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Manuel E.
Yepe
Rebelión
Cuando triunfó la revolución cubana en enero de 1959, había
en las masas identificadas con la revolución victoriosa una
clara conciencia, prácticamente unánime, acerca de las cosas
que habría que demoler. Entre ellas, el sistema electoral de
representación, al que se le identificaba como propiciador y
parte de la corrupción política y de la tiranía a que
condujo.
El que teníamos era una copia bufa del estadounidense, que
nos fuera legado por la ocupación que sufrió la isla de 1898
a 1902, practicado con leves ajustes y modificaciones
durante toda la etapa neocolonial que duró hasta 1958.
Las elecciones, "esencia de la democracia", eran
estructuradas de manera tal que resultaran favorecidos
aquellos candidatos que movilizaran mayores recursos
económicos para su campaña, lo que garantizaba que fueran
sus compromisos con los sectores más acaudalados los que
determinaran al ganador.
En períodos de normalidad, la ciudadanía disfrutaba cada
cuatro años del derecho a escoger a la máxima autoridad de
la nación entre candidatos propuestos por partidos políticos
que aseguraban el ejercicio real del poder a una oligarquía
que no se sometía a elecciones de tipo alguno,
económicamente dependiente del vecino norteño. Un panorama
similar al resto del continente.
Cuando las condiciones lo permitían, podían participar en
los comicios fuerzas discrepantes que no significaran un
peligro real para el control de la situación y, si se
apreciaba una amenaza grave, se recurría al golpe de estado
por parte de una oficialidad de las fuerzas armadas cuya
fidelidad a los intereses de Washington estaba garantizada.
Los golpistas habrían de ejercer el poder hasta que se
pudiera regresar a la "democracia representativa".
Las campañas electorales de los partidos políticos
integrados en el sistema costaban muchos millones de dólares, casi todos aportados por
los oligarcas y por grupos económicos que se disputaban
mejores posiciones para incrementar sus ganancias, apoyando
a uno, algunos o todos los aspirantes para garantizarse
compromisos con los triunfadores y una mayor influencia en
las decisiones del gobierno, dentro de la continuidad del
régimen.
Se llenaban de pasquines las fachadas, postes, puentes,
tendidos eléctricos y telefónicos de todo el país, al igual
que de anuncios electorales las vallas, la prensa, la radio
y la televisión.
Estos enormes gastos, tan desproporcionados respecto a la
miseria que se observaba en la mayoría de la población, eran
posteriormente retribuidos por los políticos a sus
magnánimos contribuyentes mediante favores salidos de la
corrupción más impúdica.
Durante los primeros 15 años de revolución en el poder, la
consigna de "elecciones, ¿para qué?", que surgió de una
reflexión del líder de la revolución, Fidel Castro, expresó
el sentimiento popular favorable al reconocimiento de la
revolución como fuente de derecho y partidario del ejercicio
de la democracia de manera directa.
Con la nueva institucionalidad que tomó forma en 1976, se
puso en práctica un nuevo sistema electoral plasmado en la
Constitución discutida masivamente y aprobada en referéndum
por más del 97% del electorado nacional en ese año.
Así como la Constitución pretendía reflejar los grandes
cambios ocurridos desde el triunfo de la revolución que
abrieron cauces para la participación del pueblo en la
efectiva conducción de la sociedad, el nuevo sistema
electoral quiso incorporar formas de democracia directa al
carácter representativo que debía establecerse para la
delegación de una parte de sus potestades que hace el
ciudadano a favor de sus elegidos.
Por eso, el sistema promueve una activa participación
popular que se manifiesta en la facultad ciudadana de escoger, postular, elegir,
controlar y revocar a sus representantes.
Los ciudadanos eligen en reuniones públicas de las diversas
zonas vecinales que componen cada circunscripción electoral,
los candidatos a delegados o delegadas a las asambleas
municipales del Poder Popular—dos como mínimo y hasta ocho.
Posteriormente los eligen, entre todos los propuestos,
mediante voto directo, secreto y voluntario. Para ser
elegido hay que recibir más del 50% de los votos válidos.
Son las Asambleas Municipales, integradas totalmente por
delegados directamente electos en la base, las que acuerdan
las candidaturas de delegados a las Asambleas Provinciales y
de los diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular
que serán votadas por la población, también de manera
directa, secreta y voluntaria.
Las comisiones de candidaturas, integradas a nivel nacional,
provincial y municipal, por representantes designados por
las organizaciones sociales, tienen la función de elaborar y
presentar los proyectos de candidaturas para delegados a las
asambleas provinciales y de diputados a la Asamblea
Nacional.
En todos los casos están presididas por el representante de
la Central de Trabajadores de Cuba.
Esas candidaturas deben estar integradas, en un 50%, por
delegados de la base y el resto seleccionados de entre las
propuestas de personalidades destacadas formuladas por las
organizaciones sociales –obreras, campesinas, femeninas,
estudiantiles, de vecinos- y otras del país o la provincia,
según el caso.
Otra singularidad del sistema político cubano es que ningún
representante, diputado o delegado de cualquier nivel,
recibe remuneración alguna —salario, dieta o cualquier otra
prestación o beneficio— por el desempeño de la labor para
la que fue elegido.
También se distingue el sistema electoral cubano por el
hecho de que no participa partido electoral alguno. El Partido Comunista de Cuba no
es un Partido electoral, sino la continuidad histórica del
Partido revolucionario que José Martí organizó para promover
la unidad de los cubanos para alcanzar la independencia de
España y evitar la absorción de Cuba por Estados Unidos de
la manera que lo lograron con Puerto Rico.
En Cuba, no se admiten campañas electorales. La comisión
electoral de cada circunscripción lleva a cabo la
divulgación sobre los candidatos en pie de igualdad y éstos
no pueden realizar por su cuenta actividad de propaganda a
favor de su candidatura.
Los candidatos a diputados y a delegados a las asambleas
provinciales realizan reuniones y encuentros con los
electores de su distrito pero lo hacen juntos, excluyendo
toda forma de promoción individual.
El voto es enteramente voluntario, pero se estimula y
promueve la mayor concurrencia posible a las urnas, lo que
ya ha hecho tradición una participación masiva inimaginable
en países que sufren grave abstencionismo crónico.
La Ley Electoral vigente establece dos tipos de procesos
electorales: Las elecciones generales, cada cinco años,
para elegir a los diputados a la Asamblea Nacional y a los
delegados a las asambleas provinciales y las elecciones
parciales, que se llevan a cabo cada dos años y medio para
elegir a los delegados a las asambleas municipales.
Es la Asamblea Nacional del Poder Popular, órgano supremo
del poder del Estado y único órgano con potestad
constituyente y legislativa en la República, la que elige,
primero, a su presidente, su vicepresidente y su secretario,
y luego al Consejo de Estado —su órgano permanente de 31
miembros— a su Presidente, al Primer Vicepresidente, cinco
Vicepresidentes, al Secretario y al resto de los miembros.
Desde 1976, la Asamblea Nacional del Poder Popular ha electo
en seis ocasiones consecutivas al Dr. Fidel Castro Ruz, Presidente de los Consejos de Estado y al General Raúl Castro Ruz,
Primer Vicepresidente.
El Consejo de Estado es el órgano de la Asamblea Nacional
que la encarna entre uno y otro período de sesiones, tiene
carácter colegiado y ostenta la suprema representación del
Estado cubano.
Tan insostenible resulta ya la dominación semicolonial de
los Estados Unidos en América Latina que ni siquiera por
medio del clásico sistema electoral diseñado para perpetuar
la permanencia del poder en manos oligárquicas, han podido
evitar que los pueblos impongan su unidad como arma para
llevar al poder a sus líderes en los últimos tres lustros.
El sistema electoral cubano, siempre en proceso de cambios,
desarrollo y perfeccionamiento, no puede considerarse
alternativa acabada al modelo que Estados Unidos considera
único aceptable, sencillamente porque aquel responde a un
orden capitalista basado en la competencia y este,
socialista, está afirmado en la solidaridad humana.
Pero otros pueblos hallarán también su camino.
Rebelión 17-01-2008 |
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