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ARMANDO HART
DÁVALOS
El 5 de septiembre de 1958, al cumplirse el primer
aniversario de los heroicos sucesos de Cienfuegos, celebramos en la
cárcel una marcha patriótico militar para la cual disponíamos del
espacio inmenso de la galera circular. Fue preparada por el
Movimiento 26 de Julio y la hicimos para forjar una mayor disciplina
y reafirmar el recuerdo de nuestros héroes y mártires.
Existía una fuerte
organización del Movimiento con mejores condiciones que en El
Príncipe, podíamos dedicarnos a estudiar más y a organizar círculos
de estudio e incluso se realizaban ciclos de
conferencias.
Fidel se dirige al pueblo de
Palma Soriano después de su alocución por Radio
Rebelde el 1ro. de Enero de 1959.
Un día, entrada la tarde,
desde un piso superior de la circular se creó una situación de
desorden entre los combatientes, al punto de que amenazaban con que
algún compañero fuera lanzado desde Subir. Algunos de los
militares, con Fernández a la cabeza y un grupo de nosotros, los del
26 de Julio, subimos en medio de la multitud a imponer disciplina.
Recuerdo que grité: "El 26 de Julio dispone que se restablezca el
orden", y logramos pacificar aquella masa belicosa. El compañero que
había sido responsable de todo, tras un juicio que le hicimos, fue
colocado en una pequeña celda que había en la circular. Era un preso
entre los presos, castigado por la indisciplina cometida.
Cuando terminó el incidente,
le dije a Barquín: "¿Ve usted cómo el 26 de Julio es quien puede
poner orden en Cuba?".
La galera era del 26 de
Julio.
Con fecha 12 de octubre, Fidel
nos envió una carta y cinco mil pesos en nombre de los guerrilleros,
para la ayuda a los revolucionarios que estábamos encerrados.
Orientó, además, que eligiéramos una comisión para darle la justa
distribución a ese dinero. Con ese propósito se convocaron unas
elecciones en las que se produjeron diversos debates sobre quiénes
debían ser los miembros de la misma. Finalmente, salieron elegidos
los candidatos que había propuesto la Dirección del
Movimiento.
En los meses finales de 1958,
Fidel propuso a la tiranía el canje del coronel Carrasco, capturado
por el Ejército Rebelde en la Sierra, por Enrique Borbonet, lo cual
debió de causar molestia a Ramón Barquín, máximo representante de
los militares presos.
En una ocasión, Quintín Pino
le preguntó a Borbonet: "¿Si la Revolución llega a ser socialista,
te mantendrías dentro de ella?" A lo que el honrado militar
respondió: "Si el pueblo está con la Revolución socialista, yo lo
seré". Y cumplió su juramento. Abrazó las ideas del socialismo y
murió en su patria.
Dentro de la cárcel poseíamos
clandestinamente un radio en la galera, que custodiaba el compañero
Casto Amador. Transcurrían las semanas finales de diciembre de 1958.
Pasamos la noche del 24 escuchando las noticias acerca de los
avances de las tropas rebeldes, y conocimos de las fuerzas que al
mando de Almeida se acercaban a Santiago, de la marcha de Camilo y
el Che hacia el centro de la Isla, y de la toma de distintos pueblos
en esa región.
A propósito de la invasión a
Occidente, Barquín dijo: "No es posible que esto sea así, porque
militarmente ello no es factible", y un compañero le respondió:
"Coronel, lo hicieron porque no sabían que era imposible". El
ambiente general de la galera era de ascenso
revolucionario.
Se ha comentado que Ramón
Barquín estaba promoviendo un golpe de Estado desde la cárcel, a
partir de sus contactos con el Ejército, sus relaciones con la
Embajada norteamericana, y que su objetivo era neutralizar la
victoria de la Revolución. Dada su formación política sería absurdo
que no pretendiera realizarlo, porque eso estaba en correspondencia
con su línea de pensamiento.
Barquín no era un militante
del Movimiento 26 de Julio, y aunque lo considerábamos un militar de
pensamiento demócrata constitucionalista, sabíamos que no era un
hombre de la Revolución.
La noche del 24 de diciembre
de 1956 cené en casa de Vilma; el año 1957 lo esperé en el Santiago
rebelde; el 1958 lo recibí en la Sierra junto a Fidel; en las
Pascuas de 1958 y el Año Nuevo de 1959 estaba junto a un numeroso
grupo de compañeros en la cárcel de Isla de Pinos.
En las primeras horas de la
madrugada del histórico Primero de Enero recibimos el ¡Notición! por
el radio que tenía Casto Amador. Todos nos empezamos a preparar para
salir, pero los guardias no lo permitían. Allí nos mantuvieron hasta
las dos o las tres de la tarde, cuando se apareció un grupo de
oficiales para buscar a Barquín y a los presos militares. Querían
utilizar esta última carta contra el movimiento popular.
Los oficiales llegados de La
Habana pretendían que los civiles nos quedáramos presos en la
circular. Barquín asumió similar posición.
Borbonet, Fernández, otros
militares y la Dirección del Movimiento 26 de Julio, les planteamos
que tal cosa era inaceptable. Fui a discutir con Barquín y le exigí
la liberación de todos los presos políticos.
Barquín también quiso dejar a
un militar del régimen caído y de su total confianza al frente de la
guarnición de la Isla. No estuve de acuerdo e inmediatamente fui a
ver a Fernández a su celda. Le propuse que aceptara en nombre del
Movimiento 26 de Julio y de la Revolución asumir el mando militar;
desde luego, él accedió. Fernández estableció el compromiso de que
asumido el mando se liberaría a todos los presos y se respetarían
solamente las órdenes del 26 de Julio.
Las pretensiones de dejarnos
recluidos a los compañeros del Movimiento fueron frustradas por la
unidad con que actuaron Borbonet, Fernández, los militares que ellos
capitaneaban y la masa de militantes del 26 de Julio que nosotros
representábamos.
Fernández, con un gran sentido
ético, explicó las razones por las cuales un tiempo atrás no había
ingresado en el Movimiento. Con la posición que tomaron tanto él
como Borbonet, el día Primero de Enero aquellos militares ingresaron
en las filas de nuestra organización.
Luego salimos del presidio,
rumbo al cuartel, algunos dirigentes del 26 de Julio con varios
oficiales para informar y seguir ejecutando la decisión
tomada.
Aunque Barquín me dijo que
marchara junto a él hacia Columbia, decidí quedarme en la Isla para
asumir con otros compañeros la tarea de armar a los presos y
posesionarnos de aquella zona, porque no sabíamos cómo andaban
Columbia y otras partes del país y pensábamos que este territorio
podía servir de reserva al Ejército Rebelde.
Quintín Pino Machado y Mario
Hidalgo acompañaron a Barquín con la encomienda del Movimiento de
remitirnos, tan pronto como llegasen, noticias acerca de lo que
sucedía en Columbia. Mientras tanto, en unión de Fernández, Montané
y otros compañeros, tomamos las posiciones principales y detuvimos a
los más connotados esbirros.
Se designó a Jesús Montané
para la dirección civil del municipio de Isla de Pinos, y el día 2,
como a las diez de la mañana, con un discurso en el portal del
Ayuntamiento tomó posesión como alcalde.
La columna invasora rebelde en su marcha hacia la
capital del país.
A media noche, nos llamaron
los compañeros que habíamos enviado junto a Barquín y nos informaron
que el ejército de Batista estaba derrotado; nos aconsejaban que esa
misma madrugada saliéramos hacia la capital. Así lo hicimos en las
primeras horas del 2 de enero. Viajamos en un avión, cargado de
hombres y armas hacia el aeropuerto de Columbia, hoy Ciudad
Libertad.
Casto Amador fue el
organizador de aquella tropa de presos liberados, que, armados,
aterrizamos en el viejo campamento de Columbia.
Inmediatamente, en el puesto
de mando me tropecé con Barquín, quien reclinándose en la silla de
Tabernilla me dijo: "¡No me han entregado Ejército alguno!". No
valía la pena responderle, Cuba tenía otro Ejército: ¡el comandado
por Fidel!
Al imperialismo solamente le
ofrecían confianza Batista y su régimen; por eso, en abril de 1956
no tuvo la perspicacia de apoyar a Barquín y perdió su última
posibilidad, si es que esta existía.
Lo cierto es que el destino de
los intereses imperialistas en Cuba estaba indisolublemente unido a
los del cacique del 10 de marzo.
Desde el extranjero, Haydée
llamó a Columbia y habló conmigo. Se quedó asombrada de que yo
estuviera allí. Le dije que ya Columbia estaba bajo la influencia
decisiva del Movimiento 26 de Julio.
Fidel había convocado desde
Palma Soriano la huelga general para rechazar cualquier golpe de
Estado y reclamar el triunfo total de la Revolución. Cuando llamé a
Santiago para pedir orientación me informaron que el campamento
militar de Columbia sería dirigido por Camilo Cienfuegos. Me reuní
con Barquín y los militares y les informé cuál era la decisión de la
Revolución. Barquín se quedó pasmado y molesto. Enseguida me dijo:
"Si usted quiere le entrego el campamento", pero le respondí: "No
hace falta, ya Camilo va llegando a La Habana".
Luego de esta conversación,
viajé a Santiago de Cuba en avión militar para establecer contacto
con Fidel. En casa de la familia Ruiz Bravo, donde había estado en
la clandestinidad, me encontré con Raúl Castro, quien se hallaba al
frente del Moncada y de la ciudad de Santiago.
Fidel se encontraba camino de
Camagüey.
Antes de partir hacia esta
provincia asistí en la Universidad de Oriente a la toma de posesión
de Manuel Urrutia como Presidente de la República, pues Santiago
había sido proclamada capital del país. En la biblioteca de esa casa
de estudios hicimos un acto ampliamente divulgado.
Mi encuentro con Fidel se
produjo en el aeropuerto de Camagüey. Al acercarme a él y a Celia,
me dijeron que me propondrían como Ministro de Educación.
La llegada de mi padre y
Haydée, procedentes de Miami, constituyó una gran emoción. Al día
siguiente Regresarban a tierra agramontina el Presidente Urrutia,
Faustino Pérez, Luis Buch y otros compañeros, con el propósito de
entrevistarse con Fidel y luego partir hacia La Habana. Así lo hice
junto al Presidente y a algunos miembros del primer gabinete de la
Revolución.
Del aeropuerto de Boyeros
salimos directamente hacia el antiguo Palacio Presidencial, donde se
encontraban los compañeros del Directorio Revolucionario 13 de
Marzo.
El pueblo habanero llenó calles y avenidas al
paso de la caravana de combatientes encabezadas por el Comandante en
Jefe Fidel Castro.
El 8 de enero de 1959, se
producía la entrada triunfal del Comandante en Jefe y sus
victoriosos guerrilleros en La Habana. Regresaba cuatro años y medio
después de su salida de Cuba, tal como lo había prometido, con "la
tiranía descabezada a los pies".
La guerrilla y el desarrollo a
partir de ella de un movimiento popular armado, se fue transformando
en un modo de lucha eficaz para alcanzar la victoria revolucionaria.
La táctica y la estrategia de Fidel de la lucha guerrillera se
incubaron, materializaron y alcanzaron niveles de epopeya, en aquel
breve tiempo histórico.
Durante el segundo año de la
guerra, Raúl partió de la Sierra Maestra para organizar el Segundo
Frente; Almeida avanzó hacia las proximidades de Santiago y organizó
el Tercer Frente; en los meses finales el Che y Camilo marcharon
hacia Occidente, a través de la inmensa llanura que nace en Bayamo y
Manzanillo y se extiende por Las Tunas, Camagüey y Ciego de Ávila
hasta las montañas del Escambray, y se situaron en el centro de la
Isla, con lo cual rememoraban sesenta años más tarde la proeza
heroica de Gómez y Maceo.
Fidel permaneció en la Sierra
librando combates decisivos, dirigiendo desde allí la estrategia de
la guerra y transformándose en el líder popular más extraordinario
de nuestra América.
La victoria del Ejército
Rebelde coronó la hazaña, y los libertadores entraron en Santiago de
Cuba, conquistaron el Moncada, "vengaron" a los muertos y se ganaron
el derecho "de romper la costra tenaz del coloniaje".
Insurrección popular más
huelga general fue la fórmula definitiva de la Revolución para
extirpar el oprobioso régimen surgido el 10 de marzo de
1952.
La Revolución de los
campesinos, obreros y estudiantes, bajo la dirección del
universitario Fidel Castro, había triunfado.
Concluía una etapa decisiva de
la historia de Cuba. En veinticinco meses se liquidaron para siempre
cuatro siglos y medio de coloniaje. En ellos se sintetizaron cerca
de cien años de lucha revolucionaria cubana por la independencia y
la libertad.
Cuarenta y cinco años de
historia de Cuba y de América están marcados por el triunfo y la
continuidad de la Revolución cubana: la de Martí, la de Fidel,
victoriosa el Primero de Enero de 1959, que proclamó su carácter
socialista el 16 de abril de 1961.
En los comienzos de una nueva
centuria estamos en el deber de estudiar y extraer de esta historia,
y de la del siglo XX a escala mundial, las enseñanzas de este medio
siglo de Revolución, pues en nuestro país se articuló el más elevado
pensamiento filosófico y social europeo —el socialismo—, con la
tradición utópica del nuevo mundo que tiene sus expresiones más
brillantes, por sus hechos y sus ideas, en el Apóstol José
Martí.
Los cubanos nos presentamos
con la síntesis de ciencia y utopía, que es la clave que necesita el
mundo para enfrentar los desafíos de esta postmodernidad caótica que
solo será posible superar cuando coronemos, a escala mundial, la
edad de la razón con principios éticos. Este es el mensaje, la
señal, que Cuba promueve al mundo. (Granma) 1 de enero del 2004 |