|
ENTRANDO EN POLÍTICA
LA UNIVERSIDAD – EDUARDO CHIBÁS – CAYO CONFITES –
EL “BOGOTAZO” – PENSANDO EN EL MONCADA
¿Me imagino que después, en su etapa de formación
universitaria, conocería usted algunas decepciones
que contribuyeron a su mejor conocimiento de los
hombres?
Sí. El primero que nos traicionó fue, precisamente,
el hijo de aquel telegrafista de Birán, Valero, el
republicano que yo te mencioné cuando hablábamos de
la Guerra Civil española. El hijo de ese
telegrafista fue uno de los primeros que nos
traicionó al iniciar la lucha contra Batista. Él era
compañero. Vivía aquí en La Habana. Llegué, estudié,
hice una carrera, y él era amigo, apoyaba,
simpatizaba con nosotros en el mismo partido. Yo
tenía confianza en él… Ése es el error. Usted no
debe confiar en alguien simplemente porque sea
amigo.
(Tomado del libro
"Cien Horas con Fidel, conversaciones con Ignacio
Ramonet", editado por Oficina de
Publicaciones del Consejo de Estado, Primera edición, La Habana,
2006, páginas 107-107)
©
(...)
¿Usted había empezado a interesarse por la política en
la Universidad haciendo sus estudios de Derecho?
Cuando llegué a la Universidad era analfabeto político. La
Universidad, como le dije, estaba dominada por un
grupo estrechamente vinculado al gobierno de Grau
San Martín. Desde que ingreso, el primer año,
observé un ambiente de fuerza, de temor y de armas.
Había una policía universitaria totalmente
controlada por grupos aliados al poder. Era un
baluarte en manos del gobierno corrompido. Los
dirigentes principales de la Universidad tenían
también puestos, cargos, prebendas y todos los
recursos del gobierno. Coincidiendo con ese periodo
surge la rebelión de Chibás contra los auténticos,
que terminaría con la fundación del Partido del
Pueblo Cubano, o Partido Ortodoxo. Al llegar a la
Universidad, ya existía ese incipiente movimiento.
¿Cuándo llega usted a la Universidad?
Yo ingresé en la Universidad el día 4 de septiembre de 1945.
Hijo de terrateniente, como ya expliqué, pude
terminar el sexto grado y después, con séptimo grado
aprobado, pude cursar estudios preuniversitarios.
Más tarde tuve la posibilidad de venir a estudiar a
La Habana, donde estaba la Universidad, porque mi
padre disponía de recursos, y así me hice bachiller
e ingresé en la Universidad. ¿Es que acaso soy mejor
que cualquiera de aquellos cientos de muchachos
humildes de Birán, casi ninguno de los cuales llegó
a sexto grado y ninguno de los cuales fue bachiller,
ninguno de los cuales ingresó en una universidad?
¿Quién que no hubiera podido estudiar Bachillerato podía ir a
la Universidad? Quien fuera hijo de un campesino, de
un obrero, que viviera en un central azucarero o en
cualquiera de los muchos municipios del país con
excepción del de Santiago de Cuba, o el de Holguín,
tal vez Manzanillo y dos o tres más de la antigua
provincia de Oriente, no podía ser ni siquiera
bachiller. Lo mismo ocurría con las demás provincias,
excepto la ciudad capital y sus alrededores. Mucho
menos podía ser graduado de la Universidad. Porque,
entonces, después de ser bachiller, tenía que venir
a La Habana. Y la Universidad de La Habana no podía
ser la universidad de los humildes; era la
universidad de las capas medias de la población y de
los ricos del país. Aunque los muchachos jóvenes
solían estar muchas veces por encima del egoísmo de
su clase y eran idealistas y capaces de luchar; así
lucharon a lo largo de la historia de Cuba.
En esa universidad, adonde llegué simplemente con espíritu
rebelde y algunas ideas elementales de la justicia,
me hice revolucionario, me hice marxista-leninista y
adquirí los valores que sostengo y por los cuales he
luchado a lo largo de mi vida.
En ese ambiente universitario inicia usted su
aprendizaje político.
Sí. Yo comenzaba a reaccionar contra tantas cosas como las
que estábamos viendo. Se trataba de un espíritu
rebelde, ávido de ideas y conocimientos, lleno de
curiosidad y energía. Adivinaba, por todo lo que
había vivido, desde muy temprano, que había muchas
cosas por hacer.
En relativamente poco tiempo, por mi propia cuenta comencé a
convertirme en lo que hoy llamaría un comunista
utópico, a partir de la vida, la experiencia y los
primeros conocimientos que adquiero de la economía
política tradicional que se impartía en aquella
sociedad capitalista. Algo de esa materia, pero muy
mal impartida y de carácter elemental, se enseñaba
en el último año de Bachillerato.
Y si le digo que en esa universidad me hice revolucionario,
fue porque hice contacto con algunos libros. Pero
antes de haber leído esos libros, estaba ya
cuestionando la economía política capitalista,
porque ya me parecía irracional en tan temprana
etapa de mi aprendizaje. Había en el primer año de
la carrera un profesor de Economía Política muy
exigente, Portela se llamaba —no había un texto de
imprenta, se utilizaba un material de 900 páginas
impresas en mimeógrafo—, era famoso y temible ese
profesor, era el terror. Tuve suerte, porque el
examen era oral, respondí sin dificultad y obtuve
una calificación sorprendentemente alta.
Y era una asignatura que explicaba las leyes del capitalismo.
En ella apenas se mencionaban las distintas teorías.
Estudiando esa economía política del capitalismo
sentía cada vez más dudas, cuestionaba más el
sistema, porque yo, además, había vivido en un
latifundio y recordaba cosas y soñaba con soluciones,
como tantos utopistas han hecho en el mundo.
¿Qué tipo de estudiante era usted?
Yo era un ejemplo pésimo de estudiante, porque nunca iba a
clases. En el Bachillerato, ya le conté que nunca
atendí a una clase; como estaba obligado a ir al
aula por mi condición de alumno interno, dejaba
volar la imaginación y estudiaba al final, antes de
los exámenes. En la Universidad tampoco fui nunca a
una clase. Lo que hacía era hablarles a los
estudiantes en el parque, debajo de los laureles;
hablaba allí —había unos banquitos— con los
muchachos, y sobre todo con las muchachas, porque me
prestaban un poquito más de atención, eran más
educadas; siempre había varios alumnos escuchando y
yo explicando teorías. ¡Qué no daría hoy por
recordar con qué argumentos trataba de persuadirlos
y de qué! A partir del tercer año de la carrera no
podía ya ser líder estudiantil oficial, porque tuve
necesidad de optar por la matrícula libre, debido a
razones que tal vez explique en otro momento. No
obstante, tenía realmente ascendencia, bastante
ascendencia entre los estudiantes universitarios.
Desde entonces estudié por la libre, como se le llamaba, lo
que quiere decir que no estás matriculado en un
curso, sino que podías matricular todas las
asignaturas que desearas, y yo matriculé cincuenta.
¿Cincuenta?
Cincuenta por la libre. En la etapa final de la carrera me
dediqué a estudiar de verdad, tres carreras afines:
Derecho, Derecho Diplomático y Ciencias Sociales.
Quienes obtenían los tres títulos tenían acceso a
una beca; ya yo tenía todas mis ideas políticas bien
definidas, pero quería estudiar un poco más, deseaba
profundizar los conocimientos de economía y estaba
pensando en una beca que me permitiera estudiar en
Europa o incluso en los propios Estados Unidos.
Cuando me dedicaba al estudio por entero, eran 15 ó
16 horas diarias. Desayunaba, almorzaba y cenaba con
el libro al lado, sin apartar la vista de lo que
leía.
Su padre era de derecha, toda su formación la hizo
usted en escuelas religiosas conservadoras. ¿Cuándo
encuentra usted a la izquierda en su trayectoria
universitaria?
Alguna vez he contado que cuando yo llego a la Universidad,
la gente de izquierda era, por cierto, un número
exiguo. En mi tiempo de estudiante de la que fuera
veinte años atrás la prestigiosa y combativa
universidad de Mella, y apenas doce años antes la
universidad en la que, bajo la inspiración del
Partido Comunista de Rubén Martínez Villena, los
estudiantes secundaron las luchas callejeras y la
huelga revolucionaria que aceleró la caída de
Machado, después de la guerra —el macartismo y el
anticomunismo muy de moda—, de 15 000 matriculados
en 1945, el número de antimperialistas activos y
conocidos no pasaba de 50. Para esa época,
ciertamente allí no había muchos alumnos de origen
obrero y campesino. Otros temas, políticos y éticos,
ocupaban la atención de los jóvenes, pero no era
precisamente el tema de cambiar radicalmente la
sociedad. La gente de izquierda me veía como un
personaje extraño, porque decían: "Hijo de
terrateniente y graduado del Colegio de Belén, este
debe ser el tipo más reaccionario del mundo." Los
primeros días, como lo había hecho en el
Bachillerato, me dediqué mucho al deporte; pero ya
desde las primeras semanas en el primer año comienzo
a interesarme también por la política, y doy los
primeros pasos, hasta que a los dos o tres meses me
había olvidado por completo del baloncesto, la
pelota, el fútbol y todo lo demás. Me consagré por
entero a la política. Fui candidato a delegado de
curso. Resulté electo: 181 votos a favor y 33 en
contra.
A esa actividad política dedicaba cada vez más tiempo. Al
acercarse la elección a la Presidencia de la FEU [Federación
Estudiantil Universitaria], comencé a oponerme
fuertemente al candidato del gobierno. Eso se
tradujo para mí en una infinidad de peligros por
chocar con los intereses de la mafia que, como le
dije, dominaba la Universidad.
¿Qué tipo de peligros?
Las presiones físicas y las amenazas eran fuertes. Muy
cercanas ya las elecciones de la FEU, estando ya en
el segundo curso de la Escuela de Derecho, aquella
mafia, irritada por mi insubordinación, después de
numerosos incidentes utilizó una fuerte medida de
intimidación: me prohibió entrar en la Universidad.
No podía volver a ese centro de estudios.
¿Y qué hizo?
Bueno, lloré. Sí. Me fui a una playa a meditar y, con mis 20
años, acostado boca abajo en la arena, de mis ojos
brotaron lágrimas. El problema era sumamente
complejo. Estaba enfrentado a todos los poderes y a
todas las impunidades. Era gente armada y proclive a
matar, contaban con el apoyo de todos los organismos
policiales y el gobierno corrompido de Grau.
Únicamente los había contenido una fuerza moral, la
masa creciente de estudiantes que me apoyaba. Nadie
se les había enfrentado abiertamente en su feudo
universitario, y no estaban dispuestos a tolerar más
el desafío. Contaban también con la policía
universitaria. Corría el riesgo de morir en una
aparente riña de grupos. Lloré, pero decidí volver,
y volver dispuesto a combatir, consciente de que
podía significar una muerte segura.
Un amigo me consiguió un arma, una pistola Browning de 15
tiros, similar a la que uso todavía. Estaba decidido
a vender cara mi vida, y no aceptar la deshonra de
ausentarme de la Universidad. Así comenzó mi primera
y peculiar lucha armada contra el gobierno y los
poderes del Estado. Pero esa lucha no se caracterizó
por el uso de las armas, sino por traducirse en una
serie de riesgos y desa-fíos increíbles. Muy pocas
veces pude portar un arma como aquel día. Corría el
riesgo de ser arrestado por los cuerpos policíacos y
sometido a tribunales de urgencia, que eran
expeditos y no admitían fianza. Fácilmente el
enemigo podía ponerme fuera de circulación mediante
ese simplísimo procedimiento. Ello se tradujo tal
vez en una de las más difíciles y peligrosas etapas
de mi vida. Volví en aquella ocasión junto con cinco
jóvenes que, espontáneamente, por pura admiración de
mi lucha solitaria, se ofrecieron para acompañarme,
todos armados igual que yo. Fue paralizante aquella
acción para los que habían prohibido mi entrada al
recinto universitario, pero aquello podía hacerse
muy pocas veces. Pronto me vi obligado a estar solo
en muchas oportunidades y casi siempre desarmado,
hasta que, finalmente, a lo largo de siete años,
hasta el 26 de julio de 1953, toda mi actividad en
la lucha la tuve que llevar a cabo sin una sola arma,
excepto cuando me incorporé a la expedición contra
Trujillo y en mi participación en el levantamiento
popular en Bogotá. No en pocas ocasiones me
acompañaron grupos de personas sin armas como única
protección posible. La denuncia constante, el
desprecio a los riesgos, son como látigos en manos
de un domador de fieras; me enseñaron que la
dignidad, la moral y la verdad son armas invencibles.
Desde que desembarqué del Granma, el 2 de diciembre
de 1956, nunca más me volví a desarmar.
¿Pero sabía usted utilizar un arma? ¿Qué experiencia
tenía usted de las armas?
Yo era buen tirador. Mi experiencia se debía al hecho de
haber nacido en el campo y haber utilizado muchas
veces los fusiles de mi casa sin permiso de nadie,
un Winchester, una escopeta Browning de cacería, los
revólveres, todas las armas posibles.
¿Disparaba usted?
Yo había inventado en Birán la historia de que las auras
tiñosas se comían los pollos. Bueno, había inventado
no, se decía que las tiñosas se comían los huevos y
los pollitos. Existía un poste próximo a la casa,
que era como una antena de radio, y en ese sitio se
posaban con frecuencia las auras tiñosas. Y así, a
veces yo asumía el papel de protector de las crías
de pollitos, porque se suponía que las tiñosas eran
dañinas, lo cual no era verdad. Ellas realmente
actuaban como sanitarias, lo que comían era las
carroñas cuando los animales mayores o medianos
morían.
Son aves carroñeras, no atacan a los animales vivos. Yo
siempre, desde pequeño, andaba en Birán con las
armas.
En mi casa había una escopeta semiautomática de esas que
llevan en la recámara cuatro cartuchos; si le pones
uno en el directo, puedes hacer hasta cinco disparos
en dos segundos. Había también como tres fusiles de
esos un poco antiguos, pero que pueden utilizar
balas modernas, les llamaban Máuser. También dos
fusiles Winchester calibre 44, parecidos a los que
usó Buffalo Bill, con varias balas en la recámara.
¿Llegó usted a utilizar la Browning que se llevó a la
Universidad?
En aquella ocasión no. La gran batalla por la FEU se resolvió
milagrosamente sin bajas, pero los riesgos que viví,
como ya expliqué, fueron considerables. Esas eran
las características de aquella Universidad en que
ingresé en el año 1945. Con altibajos, condiciones
muy difíciles para mí, muchas vicisitudes y
anécdotas. Pero sería un cuento muy largo. Es
suficiente lo que ya dije.
Bastaría añadir que algunos jóvenes estudiantes que de buena
fe se aliaron a la anterior dirección de la
Universidad y en aquellos episodios fueron mis
adversarios, años después se incorporaron a la
Revolución, incluso hubo quienes dieron su vida; no
les guardo rencor alguno y les agradezco su gesto
posterior. Hoy ese tipo de conflicto no ocurre en
nuestras universidades, donde una masa de más de
medio millón de jóvenes cursan estudios superiores y
una sólida conciencia antimperialista y socialista
sostiene su combatividad en defensa de la Revolución
y de la patria. ¡Qué enorme premio!
(....)
(Tomado del libro
"Cien Horas con Fidel, conversaciones con Ignacio
Ramonet", editado por Oficina de
Publicaciones del Consejo de Estado, Primera edición, La Habana,
2006, páginas 115-119)
©
|