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Por Roberto Pérez Betancourt
(*)
Solo a hombres excepcionales les es dado el raro
privilegio de volver a nacer y, como la mitológica Ave Fénix,
erguirse de entre sus propias cenizas para retornar, inmortal, y
quedarse para siempre en el reino de la vida.
Ernesto Guevara de la Serna es uno de esos seres
privilegiados. Vino al mundo el 14 de junio de 1928 en la localidad
argentina de El Rosario, provincia de Santa Fe.
Este verano se conmemoró el aniversario 75 del
suceso. Estudió medicina con la ilusión de aliviar el dolor de los
menesterosos. Pero su andar infatigable llenó sus ojos y rebosó el
pensamiento con verdades trascendentes: No bastaba una conducta
aislada. Para curar los grandes males de la sociedad era obligado
sembrar conciencias, ahorrar quejas, multiplicar acciones.
Transitó durante 39 años por diversos parajes,
proyectando energía, expresada en la voluntad de esgrimir ideas y
empuñar fusiles para combatir junto a los pobres.
A Cuba llegó vistiendo uniforme guerrillero en
la tropa heroica del yate Granma, comandado por Fidel Castro, y
entre cubanos cabalgó montañas. Junto a Camilo Cienfuegos, otro de
la misma estirpe, invadió el occidente y en la clarinada del 59
comprobó la validez de la tesis de José Martí: para ganar la paz era
menester volver a hacer la guerra necesaria.
Seis años más llenaron su inquieto andar cubano
entre trajines gubernamentales y proyectos guerrilleros. En ellos
dejó constancia de una brillante inteligencia y carácter
intransigente, en extremo austero, primero que todo consigo
mismo.
Todo el país vibró cuando el tres de octubre de
1965 el Comandante en Jefe Fidel Castro, en el acto de constitución
del primer Comité Central del Partido Comunista de Cuba, dio lectura
a su carta de despedida.
"... Otras tierras del mundo reclaman el
concurso de mis modestos esfuerzos. Yo puedo hacer lo que te está
negado por tu responsabilidad al frente de Cuba y llegó la hora de
separarnos.
"...Sépase que lo hago con una mezcla de alegría
y dolor, aquí dejo lo más puro de mis esperanzas de constructor y lo
más querido entre mis seres queridos... y dejo un pueblo que me
admitió como un hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los
nuevos campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el
espíritu revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con el
más sagrado de los deberes; luchar contra el imperialismo
dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier
desgarradura."
Che se marchaba de Cuba. Contaba 37 años de
edad. Llevaba consigo la vocación de Bolívar y un puñado de hermanos
guiados por la estrella martiana. Surgía una nueva etapa en la vida
del Guerrillero convertido así, en el más famoso de la
historia.
Tras dos años de incertidumbre, en que la
presencia beligerante de Che y su Guerrilla en tierras sudamericanas
fue una pesadilla para los oligarcas, llegó la noticia de su
muerte.
En la última página de su diario de campaña se
lee: "...Salimos los 17 con una luna muy pequeña". Era la madrugada
del siete de octubre de 1967. Al otro día, en la Quebrada del Yuro,
herido y con el fusil inutilizado, fue capturado y obligado a subir
por la pendiente escabrosa, de unos dos kilómetros, hasta La
Higuera.
El nueve de octubre fue asesinado. Contaba 39
años de edad. A partir de entonces a ese apelativo se añadiría el de
un símbolo trascendente: El Guerrillero Heroico.
Cuando sus restos fueron hallados 30 años
después, en la localidad boliviana de Valle Grande, la imagen
inmortal ya multiplicada desde hacía décadas recorría el mundo,
lideraba mítines obreros y campesinos, encabezaba marchas
triunfales, inspiraba acciones redentoras en todas las
latitudes.
Y también entre rejas, alimentando la esperanza
y la lucha de los que guardan prisión injustamente, su vida es
fuente de inspiración y resistencia.
Ejemplo fehaciente del poder que ejercen los que
han tenido ese raro privilegio de volver a nacer está presente en
los Cinco Héroes cubanos prisioneros en cárceles norteamericanas:
Gerardo Hernández, René González, Ramón Labañino, Antonio Guerrero y
Fernando González.
Desde las celdas iluminadas con la luz de la
verdad, ellos unen sus voces a las del pueblo y junto a los hombres
honestos que luchan por la paz y la justicia social en cualquier
rincón del mundo, rinden su mejor homenaje a Che, expresándole:
¡Hasta la victoria siempre, Comandante! (AIN)
(*El autor es colaborador
de la AIN).
15/10/2003
(A I N)
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