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LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ
LA CAPTURA – EL TENIENTE SARRÍA – “LAS IDEAS NO SE MATAN” –
EL JUICIO – EL ALEGATO – LA CÁRCEL
De la Granjita Siboney usted se marcha al monte.
Yo me voy para las montañas a seguir la
lucha, es lo que les digo a los compañeros: a las
montañas. Aunque no estábamos muy entrenados para
eso. Me quedé con los ocho hombres que en mejores
condiciones estaban, los que eran jefes...
Llegan todas las noticias, y ya yo tengo una idea:
estoy pensando en cruzar la bahía hacia la Sierra
Maestra. Pero ¿qué ocurre? Que dentro de los ocho
había distintas responsabilidades, había distintos
estados físicos también, porque aquellos ocho no
estaban, ni mucho menos, en óptimas condiciones.
Entonces, ante aquella situación, nosotros decidimos
que cinco de ellos se acogieran a la intermediación
de la Iglesia. Los de Batista sistemáticamente
asesinaban a los prisioneros. A algunos los
torturaban atrozmente y después los asesinaban.
Entonces el Arzobispo de Santiago comenzó a actuar,
con otras personalidades, para tratar de salvar a
los supervivientes del asalto.
Los cinco bajaron con nosotros hasta un punto, y
allí en un lugar, de noche, ellos sueltan las armas.
Yo llego y hablo con un campesino ahí, serio, tenía
unas tierras, que era el que iba a hacer las
conexiones con el Arzobispo para recoger a los
cinco.
Ya ellos iban desarmados, las armas las habían
dejado allí; nosotros llegamos con nuestras armas,
discutimos con el campesino cómo lo íbamos a hacer.
¿Esto a qué hora seria? Tal vez a las 11 de la
noche, no Se; por la noche, antes de la madrugada,
porque había un poco de luna, Sí, había luna. Y
entonces acordamos todo lo que ellos iban a hacer,
cOmo el hombre iba a hacer todas las gestiones... A
partir de ese momento no mataron, que yo sepa,
aunque puede haber algún caso ya aislado. Claro,
otra cosa es qué haríamos nosotros. Entonces,
dejamos a los cinco allí, y los tres, Alcalde,
[1]
Suárez
[2] y yo, nos retiramos.
La idea inicial había sido partir hacia las
montañas, cruzar del otro lado. Lo que pasa es que
los soldados llegaron y tomaron las alturas. Tampoco
teníamos mucha experiencia de cómo salíamos del
cerco. Creo que habríamos podido... Lo que pasa es
que los soldados se adelantaron. Marchamos de día,
principalmente, porque había bosque. Vimos a los
soldados varias veces... Sus fusiles de guerra
calibre 30.06 tenían mucho más alcance que los de
calibre 22 y la escopeta que llevábamos.
La idea mía era cruzar la carretera de noche y
llegar a lugares que conocía muy bien, porque
estudié en Santiago..., a un lugar que le llaman La
Chivera, y cruzar en bote la bahía para la Sierra
Maestra los tres, es decir, los dos jefes y yo,
armamos mejor en la Sierra Maestra para, allí,
proseguir la lucha.
Pero caminamos dos o tres kilómetros y cometimos un
error: en vez de hacer lo que habíamos hecho
siempre, ir a pasar el resto de la noche a un
bosque..., había una casa ahí, un varaentierra—un
varaentierra es una casita chiquitica, un ranchito,
donde los campesinos guardan palmiche o cosas de
ésas, le llaman varaentierra—, y nosotros llevábamos
un montón de días pasando frío, hambrientos y todas
esas cosas, y decidimos dormir en el varaentierra.
Gran error Cerca del lugar donde habíamos guardado
las armas, porque aquellas las guardamos, las de los
cinco; todas las armas las íbamos guardando, aunque
—ya le digo— no eran para este tipo de guerra. Y
entonces nos dormimos, sin frió, sin neblina.
Yo recuerdo que, próximo a despertarme —habíamos
dormido cinco o seis horas—, siento los pasos de un
caballo y, de repente, unos instantes después, le
dan a la puerta aquella un culatazo: ¡Ra!, abren la
puerta, y nosotros durmiendo, nos despertamos con
los cañones de los fusiles de los soldados pegados
al pecho. Así caímos; de esa manera tan tristemente
ingloriosa, fuimos sorprendidos y capturados.
¿Estaban ustedes sin armas?
Teníamos las de nosotros, pero la mía era un
escopetón. Después, en Alegría de Pío, cuando
desembarcamos del “Granma” en 1956, me paso casi
igual, pero esa vez tome unas medidas: dormir con el
cañón del fusil aquí debajo de la barbilla, porque
me dormía y no podía evitar dormirme, después de un
tremendo ataque aéreo en el que seis aviones de caza
con ocho ametralladoras calibre 50 cada uno
nos ametrallaron durante treinta minutos. También
aquella vez éramos solo tres hombres... Pero ésa es
otra historia.
Ahora nada más te digo esto: nos captura esa
patrulla. ¿Por qué? El campesino al que le confiamos
los cinco compañeros empezó a llamar por teléfono al
Obispo o a no sé quién. Bueno, tú puedes suponer
varias cosas: que éste informó, o que algo pasó. 0
que a él le captaron las comunicaciones Y ellos
sabían también que me había ido, y bien temprano
andaban unas patrullas rastreando, y una de las
patrullas va y da exactamente con el lugar donde yo
estoy acostado y nos capturan.
Aquella docena de soldados estaban enfurecidos. Las
venas, mire, yo me acuerdo de las arterias de ésos,
hinchadas, querían matarme. Empieza toda una bronca,
enseguida nos amarran, nos sientan amarrados, me
preguntan el nombre, yo les doy otro nombre. Me
acordaba de una broma que decían un nombre, creo que
les dije: “Francisco González Calderín”, les dije
rápido. No, si digo mi nombre allí, a aquellos
soldados no los aguanta nadie. La bronca empieza
casi desde el primer momento. Nos gritan: “Óiganlo
bien ustedes, nosotros somos los herederos del
Ejército Libertador” y qué sé yo. Eso creían
aquellos soldados esbirros, matones. Y les decimos
nosotros: “Los continuadores del Ejército Libertador
somos nosotros.”
¿Les dijo usted?
Sí, sí. “Los continuadores somos nosotros. Ustedes
lo que son unos tiranos y unos asesinos.” Aquello
estaba encendido, y el teniente dice: “No tiren”,
tratando de poner orden, un hombre negro, alto.
Pedro Sarria
[3] se llamaba. Parece que estuvo
estudiando algo de Derecho, de unos treinta y tantos
o 40 años. Pero estaba conteniendo a aquellos
soldados que estaban gordos, en primer lugar,
fuertes, bien nutridos, arrollaban la manigua. Están
allí, con los fusiles así, a punto de hacer lo que
hacían, y sin imaginarse que era yo, desde luego. El
teniente, como murmurando: “No tiren, no tiren. Las
ideas no se matan, las ideas no se matan.” Entonces
transcurren unos cuantos minutos, y tenemos una
desgracia adicional.
Oiga, aquellos soldados enfurecidos empezaron a
buscar por los alrededores, y la desgracia es que
encuentran las armas de los otros cinco. ¡Vaya! Ese
fue un momento critico, el escándalo, las armas.
Entonces van para allá, y al teniente ya le era muy
difícil... Pero siguió el teniente: “¡Quietos!” No
gritaba mucho, porque la cosa no estaba para
gritos... Pero denla: “Quietos. No, no, muchachos,
quédense tranquilos.” Les dio órdenes para que no
tiraran, que era lo que estaban locos por hacer a
todo el que hacían prisionero, y entonces logra
apaciguarlos, no sé de qué manera, pero la cosa es:
“No disparen, las ideas no se matan.”
Bella frase.
“Las ideas no se matan”, eso lo murmuraba, casi como
hablando consigo mismo; pero se oía. Más lo ola yo,
creo, que los soldados. Bueno, estábamos vivos. De
ahí nos levantan ya para marchar hacia la carretera.
El teniente sin saber que usted es Fidel Castro.
El sigue sin saber; pero de inmediato le cuento. Nos
levantan —fue un momento muy muy difícil cuando
hallaron aquellas cinco armas, en que volvió otra
vez la adrenalina de toda aquella gente a subir—, y
entonces salimos caminando. De repente suenan unos
disparos por allá, que parece que era el momento en
que aquel campesino hacIa contacto con gente del
ejército, ya hacen prisioneros a los cinco que iban
a acogerse a la protección de la Iglesia y suenan
unos disparos por allá. Por la mente me pasa
inmediatamente que todo aquello es un truco de unos
tiros para empezar a disparar sobre nosotros.
Yo recuerdo que aquellos soldados estaban
enfurecidos —dura minutos esto, qué sé yo, 8, 10, 15
minutos—, los soldados disparaban, se sentían unos
tiros por allá, pasan por unos matorrales y para el
suelo. Nos decían: “¡Tírense al suelo!”, y digo: “Yo
no me tiro, no me tiro al suelo. Si quieren matarme,
me matan aquí.” Me negué terminantemente, me quede
parado allí. Entonces el teniente Sarria hace así y
dice: “Ustedes son muy valientes, muchachos”, me
dice.
Ya se calma aquello y entonces cuando veo el
comportamiento de él, le digo: “Teniente, quiero
decirle una cosa: Yo soy Fulano de Tal”. Cuando veo
a aquel hombre cómo se ha portado, le digo: “Yo soy
Fulano de Tal.” Me dice: “No se lo digas a nadie, no
lo digas.” Así que cuando él me llevaba ya sabía.
¿Sabe lo que hizo? Llegamos a la casa ésa y por allí
había un camión, me montan en el mismo camión donde
estaban los otros soldados que habían venido para...
Se sienta el chofer ahí, yo en el medio y el
teniente a la derecha. Por allí llega entonces en un
carro el comandante Pérez Chaumont, un asesino, el
jefe de los que habían estado matando gente por
allí, y le exige que me entregue.
Ese Pérez Chaumont era su jefe, él solo era
teniente.
Era el comandante, pero el teniente le dice que no:
“El prisionero es mío”, y qué sé yo. Le dice
que no, que él es el que tiene la responsabilidad y
me va a llevar al Vivac. Oiga, no pudo el comandante
convencerlo, y el hombre me lleva para el Vivac. Si
me lleva para el cuartel Moncada, picadillo hacen de
mí, ni un pedacito hubiera quedado. ¡Imagínese que
yo llegara allí!
Chaumont envía una orden al Moncada para que se
ocupen de mí si me llevan allí. Entonces es cuando
Sarriá toma la decisión de no pasar por la avenida
Garzón, sino bordear y llevarme a la Policía y no
entregarme a los militares. Me lleva para el Vivac
de Santiago de Cuba, para que me viera toda la
población. El Vivac era una cárcel civil que había
en el centro de la ciudad, que estaba bajo la
jurisdicción de los tribunales. Al Moncada no se
podía llegar, claro, después que habían hecho todo
lo que hicieron. Me hubiesen asesinado a mí también.
Estos eran esbirros, fieras sedientas de sangre.
Chaumont era uno de los más terribles asesinos que
había aquí.
Todo estaba previsto. Hasta habían anunciado la
noticia de mi muerte en los periódicos.
¿Eso no fue después del desembarco del “Granma”?
También. Pero, esta vez, el 28 de julio aparece
publicada esa noticia. Yo estaba todavía por las
montañas. Aún no me habían capturado. Se publicó en
Ataja y también se publicó en otros
periódicos. Yo morí varias veces.
¿Me imagino que el teniente Sarría lo pasaría muy
mal?
Eso no querían perdonárselo. Y es ya cuando va el
coronel Chaviano, que era el jefe de todo aquello,
va al Vivac mismo. Y es donde yo estoy en una foto
de pie. Hay varias. Hay una en que estoy yo
hablando, hay un retrato de Martí detrás y estoy yo
delante, esa fotografía la tiran allí, porque me
interrogan. Yo no temía, yo asumí la
responsabilidad... “Yo tengo toda la
responsabilidad.” les dije.
Ellos decían que la operación había sido financiada
con el dinero del ex presidente Carlos Prío
Socarrás, y yo les dije que no teníamos ningún
vínculo con Prío ni con nadie, que todo eso era
falso. Les explico. Yo no tenía ningún problema, y
asumo toda la responsabilidad: las armas las
compramos en las armerías y todo eso. Nadie tenía
ninguna responsabilidad, todas las asumía yo.
Entonces dejan entrar a los periodistas. Entra uno
de un periódico y yo hago una declaración allí.
Oiga, al otro día recogieron el periódico, porque en
la euforia dejan publicar la noticia: “Capturado”.
Ya no me podían matar tan fácil.
Primero me pusieron con un grupo, después me
interrogaron y después me sacaron, y me ponen en una
celda.
¿Usted conoció después a ese teniente Sarría?
Sí, claro, siguió la guerra y él siguió en el
ejército, de muy mala voluntad, porque él era el que
me había capturado, al fin y al cabo fue su
patrulla, el odio que le tendrían... Cuando se
termina la guerra, en 1959, lo ascendimos y lo
nombramos capitán ayudante del Presidente de la
República. Desgraciadamente no vivió muchos años,
contrajo una enfermedad maligna, quedó ciego, y
murió aquel hombre que era una maravilla. Es de esas
cosas que uno las cuenta y no se pueden creer.
Le debe usted la vida, evidentemente.
¡Pero como tres veces! Primero, evitó que nos
mataran; segundo, lo evitó cuando...
No dijo quién era usted, ni lo entregó a su jefe.
Cuando yo veo a aquel hombre actuando con esa
caballerosidad, hago así y me paro: “Yo soy fulano
de tal.” Y él me dice: “No lo diga, no lo diga.” Lo
otro lo supe después, cómo él se negó a entregarme,
y en el camión me puso al chofer allí, yo en el
medio y él aquí. ¿Qué explica todo eso? Era un
hombre que estudiaba, un hombre decente. Esa es la
razón por la que yo caigo preso, el juicio y,
bueno... no me mataron.
Y me salvo la vida por tercera vez cuando se negó a
conducirme al cuartel “Moncada”, y me llevó al
Vivac.
Me tuvieron preso allí, en la cárcel provincial de
Boniato, y luego, cuando empieza el juicio, el lunes
21 de septiembre de 1953, yo voy de abogado. Y de
abogado, empiezo a interrogar a todos los esbirros,
a todos los testigos, y aquello fue tremendo... No
pudieron, me sacaron del juicio porque no podían
ocultar mis denuncias, no había manera. Así que me
juzgaron a mí solo, con otro que estaba herido, en
un cuartico del hospital.
¿Usted se defendió solo?
Claro, y solté todo.
Y terminó con su célebre alegato: “La historia me
absolverá”
[4]
Yo pensaba que en cualquier momento hicieran
cualquier barbaridad y en la cárcel de Boniato,
donde estaba detenido, me declare en huelga de
hambre, dije: “No quiero comida”, cuando llegaban a
poner la comida, porque me tenían aislado, 75 días
me pasé aislado en una celda, nadie podía hablarme.
Ellos cambiaron hasta los guardias en un momento,
porque los que estaban se hicieron amigos míos,
entonces buscaron otros más esbirros, y, entre esos,
también uno se hizo amigo. Después lo capture en la
batalla de El Jigüe, en 1958, cayó prisionero
cuando rendimos un batallón que resistió diez días,
un batallón que estaba bien fortificado; él era uno
de los que estaba allí, y era el que se había hecho
amigo mío en la cárcel de Boniato, era un guajirito
de ésos del grupo de esbirros que nos pusieron, y
cuando venia a traerme la comida, yo le gritaba :
“No quiero de esa comida, dígale a Chaviano”,
que era el jefe del puesto, “que se la meta por el
ano, no quiero...” Puede parecer cosa de locos, pero
hay que comprender los estados anímicos, y cómo uno
sabía todo lo que habían hecho y todos los crímenes
que habían cometido.
Nosotros estábamos muertos hacIa rato, así que no
nos costaba nada, y les disparo una huelga de hambre
y la cuestión es que me hicieron caso y entonces me
dejaron hablar. Claro que yo pasaba mis papelitos
por allí, los tiraba, porque había un soldado
siempre delante, pero nos comunicábamos; al final
accedieron para que pudiera comer. Aquellos
carceleros criminales lo hicieron durante 24 horas
nada más y después me volvieron a retar, ya les
había ganado una pelea y digo: “Bueno, no voy a
echar ahora la segunda huelga de hambre”. Lo había
logrado.
Mira, hasta uno de los jefes militares llego a
hablar conmigo. ¿Sabe lo que me dijo?, me dice:
“Usted es un hombre decente, usted es un hombre
educado, es increíble, no diga esas palabras”,
porque el grito aquel que yo le disparaba los tenía
más preocupados que la huelga de hambre, lo oía toda
la prisión, los soldados y todo el mundo. Es lo
mejor, sabe. Al domador de leones lo atacan si no
suena el látigo; sin ruido, el león le cae arriba,
esa es una ley psicológica.
Yo tenía algunos libritos, aunque no lo permitían.
Como estaba estudiando todas las doctrinas políticas
y todo aquello, también llevé algo de Martí, y tenía
algunos libros.
¿Si hubiese caído el Moncada, usted qué
pensaba hacer?
Si cae el Moncada, 3.000 armas para nosotros...
Primero, éramos sargentos. Una proclama de
“sargentos sublevados” para sembrar el caos. Algunos
de los que hiciéramos prisioneros, con sus nombres y
sus señas, enviarían mensajes a los jefes de los
escuadrones de toda la provincia hablando de una
“rebelión de los Sargentos”, que tenía, le dije, un
antecedente muy nítido y único en la República de
Cuba. Invertiríamos tres o cuatro horas en
despistar.
Inmediatamente después empezaríamos a identificar a
los que habían tomado el Moncada. Es decir, diríamos
quiénes éramos nosotros. Mientras tanto, todas las
armas habrían sido distribuidas en la ciudad para
evitar el ataque de la aviación que se producirla. A
ellos si que no les iba a importar si ahí había
soldados o no.
Nuestro plan era sacar inmediatamente las armas del
Moncada hacia distintos edificios de la ciudad,
porque el único contraataque posible era la
aviación. El ferrocarril no nos preocupaba, era
fácil de cortar; nos preocupaba en cambio la
Carretera Central, que es por donde podían venir los
refuerzos del contraataque, desde el regimiento de
Holguín y de toda aquella zona, y por eso es que
atacamos Bayamo. Bayamo era vital por la Carretera
Central. El pueblo se habría levantado, no le quepa
duda, porque el que se rebelara contra Batista
tendría apoyo de inmediato.
Ahora, nosotros primero seriamos “sargentos” y desde
dentro del Moncada, en los primeros momentos, nadie
sabría lo que de verdad estaba pasando, íbamos a
enviar mensajes a todos los escuadrones de la
provincia...
Con los medios de trasmisiones de ellos.
Sí, con las comunicaciones de ellos y ellos firmaban
y tenían que hablar, desmoralizados, lanzar
mensajes: “En el sitio tal, se ha producido una
sublevación de sargentos contra el gobierno”, y qué
sé yo, para crear la confusión, mientras sacábamos
las armas de allí.
Aquello aparecía, primero, como un movimiento de
sargentos, para crearles el caos dentro de todas las
Fuerzas Armadas.
Al cabo de dos, tres, cuatro horas, ya empezarían a
identificamos y lo que teníamos era el discurso del
líder de aquel Partido Ortodoxo cuando se da el
tiro.
Eduardo Chibás.
El líder Chibás. Íbamos a empezar, en la estación de
radio, poniendo...
¿Ustedes pensaban ocupar la estación de radio?
Claro, eso era elemental. Una vez tomado el Moncada.
¿No simultáneamente?
No, hombre no, ¡ni hacía falta!, lo que había que
tomar primero era el cuartel, para tomar luego de
todas maneras cualquier otro objetivo.
Al principio, un trabajo más público, un trabajo
desde las comunicaciones de ellos en el cuartel, que
las habrían tomado la gente de Ramirito y Montané,
creando la confusión, en primer lugar a ellos
mismos, a los defensores.
La segunda, a partir de ahí, todo el mundo creería
que los guardias estaban combatiendo entre Sí, y eso
era lo que hacía daño; que había una guerra ahí
adentro entre los soldados y estaban combatiendo
unos contra otros...
Después, ir ala estación de radio y teníamos todo el
material preparado: el discurso —ya era empezar a
hablar—, las leyes que aparecieron después en “La
historia me absolverá”, la exhortación al pueblo y
el llamado a la huelga general, porque había el
ambiente suficiente, no le quepa la menor duda.
Eso fue lo que hicimos el 10 de enero de 1959
cuando, ya derrotados ellos, dieron un golpe en la
capital.
¿Cuando ustedes se lanzan al asalto del cuartel
Moncada, están pensando en el tipo de régimen que
van a instaurar si triunfan? ¿Piensan ustedes en la
URSS, por ejemplo?
Nosotros ni pensábamos en la URSS ni nada de eso,
eso vino después. Nosotros lo que creíamos era que
la soberanía existía, era un derecho real y
respetado después de dos guerras de independencia
que costaron 50 mil muertos. Creíamos eso, y
creíamos que se respetaría nuestro derecho de hacer
una revolución que no era todavía socialista, pero
era la antesala de una revolución socialista. Para
entenderlo hay que leer la defensa, el alegato
conocido como “La historia me absolverá”, ahí están
los elementos de la antesala de un régimen
socialista, que no tenía que venir después, ni de
inmediato, ni mucho menos; pero ya eran nuestras
ideas.
El ataque al Moncada se traduce en la tortura y la
muerte de muchos compañeros, y la cárcel para otros
y para usted. ¿Por qué no sacó, por ejemplo, de ese
fracaso, la conclusión de que, en definitiva, la vía
de las armas era imposible?
Al contrario. Cuando atacamos el Moncada, ya
teníamos la idea de marchamos hacia las montañas con
todas las armas ocupadas en el cuartel, si no
colapsaba el régimen. Y estoy seguro de que habría
colapsado.
En aquella época no había ninguna otra guerrilla en
América Latina, ¿verdad?
En el año 1948 en que estuve en lo de Bogota, quizá
hubiera algunos grupos irregulares ya en Colombia,
pero no en el concepto ulterior de guerrilla. Aunque
en América Latina habían ocurrido muchos movimientos
y muchas acciones armadas. Hubo la revolución en
México, que nos inspiraba mucho; también había
estado Sandino.
[5]
Sandino en Nicaragua, en los años 30.
El “General de hombres libres”... Son antecedentes
históricos.
¿Usted conocía bien la gesta de Sandino en esa
época?
De sobra, de memoria casi me sabía las cosas de
Sandino, lo que tenía él era un pequeño ejército,
los libros decían: “el pequeño ejército loco”. Y eso
Sí, yo había leído también de los de aquí, de Maceo,
de Máximo Gómez, de todos los combates, de la
invasión, de todo, de todo.
Las guerras de Cuba las conocía usted bien.
Si. Nos servían para elaborar una estrategia
diferente, porque tanto Maceo como Máximo Gómez
tenían la caballería, un arma muy móvil y andaban
por la libre. Casi todos los combates eran de
encuentros; en cambio nosotros, algunos combates
eran planeados, con trincheras preparadas; ellos
nunca, en toda la Guerra de Independencia, hicieron
una trinchera, creo que por allá por Pinar del Rió
quizá una vez. Pero no, todos eran combates de
encuentros, mientras que nosotros los teníamos
planeados.
Lo que al principio nos parecía propio de la guerra
en una montaña boscosa de 1.200 metros, después lo
hacíamos en pleno llano, en las carreteras, en un
cafetal, en un mangal, en un cañaveral. Así que todo
fue cuestión de aprendizaje, y los de Batista tenían
la aviación siempre. Fue un aprendizaje muy duro,
porque la diferencia era muy grande, y esa enorme
diferencia fue la que nos enseñó a elaborar
tácticas, ideas, y ya no cometimos más errores.
Por poco nos eliminan por traición; pero hubo un
momento ya en que no había manera ni de
traicionamos, ni de cazamos, ni de hacemos nada.
Nunca nuestra tropa cayó en una emboscada, jamás. Y
a veces los estábamos cazando a ellos; había una
columna fuerte, por ejemplo, de 300 hombres, un
ejército, y nosotros teníamos unos 70 u 80 hombres.
¿Las tesis de Giap,
[6] de Ho Chi Minh,
[7] de Mao,
[8] sobre la guerra revolucionaria, las conocía
usted?
Mire, nosotros sabíamos que los vietnamitas eran
extraordinarios soldados; acabaron venciendo a los
franceses en Dien Bien Phu en 1954, pero era otro
tipo de guerra, ya con masas de hombres, artillería
y todas aquellas cosas, tenían un verdadero
ejército. Nosotros partimos de cero y no teníamos
ejército.
Cuando Mao hace la Gran Marcha en China en 1935...
Yo he leído después sobre eso. No habría servido de
nada aquí una Gran Marcha. Mao lo hizo nada más para
demostrar que todo es posible, porque ellos
anduvieron 12 mil kilómetros, cruzaron ríos e
hicieron de todo...
El problema nuestro es que nos vimos en muy
diferentes condiciones de lucha.
(Tomado del libro
"Cien Horas con Fidel, conversaciones con Ignacio
Ramonet", editado por Oficina de
Publicaciones del Consejo de Estado, Primera edición, La Habana,
2006, páginas 161-172)
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