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Aula Magna de la Universidad de La Habana
Abril 18, 2007
Compañeras y compañeros:
En esta Aula Magna al instalar la Comisión Nacional
del Centenario de Raúl Roa García advertí que
debíamos concebir nuestra tarea a la manera de Roa.
Nada de “vacuas solemnidades” ni “obsoletos
rituales”. Celebrar sus primeros cien años exige
respetar su espíritu rebelde, creador, inapresable,
imposible de encerrar en un discurso o en mil
ceremonias.
No estamos marcando un día, ni siquiera un año, para
rendirle homenaje. Queremos sobre todo que el
aniversario sirva para impulsar y extender el
conocimiento de una vida y una obra indispensables
para todos los cubanos. Hacer que llegue a otros su
inagotable magisterio y que perdure su ejemplo en
incesante renovación es el desafío para quienes
tuvimos el singular privilegio de haber conocido de
cerca a quien fue, a la vez, maestro insuperable y
leal compañero.
Por eso estamos aquí, en su Universidad, sementera
de inquietudes y esperanzas, forjadora y testigo de
proezas, madre amorosa de una Revolución que siempre
ha estado en las manos de los jóvenes. De todos los
jóvenes. De los que empuñaron las armas y cayeron
combatiendo cuando tenían veinte años y de los que
sobrevivieron y supieron seguir luchando, con el
mismo espíritu y la misma edad, muchos años después.
De Agramonte y Martí, de Mella y Guiteras, de José
Antonio y Fructuoso. De los que hoy tienen veinte
años y de los que ya cumplen ochenta o cien. De los
que proclaman como Roa hace seis lustros: “Hasta la
juventud siempre”.
Tenía apenas 18 cuando publicó su primer artículo.
Inició así una de las trayectorias más admirables en
la intelectualidad cubana. Su obra escrita es la de
un hombre con dilatada y profunda erudición que pudo
pasearse cómodamente por las ciencias sociales, la
filosofía, la historia, la literatura y otras artes.
Se adentró con soltura en el legado cultural de la
humanidad y avanzó bien hondo en el pensamiento y la
brega del pueblo cubano. Descolló entre nuestros
intelectuales por la solidez y la integralidad de su
formación, la capacidad para penetrar en los temas
más complejos, y el cultivo de un estilo propio,
irrepetible, nutrido en el dominio absoluto del
idioma que supo transformar como nadie en azote para
la maldad, la injusticia y la mediocridad. Vertical
y filoso, certero y agudo, fue imbatible en la
polémica e insuperable en el análisis. En el
panfleto clandestino, en la tribuna estudiantil, en
la prisión, en el exilio, en la cátedra
universitaria y luego en los foros internacionales y
en la dirección del Parlamento nos legó un tesoro de
verdadera sabiduría, coherencia intelectual y
auténtica militancia.
Sobresalió ante todo porque no hubo distancia entre
sus convicciones y su vida, porque su conducta fue
siempre fiel a sus ideas e ideales. Esas cualidades,
presentes ya en el adolescente Roa, sin sombras ni
fisuras, irían siempre con él.
Participante activo en el movimiento estudiantil
contra Machado, se mantuvo entre los que se
empeñaron en llevarlo hasta la transformación
socialista de la sociedad cubana. Fustigó a los
machadistas, desenmascaró a los farsantes de la
oposición burguesa y a quienes enfundados en un
elitismo estéril servían al Imperio que a ambos
sostenía y no escatimó su crítica indispensable a
los revolucionarios, en búsqueda incesante de la
ruta perdida en medio de la barbarie represiva, la
corrupción y la desidia que cayó sobre “una
generación orgánicamente escindida”. Continuador de
Mella, junto a Pablo y Rubén encarnó a lo mejor, más
noble y puro de aquellos jóvenes que hallarían
después en Guiteras su síntesis más alta. Dio
testimonio y rescató el legado de una generación
derrotada pero no vencida. Resumió esa etapa
dramática de nuestra historia con estas palabras:
“La minoría revolucionaria de la generación del 30
quiso más de lo que pudo: planteó el problema de
Cuba a la altura de su tiempo, pero no supo
resolverlo”.
En otro momento, en frase tan lapidaria como
criolla, afirmó: “La Revolución del 30 se fue a
bolina”. Pero en realidad su modestia le hizo
exagerar. El espíritu de aquella Revolución nunca se
extravió por los aires. Pervivió en quienes como él
le guardaron lealtad y la mantuvieron viva en la
memoria colectiva.
Roa nunca se fue a bolina. Se esforzó con otros
sobrevivientes en crear nuevos instrumentos para la
lucha revolucionaria. Fracasados estos intentos
seguiría batallando más tarde “por la libre”,
rebelde solitario pero irreductible. Después de la
derrota de aquella Revolución, cuando mayor era la
frustración y el desaliento, y más dolorosa la
división y la apatía él perseveró con el ánimo del
primer día.
No se arredró ante el “espectáculo abominable” que
ofrecían “los mercaderes, matones y tránsfugas de
una revolución traicionada, vendida y mixtificada”.
Declaró entonces sin aspavientos “seguiré pugnando
aunque se esfumara de la memoria de todos, el noble
anhelo que nos llevó a la cárcel, al martirio y a la
muerte”.
De regreso a su Universidad, pese a los obstáculos
con que trataron de cerrarle el paso, ganaría la
cátedra que enalteció y convirtió en bastión y
vivero de rebeldías. Sus lecciones anticipaban el
futuro, sostenían la esperanza, convocaban e
inspiraban. Nos enseñó entonces: “La lucha por lo
«irrealizable» ha sido extraordinariamente fértil en
consecuencias practicas. Casi todo lo que podemos
mostrar hoy como auténtico progreso, incluso la
ciencia, fue en sus comienzos, fantasmagoría de
iluso, sueño sin sentido. La utopía es menos utópica
de lo que creen los «realistas» del empirismo
mostrenco”.
En aquellos años deprimentes y turbios proclamó: “la
utopía es, en última instancia, un acto de fe en el
ilimitado poder creador de la razón humana”.
Escuchándolo, en su aula no estaban sólo los alumnos
de la Facultad de Ciencias Sociales. A ella llegaban
muchos otros de toda la Colina. Era normal encontrar
allí a José Antonio, a Fructuoso y a quienes con
ellos perseguían la ilusión, querían darle sentido a
los sueños y en el empeño entregarían sus vidas.
El golpe de estado del 10 de marzo de 1952, hundió a
la República en el peor desconcierto y la más aguda
crisis moral y política. A la juventud planteó un
reto colosal. No podía confiar en otros, no contaba
con organizaciones capaces de orientarla y
conducirla frente a un régimen sanguinario y brutal
usufructuario del respaldo ilimitado del
imperialismo norteamericano a la sazón en el cenit
de su hegemonía mundial.
Los jóvenes deberían reinventar la Revolución y
hacerlo con sus propias manos, crear nuevas fuerzas,
diseñar por si mismos sus estrategias y tácticas.
Fue un aprendizaje duro, a marcha forzada, bajo el
terror, la tortura y la muerte. Aprendiendo del
fracaso y el dolor buscaban en la historia la guía
necesaria. Para auxiliarlos, desgraciadamente, no
abundaban maestros. Raúl Roa García fue uno de los
pocos.
Se incorporó a quienes combatieron a la tiranía,
desde el principio, compartiendo con sus alumnos
angustias y peligros. Volvió a conocer la
persecución y el exilio, luchó hasta que el tirano,
sus verdugos y secuaces emprendieron la fuga
vergonzosa.
Con el alba del año 1959 llegó finalmente la utopía.
Roa se entregó a la Revolución triunfante con el
brío, el entusiasmo y la ilusión que le había
insuflado Mella en el Patio de los Laureles en un
noviembre ya lejano. A ella dio todo su talento y
energía, por ella trabajó sin fatiga y lo hizo con
desbordante alegría y ejemplar modestia, sin
reclamar honores ni prerrogativas. Finalmente y por
primera vez militó en un partido político, el
Partido Comunista de Cuba, el de Fidel Castro por
quien guardaría lealtad a toda prueba. Dotado de
grandeza verdadera nunca buscó la lisonja ni
pudieron herirle mezquindades ni bajezas que sabía
disolver con el dardo de una frase.
Aceptó de buen grado y atesoró como el mejor premio
el título de Canciller de la Dignidad porque se lo
otorgó el pueblo anónimo sin ceremonia ni pergamino.
Los trabajadores humildes con quienes gustaba
compartir en los cañaverales de Cayajabo, en el
comedor obrero, en el juego de pelota o en cualquier
esquina, hombres y mujeres que lo sabían su más
esforzado defensor frente al genocidio imperialista
y se regocijaban con su oratoria culta y brillante,
llena de verdades que decía sin remilgos ni
hipocresía como las dice el pueblo.
Debió crear prácticamente de la nada el Ministerio
de Relaciones Exteriores con un equipo casi todo
integrado por jóvenes inexpertos procedentes de
todas las corrientes antibatistianas sin el más leve
asomo de sectarismo. Entonces no teníamos
computadoras ni correo electrónico o máquinas
procesadoras de palabras, disponíamos de muy escasas
conexiones aéreas, las comunicaciones telefónicas
dependían de los monopolios enemigos y la casi
totalidad de los gobiernos de este Continente se
habían plegado a la agresión yanqui y cortado sus
relaciones con Cuba. La batalla diplomática,
decisiva para la salvación de la Patria, había que
librarla, ante todo en los organismos
internacionales, en la OEA y en la ONU. En los años
fundadores, necesariamente complejos, el principal
responsable del Ministerio tuvo que dirigirlo desde
Nueva York y desde otros parajes donde se intentaba
aislar y condenar a Cuba.
Fidelista de pura cepa, Roa estuvo siempre, como
nuestro invicto Comandante, en la primera fila, en
la avanzada más riesgosa, donde lo reclamaba el
deber. Su séquito, reducido a un par de
colaboradores, cabía holgadamente en el modesto
apartamento de Manhattan que alguna vez ocupara el
querido Fernando Álvarez Tabio, hombre bondadoso,
jurista sin tacha y fiel seguidor de Roa en la
ardorosa defensa de la Patria, quien celebra también
este año su centenario.
Compañeras y compañeros:
Roa rebosaba genio, superioridad espiritual y
dedicación absoluta a la causa de su pueblo y a la
de todos los explotados y humillados en cualquier
parte del mundo que tuvieron en él, como los
cubanos, abogado constante y lúcido. Poseía también
una paciencia a toda prueba. Imagino cuanto habrá
sufrido teniendo que soportar, en aquellos tiempos
por suerte superados, la mediocridad lacayuna de la
diplomacia regional. Más de una vez divisamos, a un
habitante de aquel edificio de la Avenida York,
funcionario subalterno de la Misión yanqui, cuya
sola ocupación era pastorear a los embajadores
latinoamericanos, llevarlos a las salas de sesiones
y con voz nada discreta ordenarles qué hacer y cómo
votar, algo que acataban, obviamente, con gozosa
sumisión.
Amo y amanuenses fueron desenmascarados, una y otra
vez y enmudecieron ante aquel insólito orador que
además de decir verdades lo hacía con ilustrada
pasión. Cuando Roa hablaba se colmaban los escaños,
las galerías y pasillos y no pocos empleados de la
ONU abandonaban sus labores para escucharle.
Roa camina todavía por los salones de la ONU. Vive
allí, como en Punta del Este, en Washington y en San
José de Costa Rica. Tanta dignidad, tanta hidalguía,
no podían surgir sin dejar una huella indeleble.
Vive allá y vive acá en el corazón de un pueblo
agradecido que nunca olvidará a su gallardo
defensor. A Roa se aplica, con toda exactitud, lo
que él dijo en el sepelio de Enrique José Varona:
“Quien fue leal a su tiempo, quien lo vivió y sintió
entrañablemente será de todos los tiempos”.
Por eso Roa es de hoy y de mañana.
A él hay que regresar, a su pensamiento y a su
ejemplo. Que en él se inspiren y de él aprendan las
nuevas generaciones porque grandes son los peligros
que acechan a la Patria y lo serán durante largo
tiempo.
Bush, arrogante y zafio, urde los más siniestros
planes para apoderarse de Cuba, intensifica la
guerra económica, emplea centenares de millones de
dólares para calumniar, engañar y ocultar la verdad.
Entre esos planes están los peores crímenes. Lleva
ya dos años protegiendo a Luis Posada Carriles con
artimañas supuestamente judiciales para tratar de
evadir su obligación ineludible de extraditarlo a
Venezuela o someterlo a juicio en Estados Unidos por
sus acciones terroristas.
Nuestros Cinco hermanos Gerardo, Ramón, Antonio,
Fernando y René, genuinos discípulos de Roa y
también ellos dignos cancilleres, se acercan a
concluir su noveno año de infame prisión, castigados
injusta y cruelmente por haber sacrificado sus vidas
defendiendo a Cuba y al mundo del terrorismo. Ambos
casos, que prueban los malévolos designios del
imperialismo contra nuestro pueblo, tienen lugar
ante el silencio cómplice de medios de prensa
domesticados y políticos arrodillados ante la mesada
innoble.
El ocultamiento de la verdad y la repetición
constante de la mentira han sido armas predilectas
del Imperio contra Cuba. Aun veo el rostro congelado
del Embajador yanqui en la reunión de Panamá del
Consejo de Seguridad cuando Roa leyó: “Guardaos de
la levadura de los fariseos que es la hipocresía.
Porque nada hay encubierto, que no haya de
descubrirse; ni oculto que no haya de saberse.
Por tanto, todo lo que habéis dicho en tinieblas, a
la luz se oirá, y lo que habéis hablado al oído en
los aposentos, se proclamará en las azoteas”.
Algo balbuceó aquel infeliz pero Roa le replicó,
Biblia en mano: esto no lo dijo Carlos Marx sino
Jesucristo según San Lucas (12.1, 2 y 3), no está en
El Capital sino en este libro que Usted tiene en la
habitación del hotel y debería leer.
Recuérdese que a la salida de la reunión el aturdido
vocero del Imperio, resbaló y cayó ante cámaras de
televisión que registraron el percance.
Sí, Roa tiene que hacer mucho todavía. Él debe
inspirar y guiar nuestra batalla hoy, mañana y
siempre.
Vivimos un momento complejo, contradictorio, en el
que están presentes desde riesgos inminentes para la
supervivencia del hombre hasta la posibilidad real
de conquistar un mundo mejor. América Latina se
transforma y ocupa la vanguardia.
Cuba está en el vórtice de esa pelea. La resistencia
abnegada de nuestro pueblo ha sido factor decisivo
en la recuperación del movimiento revolucionario
tras el derrumbe del llamado “socialismo real”. Nos
convertimos en una alternativa, esa sí real sin
comillas, en un punto de referencia y esperanza para
miles de millones en todas partes. Tenemos una
obligación hacia ellos, la de perfeccionar nuestro
socialismo, la de hacerlo cada vez mejor, para que
florezca siempre como expresión del humanismo y la
ética de los fundadores de un ideal tan zarandeado a
lo largo de la historia.
El socialismo del Siglo XXI “no será calco ni copia
sino creación heroica” como advirtió Mariategui.
Será fruto de la lucha de hombres pensantes y que
piensen con cabeza propia cual quería Mella. Un
socialismo que será diverso, multicolor, sin
prejuicios ni barreras discriminatorias, que a nadie
excluya ni abandone. Ese nuevo socialismo que
forcejea por afirmarse, utopía salvadora de un mundo
en bancarrota, requiere de pensadores
revolucionarios que unan la ciencia a la conciencia.
Ese otro mundo posible y la pelea por conquistarlo
reclama una teoría, no impuesta con ademanes
burocráticos sino fruto del estudio libre, abierto y
creador, pero también militante y comprometido, al
que nos acostumbró el maestro y camarada que hoy
recordamos.
Grande es la responsabilidad de los intelectuales
quienes pueden “ver más hondo y lejanamente que los
demás”. Grande y hermosa la misión que sabrán
cumplir los jóvenes cubanos. A unos y a otros, a
todos, nos llama Roa ahora que sopla el viento sur
con fuerza arrolladora. Sigámosle, el paso firme,
unidos, con alegría, hasta la victoria siempre.
(Minrex) 19-04-2007
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