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Cuba > Ernesto Che Guevara

 La única Revolución en Cuba

A propósito del 10 de octubre

Por María Delys Cruz Palenzuela

"Nuestra Revolución es una Revolución, y esa Revolución comenzó el 10 de octubre de 1868"
                                           Fidel, 10 de octubre de 1968

Está claro que el proceso revolucionario cubano tiene un carácter ininterrumpido. Para avalar tal afirmación es preciso realizar su análisis desde las primeras manifestaciones independentistas que tuvieron su momento cumbre en el estallido de la lucha el 10 de octubre de 1868, con lo que comenzó el movimiento de liberación nacional en nuestra patria.

Una primera etapa de este movimiento estuvo dirigida a enfrentar la ocupación española y una segunda al yanqui, transformándose de lucha anticolonialista en antimperialista que derivó hacia una revolución social.

Durante la primera mitad del siglo XIX la burguesía cubana trató de resolver sus problemas económicos, políticos y sociales por vías diferentes; unas veces fueron reformistas, otras anexionistas, e incluso independentistas seguidores de la corriente de Félix Varela.

Pero no es hasta 1868 en que se agudizan las contradicciones existentes en la isla, cuando los sectores más revolucionarios de los terratenientes cubanos buscaron una salida por la vía de la independencia.

En las condiciones de la sociedad de esta época, la rebelión de los amos significaba la rebelión de los esclavos, el primero no podía liberarse si no lo hacía antes con los segundos.

Es así cómo se explica que la gesta independentista estallara en Oriente, en tanto en Occidente se hiciera más resistencia a la guerra, dado el temor que inspiraba a los ricos terratenientes la pérdida de sus riquezas, al ser esta la región donde se concentraba poco más del 40 por ciento de los esclavos de todo el país. Oriente, era el territorio que menos esclavos tenía (19%); seguida de Camagüey (21%) y Las Villas un 25%, de ahí que fueran estas tres las regiones involucradas. La contradicción social evidente entre los terratenientes de ambos regiones del país, derivó posturas diferentes frente al problema de la independencia.

El 10 de octubre de 1868 se alzaron los orientales encabezados por Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua; el 4 de noviembre lo hicieron los camagüeyanos en Las Clavellinas y el 6 de febrero del siguiente año lo hicieron los villareños.

Es importante tener en cuenta que, como ya hemos apuntado, si bien en Occidente la burguesía no secundó la guerra, las capas sociales más humildes de la población de esta región no perdían oportunidad de manifestar su adhesión a la causa.

Las fuerzas motrices de la Guerra de los Diez Años estaban constituidas por los representantes más radicales de los terratenientes cubanos, como clase dirigente, secundada por las demás capas que sentían sobre sus espaldas la explotación de la metrópoli española, principalmente la gran masa campesina y artesanos de la parte oriental y central de la Isla, integrada mayoritariamente por negros y mulatos libres, por la masa de esclavos que obtenían su liberación producto de la guerra.

En el plano de liderazgo, fueron Céspedes e Ignacio Agramonte los principales representantes de las concepciones democráticas e independentistas con tal fuerza y originalidad, que posibilitaron el paso para una evolución posterior al pensamiento revolucionario cubano.

Céspedes, además de un fuerte temperamento, tenía firmes convicciones personales; para él la unidad de la Revolución y el principio de la disciplina debían sobreponerse a cualquier otra consideración, de lo que existen múltiples ejemplos.

Agramonte se distinguió por sus extraordinarias dotes de educador y organizador militar. Durante su mando fueron famosos sus talleres de todo tipo para abastecer y sostener las fuerzas camagüeyanas, disciplinó y entrenó tanto a la infantería como a la caballería de las regiones del Camagüey y Las Villas, impregnó en sus hombres un gran espíritu de combate y los capacitó para la lucha.

“De Céspedes el ímpetu y de Agramonte la virtud” dijo Martí, a lo que acotó Fidel “aunque hubo también mucho ímpetu en Agramonte y mucha virtud en Céspedes”.

Nos corresponde a la actual generación de revolucionarios rendirle homenaje de recordación a los grandes hombres que iniciaron la lucha por nuestra independencia, y para ellos, como apuntara Fidel, el único tributo, el más honesto, el más profundo, el más sincero: "... el tributo de un pueblo que recogió los frutos de sus sacrificios ..."

(Adelante Digital) de octubre de 2005


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