El Jigüe, en 1958, cayó prisionero cuando rendimos un batallón que resistió diez días, un batallón que estaba bien fortificado; él era uno de los que estaba allí, y era el que se había hecho amigo mío en la cárcel de Boniato, era un guajirito de ésos del grupo de esbirros que nos pusieron, y cuando venia a traerme la comida, yo le gritaba : “No quiero de esa comida, dígale a Chaviano”, que era el jefe del puesto, “que se la meta por el ano, no quiero...” Puede parecer cosa de locos, pero hay que comprender los estados anímicos, y cómo uno sabía todo lo que habían hecho y todos los crímenes que habían cometido.

Nosotros estábamos muertos hacIa rato, así que no nos costaba nada, y les disparo una huelga de hambre y la cuestión es que me hicieron caso y entonces me dejaron hablar. Claro que yo pasaba mis papelitos por allí, los tiraba, porque había un soldado siempre delante, pero nos comunicábamos; al final accedieron para que pudiera comer. Aquellos carceleros criminales lo hicieron durante 24 horas nada más y después me volvieron a retar, ya les había ganado una pelea y digo: “Bueno, no voy a echar ahora la segunda huelga de hambre”. Lo había logrado.

Mira, hasta uno de los jefes militares llego a hablar conmigo. ¿Sabe lo que me dijo?, me dice: “Usted es un hombre decente, usted es un hombre educado, es increíble, no diga esas palabras”, porque el grito aquel que yo le disparaba los tenía más preocupados que la huelga de hambre, lo oía toda la prisión, los soldados y todo el mundo. Es lo mejor, sabe. Al domador de leones lo atacan si no suena el látigo; sin ruido, el león le cae arriba, esa es una ley psicológica.

Yo tenía algunos libritos, aunque no lo permitían. Como estaba estudiando todas las doctrinas políticas y todo aquello, también llevé algo de Martí, y tenía algunos libros.

¿Si hubiese caído el Moncada, usted qué pensaba hacer?

Si cae el Moncada, 3.000 armas para nosotros... Primero, éramos sargentos. Una proclama de “sargentos sublevados” para sembrar el caos. Algunos de los que hiciéramos prisioneros, con sus nombres y sus señas, enviarían mensajes a los jefes de los escuadrones de toda la provincia hablando de una “rebelión de los Sargentos”, que tenía, le dije, un antecedente muy nítido y único en la República de Cuba. Invertiríamos tres o cuatro horas en despistar.

Inmediatamente después empezaríamos a identificar a los que habían tomado el Moncada. Es decir, diríamos quiénes éramos nosotros. Mientras tanto, todas las armas habrían sido distribuidas en la ciudad para evitar el ataque de la aviación que se producirla. A ellos si que no les iba a importar si ahí había soldados o no.

Nuestro plan era sacar inmediatamente las armas del Moncada hacia distintos edificios de la ciudad, porque el único contraataque posible era la aviación. El ferrocarril no nos preocupaba, era fácil de cortar; nos preocupaba en cambio la Carretera Central, que es por donde podían venir los refuerzos del contraataque, desde el regimiento de Holguín y de toda aquella zona, y por eso es que atacamos Bayamo. Bayamo era vital por la Carretera Central. El pueblo se habría levantado, no le quepa duda, porque el que se rebelara contra Batista tendría apoyo de inmediato.

Ahora, nosotros primero seriamos “sargentos” y desde dentro del Moncada, en los primeros momentos, nadie sabría lo que de verdad estaba pasando, íbamos a enviar mensajes a todos los escuadrones de la provincia...

Con los medios de trasmisiones de ellos.

Sí, con las comunicaciones de ellos y ellos firmaban y tenían que hablar, desmoralizados, lanzar mensajes: “En el sitio tal, se ha producido una sublevación de sargentos contra el gobierno”, y qué sé yo, para crear la confusión, mientras sacábamos las armas de allí.

Aquello aparecía, primero, como un movimiento de sargentos, para crearles el caos dentro de todas las Fuerzas Armadas.

Al cabo de dos, tres, cuatro horas, ya empezarían a identificamos y lo que teníamos era el discurso del líder de aquel Partido Ortodoxo cuando se da el tiro.

Eduardo Chibás.

El líder Chibás. Íbamos a empezar, en la estación de radio, poniendo...

¿Ustedes pensaban ocupar la estación de radio?

Claro, eso era elemental. Una vez tomado el Moncada.

¿No simultáneamente?

No, hombre no, ¡ni hacía falta!, lo que había que tomar primero era el cuartel, para tomar luego de todas maneras cualquier otro objetivo.

Al principio, un trabajo más público, un trabajo desde las comunicaciones de ellos en el cuartel, que las habrían tomado la gente de Ramirito y Montané, creando la confusión, en primer lugar a ellos mismos, a los defensores.

La segunda, a partir de ahí, todo el mundo creería que los guardias estaban combatiendo entre Sí, y eso era lo que hacía daño; que había una guerra ahí adentro entre los soldados y estaban combatiendo unos contra otros...

Después, ir ala estación de radio y teníamos todo el material preparado: el discurso —ya era empezar a hablar—, las leyes que aparecieron después en “La historia me absolverá”, la exhortación al pueblo y el llamado a la huelga general, porque había el ambiente suficiente, no le quepa la menor duda.

Eso fue lo que hicimos el 10 de enero de 1959 cuando, ya derrotados ellos, dieron un golpe en la capital.

¿Cuando ustedes se lanzan al asalto del cuartel Moncada, están pensando en el tipo de régimen que van a instaurar si triunfan? ¿Piensan ustedes en la URSS, por ejemplo?

Nosotros ni pensábamos en la URSS ni nada de eso, eso vino después. Nosotros lo que creíamos era que la soberanía existía, era un derecho real y respetado después de dos guerras de independencia que costaron 50 mil muertos. Creíamos eso, y creíamos que se respetaría nuestro derecho de hacer una revolución que no era todavía socialista, pero era la antesala de una revolución socialista. Para entenderlo hay que leer la defensa, el alegato conocido como “La historia me absolverá”, ahí están los elementos de la antesala de un régimen socialista, que no tenía que venir después, ni de inmediato, ni mucho menos; pero ya eran nuestras ideas.

El ataque al Moncada se traduce en la tortura y la muerte de muchos compañeros, y la cárcel para otros y para usted. ¿Por qué no sacó, por ejemplo, de ese fracaso, la conclusión de que, en definitiva, la vía de las armas era imposible?

Al contrario. Cuando atacamos el Moncada, ya teníamos la idea de marchamos hacia las montañas con todas las armas ocupadas en el cuartel, si no colapsaba el régimen. Y estoy seguro de que habría colapsado.

En aquella época no había ninguna otra guerrilla en América Latina, ¿verdad?

En el año 1948 en que estuve en lo de Bogota, quizá hubiera algunos grupos irregulares ya en Colombia, pero no en el concepto ulterior de guerrilla. Aunque en América Latina habían ocurrido muchos movimientos y muchas acciones armadas. Hubo la revolución en México, que nos inspiraba mucho; también había estado Sandino. [5]

Sandino en Nicaragua, en los años 30.

El “General de hombres libres”... Son antecedentes históricos.

¿Usted conocía bien la gesta de Sandino en esa época?

De sobra, de memoria casi me sabía las cosas de Sandino, lo que tenía él era un pequeño ejército, los libros decían: “el pequeño ejército loco”. Y eso Sí, yo había leído también de los de aquí, de Maceo, de Máximo Gómez, de todos los combates, de la invasión, de todo, de todo.

Las guerras de Cuba las conocía usted bien.

Si. Nos servían para elaborar una estrategia diferente, porque tanto Maceo como Máximo Gómez tenían la caballería, un arma muy móvil y andaban por la libre. Casi todos los combates eran de encuentros; en cambio nosotros, algunos combates eran planeados, con trincheras preparadas; ellos nunca, en toda la Guerra de Independencia, hicieron una trinchera, creo que por allá por Pinar del Rió quizá una vez. Pero no, todos eran combates de encuentros, mientras que nosotros los teníamos planeados.

Lo que al principio nos parecía propio de la guerra en una montaña boscosa de 1.200 metros, después lo hacíamos en pleno llano, en las carreteras, en un cafetal, en un mangal, en un cañaveral. Así que todo fue cuestión de aprendizaje, y los de Batista tenían la aviación siempre. Fue un aprendizaje muy duro, porque la diferencia era muy grande, y esa enorme diferencia fue la que nos enseñó a elaborar tácticas, ideas, y ya no cometimos más errores.

Por poco nos eliminan por traición; pero hubo un momento ya en que no había manera ni de traicionamos, ni de cazamos, ni de hacemos nada. Nunca nuestra tropa cayó en una emboscada, jamás. Y a veces los estábamos cazando a ellos; había una columna fuerte, por ejemplo, de 300 hombres, un ejército, y nosotros teníamos unos 70 u 80 hombres.

¿Las tesis de Giap, [6] de Ho Chi Minh, [7] de Mao, [8] sobre la guerra revolucionaria, las conocía usted?

Mire, nosotros sabíamos que los vietnamitas eran extraordinarios soldados; acabaron venciendo a los franceses en Dien Bien Phu en 1954, pero era otro tipo de guerra, ya con masas de hombres, artillería y todas aquellas cosas, tenían un verdadero ejército. Nosotros partimos de cero y no teníamos ejército.

Cuando Mao hace la Gran Marcha en China en 1935... Yo he leído después sobre eso. No habría servido de nada aquí una Gran Marcha. Mao lo hizo nada más para demostrar que todo es posible, porque ellos anduvieron 12 mil kilómetros, cruzaron ríos e hicieron de todo...

El problema nuestro es que nos vimos en muy diferentes condiciones de lucha.

 

(Tomado del libro "Cien Horas con Fidel, conversaciones con Ignacio Ramonet", editado por Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, Primera edición, La Habana, 2006, páginas 161-172)  ©
 


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