|
Excelencias, amigas y amigos,
muy buenas tardes:
El propósito original de esta reunión ha sido
desvirtuado totalmente. Se nos ha impuesto como centro
del debate un mal llamado proceso de reformas, que
relega a un segundo plano lo más urgente, lo que los
pueblos del mundo reclaman con urgencia, como lo es la
adopción de medidas para enfrentar los verdaderos
problemas que obstaculizan e impiden los esfuerzos de
nuestros países por el desarrollo y por la vida.
Cinco años después de la Cumbre del Milenio, la cruda
realidad es que la gran mayoría de las metas diseñadas,
pese a que eran ya de por sí modestísimas, no serán
alcanzadas.
Pretendimos reducir a la mitad los 842 millones de
hambrientos para el año 2015. Al ritmo actual la meta
se lograría en el año 2215, ve a ver quién de nosotros
estaríamos allí para celebrarlo, si es que la especie
humana logra sobrevivir a la destrucción que amenaza
nuestro medio ambiente.
Habíamos proclamado la aspiración de lograr en el 2015
la enseñanza primaria universal. Al ritmo actual la
meta se alcanzará después del año 2100, preparémonos
pues para celebrarlo.
Esto, amigas y amigos del mundo, nos lleva de manera
irreversible a una amarga conclusión: las Naciones
Unidas han agotado su modelo, y no se trata simplemente
de proceder a una reforma, el siglo XXI reclama cambios
profundos que sólo son posibles con una refundación de
esta organización. Esto no sirve, hay que decirlo, es
la pura verdad.
Esas transformaciones, a las que desde Venezuela nos
referimos, al mundo, tienen para nosotros, desde
nuestro punto de vista dos tiempos: el inmediato, el de
ahora mismo, y el de los sueños, el de la utopía; el
primero está marcado por los acuerdos lastrados por el
viejo esquema, no le rehuimos, y traemos, incluso,
propuestas concretas dentro de ese modelo en el corto
plazo. Pero el sueño de esa paz mundial, el sueño de un
nosotros que no avergüence por el hambre, la
enfermedad, el analfabetismo, la necesidad extrema,
necesita –además de raíces– alas para volar.
Necesitamos alas para volar, sabemos que hay una
globalización neoliberal aterradora, pero también
existe la realidad de un mundo interconectado que
tenemos que enfrentar no como un problema sino como un
reto, podemos, sobre la base de las realidades
nacionales, intercambiar conocimientos,
complementarnos, integrar mercados, pero al tiempo
debemos entender que hay problemas que ya no tienen
solución nacional, ni una nube radioactiva, ni los
precios mundiales, ni una pandemia, ni el calentamiento
del planeta o el agujero de la capa de ozono son
problemas nacionales. Mientras avanzamos hacia un nuevo
modelo de Naciones Unidas que haga cierto y suyo ese
nosotros de los pueblos, hay cuatro reformas urgentes e
irrenunciables que traemos a esta Asamblea, la primera,
la expansión del Consejo de Seguridad tanto en sus
categorías permanentes como en las no permanentes,
dando entrada a nuevos países desarrollados y a países
en desarrollo como nuevos miembros permanentes. La
segunda, la necesaria mejora de los métodos de trabajo
para aumentar la transparencia y no para disminuirla,
para aumentar el respeto y no para disminuirlo, para
aumentar la inclusión. La tercera, la supresión
inmediata, seguimos diciéndolo desde hace seis años
desde Venezuela, la supresión inmediata del veto en las
decisiones del Consejo de Seguridad, ese vestigio
elitesco es incompatible con la democracia,
incompatible con la sola idea de igualdad y de
democracia.
Y en cuarto lugar el fortalecimiento del papel del
Secretario General, sus funciones políticas en el marco
de la diplomacia preventiva, debe ser consolidado. La
gravedad de los problemas convoca a transformaciones
profundas, las meras reformas no bastan para recuperar
el nosotros que esperan los pueblos del mundo, más allá
de las reformas reclamamos desde Venezuela la
refundación de Naciones Unidas, y como bien sabemos en
Venezuela, por las palabras de Simón Rodríguez, el
Robinson de Caracas: “O inventamos o erramos”.
En la reunión de enero pasado de este año 2005
estuvimos en el Foro Social Mundial en Porto Alegre,
diferentes personalidades allí pidieron que la sede de
Naciones Unidas saliera de Estados Unidos si es que
continúan las violaciones a la legalidad internacional
por parte de ese país. Hoy sabemos que nunca existieron
armas de destrucción masiva en Iraq, el pueblo
estadounidense siempre ha sido muy riguroso con la
exigencia de la verdad a sus gobernantes, los pueblos
del mundo también: nunca hubo armas de destrucción
masiva y sin embargo, y por encima de Naciones Unidas,
Iraq fue bombardeado, ocupado y continúa ocupado. Por
eso proponemos a esta Asamblea que Naciones Unidas
salga de un país que no es respetuoso con las propias
resoluciones de esta Asamblea. Algunas propuestas han
señalado a una Jerusalén convertida en ciudad
internacional como una alternativa. La propuesta tiene
la generosidad de proponer una respuesta al conflicto
que vive Palestina, pero quizás tenga aristas que hagan
difícil llevarlo a cabo. Por eso traemos aquí otra
propuesta, anclada en la Carta de Jamaica, que escribió
Simón Bolívar, el gran Libertador del Sur, en Jamaica,
en 1815, hace 190 años. Ahí propuso Bolívar la creación
de una ciudad internacional que sirviera de sede a la
idea de unidad que planteaba. Bolívar era un soñador
que soñó lo que son hoy nuestras realidades.
Creemos que ya es hora de pensar en la creación de una
ciudad internacional ajena a la soberanía de ningún
Estado, con la fuerza propia de la moralidad de
representar a las Naciones del mundo, pero esa ciudad
internacional tiene que reequilibrar cinco siglos de
desequilibrio. La nueva sede de Naciones Unidas tiene
que estar en el Sur, “¡El Sur también existe!”, dijo
Mario Benedetti. Esa ciudad que puede existir ya, o
podemos inventarla, puede estar donde se crucen varias
fronteras o en un territorio que simbolice al mundo,
nuestro Continente está en disposición de ofrecer ese
suelo sobre el que edificar el equilibrio del universo
del que habló Bolívar en 1825.
Señoras, señores, enfrentamos hoy una crisis energética
sin precedentes, en el mundo, en la que se combinan
peligrosamente un imparable incremento del consumo
energético, la incapacidad de aumentar la oferta de
hidrocarburos y la perspectiva de una declinación en
las reservas probadas de combustibles fósiles. Comienza
a agotarse el petróleo.
Para el 2020 la demanda diaria de petróleo será de 120
millones de barriles, con lo cual, incluso sin tener en
cuenta futuros crecimientos, se consumiría en 20 años
una cifra similar a todo el petróleo que ha gastado la
humanidad hasta el momento, lo cual significará,
inevitablemente, un aumento en las emisiones de dióxido
de carbono que, como se sabe incrementa cada día la
temperatura de nuestro planeta.
Katrina ha sido un doloroso ejemplo de las
consecuencias que puede traer al hombre ignorar estas
realidades. El calentamiento de los océanos es, a su
vez, el factor fundamental detrás del demoledor
incremento en la fuerza de los huracanes que hemos
visto en los últimos años. Valga la ocasión para
transmitir una vez más nuestro dolor y nuestro pesar al
pueblo de Estados Unidos, que es un pueblo hermano de
los pueblos de América también, y de los pueblos del
mundo.
Es práctica y éticamente inadmisible sacrificar a la
especie humana invocando de manera demencial la
vigencia de un modelo socioeconómico con una galopante
capacidad destructiva. Es suicida insistir en
diseminarlo e imponerlo como remedio infalible para los
males de los cuales es, precisamente, el principal
causante.
Hace poco el señor Presidente de Estados Unidos asistió
a una reunión de la Organización de Estados Americanos,
a proponerle a la América Latina y al Caribe
incrementar las políticas de mercado, la apertura de
mercado, es decir, el neoliberalismo, cuando esa es
precisamente la causa fundamental de los grandes males
y las grandes tragedias que viven nuestros pueblos: el
capitalismo neoliberal, el Consenso de Washington lo
que ha generado es mayor grado de miseria, de
desigualdad y una tragedia infinita a los pueblos de
este continente.
Ahora más que nunca necesitamos, señor Presidente, un
nuevo orden internacional, recordemos que la Asamblea
General de las Naciones Unidas en su sexto período
extraordinario de sesiones, celebrado en 1974, algunos
de quienes están aquí no habían nacido, seguramente, o
estaban muy pequeños.
En 1974, hace 31 años adoptó la declaración y el
programa de acción sobre un nuevo Orden Económico
Internacional, junto con el plan de acción la Asamblea
General adoptó el 14 de diciembre de aquel año 1974 la
Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados
que concretó el Nuevo Orden Económico Internacional,
siendo aprobada por mayoría aplastante de 120 votos a
favor, 6 en contra y 10 abstenciones –esto era cuando
se votaba en Naciones Unidas–, porque ahora aquí no se
vota, ahora aquí se aprueban documentos como este
documento que yo denuncio a nombre de Venezuela, como
irrito, nulo e ilegal, se aprobó violando la normativa
de las Naciones Unidas, ¡no es válido este documento!,
habrá que discutir este documento, el Gobierno de
Venezuela lo va a hacer conocer al mundo, pero nosotros
no podemos aceptar la dictadura abierta y descarada en
Naciones Unidas, estas cosas son para discutirlas y
para eso hago un llamado muy respetuoso, a mis colegas
los Jefes de Estado y los Jefes de Gobierno.
Ahora me reunía con el presidente Néstor Kirchner y
bueno, yo sacaba el documento, este documento fue
entregado cinco minutos antes, ¡sólo en inglés!, a
nuestros delegados y se aprobó con un martillazo
dictatorial, que denuncio ante el mundo como ilegal,
irrito, nulo e ilegítimo.
Oíganme una cosa, señor Presidente, si nosotros vamos a
aceptar esto, es que estamos perdidos, ¡apaguemos la
luz y cerremos las puertas y cerremos las ventanas!
Sería lo último: que aceptemos la dictadura aquí en
este salón.
Ahora más que nunca –decíamos– requerimos retomar,
retomar cosas que se quedaron en el camino, como la
propuesta aprobada en esta Asamblea en 1974 de un Nuevo
Orden Económico Internacional, para recordar algo,
digamos lo siguiente, el Artículo 2 del texto de
aquella carta, confirma el derecho de los estados de
nacionalizar las propiedades y los recursos naturales
que se encontraban en manos de inversores extranjeros,
proponiendo igualmente la creación de carteles de
productores de materias primas. En su Resolución 3.201
de mayo de 1974, expresó la determinación de trabajar
con urgencia para establecer un Nuevo Orden Económico
Internacional basado –oiganme bien, os ruego– “en la
equidad, la igualdad soberana, la interdependencia, el
interés común y la cooperación entre todos los estados
cualesquiera que sean sus sistemas económicos y
sociales, que corrija las desigualdades y repare las
injusticias entre los países desarrollados y los países
en desarrollo, y asegure a las generaciones presentes y
futuras, la paz, la justicia y un desarrollo económico
y social que se acelere a ritmo sostenido”, cierro
comillas, estaba leyendo parte de aquella Resolución
histórica de 1974.
El objetivo del Nuevo Orden Económico Internacional era
modificar el viejo orden económico concebido en Breton
Woods.
Creo que el Presidente de Estados Unidos habló aquí
durante unos 20 minutos el día de ayer, según me han
informado, yo pido permiso, Excelencia, para terminar
mi alocución.
El objetivo del Nuevo Orden Económico Internacional era
modificar el viejo orden económico concebido en Breton
Woods en 1944, y que tendría una vigencia hasta 1971,
con el derrumbamiento del sistema monetario
internacional: sólo buenas intenciones, ninguna
voluntad para avanzar por ese camino, y nosotros
creemos que ese era, y ese sigue siendo el camino.
Hoy reclamamos desde los pueblos, en este caso el
pueblo de Venezuela, un nuevo orden económico
internacional, pero también resulta imprescindible un
nuevo orden político internacional, no permitamos que
un puñado de países intente reinterpretar impunemente
los principios del Derecho Internacional para dar
cabida a doctrinas como la “Guerra Preventiva”, ¡vaya
que nos amenazan con la guerra preventiva!, y la
llamada ahora “Responsabilidad de Proteger”, pero hay
que preguntarse quién nos va a proteger, cómo nos van a
proteger.
Yo creo que uno de los pueblos que requiere protección
es el pueblo de Estados Unidos, demostrado ahora
dolorosamente con la tragedia de Katrina: no tiene
gobierno que lo proteja de los desastres anunciados de
la naturaleza, si es que vamos a hablar de protegernos
los unos a los otros; estos son conceptos muy
peligrosos que van delineando el imperialismo, van
delineando el intervencionismo y tratan de legalizar el
irrespeto a la soberanía de los pueblos, el respeto
pleno a los principios del Derecho Internacional y a la
Carta de las Naciones Unidas deben constituir, señor
Presidente, la piedra angular de las relaciones
internacionales en el mundo de hoy, y la base del nuevo
orden que propugnamos.
Permítanme una vez más, para ir concluyendo, citar a
Simón Bolívar, nuestro Libertador, cuando habla de la
integración del mundo, del Parlamento Mundial, de un
Congreso de parlamentarios, hace falta retomar muchas
propuestas como la bolivariana. Decía Bolívar en
Jamaica, en 1815, ya lo citaba, leo una frase de su
Carta de Jamaica: “Qué bello sería que el istmo de
Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para
los griegos, ojalá que algún día tengamos la fortuna de
instalar allí un augusto congreso de los representantes
de las repúblicas, de los reinos, a tratar y discutir
sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con
las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta
especie de corporación podrá tener lugar en alguna
época dichosa de nuestra regeneración.” Urge enfrentar
de manera eficaz, ciertamente, al terrorismo
internacional, pero no usándolo como pretexto para
desatar agresiones militares injustificadas y
violatorias del Derecho Internacional, que se han
entronizado como doctrina después del 11 de septiembre.
Sólo una estrecha y verdadera cooperación, y el fin de
los dobles raseros que algunos países del Norte aplican
al tema del terrorismo, podrán acabar con este horrible
flagelo.
Señor Presidente:
En apenas 7 años de Revolución Bolivariana, el pueblo
venezolano puede exhibir importantes conquistas
sociales y económicas.
Un millón 406 mil venezolanos aprendieron a leer y a
escribir en año y medio, nosotros somos 25 millones
aproximadamente y, en escasas semanas el país, dentro
de pocos días, podrá declararse libre de analfabetismo,
y tres millones de venezolanos antes excluidos por
causa de la pobreza, fueron incorporados a la educación
primaria, secundaria y universitaria.
Diecisiete millones de venezolanos y venezolanas –casi
el 70% de la población- reciben, por primera vez en la
historia, asistencia médica gratuita, incluidos los
medicamentos y, en unos pocos años, todos los
venezolanos tendrán acceso gratuito a una atención
médica por excelencia.
Se suministran hoy más de 1 millón 700 mil toneladas de
alimentos a precios módicos a 12 millones de personas,
casi la mitad de los venezolanos, un millón de ellos lo
reciben gratuitamente, de manera transitoria. Estas
medidas han generado un alto nivel de seguridad
alimentaria a los más necesitados.
Señor Presidente, se han creado más de 700 mil puestos
de trabajo, reduciéndose el desempleo en 9 puntos
porcentuales, todo esto en medio de agresiones internas
y externas, que incluyeron un golpe militar facturado
en Washington, y un golpe petrolero facturado también
en Washington, pese a las conspiraciones, a las
calumnias del poder mediático, y la permanente amenaza
del imperio y sus aliados, que hasta estimula el
magnicidio. El único país donde una persona se puede
dar el lujo de pedir el magnicidio de un Jefe de
Estado, es Estados Unidos, como ocurrió hace poco con
un reverendo llamado, Patt Robertson muy amigo de la
Casa Blanca: pidió públicamente ante el mundo mi
asesinato y anda libre, ¡ese es un delito
internacional!, ¡terrorismo internacional!
Pues bien, nosotros lucharemos por Venezuela, por la
integración latinoamericana y por el mundo.
Reafirmamos aquí en este salón nuestra infinita fe en
el hombre, hoy sediento de paz y de justicia para
sobrevivir como especie. Simón Bolívar, padre de
nuestra Patria y guía de nuestra Revolución, juró no
dar descanso a su brazo, ni reposo a su alma, hasta ver
a la América libre. No demos nosotros descanso a
nuestros brazos, ni reposo a nuestras almas hasta
salvar la humanidad.
Señores, muchísimas gracias.
|